Liébano Sáenz

Liébano Sáenz

El ritual y las instituciones

En momentos de cambio, es de esperarse el desdén a las instituciones y a los rituales que las acompañan. Es natural que así suceda, porque el deseo de cambio se acompaña del anhelo de superar el estado de cosas. La sociedad se ha ido transformando con rapidez y es materia de supervivencia adaptarse al cambio. Así, los medios de comunicación convencionales se ven obligados a participar en la comunicación digital. La Iglesia Católica, la institución milenaria por excelencia, también va adoptando cambios en forma y fondo. En semanas recientes somos testigos de la manera como las televisoras hacen un esfuerzo con el propósito de mantener auditorio frente a la competencia de los medios alternativos.

El desafío es considerable. Muchos problemas son de vieja factura, pero adquieren una nueva dimensión con las formas de convivencia, interacción y comunicación actuales. La ola del descontento es mayor, considerablemente mayor y no solo en México, cuando son muchas las realizaciones de nuestro tiempo. Hay muchos problemas e insuficiencias, pero ahora son realidad no un anhelo la democracia, las libertades y una relativa mejoría en la calidad de vida de la mayoría. Pero el estado de ánimo social no está gobernado por las estadísticas, sino por las emociones. Y esto es un proceso mucho más complejo que la expresión lineal de los números.

En tiempos de crisis, aunque la inercia del cambio lo desdeña, el ritual tiene mayor valor y funcionalidad. Una democracia adquiere fuerza y cauce a través de las instituciones. Debe preocupar que los pilares fundamentales de la democracia representativa no cobren arraigo y para algunos sean expresión misma del problema. Los funcionarios electos, los órganos legislativos y los partidos políticos están en el centro del debate. La disputa política llevada con ligereza hace que sus actores no adviertan la profundidad del deterioro que les acompaña. No solo son temas de falta de probidad que recrean en el imaginario popular el prejuicio de que la política es el espacio de la corrupción y el lodo. También cuenta mucho la percepción pública sobre el desinterés de los políticos sobre lo que anhelan y preocupa a las personas y las familias.

Contener el deterioro de las instituciones de la democracia es urgente. Es hora de generar un sentido compartido de que es necesario acreditar y preservar lo que a todos sostiene. Alimentar el apetito de causas partidistas o personales, generalizando el prejuicio popular negativo sobre lo público, como lo ha hecho de manera consistente Andrés Manuel López Obrador, se vuelve contra todos, incluso contra él mismo y su partido. Decir que todo está podrido a manera de diferenciarse, solo logra acreditar lo primero. Un estudio de percepción sobre la resistencia de López Obrador a debatir públicamente con sus pares o las deficiencias de su reporte 3 de 3 revelan que para la abrumadora mayoría el dirigente de Morena está en el mismo lugar de lo que él con tanta vehemencia repudia y rechaza.

Las instituciones no solo importan para dar un piso de fortaleza al país frente a las crisis. También son esenciales para que los hombres en el poder puedan acrecentar su aportación, o para que sus insuficiencias sean atenuadas por el poder del conjunto. Por esta consideración debe haber un sentido de cuerpo que ofrezca atención y cuidado a la institucionalidad democrática y a sus rituales. Así es la democracia y es aleccionador ofrecer atención a la manera como operan y funcionan las democracias representativas más consolidadas. Allí el ritual adquiere singular relieve, así como la fuerza y el poder de las instituciones, incluso para contener el exceso y la fragilidad de los empoderados.

Donald Trump ha sido calificado de tirano. Su retórica populista e intolerancia da para ello, pero no es el caso, ya que es un candidato de partido y busca ganar el poder sometiéndose a la institucionalidad democrática. Es un demagogo que en el afán de hacerse del poder invoca los sentimientos más elementales de las personas como son el miedo, el rechazo al diferente y la pretensión de soluciones mágicas o fáciles a los problemas complejos. La demagogia electorera es un problema de todas las democracias y no es exclusivo de los candidatos radicales. Lo importante es la contención al momento de ejercer el poder y esa es la virtud mayor de la institucionalidad democrática.

Precisamente por esta consideración, en los momentos difíciles por los que transita México, debe fortalecerse el régimen institucional. No es una postura conservadora; al contrario, para que el cambio cobre fuerza, cauce y sentido, es preciso que se haga en el marco de las instituciones. Debe preocupar el radicalismo que descalifica al adversario y al gobernante, pero es mucho más pernicioso cuestionar en sus fundamentos a la institucionalidad que permite la competencia civilizada por el poder, el ejercicio de las libertades con respeto a las de terceros y la contención a la arbitrariedad de quienes formal e informalmente tienen poder.

Lo anterior ratifica la necesidad de un mayor compromiso por la legalidad que vaya mucho más allá de la retórica. La ley debe prevalecer, incluso la que es percibida como injusta. En todo caso, para eso existen medios jurisdiccionales para ajustar la norma y su aplicación a lo que determina la Constitución o bien la actuación del poder legislativo para corregir, mejorar o anular las normas inaceptables por su evidente disfuncionalidad o injusticia.

La fuerza del ritual democrático y de las instituciones adquiere fuerza con una sociedad que aprecia con su práctica el respeto a la norma. Ya se sabe que la ambigüedad frente a la legalidad es una de las debilidades de la sociedad mexicana. Sin embargo, debe quedar claro que la ley es la mejor garantía en toda circunstancia, mucho más en los momentos en los que tiende a crecer en la población la incertidumbre, preocupación o indignación. Por eso, los políticos y los empoderados deben ser los primeros en acreditar el cumplimiento con la ley.

La nueva circunstancia

El país ingresa a un nuevo momento. Los ajustes en el equipo de gobierno son de la mayor importancia. El cambio se da en un momento singular del ánimo social, cuando el gobierno del presidente Peña Nieto se perfila hacia el último tramo de gobierno y la política centra su atención en torno al proceso sucesorio. Los temas de debate y de crítica, que deben darse con absoluta libertad, como ha sido el encuentro del candidato presidencial Donald Trump, no debieran distraer la atención sobre los temas fundamentales, como la economía.

