nota de la semana

nota de la semana (52)

Sábado, 18 Septiembre 2021 05:40

La virtud de la dignidad

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Gobernar un estado es una experiencia singular, se vive con intensidad y al término siempre se tiene la impresión de que se hizo todo lo posible para honrar el voto que los llevó al poder. No es un tema de evidencias ni de razones, es, fundamentalmente, de emociones. Seis años son muchos y la realidad es que, al concluirlos, ya no estarán los problemas cotidianos y los dilemas propios del ejercicio del gobierno, pero tampoco los privilegios o todo aquello que invariablemente acompaña con amabilidad al poder.

Recibir del Presidente de la República la invitación para continuar en el servicio público es anhelo de muchos y adquiere relieve cuando es de un partido distinto. Es explicable que los gobernadores de Sinaloa, Quirino Ordaz y de Nayarit, Antonio Echevarría, se sientan honrados por el llamado del mandatario de continuar en el servicio público, el primero en la representación del país en España y el segundo en una responsabilidad por definir. Ambos aceptaron.

En medio del ambiente de polarización se entiende la desconfianza de sus correligionarios por la decisión. No debiera ocurrir así, debiera entenderse como un gesto de reconocimiento. Sin embargo, la diferencia no está en los cargos a los que van, ni en los partidos o estados de los que provienen, sino en la conducta que cada cual muestra frente a la oferta del presidente.

El ex gobernador de Nayarit comete la falta de actuar con imprudencia e insensibilidad ante la inquietud de sus compañeros de partido. Incluso, reniega militancia cuando ha usufructuado tal pertenencia. La militancia no es una credencial ni un club, es la identidad que se tiene con una organización a la que se debe. Las diferencias con sus dirigentes son aparte. La gratitud no es lo suyo.

Caso diferente el del ex gobernador de Sinaloa. Además de un tono mesurado, entiende lo que es, una invitación personal y, en todo caso, mantuvo comunicación con la dirigencia de su partido para encontrar una salida respetuosa para todos. Además, el perfil de Quirino Ordaz es el adecuado para recuperar los términos positivos y constructivos de la erosionada relación entre ambas naciones y que el sector empresarial, de aquí y de allá, encuentren una instancia con conocimiento de formas y compromiso de estadista.

Sábado, 11 Septiembre 2021 05:58

La economía de las desigualdades

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Resulta interesante hacer una reflexión de lo que hoy se piensa de la economía a 20 años de los atentados del 11 de septiembre, que para muchos fueron el símbolo de un cambio de fondo del sistema. Por ello hoy vamos a revisar el libro La economía de las desigualdades: cómo implementar una redistribución justa y eficaz de la riqueza de Thomas Piketty.

El profesor de Economía de la École d’Économie de París que, al parecer, ha logrado resolver los crucigramas de la economía de nuestro tiempo, hace en este libro un análisis minucioso de los mecanismos socioeconómicos que producen la desigualdad, con el objetivo de tamizar las teorías económicas sobre la redistribución de la riqueza.  La economía de las desigualdades es lo mismo un libro de teoría que una explicación de las fuentes econométricas sobre las que deberían estar sustentadas las especulaciones económicas (estadísticas, cifras, porcentajes y encuestas oficiales de países como Francia y Estados Unidos). La razón de Piketty para llevar a cabo esta tarea es que, por una parte, pese a la resonancia política y social de la desigualdad económica, las teorías al respecto, de derecha o izquierda, parecen obviar los índices econométricos, mediciones indispensables para cualquier juicio, al tiempo que hay escasez de estadísticas para muchos casos.

¿Qué es la desigualdad? Piketty responde que, desde la Revolución Industrial, la desigualdad social y la redistribución de la riqueza han sido trazadas en términos de oposición entre el capital y el trabajo, ganancias y salarios, empleadores y empleados. La desigualdad se describe como la oposición entre los que poseen el capital, los medios de producción, y los que no. La fuente principal de desigualdad sería la disímil e injusta distribución de la propiedad del capital: “El simple hecho de que el capital reciba una parte positiva de los ingresos parece contradecir los puntos elementales de la justicia social y plantea de inmediato la cuestión de la redistribución.”

