Liébano Sáenz

Liébano Sáenz

300 líderes Mexicanos 2016

300 líderes Mexicanos 2016

Tiempos de turbulencias y esperanza

Efectivamente, estos son tiempos de turbulencias, como lo señalara en Veracruz el Secretario de Hacienda, Luis Videgaray, en la ceremonia de graduación de los cadetes de la Heroica Escuela Naval Militar. Las turbulencias no solo están en el frente económico o financiero, sino en todos los ámbitos del quehacer público. Al Presidente Peña Nieto le corresponde conducir al país en tiempos diferentes a los del pasado. Son complejos no solo por los problemas a enfrentar; el mundo cambia y también, aceleradamente, la sociedad mexicana.

Tiempos difíciles para el ejercicio del poder. Persistir en el rumbo es necesario, también hacer de la política un medio para el acuerdo, para evitar que la provocación y que quienes apuestan a la ruptura, tengan fundada su causa con la sangre de inocentes. Así deben entenderse los actos de Nochixtlán y su secuela. Sin duda un hecho planeado para provocar a las autoridades. Es una secuela al uso político de los trágicos eventos de Iguala, Guerrero. Al final son los inocentes y sus deudos los que aportan lo más para quienes hacen de la ruptura institucional objetivo.

Por eso era necesario abrir espacio al diálogo y así desarticular las demandas de un sector del gremio magisterial que veía en el conflicto la oportunidad de quebrar al Estado mexicano. No solo era un tema de política o de aplicación de una reforma, era cuestión de seguridad nacional. Abrir el espacio al diálogo en tales circunstancias implicaba costos y, especialmente, que un sector de los radicales complicara aún más la situación con bloqueos y acciones que afectaran al conjunto de la población en las zonas de resistencia a la reforma educativa.

También es explicable el enojo y hasta la indignación de los sectores afectados. Al menos en las cúpulas políticas ha habido responsabilidad y comprensión a la situación. Los representantes de los empresarios han hecho sentir su voz, es su derecho. No así extremar posturas e insinuar acciones de presión que convalidan a los rupturistas en el sentido de que la ilegalidad se vuelve vía legítima para resolver diferencias y conflictos.

Las turbulencias también están en el día a día. No debe preocupar mayormente la libertad de expresión y sus excesos. Se debe escuchar y actuar no tanto en el ánimo del control de daños, mucho menos de intimidar al que disiente, sino para dar lugar a ese diálogo difícil con quien hace escrutinio crítico al poder. Responder con claridad y, de ser el caso, recurrir a la norma y al juez para la protección de derechos.

Los problemas de la inseguridad persisten en la medida en que los avances institucionales para abatir la impunidad todavía están por venir. Pero también hay que atacar las causas que propician la delincuencia, las que son diversas y que comprometen no solo a las autoridades, sino al conjunto de la sociedad. Por su impacto y gravedad nadie puede recrearse con la violencia y la inseguridad. Van muchas décadas de intentos y resultados parciales. Más que utilizar el tema como argumento a favor o contra un partido o gobierno, es más sensato participar de una voluntad compartida para hacer frente a un problema complejo y pernicioso en extremo y que a todos por igual afecta.

Lo mismo es recomendable en el tema de la lucha contra la corrupción. Se ha vuelto común convocar votos a partir de la inconformidad o indignación por la percepción de venalidad de las autoridades, incluso se diseñan campañas partidistas publicitarias con el propósito explícito y abierto no solo de capitalizar el sentimiento de agravio, sino de promoverlo sin recato y, especialmente, sin memoria de las fallas propias. Soy de los que cree que partidizar la lucha contra la corrupción puede dar votos y cargos, pero no soluciones reales y duraderas. Como muchos de los problemas graves, debe ser una tarea común y se debe actuar con prudencia, responsabilidad y firmeza. Los justicieros a nombre del agravio del pueblo casi siempre fracasan, y es común que quedan en ridículo.

La turbulencia también viene del extranjero. En las sociedades de los países poderosos se están dando procesos que impactarán la manera como sus gobiernos se comporten respecto a los demás países. En Estados Unidos el escenario que preocupa no solo es un eventual triunfo de Donald Trump, sino la manera como el conjunto del electorado se ha ido moviendo hacia el nacionalismo y un sentimiento de que las relaciones hacia otros países, especialmente México, no ha sido en beneficio de la sociedad norteamericana. Solo como muestra: hasta la señora Hillary Clinton, quien, en este momento, lleva una ventaja de 6.3% en el promedio de los sondeos recientes de opinión, en estos días ha dicho que frenará los acuerdos comerciales que matan empleos norteamericanos.

Pero los tiempos de turbulencia e incertidumbre llaman también a la esperanza. Para eso es la política, y también el ejercicio del poder. El ciclo sexenal llegará a un punto de inflexión con el próximo informe de gobierno. Sin embargo, hay tareas por realizar y una agenda de cambios a procesar en el diálogo con la pluralidad. Aunque el próximo año, independientemente de los tiempos de la formalidad electoral, los partidos y los actores políticos centrarán su actividad en la pretensión de ganar espacio con miras a las elecciones presidenciales y legislativas de 2018, la misma dinámica electoral nos pondrá en condición de abrir espacio al necesario diálogo y al acuerdo. A nadie conviene la confrontación y la parálisis .

El miedo se ha diluido, y no tiene mucha fuerza quien lo invoque como recurso para ganar o hacer que otro pierda votos. El continuismo tampoco tiene posibilidad. El agravio está presente y ese sí puede ser medio para ganar adeptos y votos. Más que eso, el futuro del país y la mejor plataforma para andar hacia delante, es el proyecto que con razón y emoción ofrezca esperanza. México es una gran nación en todos los sentidos. No es aceptable que el temor, la frustración o el enojo anulen su potencial. Es necesario dar curso a la esperanza, a la convocatoria para que todos, cada quien desde su propio espacio, construyamos una decidida voluntad colectiva para mejorar sin importar las turbulencias.

