Liébano Sáenz

Liébano Sáenz

Alianzas y coaliciones

Las alianzas y las coaliciones han seguido un largo trayecto en la historia política del país. Los partidos buscan la asociación empujados por la necesidad, particularmente la electoral. Atrás quedó la idea de la competencia aislada, aunque los candidatos con inclinaciones caudillistas insisten en sobreponerse a las organizaciones que los postulan e incluso, ahora con las candidaturas independientes, buscan confrontar a todo el sistema partidista.

Los partidos no solo han disminuido dramáticamente en prestigio y representatividad, también han visto debilitar su condición de articuladores de la representación política. Una revisión a la reforma fundacional, la de 1977 promovida por el Presidente López Portillo y coordinada por Jesús Reyes Heroles, es suficiente para apreciar la magnitud del cambio y el carácter visionario de sus gestores. La política electoral se centró en los partidos. Las organizaciones políticas de izquierda y de derecha transitaron hacia la democracia y la representación proporcional transformó al Poder Legislativo. Once años después, en 1988, habría de disputarse la Presidencia en condiciones de inédita competencia con un candidato postulado conjuntamente por partidos políticos de centro y de izquierda.

En aquel entonces las alianzas partidistas se expresaban a través de la figura del candidato común. Cuauhtémoc Cárdenas apareció en la boleta tantas veces como el número de partidos que lo postularon. En perspectiva, tales comicios se aprecian como punto de inflexión, no solo del sistema electoral, sino de la democracia mexicana. Con los votos parlamentarios del PRI, el Presidente Salinas y el PAN concretaron una reforma con múltiples virtudes y un defecto derivado del interés compartido de frenar al candidato de la izquierda: la eliminación de las candidaturas comunes y la creación de coaliciones. Así, un candidato postulado por varios partidos debe concebir un emblema y actuar como si los partidos asociados fueran una sola fuerza política.

La alternancia en la Presidencia ocurre en el año 2000 mediante la coalición del PAN con el PVEM, aunque ésta fue trascendida por la expresión de cambio del candidato Vicente Fox. Sin embargo, los partidos sí fueron actores relevantes del proceso, tanto que el PRI pudo convertirse, en sus propios términos, en el partido con mayor presencia legislativa. En 2006, Felipe Calderón retuvo el poder presidencial sin coalición pero con una diferencia muy estrecha de votos. De hecho, la reforma de 2007 eliminó las coaliciones y restableció las candidaturas comunes en aras de que los partidos asociados acreditaran su auténtica fuerza electoral.

El año 2006 marcó el inicio de una realidad inédita, la de las victorias con porcentaje bajo de sufragios. En adelante la tendencia sería determinada por la fragmentación del voto como quedó demostrado en la elección presidencial de 2012 y en casi todos los comicios de gobernador de 2015. La irrupción exitosa de candidatos independientes acentuaría aún más esta nueva expresión electoral. Los llamados partidos mayoritarios difícilmente concentrarán más de la tercera parte de los votos, al menos en procesos presidenciales.

Las entidades y regiones del país también están en proceso de cambio. Lo más significativo de los comicios más recientes tuvo lugar en Nuevo León, en Jalisco y en el Distrito Federal. Aunque diferentes en su contenido y carácter, las propuestas antisistémicas cobraron fuerza: Jaime Rodríguez como candidato independiente, Movimiento Ciudadano y Morena. En el primer caso, el acendrado bipartidismo fue desplazado por el candidato independiente a gobernador, pero logró prevalecer en la elección de legisladores y alcaldes. En Jalisco, Movimiento Ciudadano se revela como la fuerza ascendente capaz de disputar poder al PRI y de desplazar al PAN a un sitio lejano. En el DF, el PRD vio severamente minado su dominio por la incursión de la organización política de Andrés Manuel López Obrador.

Desde hace tiempo el PRI ve claramente las ventajas que le significan sus alianzas con el PVEM y, en cierta forma, con Nueva Alianza; ambos partidos afines política y programáticamente. Así era la situación en la izquierda entre el PRD, el PT y Convergencia; sin embargo, lo revelador en términos de resultados ocurrió hace seis años con las coaliciones del PRD con el PAN en Oaxaca, Puebla y Sinaloa.

La alianza entre izquierda y derecha es complicada pero suele facilitarse cuando hay un objetivo compartido como es la búsqueda de la derrota del partido gobernante que además solo es posible con la suma de las oposiciones. También hay casos donde la intención no es ganar el poder sino no perderlo. Así, en la elección de Baja California de 2013, la actuación del PRD fue crucial para que el PAN continuara gobernando la entidad.

Ahora, el PRD, en medio de su mayor crisis y con una dirigencia renovada en un intento de control de daños, plantea la construcción de un acuerdo necesario con el PAN para ir juntos en varios estados. Su principal interés se concentra en la definición de candidatos en Oaxaca, Tlaxcala y Zacatecas, objetivo que seguramente no se verá favorecido por la fuerza del PAN en las dos últimas entidades. Por su parte, el PAN asume que el PRD le puede ser útil en Colima, Sinaloa, Aguascalientes, Tamaulipas, Chihuahua, Durango, Veracruz, Quintana Roo y, especialmente, en Puebla.

El balance de las coaliciones que resulta conveniente para ganar el poder no es el mismo que se requiere para ejercerlo. Difícilmente hoy el PAN avalaría el gobierno local de Oaxaca o el PRD al de Puebla o Baja California. Es claro que en esta coalición, la ventaja la lleva Acción Nacional por tener mayores posibilidades de éxito, mientras que las del PRD son magras, incluso en Oaxaca, donde en estos momentos Morena ya lo aventaja como está ocurriendo en varias entidades del país.

Al PRD, la coalición le representará una crisis de identidad política e ideológica. El dilema no es simple: ganar votos o recuperar el sentido del proyecto político de izquierda democrática, especialmente frente a la amenaza que le plantea Morena y la estrategia seductora de López Obrador con miras a los comicios de 2018. La situación es muy compleja y, no obstante los esfuerzos lineales de la recién llegada dirigencia, se advierten ya los resultados: una caída inevitable y un desenlace inconveniente al favorecer posibles victorias para su verdadero adversario ideológico, el PAN, a cambio de pocos o nulos triunfos propios.

Las variedades de la experiencia religiosa

“Las variedades de la experiencia religiosa”

“¡Dios no existe! Las personas religiosas sufren de trastornos emocionales, son delirantes, psicópatas. ¿Quién, en su sano juicio, podría suponer que existe un mundo paralelo, un Dios o un ente sagrado? Lo único real en esta vida es lo que nos dice la ciencia. Si el método científico no ha logrado demostrar la existencia de Dios, es porque no existe.” Lo anterior es una síntesis de la manera en la que se concebía a la religión dentro de los teóricos sociales de principios del siglo XX. De hecho, hasta nuestros días, es posible encontrar no sólo en el pensamiento científico, sino también en el cotidiano a personas que muestran una gran intolerancia hacia la religión por que no cabe dentro de la racionalidad.

¿Cómo podemos conciliar la ciencia y la religión si se muestran tan antagónicas? ¿Es posible estudiar científicamente a Dios? ¿Qué sucede en la mente de quienes afirman haber tenido una revelación o una conversación con Dios? ¿Las visiones de objetos o entes sagrados pueden encasillarse como alucinaciones o como productos de fallas neurológicas? ¿En verdad están alucinando las personas religiosas? Estas preguntas fueron las que motivaron a William James a publicar Las variedades de la experiencia religiosa: estudio de la naturaleza humana en 1902, que para nosotros constituye la décimo sexta entrega del reto ‘Un año de libros’, propuesto por Mark Zuckerberg, a principios de este año.

El mundo del misticismo, el espiritismo, las visiones y las alucinaciones fue explorado por William James de manera asombrosa. William James, un psicólogo prefruediano, es uno de los mayores representantes del funcionalismo; corriente psicológica que tuvo mucha trascendencia en el desarrollo de la disciplina de la conducta y los procesos mentales. Además, es famoso por desarrollar uno de los primeros estudios psicológicos sobre la religión.

El su texto, James sostiene que, en realidad, hay dos tipos de religión: por un lado, está la religión institucional, esa que aglomera todas las prácticas y normas religiosas de una sociedad. Ahí podríamos incluir a las iglesias, el derecho canónico, las fiestas y la liturgia. Por otro lado, dice James, tenemos a la religión personal, esa relación que se da entre el hombre y Dios.