La Cámara ha recibido la propuesta del Ejecutivo sobre el Presupuesto 2017. Resultado de las condiciones financieras del país y la necesidad de un equilibrio entre ingresos y egresos, hay una reducción importante en el gasto público. Los ingresos se han fortalecido con la reforma fiscal, pero también se han reducido de manera sustantiva las aportaciones derivadas de la producción petrolera. Como ha sido la constante ya de varias décadas, el gobierno ha optado por la responsabilidad y esto ha significado afianzar la estabilidad macroeconómica. Las cifras del crecimiento no son significativas, pero son una de las más elevadas de la región.

En el debate público y político sobre la economía con frecuencia se elude el tema de mayor relevancia para el bienestar del país: las condiciones que permiten y propician la inversión privada nacional y externa. La certeza de derechos y las circunstancias que permiten la recuperación de la inversión es fundamental. En el contexto internacional México es una de las economías que compite con éxito en el mercado de capitales. La inversión privada nacional y extranjera se da en todos los ámbitos y hace creciente el desarrollo de infraestructura. La economía se debe cuidar; la insatisfacción con la tasa de crecimiento o la contracción del gasto no debe llevar a comprometer la estabilidad que, afortunadamente, ha sido la constante desde que se superó la grave y costosa crisis financiera de 1994-95.

El tramo final del sexenio incrementará también el juicio crítico de la opinión pública. El escrutinio al gobierno es propio de la democracia y también es un medio para mejorar la calidad de gobierno; sin embargo, la emotividad que dispara y encienden casos como la polémica generada por la visita del señor Donald Trump, no deben distraernos de un ejercicio público de análisis sobre lo que hace el gobierno en los frentes de mayor relevancia como son los de la seguridad, economía y desarrollo social.

La reacción pública por el encuentro del Presidente con el candidato del partido republicano ha generado mucho más emociones desbordadas que razones, incluso por voces muy respetables por su calidad y seriedad intelectual y periodística. No ha habido una observación analítica al mensaje del señor Trump en materia de migración (goo.gl/Uar6ln), expresiones que dan contexto y argumento sobre las razones del gobierno del Presidente Peña para el encuentro. En Phoenix, si hubo un matiz discursivo distinto. Sin embargo, la estridencia de sus excesos retóricos, sus persistentes contradicciones y su afán por reducir todo a una simple idea o frase de impacto electoral, han hecho que el mismo Donald Trump impida que su postura hacia México, que desde luego rechazo categóricamente, sea al menos escuchada.

En el nuevo momento de la política nacional el Presidente Peña deberá asumir mayores responsabilidades respecto al pasado. El Secretario de Hacienda fue un factor de la mayor relevancia en el gobierno más allá de sus responsabilidades formales. Su aportación a la Presidencia de Enrique Peña Nieto y los logros que promovió, no se pueden soslayar y fue un talentoso y visionario arquitecto del país que ahora somos y queremos ser. El espacio político que deja Luis Videgaray no puede ser resuelto por otro funcionario que no sea el Presidente de la República. El liderazgo presidencial deberá actualizarse con decisiones firmes, claras y con una actitud de mayor apertura y trabajo hacia todos, incluso hacia sus propios colaboradores para dar mayor espacio a la horizontalidad en el gabinete. Hay un muy buen gabinete y es preciso que todo el equipo de gobierno se centre en su tarea. Pero se necesita acreditar una presidencia que escucha y se hace escuchar y que va más allá de los espacios tradicionales del discurso público. En la actual circunstancia, las acciones y las decisiones deberán hablar más que las palabras.

La nueva circunstancia de la política nacional también compromete al conjunto de la pluralidad a asumir una postura más responsable, para cuidar y fortalecer a las instituciones que dan sustento y cauce a la democracia. Para la oposición está presente el reto de lograr por una parte, un equilibrio difícil entre su responsabilidad de crítica al poder y por la otra, evitar la tentación del oportunismo electoral. Debilitar a las instituciones a nada bueno conduce. Esto ya lo ha entendido, incluso a disgusto de sus seguidores, Andrés Manuel López Obrador: debemos empezar a diferenciar con claridad entre gobernante e institución, a efecto de cuidar lo que a todos nos sostiene.

Muchas de las decisiones no se procesan en el gobierno, sino en el Congreso y éste debe ser el encuentro inteligente y razonado para que la pluralidad actúe en bien del país. Los gobiernos locales también están llamados a asumir una responsabilidad mayor ante la nueva circunstancia, al igual que los órganos públicos autónomos. Pero allí no queda todo. La sociedad y los organismos civiles mucho pueden hacer para el bien del país. En este contexto debe dársele la bienvenida a la iniciativa “impunidad cero”, promovida por destacados mexicanos como un esfuerzo para abatir uno de los problemas más graves de la nación y que tiene un costoso impacto en nuestra vida civil, social y económica.

Las nuevas circunstancias de la política nacional llaman a la responsabilidad y al cambio. Tarea que involucra y compromete a todos, más a quienes más poder tienen dentro y fuera del gobierno.

México frente al espejo II

En la encuesta nacional 2016 de GCE a la pregunta sobre la percepción de si el país va avanzando, retrocediendo o está estancado, apenas 17% de los 19,200 encuestados señaló que va avanzando. La mayoría, 55%, cree que está estancado y 26% retrocediendo. Estos indicadores son un reflejo del humor social, que plantea un contexto complejo y muy desafiante a todas las instituciones, no solo a la presidencial. En política, un ánimo colectivo como el de nuestros días afecta aLeer más... todos y todo, tiene implicaciones para la economía y es una presión incluso sobre nuestra convivencia. Un país que se siente en agravio no da para mucho bueno.

