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El país y el mundo viven un proceso de cambio que hace énfasis en lo rupturista. La motivación fundamental es distanciarse de lo que existe y en cierto modo, añorar un pasado que en el imaginario colectivo siempre fue mejor. En esta ruta que parece sin retorno, como nunca, las instituciones de la democracia liberal son objeto de acecho desde diversos frentes y esto ocurre por el desencanto con lo vigente. No deja de ser una paradoja que el descontento sea mayor cuando objetivamente el país y el mundo están mejor.

En este entorno social marcado por la desconfianza a lo convencional, la lucha por construir confianza ha sido el objetivo de los nuevos proyectos políticos que procesan sus aspiraciones a partir del desencanto. Conforme más fuerte, severa y radical sea la crítica al pasado inmediato, mayor el respaldo popular. De allí que en México y en otras partes del mundo tengan lugar gobiernos con un amplio apoyo popular en torno a un diagnóstico que a ratos parece catastrófico y de un líder que inspira confianza.

Así sucede con Boris Johnson en la Gran Bretaña, Donald Trump en el país vecino o Andrés Manuel López Obrador aquí en México. Muy distintos los tres, incluso nuestro presidente ideológicamente en postura opuesta, pero lo que les es común es que tienen un extraordinario respaldo ciudadano precisamente porque saben conectar de manera tal con los electores a partir de su crítica frontal al pasado para corresponder a la percepción actual y a las aspiraciones de la sociedad.

Sin embargo, visto el impulso que los ha llevado al poder, y alcanzada con creces la fuente de legitimidad, no es la reconciliación propia de la política del pasado, sino justamente lo contrario, lo que anima a estos gobernantes surgidos del descontento. Mantenerse en confrontación permanente puede percibirse como indeseable, pero resulta efectista. Esto explica el por qué el Presidente López Obrador, no necesariamente su gobierno, alcanzan elevadas cuotas de aprobación en la población. El Presidente es confiable a una parte sustantiva de la población precisamente por su intransigencia al pasado, porque no hace las cosas igual, aunque esto no implica como relación causal, que un gobierno diferente sea mejor.

Las acciones disruptivas para acumular confianza se vuelven parte del paisaje a partir de su reiteración. Así ha ocurrido con mucho del estilo de gobernar del Presidente. Destacadamente con la comparecencia diaria del mandatario ante un muy singular sector de los medios de comunicación. El presidente logra el objetivo de mostrarse y demostrarse confiable en su empeño por gobernar, aunque genere recurrentes problemas por el contenido y la forma de sus expresiones.

El que mucho habla, mucho se expone, pero también le da la visibilidad necesaria para explicar y explicarse, para reiterar, para crear percepción. Los efectos del modelo de comunicación le han dado confiabilidad y confianza al Presidente, no a su gobierno y mucho menos a la coalición gobernante. En sus efectos negativos, es la personalización y centralización del ejercicio del poder gubernamental. Que el gabinete y el aparato gubernamental pierda peso tiene consecuencias significativas para la calidad del gobierno. Asimismo, el éxito presidencial en lograr respaldo popular con su prédica moral y su visión del poder y de la realidad, le van generando desconfianza y rechazo de otros segmentos, quizás minoritarios, pero de importancia para el éxito del gobierno y el progreso del país.

Siempre resulta importante lograr la confianza popular, pero también es necesario ganar la de las élites y los factores de poder que inciden en muchos aspectos de la vida social, política y económica. Para efectos prácticos, el Presidente ha perdido la confianza del sector inversionista a pesar de la estricta disciplina financiera para mantener el equilibrio y la estabilidad macroeconómica, de los recurrentes encuentros, y el explícito apoyo de representantes de los empresarios, así como una postura mesurada del presidente hacia ellos.

La dificultad mayor del presidente para extender el espacio de confianza está en su actitud elusiva y a veces ambigua al Estado de Derecho. La política de seguridad no genera confianza, no sólo por la falta de resultados, sino por las premisas que conllevan desestimar la responsabilidad de las autoridades en hacer que otros cumplan con la ley y sancionar el abuso y las conductas ilegales. Este no es un tema de moral pública, sino de estricta legalidad.

A la hora de gobernar, la confianza es un recurso que demanda permanente construcción. Recurrir al pasado como fuente de legitimidad tiene eficacia al inicio, pero son los resultados los que consolidan el proyecto. En la medida en que éstos se alejan del horizonte o no se dan con el acento comprometido, es inevitable que sobrevenga un nuevo desencanto o al menos que lleve, eventualmente, a una mayor polarización. Es momento que el presidente se cuestione sobre las razones de la confianza de unos y otros en el breve espacio que representan cinco años de gobierno.

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