William James considera que la religión personal es la primera que debe ser estudiada, pues la segunda sólo representa su socialización. Según el autor, la mayoría de las personas no tienen experiencias religiosas y se limitan a creer lo que les cuentan quienes sí han experimentado una relación religiosa personal. Solamente separando a la religión de su connotación social es posible estudiar las visiones, alucinaciones, conversaciones o cualquier otra forma de experiencia religiosa y la ulterior conversión del individuo. Entonces ¿cómo estudiar la experiencia religiosa? Recordemos que James era psicólogo y, por ende, sus investigaciones debían tener un cierto rigor científico. Habría sido un grave error metodológico que James aceptara cualquier relato de experiencia religiosa sin poner en duda su veracidad.

James como representante del pragmatismo muestra los instantes de la experiencia religiosa. Pero ¿cómo se transmite una experiencia religiosa? Coloquémonos por un momento su lugar. Supongamos que una persona llega a contarnos que mantuvo una conversación con Dios. Según este sujeto, Dios lo llevó al paraíso a través de una larga escalera. El personaje nos relata que observó un gran arcoíris y, al final, un lago sumamente tranquilo. Después, elevado por la grandeza del Señor, el individuo se sintió pequeño, indefenso, temeroso. Ante la excitación del momento comenzó a derramar lágrimas y le agradeció a Dios por haberlo invitado al Paraíso. Después, un fuerte escalofrío recorrió todo su cuerpo y despertó en la misma banca donde se había sentado a leer hacía más de tres horas.

James no cree este relato y siguiendo un método empírico supondría que el personaje tuvo un sueño, o, tal vez, una baja en los niveles de insulina en la sangre podría haber provocado la alucinación. O, a lo mejor, se debe a un fuerte cuadro de depresión, pues el individuo había enviudado hacía sólo dos meses. También puede deberse al consumo de drogas o una ausencia epiléptica, entre muchas otras razones. Pero ¿qué pasa si después de intentar comprobar todas sus hipótesis se da cuenta de que, en realidad, ni la depresión ni la baja de insulina ni la ausencia epiléptica pueden explicar el fenómeno? Tal vez, en ese momento, debería cambiar de método y, por lo menos, suponer que hay un cierto grado de probabilidad de que la conversación con Dios haya sido verdadera. Y en este sentido, el pragmatismo de James vitaliza la comprensión de la experiencia religiosa.

A inicios del siglo XX, nos cuenta James, las personas que tenían experiencias religiosas eran tratadas como enfermas mentales. En la psicología más ortodoxa se creía que la depresión, la epilepsia, la histeria y los problemas congénitos eran los que explicaban las experiencias religiosas. Sin embargo, de manera brillante, William James cambió el enfoque: En vez de suponer que las personas religiosas tenían alguna enfermedad mental, consideró que aquellos que habían tenido una experiencia religiosa, eran, en realidad, una especie de genios.

Para James, los líderes religiosos estuvieron sujetos a experiencias psíquicas anormales. El autor comenta que invariablemente fueron presos de una sensibilidad emocional exaltada; frecuentemente también tuvieron una vida interior incompatible con la cotidianidad y sufrieron de melancolía durante parte de su ministerio. No tenían medida y eran propensos en general a obsesiones e ideas fijas. Con frecuencia entraron en éxtasis, oyeron voces, tuvieron visiones o presentaron todo tipo de peculiaridades clasificadas ordinariamente como patológicas. Es más, agrega el autor, fueron todas estas características patológicas de su vida las que contribuyeron a atribuirles autoridad e influencia religiosa. Sólo los genios, concluye James, pudieron haber tenido una experiencia religiosa. Pues la mística es un ritual que trasciende la razón y evoca al Otro.

Siguiendo al autor, podría decirse, entonces, que la historia de un elegido religioso tendría la misma validez que tuvieron, en su momento, las afirmaciones de científicos como Nicolás Copérnico, Isaac Newton o Charles Darwin, quienes sufrían de trastornos que hoy podrían ser clasificados como bipolaridad, esquizofrenia o psicosis, y que al margen de estos trastornos sus conclusiones o aseveraciones científicas no están en discusión. ¿Será que en 300 años la humanidad criticará nuestro prejuicioso rechazo a creer lo que nos dicen nuestros genios religiosos sobre sus experiencias místicas? ¿En mil años se contará la historia de Santa Teresa de Ávila como un ejemplo similar al “y sin embargo se mueve” de Galileo Galilei? Al final, parecería, como bien dijo Einstein, que el hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir, o como decía Jorge Luis Borges: “La firme trama es de incesante hierro,/ pero en algún recodo de tu encierro/ puede haber una luz, una hendidura./ El camino es fatal como la flecha./ Pero en las grietas está Dios, que acecha.”

Genoma: La autobiografía de una especie en 23 capítulos

“Genoma: La autobiografía de una especie en 23 capítulos”

Deje de soñar. La vida no es una quimera. Suponer que el mundo es justo resulta ingenuo y bucólico. El universo es completamente injusto, desigual, inequitativo. Y no me refiero a cuestiones económicas. Nuestro planeta no sólo es injusto porque la distribución de la riqueza es desigual. Además de esto, existen personas que físicamente tienen mayores ventajas. Por ejemplo, si usted quiere ser basquetbolista y mide 1.60 metros, olvídese de la idea. Es muy improbable que pueda destacar en este deporte. A la inversa, una persona que mide 1.90 metros tendrá más posibilidades de tener éxito en la NBA.

La altura no es la única injusticia. También están las famosas desigualdades metabólicas. Hay personas que pueden probar pasteles, chocolates, refrescos, papas fritas y helados sin afectar su figura. Por el contrario, muchos seres humanos tienen que cuidar su alimentación de manera rigurosa si esperan mantenerse en forma. Es injusto. Unos pueden comer lo que quieran mientras que otros se limitan a desayunar lechuga, comer apio y cenar zanahorias.

Los problemas de altura y metabolismo arriba mencionados, si los vemos en perspectiva, resultan en nimiedades ante las verdaderas injusticias que puede provocar la genética.

Cualquiera estará de acuerdo en que el mundo es más difícil para quienes tienen una enfermedad crónica o carecen de alguna extremidad. Todas estas desigualdades o injusticias están relacionadas con la genética. Pero ¿Qué es eso de la genética? ¿Qué es el ADN? La vida de los seres humanos está determinada, entre otras cosas, por la genética y muchas personas ni siquiera se han tomado la molestia de saber un poco más sobre este tema

Matt Ridley, con su libro titulado Genoma: La autobiografía de una especie en 23 capítulos, que constituye la décimo quinta entrega del reto ‘Un año de libros’, propuesto por Mark Zuckerberg, nos introduce al complejo mundo de las células, la genética y la biología. Puede decirse que el libro de Ridley es una obra de divulgación científica. La idea del autor fue publicar un texto en el que de manera simple se pudiera exponer al mundo lo que hacían los científicos especializados en genética. Según él, los debates religiosos, éticos y morales en torno a la genética, las clonaciones, las alteraciones genéticas y el Proyecto del Genoma Humano están cargados de estereotipos, prejuicios, dogmas y juicios de valor. Por ello, podría decirse que Genoma es un intento de la ciencia de la genética por defenderse ante los embates de algunos medios de comunicación, partidos políticos o creencias religiosas.

Para aquel que conoce poco sobre genética, el libro de Ridley resulta sumamente interesante. La prosa de Genoma está cargada de metáforas, analogías y relatos de la vida cotidiana. Así, el texto de Ridley se vuelve corto, agradable y hasta divertido. Quien se atreva a leer este libro no encontrará un texto tedioso ni aburrido. Más bien, descubrirá un fascinante mundo, un increíble campo de investigación y, sobre todo, aprenderá mucho acerca del ser humano.

La historia de la genética, nos dice Ridley, inicia con lo que llamamos células. El autor nos recuerda que los seres humanos estamos compuestos de órganos que, a su vez, están hechos de tejidos. Dentro de los tejidos, sostiene Ridley, está una de las unidades mas pequeñas del ser humano: la célula. Así, enGenoma: La autobiografía de una especie en 23 capítulos, el autor intenta hablar, desde una visión biológica, sobre todo lo que concierne al ser humano.  Quienes lean el texto de Ridley no solo encontraran explicaciones sobre genética y biotecnología. Ademas, descubrirán la relación que existe entre la política, la historia y la filosofía con nuestras células.