La unidad y la disputa por el poder

El momento del ciclo sexenal propicia que los objetivos electorales ganen terreno sobre el diseño y ejecución de decisiones políticas de trascendencia. En México no hay reelección presidencial, esto significa que el gobierno federal se mueve, progresivamente, hacia el objetivo de concretar las definiciones tomadas en el primer tramo de gobierno. Por su parte, los actores políticos y los mismos partidos, abren paso a la competencia por el poder. Conforme más distante se está de la meta electoral, mayor es la anticipación, y esto explica que los dos dirigentes de los partidos de oposición más relevantes hayan utilizado el espacio publicitario institucional para promoverse.

Los calendarios de la política no son los de la ley. La formalidad legal, sobre todo en estos menesteres, es más aspiración que realidad. Frente a normas que van a contrapelo de la realidad y de la naturaleza de la política, la respuesta invariable será la simulación y el fraude a la norma. Nuevamente, quienes menos medios institucionales tienen para posicionarse en su legítima aspiración, más activismo tendrán que mostrar: Jorge Castañeda y Margarita Zavala son dos buenos ejemplos. Nadie debiera llamarse a la indignación o al reclamo, en todo caso lo importante es el derecho político a ser votado y a competir en equidad, así como aportar a la calidad del debate.

La disputa por el poder se abre paso. El próximo año habrá elecciones en tres estados, por mucho, la más simbólica y relevante será la del Estado de México. A contrapelo del estado de ánimo que favorece al segmento opositor, el gobernador Eruviel Ávila tiene buena aceptación, más que su gobierno, y en un entorno de voto fragmentado favorece al partido con mayor proporción de electores leales, esto es, el PRI. Aún así, las condiciones del país y de la entidad propician la vehemencia en el debate y anticipan una elección polarizada, de incierto resultado.

También el próximo año se acentuará cada vez más la competencia al interior de los partidos para definir candidatos presidenciales, y no solo eso, la presencia de los independientes habrá de imprimirle mayor intensidad a la política. El entorno no invita a la moderación, sino a lo antisistémico, lo que significa que las autoridades y los partidos con presencia en gobierno estarán sujetos a un interesado y feroz escrutinio, además de un regateo creciente de la oposición para concertar acuerdos políticos y legislativos.

El gobierno tendrá que actuar cada vez más a contrapelo de este ambiente y del cambio que imprimen los tiempos políticos. Pero su responsabilidad no se limita a la administración cotidiana de los asuntos públicos, sino que debe hacer valer su autoridad y el liderazgo presidencial para persistir en los cambios que el país demanda y representar a todos para hacer frente a los desafíos del momento. Ello sin dejar de perder de vista que es el mismo liderazgo presidencial que estará convocando a la unidad, el factor acaso más relevante para que el partido en el gobierno mantenga competitividad, cohesión y su dirigencia esté en condiciones de procesar la selección del candidato presidencial.

La circunstancia del país demanda un mayor sentido de unidad. Así ocurre frente a los problemas sustantivos como la inseguridad y la legalidad, o ante los cambios en el escenario internacional, particularmente en relación a los efectos del debate y del desenlace de la elección presidencial norteamericana. El problema no solo es un partido o un candidato, sino que en la sociedad norteamericana la relación con México sea considerada un problema y no un activo, lo que significa el riesgo que cualquiera que sea el desenlace de la elección, se propicien desde las instituciones del país vecino, cambios que no se correspondan al equilibrio y equidad que ha dominado desde que se suscribió el TLCAN.

La rehabilitación del nacionalismo norteamericano no es un buen presagio para la relación futura. Mejorar el posicionamiento del país entraña una tarea interna que no debe eludirse y que convoca al gobierno y al conjunto de la pluralidad. El interés nacional obliga a avanzar en muchos temas como son los derechos humanos, el combate a la corrupción y el imperio de la legalidad. Acreditar al país y a su democracia significa que cada quien cumpla su parte: el Presidente al diferenciar los temas de gobierno y administración de aquellos que son asuntos de Estado y la oposición tener sentido de los límites para que el ejercicio de su función no abone al argumento de quienes desde el exterior hacen del país una caricatura, a modo de sus objetivos políticos y electorales.

Prudencia y corresponsabilidad son ideas que han caído en desuso si no es que en descrédito. Es explicable, los tiempos de reacomodo, crítica e inconformidad propician un ánimo público que lleva al escepticismo y en algunos a la indignación. La cuestión es que el país prosigue. El gobierno tiene su ciclo y lo que es común persiste. Si esto se deteriora, afecta a todos, incluso a quienes tengan la responsabilidad para el nuevo periodo de gobierno. La competencia y la incertidumbre sobre el partido gobernante debería mover a una mayor claridad sobre lo que es común y sobre ello asumir un sentido de unidad.

Es el momento de cuestionar si es necesario un ajuste al régimen electoral. Hay cambios a procesarse, aunque lo que existe da para organizar bien la elección de 2018. Puede ser una reforma de mayor calado, como introducir la segunda vuelta y la eliminación del fuero a los legisladores; también revisar el modelo comunicacional para conceder más espacio al debate y menos a la publicidad. También deben promoverse la libertad de expresión conculcada por la reforma de 2007 y matizar el centralismo implícito en los cambios recientes. La agenda debe contar con el consenso plural y mayoritario para no comprometer el objetivo de unidad y corresponsabilidad que el país demanda y la circunstancia exige.

Hay amplio espacio y libertad para el debate y la competencia por el poder. Partidos y actores políticos están en ello. Los tiempos políticos anticipan que cobre mayor intensidad. Pero también es imprescindible entender en todo lo que significa, la necesidad de un compromiso por la unidad nacional, a manera de cuidar y hacer valer lo que a todos importa: nuestra aspiración colectiva de un mejor futuro.