En este contexto de desencanto, enojo y escepticismo llama la atención que en seis estados más de 50% de los encuestados consideren que sus respectivas entidades van avanzando: Campeche, Sonora, Puebla, Guanajuato, Yucatán y Aguascalientes. Son entidades muy diferentes y no están exentas de dificultades, pero hay un quehacer de autoridades, empresas, organizaciones sociales y medios que hacen diferenciarse del resto. Por cierto, los estados en donde menos de 10% respondieron que van avanzando son Oaxaca, Veracruz, Tabasco y Chiapas. Los problemas políticos y los desencuentros cobran factura e impactan al ánimo colectivo.

La encuesta 2016 revela la geografía y la sociodemografía del descontento. Con el auxilio del motor de selección de datos(http://xdata.gabinete.mx) , se advierten diferencias importantes en los mexicanos sobre la percepción de la realidad y, consecuentemente, en el humor social. Así, por ejemplo, y este es un descubrimiento que rompe el paradigma de que a mayor edad mayor conformidad sobre el entorno en que se vive, mujeres con más de 55 años, con escolaridad de preparatoria o superior y que son usuarias habituales del Facebook, sólo 11% consideran que el país va avanzando, 46% opina que va retrocediendo y 43% ve a un México estancado.

Esta es una de las diversas variables que integran el capítulo del humor social. Conocer la satisfacción respecto de la situación económica, la seguridad pública; evaluar el clima de oportunidades, las acciones de gobierno y los términos de convivencia en una perspectiva de presente, pasado y futuro, nos permiten tener una idea más amplia e integral sobre el estado de ánimo de los mexicanos de hoy día, así como de las causas del descontento.

Nuestra percepción de la realidad no solo es resultado de lo que nos sucede y experimentamos de manera directa; también es producto de la manera como nos informamos y enteramos de lo que ocurre en el país, en nuestro estado o comunidad. Los resultados sobre esto son igualmente reveladores y nos permiten entender con mayor claridad el humor social existente. Así, por ejemplo, en la pregunta sobre el principal problema del país, en el conjunto de los encuestados la inseguridad tiene 31%, corrupción 17%, mal gobierno 15%, economía 8% y desempleo 8%. Pero si enfocamos la pregunta entre quienes utilizan Twitter, como principal red social, los resultados son: corrupción 31%, inseguridad 21%, mal gobierno 13%, desempleo 5%, economía 8%. Estos datos aluden a que el flujo de información de las redes sociales incide en nuestra percepción y perspectiva de la realidad.

Ciertamente la comunicación digital tiene un peso significativo en la conformación de la percepción y consecuentemente en las actitudes. Aunque la encuesta revela que solo 29% de quienes tienen cuenta en redes sociales, considera que es confiable la información pública y política en la red; la exposición a la comunicación digital es lo que cuenta y los flujos de información y de interacción que generan estas herramientas tecnológicas al alcance de todos, construyen una percepción más crítica del gobierno y de las autoridades y, por lo mismo, son más sensibles a los temas de la corrupción.

Esto se corrobora con otro aspecto del humor social que merece una cuidadosa reflexión. Las valoraciones de los encuestados sobre la situación del país son más negativas en comparación a las valoraciones de la entidad en la que viven. Así, 68% de los encuestados se manifiesta muy o algo satisfecho con su calidad de vida, y los estados en los que mayor satisfacción existe son Baja California Sur, Yucatán, Sinaloa, Nuevo León y Aguascalientes. Aún con valores por arriba de 50% en quienes se declaran muy o algo satisfechos, pero comparativamente los más bajos serían Chiapas, Guerrero, Veracruz, Oaxaca, Puebla y Tabasco.

Finalmente, no se puede asumir que el humor social sea determinante en la valoración que hacen las personas a sus autoridades. Lo que sí es claro es que ahora emerge una sociedad diferente respecto a la del pasado. La de ahora es más demandante y menos temerosa, enfrenta una mayor diversidad de problemas y habita cada vez más en el mundo digital. Es inevitable que las autoridades enfrenten mayores desafíos no solo para dar respuesta a las exigencias de la sociedad, sino para comunicar mejor lo que se hace y lo que los ciudadanos demandan y esperan de sus gobernantes. También es preciso destacar que no son homogéneos los grados de exigencia en el país. Los habitantes de la zona metropolitana del Valle de México, que incluye la Ciudad de México y la zona conurbada del Estado de México y por extensión Morelos, tradicionalmente han mostrado un mayor nivel de reclamo y demanda derivado de la complejidad de vida de las grandes urbes y que significan una menor valoración del desempeño de sus gobernantes de los tres órdenes de autoridad.

En el caso de la aprobación de los gobernadores, quienes muestran los números más elevados, en orden de mayor a menor, son: Campeche, Sonora, Yucatán, Guanajuato, Aguascalientes, Puebla, Durango, San Luis Potosí, Baja California Sur y Jalisco. Los valores más bajos de aprobación son Veracruz, Chiapas, Oaxaca, y Quintana Roo, entidades todas donde existe una percepción de agravio y por tanto, un acentuado mal humor social.

México frente al espejo

En 2007, cuando Gabinete (GCE) presentó la primera edición de la Encuesta Nacional, Gobierno, Sociedad y Política; de los 31 gobernadores evaluados entonces, 20 pertenecían al PRI, 7 al PAN y 4 al PRD. Nueve años después habrá 10 entidades gobernadas por el PAN (o sus coaliciones); 4 por el PRD y el PRI gobernará 15. Además hay un gobernador del PVEM y un independiente. La Ciudad de México sigue gobernada por el PRD. En el periodo ha habido 51 elecciones estatales, en 26 de éstas hubo alternancia del partido en el poder. De 2007 a 2011 la tasa de alternancia fue de 44%; de 2012 a 2014 fue de 50% y en los últimos años ha sido de 71%.