Me gustaría destacar dos temas del texto que llamaron mi atención de sobre manera. En primer lugar, Ridley sostiene, de manera metafórica, que las células de los seres humanos son como libros. La intención del autor es clara: al sostener que las células son libros, el autor busca que el lector comprenda la complejidad que puede albergar una microscópica célula. De la misma forma en que Don Quijote de la Mancha o Romeo y Julieta esconden historias y anécdotas espléndidas, cada célula de nuestro cuerpo es un maravilloso y sorprendente mundo. Además, Ridley sostiene que las células son libros porque también tienen capítulos, párrafos y palabras. El autor nos explica que cada célula está conformada por 23 capítulos llamados cromosomas. Los párrafos se llaman genes y las palabras llevan el nombre de exones. Lo interesante, nos dice Ridley, es que a diferencia de cualquier idioma, el libro de la célula sólo tiene cuatro letras: T, A, C y G. Las historias celulares se escriben en palabras que combinan timina (T), adenina (A), citosina (C) y guanina (G). Ridley explica que estas letras se pueden combinar en billones de palabras. Para descifrar y leer todo el genoma humano, dice Ridley, se necesitaron alrededor de dos mil científicos, pues la timina, adenina, citosina y guanina habían creado una historia celular de un tamaño similar al de 800 Biblias. Si cada palabra celular midiera un milímetro ¡tendríamos un genoma humano más grande que cualquiera de los grandes ríos del planeta! Es impresionante la cantidad de información que tuvieron que descifrar en el Proyecto del Genoma Humano.

En segundo lugar, me interesa hablar de la postura que asume Ridley sobre la religión y la ciencia. Según el autor, la ciencia no tiene por qué estar peleada con la religión. Más bien, genética, biología, física y química podrían ser ramas del conocimiento que busquen descifrar lo que algún día intentó hacer un Dios con el mundo. Por ejemplo, los estudios sobre genética han demostrado que todos los seres vivos tenemos un ancestro en común llamado LUCA. Las teorías de la evolución humana sostienen que LUCA fue una de las primeras formas de vida. Según Ridley, la vida sólo pudo haber surgido una vez en un momento determinado. Si bien, con los avances de la genética, ahora es posible conocer los ingredientes necesarios para crear vida, jamás se ha logrado elaborar a un ser vivo de manera artificial. Tal vez el ingrediente faltante es eso que de diferentes maneras hemos conceptualizado como Dios.

Resulta fascinante observar cómo la ciencia puede brindar argumentos sólidos a la religión. Normalmente, se cree que la religión es un acto de fe o un dogma. Sin embargo, la genética, con la teoría sobre LUCA, no puede descartar la existencia de un ser omnisciente y omnipotente. ¿Será que las pruebas que buscan los escépticos sobre Dios serán descubiertas dentro de nuestras propias células? ¿Será que la razón o la ciencia trabajan, sin saberlo, en favor de la religión?

Por último no queda más que decir que Genoma: La autobiografía de una especie en 23 capítulos es un libro recomendado para cualquiera que busque aprender un poco más sobre la vida misma.  El ser humano siempre se ha preguntado sobre la vida, la muerte, el alma, y la naturaleza. Nadie, hasta el momento, ha logrado definir con claridad lo que entiende por vida.

Para mí, coincidiendo con Ridley, la vida es un milagro, un hecho insólito, un largo viaje, un libro en blanco, un acertijo. Parafraseando a Calderón de la Barca y, y después de leer Genoma, sigo pensando que el mayor bien es pequeño, como una célula o un gen, que toda la vida es sueño y que los sueños, sueños son.

Energía: Una guía para principiantes

“Energía: Una guía para principiantes”

La desigualdad es uno de los grandes temas actuales de la agenda mundial. Así como en la primera década del siglo XXI los estudios en ciencias sociales se centraron en la transparencia, la rendición de cuentas y los llamados gobiernos abiertos, parecería que ahora la tendencia en el análisis es hablar sobre la desigualdad. El texto de Thomas Piketty, titulado El capital y la desigualdad en el siglo XXI, ha ayudado a que este debate se intensifique.

En su multicitado trabajo, Piketty nos confirma, una vez más, que la desigualdad es uno de los mayores problemas que enfrenta la humanidad. La tragedia se explica por sí sola: El 1 por ciento de la población mundial controlará, para 2016, más de la mitad de la riqueza existente. Está de más recordar que es una situación de inequidad, lamentable y caótica.

En este sentido, como humanidad, debemos preguntarnos cómo se debe solucionar la desigualdad. De manera errónea, hay quienes han sostenido que todo se resume a un problema de redistribución fiscal. Desde esta perspectiva, la solución consistiría en que el Estado, después de cobrarle impuestos a los más ricos, repartiera el dinero entre toda la población mediante gasto público y programas sociales. Sin embargo, no es tan sencillo.

Quienes afirman que todo se resuelve mediante una buena redistribución fiscal cometen un grave error, pues presuponen que la desigualdad es sólo un problema de concentración de la riqueza. En realidad, la desigualdad en el siglo XXI no sólo es económica. También hay desigualdad educativa, jurídica, tecnológica y de acceso a la salud. El Estado no sólo debe redistribuir de mejor manera el ingreso. Además, tiene que brindar las facilidades necesarias para cerrar la brecha educativa, garantizar la igualdad de todos ante la ley, proveer de servicios médicos de calidad y satisfacer las necesidades tecnológicas de su población.

En esta ocasión, en la décimocuarta entrega del reto “Un año de libros”, propuesto por el CEO de Facebook, Mark Zuckerberg, a principios de este año, hablaremos sobre un texto que, entre otras cosas, toca el tema de la desigualdad. Lo interesante es que aborda la problemática desde una perspectiva diferente, pues plantea que el mundo es desigual también en materia de energía.

El experto en temas energéticos Vaclav Smil, en su libro titulado Energía: Una guía para principiantes, nos revela que en el siglo XXI no todas las personas tienen acceso a la electricidad. Muchos países de África Subsahariana e Indochina, además de Nepal y la India, consumen muy poca energía. Por ejemplo, en países como Liberia, Chad y Burundi solamente el 5 por ciento de la población puede acceder a la electricidad.

En un mundo basado en el desarrollo tecnológico que se sustenta en la energía, resulta desproporcionado pensar en que hay personas que ni siquiera pueden tener un foco. Entiendo perfectamente que antes de dotar a las personas de cables y bombillas es necesario proveerles de alimento, vivienda, agua potable y salud.

Sin embargo, el texto de Smil nos muestra que el problema de la desigualdad es todavía mayor de lo que pensamos. No bastará con alimentar a la gente o con darles una casa. Además, si es que buscamos un mundo más igualitario, necesitamos garantizar el acceso a la energía. Un mundo donde no todos pueden tener electricidad es un mundo desigual, pues coloca a muchas personas en desventaja.

El texto de Smil sostiene que el tema del acceso a la electricidad no sólo es injusto porque limita a las personas. También lo es porque durante muchos años se nos ha dicho que los problemas ambientales, derivados del aprovechamiento de combustibles fósiles, es un asunto que atañe a “toda la humanidad”.

Vaclav Smil, en Energía, nos demuestra que, en realidad, las grandes potencias como Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Francia y Alemania son las que más energía consumen. Es un vicio político decir que es un problema de todos los países cuando sólo unos cuantos son los verdaderos responsables.

Tal vez lo más rescatable de Energía es, precisamente, que Smil responsabiliza a unos cuantos países de los problemas ambientales que enfrenta el mundo entero. El autor se pregunta: ¿Cómo podemos satisfacer la demanda energética del mundo y, al mismo tiempo, minimizar el cambio climático? Afirma, en este sentido, que la humanidad tiene dos opciones: Por un lado, debe regresar al proyecto nuclear. Los seres humanos necesitamos volver a producir energía eléctrica mediante plantas nucleares. Por otro, tenemos que invertir más dinero en el desarrollo y la comercialización de fuentes renovables de energía.

Vaclav Smil dice que durante los últimos años los proyectos nucleares en todo el mundo se han detenido. Según el autor, la paralización de la industria nuclear responde al miedo que genera esta fuente de energía. Los seres humanos quedamos con una gran incertidumbre después de los sucesos en Hiroshima, Nagasaki y Chernóbil. Nos angustian los proyectos nucleares. Sin embargo, Smil defiende a esta industria, pues nos recuerda que llevamos más de cien años de desarrollo tecnológico en materia nuclear y para él es un grave error tirar a la basura todos estos años de investigación científica.

Smil advierte que la industria nuclear se ha estancado por motivos de seguridad del Estado, ya que a varios países les inquieta la idea de que sus plantas nucleares sean objetivos terroristas. Para Smil, el desarrollo de la industria eléctrica y la solución de los problemas ambientales no pueden depender del pánico ante el terrorismo. Más bien, requerimos continuar con el avance de la industria nuclear y dejar en el pasado episodios traumáticos como el 11 de septiembre de 2001, por ejemplo.

El experto en energía sostiene que requerimos invertir más dinero en el desarrollo de energías renovables. Actualmente, es políticamente correcto decir que todo se debe generar con este tipo de energías. Sin embargo, científicamente es ingenuo este argumento. El mundo todavía no está preparado para satisfacer la demanda energética mediante fuentes renovables de energía. Requerimos años de investigación para lograrlo. Por ello, dice Smil, es necesario comenzar a destinar grandes cantidades de dinero a proyectos sustentables de energía. De lo contrario, el proceso será muy lento y difícilmente podremos sustituir con eficacia a los combustibles fósiles.