El PRI que le toca dirigir a Enrique Ochoa

Los retos del PRI son un desafío mayor. La prioridad de ahora, como todo partido en la democracia electoral, es ganar votos como vía para mantenerse en el poder. La dificultad del PRI es doble, por un parte, debe revertir una vieja inercia en su interior de rechazo a transformarse; por la otra, superar un entorno adverso para todo partido gobernante. Como quiera que sea y a pesar de sus no pocos impugnadores, el PRI ha sido, para bien o para mal, la institución política más relevante en la construcción del México moderno. Un proceso de casi nueve décadas.

En el ámbito internacional, no son muchos los precedentes de partidos que hayan transitado con éxito por un cambio tan abrupto de la política y la sociedad. En ese periodo el mundo ha vivido totalitarismos, guerras y polarización ideológica. También México se ha transformado profundamente en todos los sentidos. No sin dificultades el PRI ha podido adaptarse; el reto mayor ha sido ser competitivo y mantenerse vigente en un entorno democrático, con alternancia en el poder y en el marco de un escrutinio mediático riguroso.

Un desafío a la imaginación es la transformación urgente del PRI. Luis Donaldo Colosio, ya como candidato presidencial, dijo en aquél memorable mensaje de aniversario del PRI a semanas de su asesinato, que los partidos con vocación democrática no pueden hacer de la historia mandato. Acertaba en el contexto de aquellos que se resistían a la democracia bajo el temor infundado de que el acceso de la oposición al poder, representaba comprometer al país y al proyecto revolucionario. Por increíble y vergonzoso que hoy pudiera parecer, algunos invocaban “el fraude patriótico” como respuesta a la competencia electoral, y no era un simple recurso retórico, era la convicción de una clase política que hacía de la revolución causa y origen de legitimidad. Colosio, en cambio, sostenía con razón, que en una democracia solo el voto es el origen del mandato y este principio es el cambio más significativo del PRI en su tránsito al México de la transición.

En las últimas décadas, el PRI ha vivido dos intentos de cambio: el que sucedió posterior a la elección de 1988, cuando la fragmentación dio lugar a un resultado electoral comprometido; y en 1998, cuando resolvió seleccionar candidatos por consulta a la base. En el primero, con Colosio, el acento se dio en la organización electoral, en remitir la fuerza de las organizaciones y de la estructura sectorial a la acreditación de membresía en el territorio. En el segundo, el de 1998, desde la Presidencia se impulsó la democracia interna: Chihuahua y Coahuila fueron dos procesos iniciales exitosos de democracia interna, los que posteriormente, llevaron al PRI a una elección primaria para seleccionar al candidato presidencial a finales de 1999.

Injustamente, la democracia interna del PRI quedó cuestionada por el resultado en la elección presidencial del 2000. Ganó el PAN con Vicente Fox. Muchos en el PRI, incluso el candidato perdedor hicieron de la elección democrática interna razón de la derrota. Lo cierto es que la consulta a la base le dio al candidato la legitimidad de una elección ejemplar por su participación, más de 10 millones de votantes, y por el orden en su implementación. Un logro espléndido del PRI y de su entonces dirigente, José Antonio González Fernández, inexplicable y absurdamente relevado de la dirigencia al momento de la campaña.

La derrota de 2000 debió llevar al PRI a una transformación profunda. No ocurrió así. Los intereses del poder territorial y el temor al Presidente Fox condujeron a los priistas a una postura defensiva. Entre el miedo de los que perdieron y la impericia impaciente de los que ganaron, prevaleció lo primero. La evocación a la estabilidad se impuso sobre el del cambio. “Cacahuates por lingotes de oro” dijera el contralor Francisco Barrio, a manera de aludir a la negociación entre Santiago Creel, secretario de Gobernación del nuevo gobierno y la cúpula del PRI. Acuerdo, por cierto, que desdichadamente frenó la inercia transformadora que debió haber acompañado a la transición.

Durante la dirigencia de Roberto Madrazo, varios gobernadores intentaron disputarle la candidatura presidencial. Las debilidades del proyecto de los gobernadores priistas, malogró el objetivo de evitar la candidatura. Las elecciones de 2006, con Madrazo al frente, produjeron el resultado más adverso de la historia del PRI; solo pudo prevalecer en unos cuantos de los 300 distritos y pasó a ser la tercera fuerza política, abajo del PRD y por supuesto del PAN. A pesar de aquella humillante derrota, el PRI tampoco se dio la oportunidad de cambiar. El poder se centró en su importante representación legislativa y en su presencia en el poder estatal y municipal. Esto y la poderosa inercia social crítica al PAN, partido gobernante, en 2012 hizo regresar al PRI a Los Pinos.

El PRI ganó con una ventaja convincente en 2012. Lo urgente para el país era la transformación frustrada por la situación de poder dividido que provocó la pérdida de mayoría legislativa desde 1997. Desde ese entonces, los cambios se frenaron a pesar de que en las décadas anteriores, el país había vivido un acelerado proceso de reforma institucional con mayoría legislativa del PRI. El inevitable efecto de este largo ciclo sin reformas (1997-2012) fue que la democracia y el poder dividido sufrieran un severo descrédito; la oposición parlamentaria, incluso la del PRI, frenó muchas reformas sustantivas.

Ya en 2012, la oposición y el PRI hicieron mucho a través del Pacto por México. Institucionalmente el país cambió de manera relevante. Pero la negociación y los acuerdos se limitaron a las cúpulas políticas. Por eso las reformas no ganaron ascendiente en la base social, incluso las resistencias y las dudas llegaron a la misma sociedad, a pesar de las virtudes de los cambios.