Estas cifras son indicativas de la velocidad del cambio y las transformaciones profundas en la sociedad. Los hábitos informativos y de entretenimiento se ofrecen de manera creciente en medios digitales y el llamado Smartphone es el instrumento protagonista de esta transformación. Atendiendo a esta consideración, en la nueva edición de la Encuesta Nacional a presentarse por GCE el 30 de agosto, además de un capítulo relacionado con la métrica del humor social y la evaluación de los gobiernos, se presenta uno relativo al acceso a internet en el que los encuestados responden sobre consumo, servicio y uso de redes sociales y la confiabilidad que le otorgan a la información digital.

El receptor de la información generada por un estudio de opinión es una persona activa. Los reportes estadísticos convencionales de estos estudios, como se exponen hasta ahora, no permiten explotarla de manera diferenciada y el cruce de variables es muy reducido. Por ello, GCE, sumándose al uso de las nuevas tecnologías, ha venido desarrollando una nueva forma de presentar la información para facilitar su entendimiento integral y acorde a la exigencia de esta nueva sociedad.

A partir de ahora, presentaremos nuestros estudios, a través de un sistema explotador de datos (X-Data) que permite leer la encuesta de manera abierta y con cruces de resultados diversos en tiempo real y a gusto del receptor. Así por ejemplo, la evaluación del gobernador no solo podrá ser consultada en la forma convencional, sino con cruces automatizados de todas las variables posibles en una investigación de esta naturaleza; por ejemplo, si quienes identificarse con un partido en particular, son más proclives al Facebook o a otra red social; si la generación de Millennials, que trabajan, que tienen instrucción superior y que son mujeres, o esa misma generación, que no trabaja y no tiene estudios, si son más afines a un partido, a una determinada calificación de su gobernante o un tema particular de preocupación. Todo, desde un Smartphone, haciendo uso de nuestra nueva herramienta de búsqueda de datos.

El pronóstico de alternancia se explica por la combinación de tres variables de contexto: la primera son los términos de la contienda. Es decir la concurrencia de candidatos/partidos con fuerza electoral. Conforme mayor sea el número de contendientes, el resultado se puede resolver con un porcentaje de votos relativamente bajo. Así, en los comicios de gobernador de junio pasado en Hidalgo, Oaxaca, Tlaxcala y Veracruz, el ganador prevaleció con menos de 35% de los votos. La otra variable se refiere al humor social que remite a la percepción presente y futura de la situación personal y familiar económica, de seguridad, de valoración de la corrupción y la calidad de vida, así como del rumbo que lleva el país o su entidad. Finalmente, hay una variable adicional, importante para la estrategia de los partidos en campaña, aunque no definitoria en el resultado: la valoración de las autoridades. Signo de los tiempos: si la autoridad está negativamente evaluada, el candidato de su partido, pierde; si la valoración es positiva, puede no ganar.

Las campañas de comunicación se realizan a partir de un análisis del entorno. Su margen de eficacia está limitado por las condiciones de la circunstancia, pero una comprensión de éstas permite maximizar la recepción y el impacto de la comunicación. Así, en los comicios pasados, se advierte la dificultad diferenciada de los candidatos del partido gobernante para mantenerse en el poder. Casi todos los casos se explican por el análisis del humor social y evaluación del gobierno. El reporte de GCE y la aplicación para explotar datos que le acompaña ofrecen una oportunidad para un análisis detallado y una interpretación libre y abierta de la información.

En la explicación de lo que acontece en política y las elecciones, con frecuencia se hace presente un interesado simplismo. La situación es mucho más compleja de lo que parece. Los rangos de edad, niveles socioeconómicos y afinidades partidarias, también deben asociarse a los hábitos informativos y a la inclusión o participación de redes sociales. Así, por ejemplo, en el análisis de los problemas o preocupaciones ciudadanas, el reporte muestra que quienes privilegian el Facebook ven en la inseguridad el principal problema por arriba de cualquier otro, mientras que para los usuarios de Twitter el tema de la corrupción adquiere relieve por arriba de la inseguridad.

Estimo que es mucho lo que tenemos que conocer de la nueva sociedad mexicana. Incluso creo que el desafío no es nada más local, sino metodológico y sociológico. Esto significa que es una cuestión de la sociedad contemporánea y que muchas de las herramientas convencionales en materia de comunicación y de conocimiento de la realidad como son las encuestas, deben actualizarse para poder responder con eficacia, bien sea para conectar mejor con la sociedad o el electorado, o para contar con información relevante y confiable de la realidad. A eso atiende este primer intento de asociar variables de evaluación de gobierno con humor social y acceso al internet. Es una mirada de frente al espejo.

En este contexto, el paso disruptivo del Presidente Peña Nieto al hacer de su IV Informe de Gobierno un ejercicio de comunicación política en el que se entreveran el mundo digital con formas diferentes, más abiertas, menos formales de comunicación, explora lo inédito a partir de la nueva realidad. Las reservas sobre la institucionalidad se han expresado incluso por quienes, hasta hace poco, cuestionaban la forma previa en la que se realizaba el informe presidencial o el evento mediático asociado a éste. Más allá de la valoración de los rituales institucionales ahora somos testigos de una forma de comunicación sobre la que debemos estar atentos para entenderla en sus resultados con apertura y visión de cara a los nuevos retos de la comunicación.

El peso de la percepción: humor social y alternancia

Para muchos efectos la percepción es la realidad. No es del todo, pero en una sociedad libre y abierta la percepción sí tiene muchas implicaciones y consecuencias, particularmente en el orden de la política. Conocer la percepción social es un desafío mayor, particularmente porque la diversidad social significa que no existe una forma única o visión de las cosas, sino múltiples perspectivas y de diferente intensidad o profundidad. Lo cierto es que hoy día, en los estudios de opinión, especialmente los asociados a la política, el conocimiento del humor social se vuelve sumamente útil para entender mejor lo que sucede y, especialmente, anticipar lo que viene.