Además de contener una fuerte crítica a los problemas ambientales que enfrenta el mundo en el siglo XXI, Energía: Una guía para principiantes es un texto de divulgación científica, un libro que sirve como introducción al complejo mundo de la energía. El trabajo de Smil es un viaje insospechado a través de la vida y obra de grandes personajes como James Watt, James Prescott Joule y Thomas Alba Edison.

Desde una perspectiva interdisciplinaria, Smil nos enseña lo importante que es la energía en nuestra vida cotidiana. Con un lenguaje sencillo, el autor logra explicar complejos procesos geológicos, astronómicos y termodinámicos.

Desde mi perspectiva, Energía es un libro que todo aquel interesado en temas energéticos debería leer. La propuesta de Smil permite acercar las decisiones políticas a la ciencia. Cualquier político tiene como obligación principal tomar decisiones basándose en la ciencia, en los datos empíricos. La política energética no puede estar subordinada a los vaivenes de la demagogia y la discursividad política. Por el contrario, necesita construirse a través de argumentos científicos, realistas, pero también con base en claras decisiones culturales y éticas.

Aun así queda como una veta de análisis si de verdad no estamos preparados para satisfacer la demanda energética mediante fuentes renovables de energía o si intereses propios de la economía actual interfieren para lograr un auténtico desarrollo de las energías sustentables.

“El jugador”

“El jugador”

En la educación básica se nos enseña que la diferencia principal entre cuento y novela tiene que ver con su longitud y duración. Los cuentos son cortos y las novelas largas. Así de sencillo. Sin embargo, Gabriel García Márquez no estaría tan de acuerdo con esta distinción. En alguna ocasión le preguntaron cuál era la diferencia entre cuento y novela. Para él, además de la duración, había una desemejanza fundamental: “Las novelas son como pegar ladrillos mientras que los cuentos son como vaciar en concreto”. Es decir que el cuento se vierte de una sola vez en tanto la novela se va construyendo a partir de una idea original.

Las novelas se construyen poco a poco, como una casa, a gusto del escritor. Primero se colocan los ladrillos. Posteriormente, si el autor así lo desea, puede incorporar una ventana, un baño, una chimenea o una cocina. Puede decirse que las novelas son muchas ideas dispersas que se unen dentro de una misma historia. A la inversa, los cuentos son solamente una idea. El autor tiene solamente una oportunidad para expresarse. Por ello, el autor de Cien años de soledad utilizaba la metáfora de “vaciar en concreto”. Un cuento es una idea, un momento, un instante. Por el contrario, una novela contiene muchas ideas, muchos momentos, muchos instantes.

En consecuencia, hacer una reseña sobre una novela se convierte en un gran reto. En un espacio reducido, se debe hablar de muchas ideas al mismo tiempo. Por obvias razones, se corre el riesgo de olvidar un punto importante o un concepto fundamental. En pocas páginas es imposible hablar de manera extensa sobre las ventanas, la chimenea, la cocina y el baño de la novela. Por ello, en esta 13 entrega del reto Zuckerberg, no me detendré en las ventanas ni en la chimenea de la novela. Pues pretender abarcar tanto sería sumamente ambicioso. Simplemente, me limitaré a reflexionar en torno a dos cuadros, dos imágenes que se encuentra dentro de la novela.

En esta ocasión nuestra atención se centra en El jugador, una novela de ciencia ficción, escrita en 1988, por el escocés Iain Banks. El Jugador es el segundo libro de la saga sobre La Cultura, una serie de textos con los que Banks ha cautivado a toda una generación amante de la ciencia ficción. La novela relata la historia de Jernau Morat Gurgeh, un hombre cuya mayor pasión en la vida es practicar diversos juegos electrónicos, similares a un juego de mesa, pero con mucha mayor tecnología.

En el siglo XXI, pensar en juegos de mesa electrónicos suena demasiado arcaico. Los inventos futuristas de Banks fueron rápidamente superados por la realidad. En 1988 cuando El Jugador fue publicado, todavía no existían las consolas de videojuegos que conocemos actualmente. Banks nunca se imaginó los avances que lograrían empresas como Sony o Microsoft con el Play Station y el Xbox, respectivamente.

Gurgeh, nuestro personaje principal, es uno de los mejores jugadores en su mundo, es decir, en La Cultura. Goza de una fama envidiable y se da una vida con ciertos lujos. Sin embargo, en algún momento, Gurgeh se siente vacío, empieza a pensar que su vida es monótona, aburrida, sin chiste. Por ello, y además amenazado por un robot, Gurgeh decide emprender un viaje que le dé sentido a su vida. Durante más de dos años, nuestro protagonista Gurgeh viaja por el espacio hasta llegar a una civilización mucho menos avanzada tecnológicamente que La Cultura.

El Imperio, como se llama la civilización a la llega Gurgeh, tiene un sistema político jerárquico. A diferencia de La Cultura, donde no existe el poder ni la riqueza, en El Imperio gobierna una sola persona. Banks afirma que los habitantes del Imperio son una especie de “bárbaros”, de “animales”, pues basan su sistema económico en la propiedad. Según el autor, la propiedad evita el desarrollo tecnológico. En esta parte del texto Banks delinea su postura político-económica. Desde una visión socialista, el autor afirma que la propiedad es uno de los peores vicios de la sociedad. La Cultura, un sistema político donde no hay propiedad y, por ende, no hay riqueza, es mucho más avanzada tecnológicamente y, además, mucho más igualitaria. Si bien podría decirse que Banks se pronuncia a favor del estado liberal y, por ende, igualitario, también hace una severa crítica al sistema capitalista.

En este sentido, dejando de lado la ciencia ficción y volviendo a la realidad, podemos preguntarnos: ¿Los países que fueron socialistas también eran los más avanzados tecnológicamente en su momento? La respuesta parece obvia. Las sociedades capitalistas, principalmente Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y los países nórdicos han gozado de mejores adelantos tecnológicos. El texto de Banks todavía creía en el socialismo de su tiempo. Sin embargo, como todos sabemos, un año después cayó el muro de Berlín y, en 1991, se disolvió la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Banks no previó en su novela este declive estrepitoso de los sistemas socialistas.

Además de englobar una doctrina política de carácter socialista, El Jugadornos habla también acerca del racismo, la sexualidad, los roles de género y las libertades sexuales. En La Cultura las personas pueden cambiar de sexo cuando lo deseen. Así, es posible mantener relaciones sexuales tanto con hombres cuanto con mujeres. De hecho, en una parte del texto, a Gurgeh lo tachan de “anticuado” por nunca haber mantenido relaciones sexuales con otro hombre. Cambiar de sexo en La Cultura es de lo más normal. Por su parte, en El Imperio, existen tres distintos sexos: los hombres, las mujeres y los ápices. Estos últimos son una especie de mezcla entre hombre y mujer. Ni son de un sexo ni del otro. Lo curiosos es que los ápices son el sexo más exitoso en El Imperio. Los ápices dominan a los hombres y a las mujeres porque contienen a ambos y a ninguno.

¿Qué nos quiso decir Banks con la invención de los ápices? ¿Estaría hablando tal vez sobre la homosexualidad? ¿Sería una crítica a nuestra sociedad? ¿Banks en El Jugador plantea una utopía donde hombres y mujeres pueden cambiar de preferencias sexuales sin ser estigmatizados? Con estas preguntas me viene a la mente la famosa frase de que “en política no hay coincidencias” y agregaría, lo mismo vale para la cultura. ¿No es curioso que Mark Zuckerberg haya propuesto El Jugador como lectura para estas dos semanas? ¿Tendrá alguna relación con la decisión del Tribunal Supremo de los Estados Unidos en torno al matrimonio entre personas del mismo sexo? ¿Será que Banks, como buen escritor de ciencia ficción, predijo el futuro, y éste lo alcanzó demasiado rápido? ¿La utopía sobre la sexualidad humana de Banks se logró este 2015?

La novela mantiene en muchos momentos un ritmo en apariencia tedioso y aburrido. Lo cierto es que el autor busca con ello acompañar el relato en donde La Cultura es un mundo sin pasión y sin grandes momentos vitales. Todavía hay mucho material para debatir en las obras sobre La Cultura. Aquí dejaremos nuestro análisis. En resumen, podría decirse que Banks, con El Jugador, planteó dos utopías: Por un lado, dibujó un mundo feliz, sin propiedad, sin clases sociales, sin desigualdad. Por otro, esgrimió un universo con mayores libertades sexuales. Desde mi perspectiva, Banks acertó una de dos. El socialismo parece lejos y las libertades sexuales se vislumbran cada vez más cerca.