El PRI de Enrique Ochoa, ahora se reencuentra con el espectro del resultado adverso. Los cambios pospuestos cobran factura y en el ciclo electoral se dificulta una transformación profunda a pesar de su necesidad. Se entrevera la estrategia y táctica electoral con las urgencias del cambio y esto significa, irremediablemente, que la unidad adquiera la mayor prioridad. Es deseable y necesario que la renovación de su dirigencia, al mismo tiempo que mantenga los equilibrios internos, también dé curso a las necesidades más elementales de un inaplazable cambio. Tarea de transformación que, por cierto, inexcusablemente también convoca a los gobiernos locales y federal, de otra forma, nada de lo que haga el PRI sería eficaz para lograr su misión.

La disculpa y el enojo

Tanto dice del que ofrece disculpa como del que la recibe la secuela de los hechos. Es un buen precedente el perdón que pide a la sociedad el Presidente. Hay quienes dan beneplácito al hecho; también quienes no pueden escapar del ciclo emocional que el origen del enojo causó. Otros más, regatean el hecho: que tardío, que solo palabras, irrelevante y muchas otras cosas más.

De lo que se ha dicho lo más importante es el deseo de que todo esto signifique un punto de quiebre no en el deterioro de la imagen presidencial, asunto menor, sino en el reestablecer un piso de ética para el servicio público y la política. Este problema viene de tiempo atrás y es cierto que está en los hábitos, costumbres e ideas de los hombres de la política y en la sociedad misma.

La transición política, la alternancia, la desconcentración orgánica y geográfica del poder y la competencia por el voto llevó a la democratización de la corrupción. Las negociaciones con la pluralidad no siempre fueron virtuosas y el arribo de la otrora oposición al gobierno nacional, así como su empoderamiento legislativo no significó una mejoría en los estándares de probidad de los hombres del poder.

En el México de ahora la venalidad llega a todas partes y a todas las opciones con experiencia en el poder público. Tampoco el sector privado se escapa de señalamiento, ni aquí ni en ninguna parte, como consigna la realidad de muchos de los inversionistas de los Panama Papers.

Antes se creía que la corrupción era un efecto del autoritarismo; sendas y sesudas reflexiones se hicieron presente y se volvieron código en la lucha por la democracia. Por salud pública debe revisarse la tesis y debe concederse, al menos, que el déficit de ciudadanía y de integridad de empoderados y gobernados no dio el resultado esperado. México no pasa la prueba; pero también debe reconocerse, el mérito de muchas batallas ganadas y muchos avances en la materia. El cuerpo nacional está enfermo y la corrupción no es síntoma, sino causa. Debe atacarse y no es, necesariamente, la pira mediática el mejor remedio, sino el cambio institucional y el ir acreditando la probidad como una de las premisas obligadas en el servicio público. Ser honesto no es virtud ni merecedor de premio; es, simplemente, una forma de ser, a la que todos estamos obligados.

El enojo enquistado desde hace tiempo en la sociedad tiene que ver con el cinismo y la impotencia. En el imaginario colectivo, con razón o sin ella, está arraigada la idea de altos servidores públicos enriquecidos y con ofensiva ostentación. La sociedad percibe abusos y la carencia de un andamiaje jurídico diseñado para impedir esas conductas. La exigencia social por la probidad es mayor y no admite regateo ni argumento.

Es muy significativo entonces que la disculpa presidencial tuviera lugar al presentarse el sistema anticorrupción en cuyo marco era obligada la renuncia del funcionario responsable del control interno del gobierno. Como contexto, también debe tenerse presente lo que ocurre en el partido gobernante y con su dirigente, empeñado en acreditar un nuevo sentido de responsabilidad en la política. Es la palabra y son los hechos. Lo importante es el punto de inflexión, que los servidores públicos, todos, se obliguen a un cambio que es urgente por razones que trascienden el interés de grupo, partidario o electoral. Se requiere reencontrar el sentido del deber y las autoridades tienen ahora mayores elementos para hacerlo valer, particularmente abatiendo la falta de transparencia, el conflicto de interés y la impunidad. El partido gobernante debe denunciar y reclamar por la conducta indebida de quienes se aparten de los valores que este cambio demanda. El Presidente deberá actuar y son los hechos la medida del valor de las palabras.

El sistema anticorrupción es amplio y de largo alcance, pero como todo cambio institucional, requiere de voluntad y determinación de todos. La transparencia y la rendición de cuentas son un buen principio, pero es insuficiente, se requiere de las actitudes, conductas y los valores, para así reforzar lo que inspira el cambio en las leyes y en las instituciones.

También es muy encomiable pasos como el 3 de 3, pero esto debió ser más generalizado y, especialmente, que en sus efectos no se vuelva contra quienes informan y que absuelva a quien por razones válidas o no tan válidas, opta por el secreto. La información pública requiere de madurez y de un sentido de responsabilidad por quienes la obtienen, estudian y analizan. Lo peor que puede ocurrir con avances de esa naturaleza es que termine al servicio de la mala entraña y la canallada mediática que hace uso de lo que sea para mantener clientelas.

Tener bienes no es pecado, tampoco virtud carecer de ellos, aunque sí dice mucho y bien de aquellos que han transitado por el servicio público y muestran un patrimonio consistente con sus ingresos. Sin embargo, insisto, la probidad no es prenda, sino supuesto obligado del servidor público o del político.

Es legítimo cuestionarnos si los mexicanos de ahora habremos de dejar un mejor país. Tenemos muchos desafíos enfrente, pero también tenemos muchas fortalezas. Un buen inicio es reconocer errores y expresar nuestra responsabilidad en ello. Bien por el Presidente que refiere al daño en la institución presidencial por un tema que pudo haberse evitado. Mejorar el presente y darle un horizonte al porvenir requiere un encuentro no solo con la verdad, sino con hacer lo debido aunque la respuesta de algunos no sea grata por interés o por enojo, lo mismo da. Lo que más vale es el cumplimiento del deber.