Es mi convicción que las encuestas de intención de voto deben relacionarse con el estudio del humor social, hacerlo evitaría las sorpresas y los errores cada vez más frecuentes en los resultados de estos estudios. Asimismo, es imprescindible tener aproximación a esa realidad diversa no solo en las variables sociodemográficas convencionales, también, y es un esfuerzo mayor, en las diferencias geográficas.

El estado de ánimo de la población tiene mucho que ver con la evaluación del gobierno y también con la manera como las propuestas antisistémicas han ido ganando terreno en el ánimo electoral y que explica los fenómenos de alternancia y las dificultades que tienen los partidos gobernantes para mantenerse en el poder. En realidad estamos hablando de un movimiento en dos sentidos: por una parte, la percepción de ineficacia o de corrupción de los gobernantes afecta el posicionamiento del partido en el gobierno; por la otra, existe un ambiente de opinión que incrementa el costo o la vulnerabilidad de los partidos por el deterioro de imagen, casi siempre, asociado a la corrupción.

El 30 de agosto GCE presentará el reporte anual de evaluación en el desempeño de los mandatarios locales, incluyendo el de la Ciudad de México. En esta ocasión se le da un amplio espacio a dos temas de la mayor relevancia: primero, una aproximación al humor social en el país, entidad por entidad, y, segundo, un reporte sobre comunicación digital a partir de la relevancia en aumento del uso del internet y del teléfono móvil, asociado a las redes sociales y a los flujos de información y entretenimiento.

Es fácil hablar del humor social e inclusive lo es adjetivarlo. No es extraño que en algún momento del acontecer nacional se hable de que hay un mal humor social. Pero ¿qué se toma en consideración para “diagnosticar” una nación, cual si se tratara de una persona, que se encuentra en un momento de mal humor o de ánimo decaído?

Usualmente el diagnóstico del estado de ánimo o humor social de la nación se hace mediante la extrapolación de datos aislados que se emplean para decidir el matiz positivo o negativo del humor nacional. Ejemplos de estos datos son las percepciones de la ciudadanía sobre el rumbo del país, sus gobernantes, la seguridad, la economía, la salud, la educación, el índice de confianza del consumidor e inclusive, a veces, sobre los éxitos o fracasos de los deportistas o selecciones nacionales. La limitante de lo anterior reside en que dicho diagnóstico generalmente se hace, aspecto por aspecto y no de manera integral, a través de un modelo estadístico que válidamente conceptualice, primero las dimensiones que integran o que explican al humor social en conjunto y después las mida confiablemente.

Es necesario contar con un modelo que defina y dimensione el humor social y sus matices. Esto es que no conciba al humor social como un estado totalmente negativo o positivo, sino que lo presente como un concepto donde existen diferentes grados o matices. Una parte de la población puede estar descontenta, otra preocupada, otra tranquila y finalmente otra contenta, todo esto en un mismo tiempo.

El modelo que GCE presentará, se sustenta en cinco dimensiones o espacios que interactuando permanentemente explican los matices mencionados, a saber: economía personal; oportunidades de mejora económica; seguridad física personal; bienestar proporcionado por el desempeño del gobierno en turno; y, rumbo de la nación.

El modelo que presentaremos, toma en consideración las percepciones ciudadanas en las cinco dimensiones y las conjuga para generar clasificaciones, mutuamente excluyentes, que permiten asignar a cada respondiente en uno y sólo uno de los cuatro matices, es decir: contento, descontento, preocupado o tranquilo. Gracias a lo anterior se puede dimensionar “el tamaño” de cada matiz y con ello describir entonces la dirección, positiva o negativa que lleva predominantemente el humor de la nación.

Un tema importante a indagar es la asociación entre el humor social y el fenómeno de alternancia entidad por entidad. En el informe de GCE se podrá identificar si las entidades con un humor social “negativo” son los que mayormente optaron por la alternancia o si es una variable indiferente para explicar la manera como los electores deciden relevar del cargo al partido en el poder. Asimismo, un dato a considerar es la evaluación de los mandatarios estatales como un elemento para explicar igualmente la alternancia y los términos de la competencia política.

En la percepción que los gobernados tienen de sus respectivos mandatarios estatales existen diversas dimensiones del desempeño. En el pasado reciente se han presentado casos de gobernantes con un importante reconocimiento público por sus logros en materia de economía, seguridad, inversión en infraestructura y política social. Sin embargo, se advierte, como se muestran en los resultados de las elecciones recientes y en el reporte que presentará GCE, que, hoy por hoy, el valor dominante para la evaluación ciudadana del desempeño es la percepción sobre la probidad en el manejo de los recursos públicos.

Lo anterior no significa que las campañas, los partidos y el perfil de los candidatos se torne irrelevante sobre el resultado electoral. Más bien lo que se muestra es que la contienda se realiza en un entorno y en un humor social específicos y que las estrategias de comunicación y posicionamiento lo deben considerar, con el agregado de la complejidad por la influencia, peso y presencia de la comunicación digital. La próxima semana abundaré sobre algunos de los resultados.

300 líderes Mexicanos 2016

300 líderes Mexicanos 2016

Tiempos de turbulencias y esperanza

Efectivamente, estos son tiempos de turbulencias, como lo señalara en Veracruz el Secretario de Hacienda, Luis Videgaray, en la ceremonia de graduación de los cadetes de la Heroica Escuela Naval Militar. Las turbulencias no solo están en el frente económico o financiero, sino en todos los ámbitos del quehacer público. Al Presidente Peña Nieto le corresponde conducir al país en tiempos diferentes a los del pasado. Son complejos no solo por los problemas a enfrentar; el mundo cambia y también, aceleradamente, la sociedad mexicana.