“Sapiens: una breve historia de la humanidad”

“Sapiens: una breve historia de la humanidad”

Era julio de 1969. El ser humano, por primera vez, había llegado a la Luna. El momento en que Neil Armstrong pisó la Luna siempre será recordado como una de las mayores conquistas de la humanidad. A la par, la invención de la rueda, la electricidad o el Internet pueden ser catalogadas como proezas inaugurales del ser humano. Sin embargo, no todo lo que hemos hecho como especie es digno de ser alabado. En ocasiones, hemos cometido errores o actos lamentables. La tortura, la bomba atómica, la quema de libros o el genocidio constituyen yerros graves en nuestra historia. Contraviniendo con ello una idea simplista de la evolución humana.

Desde mi perspectiva, la intolerancia es el punto clave para explicar los actos de barbarie. Como especie, en muchas ocasiones, nos ha costado trabajo aceptar el pensamiento de los demás. Así, podemos recordar los discursos discriminatorios e intolerantes del nazismo, en Alemania, o el Ku Klux Klan, en Estados Unidos que desembocaron en el exterminio de miles de personas por el por el simple hecho de practicar otra religión, tener un color distinto de piel o practicar costumbres o tradiciones distintas. Y penosamente este tipo de discursos no han quedado en el pasado, siguen vigentes y se reproducen cotidianamente en la cultura.

En la doceava entrega del reto de Mark Zuckerberg, el autor israelí Yuval Harari, en su libro Sapiens: una breve historia de la humanidad nos dice que el genocidio es una práctica muy antigua. El primer acto genocida, sostiene este autor, tuvo lugar hace miles de años cuando convivían juntos los Homo sapiens y los Neandertales.

El libro de Harari, publicado en 2014, afirma que la tolerancia no es una marca registrada del Homo sapiens. En el mundo moderno, se han perpetrado los peores actos de violencia por cuestiones irracionales como se ha señalado. Parecería que los sapiens habrían acabado con los Neandertales hace miles de años. Según Harari, los Neandertales eran demasiado similares a los sapiens para ignorarlos, pero, también, demasiado diferentes como para tolerarlos. Así, el fin de los Neandertales podría constituir la primera “limpieza étnica” perpetrada por los sapiens.

Pero Harari, siguiendo el método contrafactual de Max Weber, se pregunta: ¿Qué habría pasado si los Neandertales hubieran convivido de manera pacífica con los sapiens? ¿La Biblia habría dicho que Adán y Eva eran Neandertales? ¿Karl Marx habría llamado a todos los pueblos sapiens y Neandertales a unirse para combatir al Capital? ¿Un Neandertal habría sido el primero en pisar la Luna? ¿El Presidente de Estados Unidos sería sapiens o Neandertal? Tal vez, si estas dos especies hubieran convivido juntas, los sapiens habríamos aprendido, hace miles de años, a tolerar al prójimo, a respetar al diferente, al Otro.

Harari, al final del texto, basándose en diversas investigaciones científicas, asegura que los seres humanos, en un tiempo no muy lejano, conviviremos con otra especie diferente del Homo sapiens, es decir, tendremos que coexistir con otro tipo de humanos. La tolerancia, en ese momento, deberá ser el pilar de nuestro comportamiento, basada en la comprensión de que somos un animal más. Necesitamos extraer de nuestro pensamiento la idea antropocéntrica del mundo, pues al igual que los chimpancés, los leones y las jirafas, los seres humanos poseemos instintos, evolucionamos, nos reproducimos y, tal vez lo más importante, somos muy vulnerables a la naturaleza.

En Sapiens, el autor, en todo momento, sostiene que los seres humanos somos un animal más. Pero, a diferencia de otras especies, los Homo sapiens nos distinguimos por poseer un lenguaje especializado que nos ha permitido representar la realidad y explicar cuestiones abstractas. Por ello, los seres humanos, afirma Harari, hemos podido conceptualizar la existencia de dioses o establecer un sistema económico basado en la ficción del dinero. A diferencia de los gorilas, por ejemplo, los Homo sapiens somos capaces de creer en los derechos humanos o de estremecernos ante una obra de teatro.

El lenguaje, sostiene Harari, es lo que permitió a los Homo sapiens sobrevivir ya que los Neandertales, afirma el autor, no desarrollaron una forma de comunicación tan especializada y, tal vez, por esa razón se extinguieron. Así Harari enfoca sus esfuerzos de síntesis, dando como resultado la siguiente periodización histórica de lo que él llama las tres grandes revoluciones de la humanidad: 1) la Revolución cognitiva, hace 70 mil años; 2) Revolución agrícola, hace 12 mil años, y 3) Revolución científica, hace 500 años. En todas ellas el lenguaje nos ha permitido construir conocimiento y, por ende, desarrollar la ciencia y la tecnología. Harari afirma, en este sentido, que la última gran revolución importante en la historia de la humanidad fue la Revolución científica. En ella, se privilegió el papel de la razón y, posteriormente, se desarrolló la tecnología. Surgieron las grandes fábricas, los automóviles, las naves espaciales, el Internet y las redes sociales.

Ahora bien, ¿qué transformó preeminentemente a la industria moderna? El tiempo, responde el autor. La línea de producción inauguró una nueva temporalidad, la de la precisión. Las exigencias de la empresa, a diferencia de las del taller artesanal, implican medir la relación entre producción y tiempo para conocer la eficiencia, así como la división de las labores, que obliga a los ensambladores a no demorar el trabajo de los demás. Los trabajadores deben entonces llegar puntualmente, comer en un tiempo delimitado, así como dormir y trasladarse, todo en beneficio de la eficiencia. En efecto, el transporte público tuvo que modificarse de acuerdo a los nuevos requerimientos, y en 1784 se inauguró en Inglaterra el primer transporte con horarios precisos, ya ajeno a los tiempos veleidosos de la carreta. Como una avalancha, la nueva temporalidad de la fábrica llegó a las escuelas, al hospital, a las oficinas de gobierno y a las tiendas. Sin embargo, se carecía de un único criterio temporal, de modo que los trenes optaron por acomodarse a la hora que daba el observatorio de Greenwich. El resto es la historia moderna.

La gran pregunta es si después de la Revolución científica los seres humanos somos más felices. Al fin y al cabo, los grandes descubrimientos de los últimos siglos tuvieron la intención de hacer más práctica y feliz la vida de la humanidad. Harari concluye que los seres humanos no somos más felices que antes, la felicidad es sobre todo un estado bioquímico que heredamos de nuestros padres. La tecnología no está asociada con la felicidad. Los celulares, el Internet, las redes sociales o los automóviles no hacen más dichosa la vida. La tecnología sólo ha modificado nuestro estilo de vida, no nuestros instintos, ni satisfecho nuestros deseos.

Yuval Harari, con destreza, nos demuestra que seguimos siendo los mismos. En miles de años no hemos evolucionado. Estamos lejos de mejorar y, en ocasiones, con nuestras posiciones, parece que no avanzamos, permanecemos. Tal vez, un buen principio para cambiar puede ser aceptarnos como animales, como humanos falibles, con deficiencias y errores. Y recordar, en todo momento, como diría Nietzsche, que somos humanos, demasiado humanos. Una voz parsimoniosa lejana y distante sostiene, capítulo tras capítulo, la trama de este libro que como muestra palpable del discurrir de la humanidad, no como un proceso acabado, sino en permanente construcción y análisis.

Muqaddima

Muqaddima

El onceavo reto de Mark Zuckerberg nos lleva en esta ocasión a revisar una de las grandes obras de la historia: Muqaddima de Ibn Jaldún (1332-1406) quien fuera una de las figuras más importantes del pensamiento clásico del Islam.

La revisión histórica que muchas culturas ha hecho a lo largo del tiempo ha originado la escritura de una historia universal con eje en su propia cosmovisión. El carácter universal del conocimiento tratado en Muqaddimatiene como antecedente la Historia Natural de Plinio y las Etimologías de Isidoro, y como continuación, todas las historias generales de los pueblos hasta la Enciclopedia misma. La obra que aquí reseñamos no es posible concebirla fuera del poder político que para el siglo de su composición (XIV) goza el Islam en Europa.

Ibn Jaldún busca presentar una historia de la historia de una manera didáctica, para explicar a sus lectores cómo leer el pasado, cómo juzgar los procesos y sucesos históricos, el sentido del progreso y la decadencia de las civilizaciones, cómo valorar a una cultura a partir de sus elementos fundacionales y los hechos que ella genera, entre otros. Su escritura de la historia se expone con detalle y agudeza, de tal suerte que la obra ha sido vista como precursora de la teoría social contemporánea, e incluso con fuertes afinidades intelectuales con los pensadores más prominentes del Siglo de las Luces y los pensadores decimonónicos.

