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En estos momentos tan difíciles e inciertos, invocar el optimismo es para algunos dar permiso al engaño. No necesariamente. Más aún, creo que la falta de este talante en las condiciones que padecemos puede dar pie a que se dificulte identificar con claridad las posibilidades de superación personal, familiar y comunitaria. Ser optimista no significa subestimar la situación; ser optimista es invocar la energía y la actitud para salir adelante en medio de la adversidad.

El Presidente López Obrador al momento de anunciar su recuperación dio un mensaje optimista a los mexicanos. Soy de los muchos que piensa que su reincorporación es una muy buena noticia para la conducción del país y que como Presidente de todos los mexicanos, al reintegrarse a sus actividades, es deseable que asuma una conducta de forma y fondo alejada del encono y de la polarización.

El optimismo, para eludir el engaño, debe ser realista sobre la situación presente y futura. No es retórica triunfalista a contrapelo de la realidad. Las condiciones del país se han deteriorado severamente a consecuencia de la pandemia. Todavía peor, la vacunación no genera resultados inmediatos, ni siquiera para los países que han cumplido exitosamente con un programa masivo de inoculación. En México será un proceso lento y el Presidente, no su científico adjunto, ha tenido la sensatez de invitar al sector privado y a los gobiernos estatales a sumarse a esta empresa a manera de avanzar lo más rápido posible.

La recuperación de la economía es tarea conjunta del Estado y de los empresarios y trabajadores. Los datos de la economía norteamericana son alentadores y gradualmente allá irá ganando terreno la normalidad, aquí el gobierno debe alentar la inversión. Para ello es necesario la confianza, que descansa en la certeza de derechos. La preocupación empresarial en torno a las iniciativas legislativas, deben apreciarse bajo ese ángulo, de otra manera el país continuará dando vueltas en círculo, perdiendo terreno en la atracción de capitales indispensables para el crecimiento y el bienestar.

El derecho al optimismo necesariamente debe estar acompañado del esfuerzo y la responsabilidad. Tarea de cada uno y, desde luego, de nuestras autoridades y representantes.

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