Tiempos difíciles para el ejercicio del poder. Persistir en el rumbo es necesario, también hacer de la política un medio para el acuerdo, para evitar que la provocación y que quienes apuestan a la ruptura, tengan fundada su causa con la sangre de inocentes. Así deben entenderse los actos de Nochixtlán y su secuela. Sin duda un hecho planeado para provocar a las autoridades. Es una secuela al uso político de los trágicos eventos de Iguala, Guerrero. Al final son los inocentes y sus deudos los que aportan lo más para quienes hacen de la ruptura institucional objetivo.

Por eso era necesario abrir espacio al diálogo y así desarticular las demandas de un sector del gremio magisterial que veía en el conflicto la oportunidad de quebrar al Estado mexicano. No solo era un tema de política o de aplicación de una reforma, era cuestión de seguridad nacional. Abrir el espacio al diálogo en tales circunstancias implicaba costos y, especialmente, que un sector de los radicales complicara aún más la situación con bloqueos y acciones que afectaran al conjunto de la población en las zonas de resistencia a la reforma educativa.

También es explicable el enojo y hasta la indignación de los sectores afectados. Al menos en las cúpulas políticas ha habido responsabilidad y comprensión a la situación. Los representantes de los empresarios han hecho sentir su voz, es su derecho. No así extremar posturas e insinuar acciones de presión que convalidan a los rupturistas en el sentido de que la ilegalidad se vuelve vía legítima para resolver diferencias y conflictos.

Las turbulencias también están en el día a día. No debe preocupar mayormente la libertad de expresión y sus excesos. Se debe escuchar y actuar no tanto en el ánimo del control de daños, mucho menos de intimidar al que disiente, sino para dar lugar a ese diálogo difícil con quien hace escrutinio crítico al poder. Responder con claridad y, de ser el caso, recurrir a la norma y al juez para la protección de derechos.

Los problemas de la inseguridad persisten en la medida en que los avances institucionales para abatir la impunidad todavía están por venir. Pero también hay que atacar las causas que propician la delincuencia, las que son diversas y que comprometen no solo a las autoridades, sino al conjunto de la sociedad. Por su impacto y gravedad nadie puede recrearse con la violencia y la inseguridad. Van muchas décadas de intentos y resultados parciales. Más que utilizar el tema como argumento a favor o contra un partido o gobierno, es más sensato participar de una voluntad compartida para hacer frente a un problema complejo y pernicioso en extremo y que a todos por igual afecta.

Lo mismo es recomendable en el tema de la lucha contra la corrupción. Se ha vuelto común convocar votos a partir de la inconformidad o indignación por la percepción de venalidad de las autoridades, incluso se diseñan campañas partidistas publicitarias con el propósito explícito y abierto no solo de capitalizar el sentimiento de agravio, sino de promoverlo sin recato y, especialmente, sin memoria de las fallas propias. Soy de los que cree que partidizar la lucha contra la corrupción puede dar votos y cargos, pero no soluciones reales y duraderas. Como muchos de los problemas graves, debe ser una tarea común y se debe actuar con prudencia, responsabilidad y firmeza. Los justicieros a nombre del agravio del pueblo casi siempre fracasan, y es común que quedan en ridículo.

La turbulencia también viene del extranjero. En las sociedades de los países poderosos se están dando procesos que impactarán la manera como sus gobiernos se comporten respecto a los demás países. En Estados Unidos el escenario que preocupa no solo es un eventual triunfo de Donald Trump, sino la manera como el conjunto del electorado se ha ido moviendo hacia el nacionalismo y un sentimiento de que las relaciones hacia otros países, especialmente México, no ha sido en beneficio de la sociedad norteamericana. Solo como muestra: hasta la señora Hillary Clinton, quien, en este momento, lleva una ventaja de 6.3% en el promedio de los sondeos recientes de opinión, en estos días ha dicho que frenará los acuerdos comerciales que matan empleos norteamericanos.

Pero los tiempos de turbulencia e incertidumbre llaman también a la esperanza. Para eso es la política, y también el ejercicio del poder. El ciclo sexenal llegará a un punto de inflexión con el próximo informe de gobierno. Sin embargo, hay tareas por realizar y una agenda de cambios a procesar en el diálogo con la pluralidad. Aunque el próximo año, independientemente de los tiempos de la formalidad electoral, los partidos y los actores políticos centrarán su actividad en la pretensión de ganar espacio con miras a las elecciones presidenciales y legislativas de 2018, la misma dinámica electoral nos pondrá en condición de abrir espacio al necesario diálogo y al acuerdo. A nadie conviene la confrontación y la parálisis .

El miedo se ha diluido, y no tiene mucha fuerza quien lo invoque como recurso para ganar o hacer que otro pierda votos. El continuismo tampoco tiene posibilidad. El agravio está presente y ese sí puede ser medio para ganar adeptos y votos. Más que eso, el futuro del país y la mejor plataforma para andar hacia delante, es el proyecto que con razón y emoción ofrezca esperanza. México es una gran nación en todos los sentidos. No es aceptable que el temor, la frustración o el enojo anulen su potencial. Es necesario dar curso a la esperanza, a la convocatoria para que todos, cada quien desde su propio espacio, construyamos una decidida voluntad colectiva para mejorar sin importar las turbulencias.

La unidad y la disputa por el poder

El momento del ciclo sexenal propicia que los objetivos electorales ganen terreno sobre el diseño y ejecución de decisiones políticas de trascendencia. En México no hay reelección presidencial, esto significa que el gobierno federal se mueve, progresivamente, hacia el objetivo de concretar las definiciones tomadas en el primer tramo de gobierno. Por su parte, los actores políticos y los mismos partidos, abren paso a la competencia por el poder. Conforme más distante se está de la meta electoral, mayor es la anticipación, y esto explica que los dos dirigentes de los partidos de oposición más relevantes hayan utilizado el espacio publicitario institucional para promoverse.