Es fama que los árabes, tras entregarse al estudio del griego y del latín, conocieron profundamente la obra escrita de ambas culturas y de ellas recibieron las disciplinas filosóficas y retóricas, como queda de manifiesto a lo largo de Muqaddima, donde se cita lo mismo a Aristóteles que a Galeno. Aún más, textos como éste eran muchas veces la única fuente para Occidente de los entonces perdidos autores griegos, entre ellos Aristóteles.

Muqaddima, según se dice, equivale a entender Prolegómenos, es decir, lo que introduce. Se supone que este texto abría uno de mayores proporciones; sin embargo, el Muqaddima tiene unidad en sí mismo como compendio.

En cuanto a la distribución de la obra, su autor la dividió en seis partes o libros. El primero trata sobre la historia: qué es, cuáles son sus métodos, qué estudia, cuáles son los problemas en su investigación, y subraya la importancia de cultivar su estudio ya que muchos pueblos la han considerado no sólo fuente de placer, sino de consejo. En este capítulo también incluye el tema del espacio en que se desarrolla el ser humano, es decir, el ámbito geográfico, donde describe las regiones de la tierra, y lo inherente de sus peculiaridades físicas y humanas. Ibn Jaldún se ocupa en tres apartados de examinar la influencia física y psíquica del clima y los recursos naturales y nutritivos, atribuciones que para el autor son determinantes. La geografía climática lo invita a reflexionar sobre el carácter de los pueblos, igual que cientos de años después lo haría Montesquieu. En la última sección de ese primer capítulo examina el caso de las personas excepcionales “que alcanzan el conocimiento de lo oculto, bien por disposición natural o por ejercicio iniciático”. De estas personas excepcionales los profetas son los más importantes, ya que si bien en la historia existe un andamiaje de determinaciones inexorables, el profeta es el único que, por gracia de Dios, esquiva a esas determinaciones. De ahí que la influencia y la revelación que comparten, puede cambiar la historia. El caso más paradigmático de ello es, por supuesto, el profeta Mahoma.

El segundo libro examina la primera forma de organización humana, la civilización nómada. En el siguiente estudia cómo ese grupo nómada deviene en un grupo de poder, que conquista a otros pueblos sedentarios o civilizaciones urbanas. El cuarto libro, quizá uno de los más interesantes por sus aportaciones, trata sobre la creciente complejidad de la civilización urbana y sus problemas sociales. Allí analiza temas de economía que nadie había tratado antes ni en Occidente, ni en el Islam: el origen del enriquecimiento y la decadencia, alzas y bajas de precios, el desarrollo de obras públicas, las características sociales que van aparejadas con el auge económico, entre otras. El libro quinto versa sobre los oficios y la diferenciación social que surgen con el desarrollo de la civilización urbana y su relación con lo económico. Por último, en el sexto libro, con el que cierra la obra, examina el origen del conocimiento y el sentido de las distintas ciencias, tanto “racionales”, metafísica, lógica y astronomía, como “tradicionales”, medicina, ingeniería y enseñanza. Incluye, asimismo, una refutación sobre la astrología, la alquimia y la filosofía, las cuales considera son peligrosas ya que pueden apartar a los hombres de la verdad y la religión. La obra termina con observaciones lingüísticas relativas a la lengua y la poesía árabes. Podemos decir, contundentemente, que el saber vertido en la obra es enciclopédico.

La obra de Ibn Jaldún es un continuum de sobria belleza, no aspira a ser original en lo que dice, sino que está interesado en transmitir la experiencia de lo “verdadero”. En vez de decir “guerra” y “cultura”, dice “la espada” y “la pluma”, la primera correspondiendo más a establecer el poder de una dinastía, la segunda a contenerlo. En vez de decir que la música afecta el ánimo del hombre, dice que “lo invade cierta embriaguez que lo impele a crear luz de las dificultades”. Define la poesía como “una copa prohibida, pero sólo a aquellos que ignoran cómo beberla.” Cuenta que “un poeta llegó a la guerra, se adelantó a las líneas de batalla y cantó. Su música fue tal que pudo mover montañas bien cimentadas y así consiguió infundir en los guerreros el deseo de buscar la muerte, incluso en aquellos en quienes no estaban.” Tan propenso a las fábulas, el árabe se vale de ellas hasta en los tratados técnicos.

Quien quisiera averiguar acerca del método de este texto, atienda: “La instrucción científica es un oficio. Esto es porque la habilidad en una ciencia, el conocimiento de sus diversos aspectos, y la maestría son el resultado de un hábito que capacita a su posesor de entender todos los principios básicos de esta ciencia particular, de percatarse de sus problemas y de deducir sus detalles desde sus principios. En tanto esos hábitos no hayan sido adquiridos, la habilidad en una disciplina no aparecerá. El hábito es diferente del entendimiento y conocimiento de memoria. El entendimiento de un solo problema en una sola disciplina lo mismo puede ser encontrado en el versado de esa disciplina en particular que un principiante, en el hombre común que no tiene conocimiento científico en particular y en el docto erudito. El hábito, por otra parte, pertenece única y exclusivamente al erudito o persona avezada en las disciplinas científicas. Esto muestra que el hábito es diferente del entendimiento.”

La lectura de Muqaddima de Ibn Jaldún sigue produciendo interés entre quienes le leen por primera vez, no sólo en Occidente, sino también entre los árabes y todos aquellos que ven en él al precursor de varias historias universales. Es, de hecho, uno de los autores árabes clásicos cuya obra es más leída, estudiada y comentada a lo largo del Islam. Con beneplácito podemos leer que en esta obra el hábito del saber fue legado a la posteridad como una posesión universal y permanente.

a juvenil y el crimen, para mostrar con su estudio la enorme fisura social que existe en las comunidades estadunidenses.

El nuevo Jim Crow

El nuevo Jim Crow

Michelle Alexander nos muestra, en la décima propuesta del reto de Mark Zuckerberg The new Jim Crow: Mass Incarceration in the Age of Colorblindness, que siguen siendo vigentes las grandes divisiones raciales, generando amplios costos sociales en las políticas de justicia de los Estados Unidos. La abogada y defensora de los derechos humanos expone el sinuoso camino por el cual la propaganda envuelve a la discriminación y las políticas racistas encubiertas trastocan el ideal de la justicia del sueño de vida americano.

El objetivo de este texto es explícito: demostrar que los Estados Unidos –ciudadanos y gobierno- se equivocan al creer que la discriminación racial o un daltonismo cómodo específicamente contra los negros, es cosa del pasado.

La discriminación racial sistémica en Estados Unidos es, en opinión de Alexander, una vuelta muy comparable con las leyes segregacionistas de Jim Crow, promovidas desde la segunda mitad del siglo XIX, que sistematizaban un número de desventajas económicas, educativas y sociales para la población afroamericana. Concretamente, el libro busca difundir información que permita eliminar la encarcelación masiva contra las comunidades de negros.

Este libro no es para todos. La autora expresa haberlo escrito para aquellos a quienes “les importa profundamente la justicia racial pero no tienen idea de la magnitud de la crisis enfrentada por las comunidades de color como resultado de la encarcelación masiva”.

La información que proporciona Alexander se da en dos direcciones: testimonial y estadística. Como muestra de la primera podemos ver que Jarvious Cotton no puede votar. Su historia se convertiría en el inicio mismo de la madeja de este libro. El árbol familiar de los Cotton cuenta la historia de varias generaciones de hombres negros que aunque nacieron en Estados Unidos les fue negada la más básica de las libertades que promete la democracia: la libertad para votar por aquellos que harán las reglas y leyes que gobernarán la vida de cada uno.

El tatarabuelo Cotton no pudo votar en tanto era esclavo; su nieto fue asesinado a golpes por el Ku Klux Klan por intentar votar, al padre de Jarvious le fue impedido votar por impuestos y por no cumplir con las pruebas de escolaridad. Hoy, Jarvious Cotton no puede votar porque, como tantos otros hombres negros en Estados Unidos, ha sido etiquetado como delincuente y, actualmente, está en libertad bajo palabra.

Casos como el anterior llevan a la autora a criticar la democracia estadunidense: indica que desde los mismos padres fundadores hasta el presente existe la intención de segregar a los negros de la ciudadanía.

La joven profesora de la Universidad Estatal de Ohio defiende el punto de que el racismo ha mudado de modalidad: en la actualidad no se segrega por el color de piel en general, sino que el sistema judicial estadunidense se encarga de producir estereotipos donde el negro es un criminal y, por lo tanto, la segregación queda validada por la justicia.