Pensar en lo impensable

La realidad sorprende porque no se han cambiado las formas, modos e instrumentos para conocerla. Las decisiones de organizaciones privadas o de poder con frecuencia minimizan lo que viene y les lleva a decisiones erróneas. Un ejemplo fue la determinación de David Cameron, primer ministro de Inglaterra de dar paso al referéndum para continuar o salir de la Unión Europea, con la certeza de que ganaría la postura de continuar; su mal cálculo llevó a su país, a Europa y al mundo a un curso indeseable e inesperado.

La sociedad contemporánea es mucho más compleja de lo que parece y uno de los instrumentos más tradicionales para conocer a la opinión pública, las encuestas, han caído en descrédito porque han perdido en temas fundamentales su carácter preventivo o predictivo, según se quiera entender.

Lo errático de los resultados son evidencia de una parte de la sociedad que no está dispuesta a decir y compartir su opinión a través de la forma convencional con la que se hacen los estudios. Es explicable el enojo y la frustración cuando el instrumento no ofrece el resultado prometido, mucho más cuando hay resistencia del técnico a reconocer el error y por lo mismo se inhibe de hacer un esfuerzo para revisar y mejorar la manera como se trabaja.

Es muy elevado el costo de decidir bajo premisas falsas o sin considerar escenarios probables. La prospectiva ha dejado de estar en el centro de la atención y eso ha llevado a costosos errores.

Las grandes empresas evolucionan o quiebran. En cambio, el problema con los países, sus instituciones y gobiernos, que enfrentan transformaciones que cimbran sus estructuras es mucho más complejo. Allí las crisis se manifiestan de manera diferente y la presión social, por su disfuncionalidad, cobra cauce con el déficit de consenso, conducta antisocial y hasta violencia. También la democracia se ve alterada y es una virtud que dé curso al disenso y a la insatisfacción, aunque esto conlleve el crecimiento de las opciones antisistémicas, auténticas u oportunistas.

Canalizar el problema del consenso a una institución o instancia de poder es una opción equivocada. El Presidente Peña Nieto y el PRI enfrentan una fuerte presión hostil de la opinión pública. No hace mucho tiempo lo mismo ocurría con el PAN y el Presidente Calderón. Quizá ahora es más evidente porque que hay mayor acento y más ingredientes para el rechazo; sin embargo las analogías expresan una realidad: el descontento es hacia el conjunto del sistema político y de representación, más allá del partido o de la persona que gobierne.

La realidad es que todas las instituciones son objeto de cuestionamiento o descrédito. Las iglesias, las empresas, los medios de comunicación, los gobiernos, los órganos autónomos y las fuerzas del orden están en dicha circunstancia. No debe preocupar el debate, la crítica y hasta el rechazo a lo existente en la medida en que se mantenga en los márgenes de la legalidad y urbanidad social y política. Incluso esto mismo puede ser fuente de cambio y transformación. Lo que sí debe alertar es que el país y el poder social, público o privado no considere y actúe de manera responsable frente a escenarios y cambios que plantea la realidad.

Hay dos casos que debieran ocupar nuestra atención: los efectos del pluralismo en el sistema electoral mexicano y la elección en EEUU. México es cada vez más plural y esto se traduce en un voto fragmentado. Ya hemos visto sus efectos en los órganos legislativos, con una fuerte inercia a la inmovilidad por las dificultades del consenso y las formas no virtuosas para el acuerdo.

En 2018 el candidato presidencial triunfador podría ganar con menos de la tercera parte de los votos y con una exigua fuerza parlamentaria. Héctor Aguilar Camín ha atendido el asunto aquí en Milenio. La segunda vuelta resuelve, pero solo una parte. El gobierno de coalición (ya legislado en la Constitución) no es solución estructural por dos consideraciones, la primera, destacada por Héctor, es una decisión discrecional del Presidente no obligada y, la segunda, porque no hay disolución de gobierno o del Congreso cuando se pierde la mayoría parlamentaria negociada, como sucedió recientemente en España.

La realidad llama a un cambio, mucho más allá de lo previsto, de sistema de gobierno. Lamentablemente el tiempo es escaso y es difícil que quienes están en el poder adviertan esta necesidad, que se animen a proponerla y que muevan a que el conjunto actúe de manera responsable ante la situación. De no hacerlo a tiempo, transitaremos después de 2018 a una reforma correctiva y no a una preventiva, con todo lo que eso implica.

En el caso de EEUU, al día de hoy no se excluye que el candidato republicano Donald Trump pueda llegar a la Presidencia de nuestro principal socio comercial y vecino estratégico. La relación bilateral puede cambiar de manera dramática en contra de nuestro país, especialmente en dos temas fundamentales: migratorio y comercial.

No me cuento entre quienes pretenden incidir en la opinión pública norteamericana para influenciar las intenciones de voto; lo veo infructuoso y quizás contraproducente, sobre todo si la acción proviene del sector gubernamental o político. Sí, hay que acreditar en EU la aportación de México y de los mexicanos a ese país y las bondades de una relación bilateral justa y armónica, pero la tarea corresponde a quienes están allá.

Es imprescindible actuar para reducir la vulnerabilidad del país frente a un nuevo escenario internacional. No es tarea solo del gobierno, es de todos. El imaginario antimexicano se corresponde con la percepción negativa de muchos mexicanos de su propio país y de sus instituciones. Ante esta postura, no debemos ignorar los problemas como la desigualdad, venalidad, impunidad y violencia, pero esto no convalida la maniquea caricatura sobre México y sus habitantes. Hay que actuar decididamente frente a nuestras debilidades y también exaltar nuestro legítimo orgullo por lo que somos, tenemos y anhelamos.

Lo impensable está a la vuelta de la esquina. La incertidumbre que le acompaña debe servir para actuar y mejorar; se trata, en el fondo, de hacer de esto virtud para identificarnos en nuestro potencial y capacidad para acometer con éxito los desafíos del mañana, tema que a todos compromete, a todos nos convoca. La tarea urgente es que en nuestra diversidad e inevitables desencuentros tengamos claridad de lo que nos une y que a todos corresponde proteger y promover.