Los calendarios de la política no son los de la ley. La formalidad legal, sobre todo en estos menesteres, es más aspiración que realidad. Frente a normas que van a contrapelo de la realidad y de la naturaleza de la política, la respuesta invariable será la simulación y el fraude a la norma. Nuevamente, quienes menos medios institucionales tienen para posicionarse en su legítima aspiración, más activismo tendrán que mostrar: Jorge Castañeda y Margarita Zavala son dos buenos ejemplos. Nadie debiera llamarse a la indignación o al reclamo, en todo caso lo importante es el derecho político a ser votado y a competir en equidad, así como aportar a la calidad del debate.

La disputa por el poder se abre paso. El próximo año habrá elecciones en tres estados, por mucho, la más simbólica y relevante será la del Estado de México. A contrapelo del estado de ánimo que favorece al segmento opositor, el gobernador Eruviel Ávila tiene buena aceptación, más que su gobierno, y en un entorno de voto fragmentado favorece al partido con mayor proporción de electores leales, esto es, el PRI. Aún así, las condiciones del país y de la entidad propician la vehemencia en el debate y anticipan una elección polarizada, de incierto resultado.

También el próximo año se acentuará cada vez más la competencia al interior de los partidos para definir candidatos presidenciales, y no solo eso, la presencia de los independientes habrá de imprimirle mayor intensidad a la política. El entorno no invita a la moderación, sino a lo antisistémico, lo que significa que las autoridades y los partidos con presencia en gobierno estarán sujetos a un interesado y feroz escrutinio, además de un regateo creciente de la oposición para concertar acuerdos políticos y legislativos.

El gobierno tendrá que actuar cada vez más a contrapelo de este ambiente y del cambio que imprimen los tiempos políticos. Pero su responsabilidad no se limita a la administración cotidiana de los asuntos públicos, sino que debe hacer valer su autoridad y el liderazgo presidencial para persistir en los cambios que el país demanda y representar a todos para hacer frente a los desafíos del momento. Ello sin dejar de perder de vista que es el mismo liderazgo presidencial que estará convocando a la unidad, el factor acaso más relevante para que el partido en el gobierno mantenga competitividad, cohesión y su dirigencia esté en condiciones de procesar la selección del candidato presidencial.

La circunstancia del país demanda un mayor sentido de unidad. Así ocurre frente a los problemas sustantivos como la inseguridad y la legalidad, o ante los cambios en el escenario internacional, particularmente en relación a los efectos del debate y del desenlace de la elección presidencial norteamericana. El problema no solo es un partido o un candidato, sino que en la sociedad norteamericana la relación con México sea considerada un problema y no un activo, lo que significa el riesgo que cualquiera que sea el desenlace de la elección, se propicien desde las instituciones del país vecino, cambios que no se correspondan al equilibrio y equidad que ha dominado desde que se suscribió el TLCAN.

La rehabilitación del nacionalismo norteamericano no es un buen presagio para la relación futura. Mejorar el posicionamiento del país entraña una tarea interna que no debe eludirse y que convoca al gobierno y al conjunto de la pluralidad. El interés nacional obliga a avanzar en muchos temas como son los derechos humanos, el combate a la corrupción y el imperio de la legalidad. Acreditar al país y a su democracia significa que cada quien cumpla su parte: el Presidente al diferenciar los temas de gobierno y administración de aquellos que son asuntos de Estado y la oposición tener sentido de los límites para que el ejercicio de su función no abone al argumento de quienes desde el exterior hacen del país una caricatura, a modo de sus objetivos políticos y electorales.

Prudencia y corresponsabilidad son ideas que han caído en desuso si no es que en descrédito. Es explicable, los tiempos de reacomodo, crítica e inconformidad propician un ánimo público que lleva al escepticismo y en algunos a la indignación. La cuestión es que el país prosigue. El gobierno tiene su ciclo y lo que es común persiste. Si esto se deteriora, afecta a todos, incluso a quienes tengan la responsabilidad para el nuevo periodo de gobierno. La competencia y la incertidumbre sobre el partido gobernante debería mover a una mayor claridad sobre lo que es común y sobre ello asumir un sentido de unidad.

Es el momento de cuestionar si es necesario un ajuste al régimen electoral. Hay cambios a procesarse, aunque lo que existe da para organizar bien la elección de 2018. Puede ser una reforma de mayor calado, como introducir la segunda vuelta y la eliminación del fuero a los legisladores; también revisar el modelo comunicacional para conceder más espacio al debate y menos a la publicidad. También deben promoverse la libertad de expresión conculcada por la reforma de 2007 y matizar el centralismo implícito en los cambios recientes. La agenda debe contar con el consenso plural y mayoritario para no comprometer el objetivo de unidad y corresponsabilidad que el país demanda y la circunstancia exige.

Hay amplio espacio y libertad para el debate y la competencia por el poder. Partidos y actores políticos están en ello. Los tiempos políticos anticipan que cobre mayor intensidad. Pero también es imprescindible entender en todo lo que significa, la necesidad de un compromiso por la unidad nacional, a manera de cuidar y hacer valer lo que a todos importa: nuestra aspiración colectiva de un mejor futuro.

El PRI que le toca dirigir a Enrique Ochoa

Los retos del PRI son un desafío mayor. La prioridad de ahora, como todo partido en la democracia electoral, es ganar votos como vía para mantenerse en el poder. La dificultad del PRI es doble, por un parte, debe revertir una vieja inercia en su interior de rechazo a transformarse; por la otra, superar un entorno adverso para todo partido gobernante. Como quiera que sea y a pesar de sus no pocos impugnadores, el PRI ha sido, para bien o para mal, la institución política más relevante en la construcción del México moderno. Un proceso de casi nueve décadas.