Al lado de esta desigualdad entre poseedores de medios de producción y obreros, encontramos una inequidad más moderna, la de los salarios, que en realidad ha venido a ocupar el objeto central de todo análisis económico contemporáneo. En Francia durante el 2000, por ejemplo, la diferencia de salarios entre el 10 por ciento más pobre y el 10 por ciento más rico de la población fue de 75 por ciento. Este tipo de cifras es suficiente en los países desarrollados para suscitar un debate acalorado sobre las diferencias económicas. Piketty esboza que los porcentajes de desigualdad en los países latinoamericanos, al ser mayores, son relevantes para la opinión pública de los llamados países desarrollados, lo cual hace patente la confrontación económica entre el centro y la periferia.   

¿De derecha, izquierda o ninguna? Para Piketty, las tradicionales visiones sobre la redistribución de la riqueza, tanto de derecha —comúnmente entendidas con el concepto de “liberalismo de derecha” — como de izquierda —provenientes de los socialistas del siglo XIX, especialmente Marx— coinciden en que la justicia social significa que el Estado debe erradicar la indigencia y mejorar la suerte de los menos favorecidos. Sin embargo, encuentran su diferencia en la forma de llevar a cabo esa tarea: la derecha opta por la “redistribución eficaz”, mientras que la izquierda, por la “redistribución pura”.

Cualquiera que sea la doctrina económica, las políticas de redistribución no son sencillas. De eso, el economista nos da un ejemplo: en Chicago, en 1966, se hizo un estudio que demostró que, aunque el gobierno de los Estados Unidos invirtió sumas considerables para mejorar el aparato educativo de las zonas marginadas con la esperanza de ayudar a sus habitantes a superar su condición de pobreza y exclusión, el porcentaje de ciudadanos que ascendieron socialmente gracias a estas políticas fue casi nulo. La administración en turno se preguntó cuál fue el problema: el caso es que no se había atendido el ámbito familiar, donde la desigualdad echa raíces más profundas psicológica, sociológica y materialmente.

Queda claro que la justicia social es un problema que abarca todos los aspectos de la vida y que de nada sirve un Estado “asistencialista” que enfoque sus políticas de redistribución en ámbitos únicos e inconexos. Se trata entonces de establecer políticas sociales integrales que enfrenten a cabalidad todas las serpientes de la medusa social vigente.  ¿Un compromiso entre teorías? Piketty llama a los economistas a que conozcan la historia y los debates de su ciencia; enfatiza en el sinnúmero de malentendidos en que los economistas han caído debido a una formación que descuidó su propia historia.  El problema medular es que estos errores se perpetúan en las academias y resultan nocivos cuando tienen injerencia en la gestión pública.

Una de las virtudes de la obra de Piketty es su detallada exposición de muy diversos temas y modelos teóricos. Así, los impuestos, la fiscalización y la seguridad social se contrastan con las estadísticas pertinentes. De lo anterior, surge una esquematización benéfica para la comprensión no ya sólo del economista, sino del lego que se preocupa por las dinámicas que mueven todos los días a su sociedad.

Piketty hace eco de y actualiza aquella frase de Sir Francis Bacon: “Vieja madera para arder, viejo vino para beber, viejos amigos en quien confiar y viejos autores para leer”. Hace hincapié en que no necesariamente lo que se vulgariza se pierde, como ha sucedido con algunas de las propuestas teóricas de la economía. El reto de la producción intelectual está en lograr construir propuestas que se vuelvan casi lugar común de la vida cotidiana, por ello impresiona que el destacado semanario británico The Economist haya llamado a Thomas Piketty “un Marx moderno.” ¿O será que nuevos fantasmas recorren el mundo?

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