Como resultado, el negro que es etiquetado como criminal, a su vez, es discriminado de las mismas formas en que antes se discriminaba a un negro por el simple hecho de serlo: discriminación laboral, hogareña, prohibición de votar, exclusión de servir como jurado, impedimento de conseguir ciertos alimentos o bienes, entre otras muchas restricciones como ciudadanos.

Hay estadunidenses que dicen que la guerra contra las drogas (War on Drugs) en Estados Unidos es una justificación para poner a los negros “en su lugar”, es decir, en prisión. A pesar de que esta idea suena exagerada, la autora hace las siguientes anotaciones:

La versión oficial dice que la guerra contra las drogas inició a raíz de la difusión mediática de la crisis “crack-cocaine” en los 80. El entonces presidente Ronald Reagan decretó esta guerra contra las drogas en 1982. El gabinete de Reagan contrató publicistas que se concentraron en popularizar este tema para ganar simpatías por la causa de esta guerra. Así, los medios fueron inundados de los estereotipos de la prostituta, el desempleado e incluso del bebé adicto al crack, pero todos ellos eran invariablemente negros. Se llegó a decir que la misma Agencia Central de Inteligencia (CIA) distribuía la droga en los vecindarios pobres para exterminar a los negros.

En 1998, la CIA reconoció que bloqueó investigaciones sobre redes ilegales de venta de droga provenientes de Nicaragua, cuyos destinatarios eran comunidades negras de escasos recursos. Lo cual equivale a decir que la agencia colaboró en la destrucción de las comunidades negras al obviar el paso ilegal de las drogas. Sin embargo, la CIA no asume las responsabilidades derivadas de estas acciones.

Para nuestra autora el impacto de la guerra contra las drogas ha sido sobrecogedor, sobre todo porque, en menos de 30 años, la población de los penales de Estados Unidos aumentó de 300 mil a más de 2 millones, de los cuales la mayoría están en prisión por delitos contra la salud y tráfico de drogas. Como resultado, actualmente, Estados Unidos tiene el mayor índice de encarcelación en el mundo. Ningún otro país encarcela un porcentaje tan alto de su población negra, ni Sudáfrica en lo más álgido del apartheid.

La autora argumenta que este porcentaje de encarcelamiento de negros no puede ser explicado con relación al mercado de las drogas, pues se ha demostrado que personas de todos los orígenes raciales usan, consumen y venden drogas.

El resultado de semejante cantidad de negros con antecedentes penales es la discriminación que sufrirán una vez libres, pues el estigma de ser criminales difícilmente podrá ser superado.

Alexander considera que el hecho de que el presidente Obama haya llegado al poder no es algo positivo para resolver esta problemática, pues la población más afectada por el sistema de justicia –los negros- puede ser susceptible de un engaño poderoso; el que un negro habite la Casa Blanca no significa que el problema racial ha acabado.

En la gran mayoría de sus discursos, Obama pretende incluir negros, estudiantes, militares, migrantes, amas de casa, intelectuales, jóvenes y viejos en una estrategia con miras interraciales e intersociales y cuya apariencia de homogeneidad y proximidad minimiza los problemas estructurales del racismo y el clasismo.

En opinión de Alexander, se ha exagerado la importancia que tienen individuos exitosos dentro de las estructuras de poder y, por lo tanto, se ha demeritado el llamado a una completa restructuración de la sociedad estadunidense. Ahora, parece que el problema debe ser resuelto por los tribunales de justicia, en la casuística, o por el Presidente. Pero Obama, por sí sólo, no es suficiente. Entonces ¿Quién debe actuar en contra del sistema de justicia y del racismo actual? La comunidad negra, en tanto grupo, responde la autora.

Ahora, en Estados Unidos, hay una forma más eficiente de discriminación: el sistema penitenciario, que es una forma única de control social. La cárcel ha reemplazado a la esclavitud y a las leyes de Jim Crow. Así el libro El nuevo Jim Crow es un alerta decidida para el sueño insensible de los pobres, desposeídos y marginados.

Peter Huber: “La venganza de Orwell”, 1984

Peter Huber: “La venganza de Orwell”, 1984

Nuestra época, deudora de la especialización, ha privilegiado los moldes rígidos para la literatura: ficción y no-ficción; novela, cuento, poema o ensayo, y ya brotan nuevas clasificaciones en la delirante cultura de hoy, con lo cual tenemos finalmente, como resultado de tales ingredientes, la emergencia de un lector domesticado para el consumo.

El libro que nos ocupa, publicado en 1994 y que constituye el noveno título del reto que Mark Zuckerberg propusiera a principios de este año, provoca el escándalo de las formas bien definidas, pues todo él es un centauro que alterna géneros distintos de escritura. Pero la provocación no acaba en la forma, pues la idea central de este libro se resume básicamente así: Orwell estaba equivocado; su propuesta en 1984 está mal construida desde la raíz. ¿En qué se equivocó?: en sus temores respecto del progreso tecnológico como comparsa del totalitarismo, afirma Huber. Para demostrar este punto, el autor confecciona un texto que alterna la ficción y la no-ficción o, para decirlo con más precisión, la novela y el ensayo. Gran conocedor de Orwell, Huber se ha valido no sólo de una lectura metódica de su obra sino de técnicas computarizadas que la lingüística puso de moda hace unas décadas, tales como la estadística de la frecuencia de determinadas palabras. Así, el autor nos descubre que la palabra clave de más frecuencia en 1984 es “pantalla” (“telescreen” o “screen”) con 119 apariciones, incluso más que “Gran Hermano” con 74. Recordemos que en 1984 esta pantalla habita en todos los cuartos y talleres, permanece prendida todo el tiempo, transmitiendo y recibiendo imágenes a la vez: propaganda y espionaje se unifican en un aparato que cualquier miembro que no forman parte de la cúpula dirigente, no puede apagar y desde la cual el Gran Hermano observa.

Mucho le desagrada a Huber la idea de la pantalla de Orwell, dotada de ubicuidad y que materializa al espía tecnológico que hace posible el control absoluto del Gran Hermano.

Considera que esta idea se ha visto desmentida tras la muerte del también autor de La rebelión en la granja, quien carecía de conocimientos tecnológicos precisos y para quien toda tecnología, desde la radio hasta el cine, terminaría por convertir a los humanos en seres irracionales, para decir con Orwell mismo, “mentes embotelladas”. Huber lamenta que Orwell no sea claro respecto del funcionamiento puntual de su pantalla, ni de cómo se conecta o cómo se selecciona la vigilancia.

En mi opinión 1984 no pretendió ser una proyección científicamente avalada –empresa por demás imposible– de nuestras sociedades en el futuro. Es, ante todo, literatura: el arte contiene intuiciones, nunca explicaciones. ¿Qué significa, sin embargo, que desde su aparición se le haya considerado como profecía? Parece ante todo un fenómeno sintomático del nivel de reconocimiento que los lectores han podido experimentar en su entorno social como miembros del gran aparato moderno que es el Estado.

Huber apunta que logísticamente sería inverosímil un nivel de control semejante al del Gran Hermano en nuestras sociedades modernas, sencillamente por la cantidad de personas que habitan un país. A decir verdad, puede que tenga razón, pero no por eso hace desaparecer el problema de fondo: la tecnología como modulador de ideología o como abierta herramienta de espionaje, control y castigo.

En este sentido algunos críticos han señalado con preocupación la creación de cédulas de identidad ciudadana basadas en la recopilación de datos escaneados del iris de los ojos. De esta forma la recopilación de datos biométricos a gran escala es otra modalidad de dispositivos informáticos y de vigilancia tecnológica inteligentes en constante evolución, que están programados para la identificación, monitoreo y seguimiento de bancos de información. Sin embargo su funcionamiento se ha visto detenido en buena medida por la oposición ciudadana y es un caso que merecería mayor reflexión. En efecto, si la tecnología (o tecnociencia como quieren algunos) no se ha convertido aún en la injerencia abierta y brutal del poder, ha sido por los límites políticos, como lo reconoce el mismo Huber: “A medida que la maquinaria gubernamental crece, sus fines se tornan menos rígidos… Significa que en los países en los que ya existe una fuerte tradición liberal arraigada, la tiranía burocrática tal vez nunca pueda completarse.”

En el siglo XXI y en Occidente ya no tenemos la “tiranía burocrática” a la antigua, donde uno se encuentra constantemente vigilado y tiene que acatar al pie de la letra la orden superior; el poder ha devenido algo más sutil y engañoso: nos provee de un imaginario de la libertad de elección a la vez que delimita al deseo.