Las horas (difíciles) del PRI

El PRI es más que su dirigencia; sus fortalezas, virtudes, debilidades y defectos trascienden a quien lo dirige. De hecho, las circunstancias singularmente adversas de estas horas se han hecho presentes con uno de los políticos más completos y eficaces, Manlio Fabio Beltrones. Se ganan o se pierden elecciones por los candidatos y sus campañas, pero mucho más que eso, por el entorno en el que se desarrolla la contienda. Estos son tiempos difíciles para los partidos gobernantes; así ocurre en otros países, así le sucedió al PAN.

Sin embargo, la crisis del PRI es más profunda. Coincide esta circunstancia adversa con un deterioro que viene de tiempo atrás. El PRI con dificultad pudo transitar de una mediación eficaz para la administración del poder, a una que compitiera por los votos para ganar el poder. Luis Donaldo Colosio y muchos de su generación participaron en ese proceso después de 1988. El PRI se recuperó, pero más que todo, como impulso de lo que se lograba desde la Presidencia de la República. Las elecciones de 1994 se dieron en el marco de la tragedia y de la preocupación por el levantamiento zapatista en Chiapas.

El PRI aprendió, más que a competir, a aceptar los resultados adversos. También ocurrió con Luis Donaldo. La alternancia no se veía como un efecto propio de la democracia, sino como el fin de un régimen y, en cierta forma, así ocurrió, especialmente cuando el PRI perdió mayoría en la Cámara de Diputados en 1997. A partir de allí, de manera accidentada y poco virtuosa se inaugura el régimen de gobierno dividido. Una oposición –incluyendo en su momento la del PRI- poco habilitada para cumplir su responsabilidad. Un gobierno sin capacidad de convencer y negociar para superar el estado de sitio que le imponían sus competidores en el Congreso. Las salidas políticas al gobierno dividido, fueron acuerdos de caso por caso y donde los intereses de grupo o partido se sobreponían a los del país.

La reforma política de 1996 es trascendente: los derechos políticos a los habitantes de la ahora Ciudad de México, una justicia electoral confiable, una autoridad electoral autónoma e independiente. Todo esto es muy significativo, pero lo fue todavía más, dar paso a la equidad en materia de financiamiento y acceso a medios.

Cambió el país. La alternancia en la Presidencia fue la carta de legitimidad de las reformas, aunque el régimen presidencial no resolvió muchos de los temas propios de una situación de poder dividido. La democracia se acreditó, pero eso no ocurrió con el sistema político. Sobre todo, cuando los partidos aprovecharon el nuevo espacio político en función de sus intereses. La democracia se volvió tema de cúpulas no de ciudadanos, los partidos distantes de la sociedad transitaron por la democracia, pero la democracia no transitó en su interior. El financiamiento público tampoco cumplió el objetivo de equidad, de transparencia y de legalidad en el origen y destino del gasto. Las reformas subsecuentes no tuvieron la virtud de las anteriores, especialmente por la restricción a las libertades, el centralismo y las restricciones a la pluralidad.

El país dio un paso histórico en el pasado reciente con la suscripción del Pacto por México, ahora en injusto y explicable descrédito. Injusto porque ha sido la transformación institucional más relevante de décadas en muchos temas de la vida nacional. Su contenido no se corresponde al interés de un partido, sino del conjunto de la pluralidad. Se recogieron demandas históricas de la oposición al PRI y se lograron sentar las bases de un México más habilitado para enfrentar los desafíos de la modernidad, entre otras, evitar la concentración productiva y monopólica en todas sus expresiones. Igualmente, el marco legal para la democracia se vio actualizado.

En todo este transitar, el PRI no se ha dado la ocasión de entender su realidad y la necesidad de cambio. De hecho, ha involucionado. Hace cerca de dos décadas había voluntad de cambio para modernizar al partido a través de prácticas democráticas internas; hoy no solo han pasado al olvido, sino que la democracia interna, aunque usted no lo crea, es señalada por los priistas como causa de debilidad y derrota. El debate sobre una mejor manera de vincularse con la sociedad y de fortalecimiento de democracia interna se ha transfigurado en el artificioso argumento de la sana distancia del gobierno. El PRI requiere definir con mayor claridad su identidad, su relación con el poder público y con la sociedad que asume representar.

Se aproxima la Asamblea Nacional del PRI. Uno de los dirigentes más representativos ha resuelto renunciar a la dirección nacional a manera de asumir responsabilidad de una derrota que no le atañe. Se perfila a llegar un joven que en su carrera política y partidaria se ha caracterizado por impulsar un cambio de paradigma en el Revolucionario Institucional. Enrique Ochoa tiene un reto mayor. No solo es preparar al partido con vista a la sucesión presidencial, una de las tareas históricas del PRI en la administración del poder, también se requiere darle competitividad en un entorno singularmente adverso.

El liderazgo que demanda el partido es conciliar la unidad partidaria con una transformación profunda, convincente y útil para priístas y no priístas. Sin embargo, sus perspectivas electorales no solo están a la medida de lo que el PRI y los priístas hagan consigo mismos, también es preciso modificar el entorno negativo y hostil que permea al país y al debate político. Es una tarea más del gobierno y con la sociedad. Sí, efectivamente hay problemas y se han cometido errores en el poder que ofenden y lastiman a la confianza y confiabilidad del PRI en el poder, pero también hay logros y activos que se deben a los gobiernos del tricolor, entre otras, una indiscutible e indisputada capacidad para negociar y transformar. En otras palabras, el mayor reto y oportunidad del PRI es disputar de sus adversarios a la derecha e izquierda con seriedad, convicción y credibilidad, el derecho a la esperanza.