En el ámbito internacional, no son muchos los precedentes de partidos que hayan transitado con éxito por un cambio tan abrupto de la política y la sociedad. En ese periodo el mundo ha vivido totalitarismos, guerras y polarización ideológica. También México se ha transformado profundamente en todos los sentidos. No sin dificultades el PRI ha podido adaptarse; el reto mayor ha sido ser competitivo y mantenerse vigente en un entorno democrático, con alternancia en el poder y en el marco de un escrutinio mediático riguroso.

Un desafío a la imaginación es la transformación urgente del PRI. Luis Donaldo Colosio, ya como candidato presidencial, dijo en aquél memorable mensaje de aniversario del PRI a semanas de su asesinato, que los partidos con vocación democrática no pueden hacer de la historia mandato. Acertaba en el contexto de aquellos que se resistían a la democracia bajo el temor infundado de que el acceso de la oposición al poder, representaba comprometer al país y al proyecto revolucionario. Por increíble y vergonzoso que hoy pudiera parecer, algunos invocaban “el fraude patriótico” como respuesta a la competencia electoral, y no era un simple recurso retórico, era la convicción de una clase política que hacía de la revolución causa y origen de legitimidad. Colosio, en cambio, sostenía con razón, que en una democracia solo el voto es el origen del mandato y este principio es el cambio más significativo del PRI en su tránsito al México de la transición.

En las últimas décadas, el PRI ha vivido dos intentos de cambio: el que sucedió posterior a la elección de 1988, cuando la fragmentación dio lugar a un resultado electoral comprometido; y en 1998, cuando resolvió seleccionar candidatos por consulta a la base. En el primero, con Colosio, el acento se dio en la organización electoral, en remitir la fuerza de las organizaciones y de la estructura sectorial a la acreditación de membresía en el territorio. En el segundo, el de 1998, desde la Presidencia se impulsó la democracia interna: Chihuahua y Coahuila fueron dos procesos iniciales exitosos de democracia interna, los que posteriormente, llevaron al PRI a una elección primaria para seleccionar al candidato presidencial a finales de 1999.

Injustamente, la democracia interna del PRI quedó cuestionada por el resultado en la elección presidencial del 2000. Ganó el PAN con Vicente Fox. Muchos en el PRI, incluso el candidato perdedor hicieron de la elección democrática interna razón de la derrota. Lo cierto es que la consulta a la base le dio al candidato la legitimidad de una elección ejemplar por su participación, más de 10 millones de votantes, y por el orden en su implementación. Un logro espléndido del PRI y de su entonces dirigente, José Antonio González Fernández, inexplicable y absurdamente relevado de la dirigencia al momento de la campaña.

La derrota de 2000 debió llevar al PRI a una transformación profunda. No ocurrió así. Los intereses del poder territorial y el temor al Presidente Fox condujeron a los priistas a una postura defensiva. Entre el miedo de los que perdieron y la impericia impaciente de los que ganaron, prevaleció lo primero. La evocación a la estabilidad se impuso sobre el del cambio. “Cacahuates por lingotes de oro” dijera el contralor Francisco Barrio, a manera de aludir a la negociación entre Santiago Creel, secretario de Gobernación del nuevo gobierno y la cúpula del PRI. Acuerdo, por cierto, que desdichadamente frenó la inercia transformadora que debió haber acompañado a la transición.

Durante la dirigencia de Roberto Madrazo, varios gobernadores intentaron disputarle la candidatura presidencial. Las debilidades del proyecto de los gobernadores priistas, malogró el objetivo de evitar la candidatura. Las elecciones de 2006, con Madrazo al frente, produjeron el resultado más adverso de la historia del PRI; solo pudo prevalecer en unos cuantos de los 300 distritos y pasó a ser la tercera fuerza política, abajo del PRD y por supuesto del PAN. A pesar de aquella humillante derrota, el PRI tampoco se dio la oportunidad de cambiar. El poder se centró en su importante representación legislativa y en su presencia en el poder estatal y municipal. Esto y la poderosa inercia social crítica al PAN, partido gobernante, en 2012 hizo regresar al PRI a Los Pinos.

El PRI ganó con una ventaja convincente en 2012. Lo urgente para el país era la transformación frustrada por la situación de poder dividido que provocó la pérdida de mayoría legislativa desde 1997. Desde ese entonces, los cambios se frenaron a pesar de que en las décadas anteriores, el país había vivido un acelerado proceso de reforma institucional con mayoría legislativa del PRI. El inevitable efecto de este largo ciclo sin reformas (1997-2012) fue que la democracia y el poder dividido sufrieran un severo descrédito; la oposición parlamentaria, incluso la del PRI, frenó muchas reformas sustantivas.

Ya en 2012, la oposición y el PRI hicieron mucho a través del Pacto por México. Institucionalmente el país cambió de manera relevante. Pero la negociación y los acuerdos se limitaron a las cúpulas políticas. Por eso las reformas no ganaron ascendiente en la base social, incluso las resistencias y las dudas llegaron a la misma sociedad, a pesar de las virtudes de los cambios.

El PRI de Enrique Ochoa, ahora se reencuentra con el espectro del resultado adverso. Los cambios pospuestos cobran factura y en el ciclo electoral se dificulta una transformación profunda a pesar de su necesidad. Se entrevera la estrategia y táctica electoral con las urgencias del cambio y esto significa, irremediablemente, que la unidad adquiera la mayor prioridad. Es deseable y necesario que la renovación de su dirigencia, al mismo tiempo que mantenga los equilibrios internos, también dé curso a las necesidades más elementales de un inaplazable cambio. Tarea de transformación que, por cierto, inexcusablemente también convoca a los gobiernos locales y federal, de otra forma, nada de lo que haga el PRI sería eficaz para lograr su misión.

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FeradoAbogado, administrador y analista político nacido en Chihuahua, México; Licenciado en Derecho por la Universidad Nacional de México y estudios de Ciencias Políticas en la Universidad de Texas Leer más...

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