No pasemos por alto que Mark Zuckerberg recomendó el libro de Huber. La asociación es demasiado obvia como para ignorarla. La tesis de Huber es: tecnología no es igual a vigilancia. Facebook es discutiblemente el dispositivo tecnológico de mayor alcance y prestigio en la actualidad. Por lo tanto, Facebook no es igual a vigilancia. ¿Por qué entonces cinco países como Francia, Bélgica, Alemania, Holanda y España iniciaron a principios de 2015, bajo el auspicio de la Comisión Nacional de Informática y Libertades francesa, una investigación en su contra sobre irregularidades en el manejo y protección de datos personales? En una iniciativa similar, Google fue sancionado por “vulnerar gravemente los derechos de los ciudadanos” y se le impuso una multa de un millón 23 mil dólares. Y en Europa, desde 2014 los buscadores como Google tienen la obligación de eliminar de sus listas de resultados aquellos enlaces que violen ciertos derechos de un ciudadano, a petición de éste, debido a una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea.

Muchas veces le ha correspondido a la literatura develarnos aspectos de nosotros y la sociedad que habitamos y que permanecen como puntos ciegos para el análisis.

No busquemos en 1984 una radiografía de nuestros tiempos, pero sí una profunda intuición de la omnipresencia del poder con la que sueñan algunos Estados modernos. El subtítulo del libro de Huber es la palabra griega “palimpsesto”, de donde entendemos la invitación a borrar, deshacernos, sobreescribir la distopía orwelliana. Así, borrada la memoria de 1984, hemos de escuchar la propuesta de Huber que viene a ser algo como una denegación bastante elaborada. ¿Los palimpsestos no fueron siempre denegaciones?

La relectura de Huber sobre Orwell es una clara muestra del pensamiento posmoderno que se preocupa más por las formas que por el fondo, anclado más en el prejuicio que en el juicio, en lo inmediato que en lo trascendente. Las redes sociales tienen todavía mucho que demostrar sobre sus bondades. Finalmente entre orwelianos te veas la duda permanente del poder y el control sobre la sociedad de información o es una utopía o una espada de Damocles. He allí la verdadera venganza de Orwell.

Peter Huber: “La venganza de Orwell”, 1984

Peter Huber: “La venganza de Orwell”, 1984

Nuestra época, deudora de la especialización, ha privilegiado los moldes rígidos para la literatura: ficción y no-ficción; novela, cuento, poema o ensayo, y ya brotan nuevas clasificaciones en la delirante cultura de hoy, con lo cual tenemos finalmente, como resultado de tales ingredientes, la emergencia de un lector domesticado para el consumo.

El libro que nos ocupa, publicado en 1994 y que constituye el noveno título del reto que Mark Zuckerberg propusiera a principios de este año, provoca el escándalo de las formas bien definidas, pues todo él es un centauro que alterna géneros distintos de escritura. Pero la provocación no acaba en la forma, pues la idea central de este libro se resume básicamente así: Orwell estaba equivocado; su propuesta en 1984 está mal construida desde la raíz. ¿En qué se equivocó?: en sus temores respecto del progreso tecnológico como comparsa del totalitarismo, afirma Huber. Para demostrar este punto, el autor confecciona un texto que alterna la ficción y la no-ficción o, para decirlo con más precisión, la novela y el ensayo. Gran conocedor de Orwell, Huber se ha valido no sólo de una lectura metódica de su obra sino de técnicas computarizadas que la lingüística puso de moda hace unas décadas, tales como la estadística de la frecuencia de determinadas palabras. Así, el autor nos descubre que la palabra clave de más frecuencia en 1984 es “pantalla” (“telescreen” o “screen”) con 119 apariciones, incluso más que “Gran Hermano” con 74. Recordemos que en 1984 esta pantalla habita en todos los cuartos y talleres, permanece prendida todo el tiempo, transmitiendo y recibiendo imágenes a la vez: propaganda y espionaje se unifican en un aparato que cualquier miembro que no forman parte de la cúpula dirigente, no puede apagar y desde la cual el Gran Hermano observa.

Mucho le desagrada a Huber la idea de la pantalla de Orwell, dotada de ubicuidad y que materializa al espía tecnológico que hace posible el control absoluto del Gran Hermano.

Considera que esta idea se ha visto desmentida tras la muerte del también autor de La rebelión en la granja, quien carecía de conocimientos tecnológicos precisos y para quien toda tecnología, desde la radio hasta el cine, terminaría por convertir a los humanos en seres irracionales, para decir con Orwell mismo, “mentes embotelladas”. Huber lamenta que Orwell no sea claro respecto del funcionamiento puntual de su pantalla, ni de cómo se conecta o cómo se selecciona la vigilancia.

En mi opinión 1984 no pretendió ser una proyección científicamente avalada –empresa por demás imposible– de nuestras sociedades en el futuro. Es, ante todo, literatura: el arte contiene intuiciones, nunca explicaciones. ¿Qué significa, sin embargo, que desde su aparición se le haya considerado como profecía? Parece ante todo un fenómeno sintomático del nivel de reconocimiento que los lectores han podido experimentar en su entorno social como miembros del gran aparato moderno que es el Estado.

Huber apunta que logísticamente sería inverosímil un nivel de control semejante al del Gran Hermano en nuestras sociedades modernas, sencillamente por la cantidad de personas que habitan un país. A decir verdad, puede que tenga razón, pero no por eso hace desaparecer el problema de fondo: la tecnología como modulador de ideología o como abierta herramienta de espionaje, control y castigo.

En este sentido algunos críticos han señalado con preocupación la creación de cédulas de identidad ciudadana basadas en la recopilación de datos escaneados del iris de los ojos. De esta forma la recopilación de datos biométricos a gran escala es otra modalidad de dispositivos informáticos y de vigilancia tecnológica inteligentes en constante evolución, que están programados para la identificación, monitoreo y seguimiento de bancos de información. Sin embargo su funcionamiento se ha visto detenido en buena medida por la oposición ciudadana y es un caso que merecería mayor reflexión. En efecto, si la tecnología (o tecnociencia como quieren algunos) no se ha convertido aún en la injerencia abierta y brutal del poder, ha sido por los límites políticos, como lo reconoce el mismo Huber: “A medida que la maquinaria gubernamental crece, sus fines se tornan menos rígidos… Significa que en los países en los que ya existe una fuerte tradición liberal arraigada, la tiranía burocrática tal vez nunca pueda completarse.”

En el siglo XXI y en Occidente ya no tenemos la “tiranía burocrática” a la antigua, donde uno se encuentra constantemente vigilado y tiene que acatar al pie de la letra la orden superior; el poder ha devenido algo más sutil y engañoso: nos provee de un imaginario de la libertad de elección a la vez que delimita al deseo.

No pasemos por alto que Mark Zuckerberg recomendó el libro de Huber. La asociación es demasiado obvia como para ignorarla. La tesis de Huber es: tecnología no es igual a vigilancia. Facebook es discutiblemente el dispositivo tecnológico de mayor alcance y prestigio en la actualidad. Por lo tanto, Facebook no es igual a vigilancia. ¿Por qué entonces cinco países como Francia, Bélgica, Alemania, Holanda y España iniciaron a principios de 2015, bajo el auspicio de la Comisión Nacional de Informática y Libertades francesa, una investigación en su contra sobre irregularidades en el manejo y protección de datos personales? En una iniciativa similar, Google fue sancionado por “vulnerar gravemente los derechos de los ciudadanos” y se le impuso una multa de un millón 23 mil dólares. Y en Europa, desde 2014 los buscadores como Google tienen la obligación de eliminar de sus listas de resultados aquellos enlaces que violen ciertos derechos de un ciudadano, a petición de éste, debido a una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea.

Muchas veces le ha correspondido a la literatura develarnos aspectos de nosotros y la sociedad que habitamos y que permanecen como puntos ciegos para el análisis.

No busquemos en 1984 una radiografía de nuestros tiempos, pero sí una profunda intuición de la omnipresencia del poder con la que sueñan algunos Estados modernos. El subtítulo del libro de Huber es la palabra griega “palimpsesto”, de donde entendemos la invitación a borrar, deshacernos, sobreescribir la distopía orwelliana. Así, borrada la memoria de 1984, hemos de escuchar la propuesta de Huber que viene a ser algo como una denegación bastante elaborada. ¿Los palimpsestos no fueron siempre denegaciones?

La relectura de Huber sobre Orwell es una clara muestra del pensamiento posmoderno que se preocupa más por las formas que por el fondo, anclado más en el prejuicio que en el juicio, en lo inmediato que en lo trascendente. Las redes sociales tienen todavía mucho que demostrar sobre sus bondades. Finalmente entre orwelianos te veas la duda permanente del poder y el control sobre la sociedad de información o es una utopía o una espada de Damocles. He allí la verdadera venganza de Orwell.

 

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FeradoAbogado, administrador y analista político nacido en Chihuahua, México; Licenciado en Derecho por la Universidad Nacional de México y estudios de Ciencias Políticas en la Universidad de Texas Leer más...

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