La desobediencia

La desobediencia es el signo de nuestro tiempo. Entre sus múltiples manifestaciones, la más primitiva es el desentendimiento de la ley y de los principios básicos de convivencia. Pero también hay algunas que, si bien parecen más sutiles, no dejan de ser impactantes. Me refiero a aquellas expresiones de desobediencia en las que el miedo al cambio es superado por el miedo a seguir igual; las mismas que explican el éxito de las propuestas antisistémicas y su potencial para configurar, en conjunto, una forma de insubordinación.

Una de las bajas del Brexit fue la rebelión de los miembros del partido laborista contra su dirigente Jeremy Corbyn. Perder por poco margen es más doloroso que una derrota franca. Lo es porque reafirma la idea de que cualquier cosa que se hubiera hecho diferente habría cambiado el resultado. En este caso concreto, el sentimiento de fracaso por el mandato mayoritario de salir de la Unión Europea le es cobrado al dirigente. Se asume que una postura más decidida y clara por parte de Corbyn hubiera movilizado a los votantes laboristas a favor de la permanencia. Sin embargo, la interpretación es falaz y exhibe la ceguera de quienes no advirtieron la derrota.

En el caso mexicano, es evidente que lo ocurrido en las elecciones de 2015 y especialmente en 2016 prueba que la desobediencia conlleva el deterioro del voto tradicionalmente leal a los partidos. En el caso del PRI, el partido con mayor proporción de sufragios mínimos consistentes, los números indican que el voto duro se ha reducido a tal extremo que ya dejó de ser un referente de la fortaleza del pasado, incluso cuando fue oposición. Las derrotas confirman que el votante leal no es inmune al sentimiento de desobediencia de esta época.

La desobediencia va de la mano de la insatisfacción y de la indignación. Ciertamente, del lado de la sociedad, ocurre un proceso que conduce a muchos al desencuentro con el estado de cosas. Es una emoción profunda que trasciende las afinidades políticas, lo que explica su impacto en las lealtades institucionales o de grupo. No necesariamente estamos ante un movimiento progresista, incluso puede ser regresivo porque supone el retorno a hipotéticos e ilusorios orígenes o a un pasado de bienestar. De la misma forma, el argumento por el Brexit era alimentado por la idea de la Gran Bretaña imperial, independiente, otrora centro de las decisiones y modelo a seguir. Y lo mismo hace Donald Trump al postular la recuperación del poder con base en una idea de EU como centro autónomo y dominante con respecto a las demás naciones.

Sí, la desobediencia tiene un poder transformador pero también es un factor de riesgo por su propia emotividad y por el impulso manipulador de quienes alientan y se nutren del descontento social. Es un error creer que los inconformes son los más pobres o los más marginados. No, la desobediencia anida en los sectores medios, especialmente en los que tienen un nivel educativo alto no precisamente vinculado a un mayor ingreso. En 2012, los datos de la encuesta de salida mostraban la elevada correlación entre nivel de escolaridad y la tendencia de voto entre quienes dijeron haber votado por AMLO.

La desobediencia no solo refleja el cambio en la base social, también se vincula con el poder y con el orden de cosas. Nuevamente, el ejemplo del Brexit nos resulta útil. Tuvo que ocurrir una crisis de mayores proporciones para que los dirigentes de la Unión Europea entendieran el desencuentro del gobierno regional con las expectativas, percepciones e intereses de muchos ciudadanos, no solo en Inglaterra. El poder asume que muchos temas están resueltos y, por insensibilidad o soberbia, no se detiene a argumentar y mucho menos a convencer. Queda claro que no basta tener la razón; se requiere el examen crítico y la evaluación a partir de la opinión, valores y actitudes –no siempre progresistas- de la población. Esto es evidente en materia de migración; ámbito en el que las decisiones de las autoridades son considerablemente más progresistas de lo que una parte importante de la sociedad está dispuesta a aceptar, sobre todo, las personas de mayor edad.

La desobediencia implícita en los nacionalismos de los países desarrollados cobra relieve como efecto combinado del multilateralismo y de la creciente migración legal e ilegal de las últimas décadas. Buena parte de la población de las naciones poderosas asume que la pérdida de autonomía fruto de la concesión de autoridad a instancias supranacionales, merma la capacidad de decisión propia. Además, sus efectos son interpretados como algo negativo, especialmente por la pérdida de identidad étnica y cultural asociada a la migración. En el ánimo social predomina la percepción de gobiernos débiles o complacientes.

Hay quien asume que en España se ha dado un proceso inverso y que el Brexit empujó a muchos españoles a optar por un partido conservador aun a costa del cambio. La evidencia muestra que, a contrapelo de lo que dice el líder de Podemos Unidos, el Brexit no fue factor relevante en el desenlace electoral. Lo que demuestran los resultados y los errores de las encuestas es que el abstencionismo de los potenciales electores a favor del cambio fue considerablemente mayor al de los votantes del partido gobernante. Como frecuentemente ha sucedido en México, las encuestas españolas fallaron por la dificultad que implica medir las intenciones de voto, no de los electores en general, sino de aquellos que realmente van a las urnas. La desobediencia en España no dio para repetir los resultados que habían favorecido a las nuevas formaciones políticas; de ahí la continuidad del PSOE como principal partido opositor y la prevalencia del PP.

En México, el PAN y el PRD deben entender esta nueva dinámica social y sus efectos en las lealtades partidarias. Es preciso captar con mayor claridad lo que los votantes, incluidos los propios, esperan, demandan y exigen. Muy poco está garantizado y antes de la debacle, deben comprenderse las razones y las causas del descontento. Sobre todo, es fundamental reconocer que el comportamiento de los gobiernos y la forma en la que los partidos deciden acompañarlos, política y legislativamente, serán factores determinantes.

Un mundo sorprendido

“Este referéndum demuestra que los movimientos insurgentes de la política pueden tomar un país. Entramos en una era de una imprevisibilidad insólita y de gran ansiedad.”

Tony Blair

El futuro pleno de incertidumbre, riesgos y desafíos, solo sorprende a quien se ha instalado en la frágil expectativa de la inmovilidad. Los eventos y acontecimientos se precipitan a velocidades inéditas. Todo un reto para la imaginación porque el cambio es la constante. Aquellos que, desde sitios privilegiados participan en las decisiones o responsabilidades, están obligados a enfrentar la realidad con su compleja e intensa dinámica. No hay forma simple de entenderla y los instrumentos convencionales que la describen también están en crisis.

Lo ocurrido el pasado jueves en el referéndum de Gran Bretaña es un hito que conduce al mundo hacia la incertidumbre, y no solo a ese país y a la Unión Europea (UE). Por cierto, no deja de ser una lección útil el que en una de las decisiones históricas de mayor importancia se haya decidido que no hubiera encuestas de salida para anticipar en los medios el resultado de la consulta. Uno de los países con mayor tradición de libertad de prensa y derecho a la información no tuvo inconveniente en esperar más allá de la media noche para conocer el desenlace.

También llama la atención la madurez con la que los estadistas asumen el resultado. Al anunciar su renuncia a partir de octubre, el mismo Primer Ministro ha dicho que el cambio es necesario para que otro gobierno asuma la decisión democrática. La canciller Ángela Merkel, quien tomó la decisión con pesar, reconoce que es un punto crítico de inflexión para la integración europea. El líder de Francia, Francois Hollande, señala que los lazos que unen a ambas naciones obligan a construir una nueva relación que permita mantener la colaboración, y advirtió que lo ocurrido en el Reino Unido ratifica la necesidad de transformar a la UE. En tanto, el Presidente Obama ya dejó claro que tanto la UE como Inglaterra continuarán siendo socios indispensables.

Lo que parece no previó el gobierno inglés, tampoco los promotores de la salida de la Unión Europea fue la respuesta de sus repudiados asociados, quienes en voz del presidente del parlamento europeo Martin Schulz, dijeron que es necesario dar prisa al proceso para que Inglaterra abandone a la brevedad a la UE. Asimismo, resultado del interés de los habitantes de Escocia e Irlanda del Norte, ahora, se reactiva el separatismo en ambas regiones, la primera ministra de Escocia habló sobre un posible referéndum para que Escocia continúe siendo parte de la UE y deje de ser miembro de la Gran Bretaña. Mientras, como se había previsto, Inglaterra transita a una seria crisis económica y política. Queda por saber si quienes votaron por la salida previeron lo que provocaron.

El resultado del referéndum supone serias y abundantes implicaciones políticas para el mundo. En lo que se refiere a México y al mundo, aquí señalamos hace meses que vivimos tiempos antisistémicos. Ello explica que Donald Trump aplauda el resultado separatista y haga propio el ánimo nacionalista que mueve la voluntad mayoritaria. Su argumento es que Inglaterra recuperará su independencia y autonomía, en una implícita referencia a su propuesta de que Estados Unidos redefina su relación comercial, migratoria, política y militar con el mundo.

Debe preocupar –y mucho- el resurgimiento de los nacionalismos de los países poderosos. Es inevitable que se asocien a un sentido hostil a la integración multiétnica con implicaciones xenofóbicas. En gran parte del mundo la democracia y las libertades han ganado terreno; sin embargo, quizás con la diferencia de Alemania, no hay una determinación clara por la inclusión étnica y cultural. Parte del éxito de Donald Trump descansa en su postura xenófoba. El nacionalismo de la ultraderecha gana terreno en Europa: en Austria colapsa el bipartidismo y la ultraderecha se arropa en el patriotismo; en Holanda el partido racista Geert Wilders que propaga el rechazo a los extranjeros, especialmente a los musulmanes, tiene ventaja en las intenciones de voto y en Bélgica, derivado de los ataques terroristas, la extrema derecha cultiva el miedo y el rechazo al gobierno. Otros países de la UE podrían seguir los pasos de Inglaterra.

Desde su propia realidad, en México también es evidente una poderosa inercia ante el cambio, con sus múltiples expresiones y causas. Los niveles de insatisfacción e indignación por el estado de cosas crecen de manera considerable. Esto puede ser un motor de transformación y mejora, pero también implica el riesgo de alentar propuestas extremas que, sustentadas en el odio y la frustración, arrollen lo mejor que tenemos. Las instituciones democráticas como los partidos y los órganos legislativos padecen un severo descrédito. La desconfianza y el disgusto por lo que existe no solo confluyen en los gobiernos, también se trasladan a medios de comunicación, empresas, Iglesias y muchos otros referentes que en el pasado eran factores de cohesión social.

La realidad no debe sorprendernos y la incertidumbre también es fuente de oportunidades. Lo más razonable es identificar las causas del descontento y participar del deseo de cambio con claridad de objetivos y propósitos. En México hay mucho que mejorar y más que construir. La energía que produce la inconformidad debe volverse recurso útil para la transformación del país, no solo en su sentido formal o institucional, sino en la conformación de nuevos hábitos y actitudes que sirvan como aportación para una cultura mejorada de convivencia, libertades y desarrollo.

Para ello no solo basta tener claridad de objetivos, también se requiere un sentido de los límites a fin de que la protesta, la inconformidad o la participación no excedan los cauces de civilidad, ni tampoco sean caldo de cultivo para la manipulación y la construcción de proyectos de odio. Además de plantear los puntos de rechazo, también es necesario valorar lo que se reemplaza y, especialmente, lo que se pretende.

Efectivamente, los desafíos y riesgos que impone la incertidumbre deben ser oportunidad para modificar positivamente lo que existe. Lo necesitamos porque pese a indiscutibles avances como la alternancia en la Presidencia, la desconcentración del poder, la ampliación de las libertades y las reformas en diversos temas fundamentales para el país, hoy por hoy seguimos en un ciclo discutiblemente virtuoso de esperanza y desencanto. El cambio deseable consiste en convertir la inconformidad en fuente de transformación próspera.

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