Liébano Sáenz

Liébano Sáenz

Es la hora de México

El presidente Donald Trump plantea un desafío monumental al sentido común. Ha desmentido a quienes pensaban que ya en la Presidencia, dejaría de lado el papel del candidato irreverente que estelarizó de manera magistral en campaña, para dar paso a la prudencia a la que obliga el ejercicio del poder. Ha pasado apenas una semana, y ya no se sabe cuál es peor, el candidato o el Presidente, con la diferencia de que ahora el riesgo y el peligro son considerablemente mayores.

Lo de menos en torno a este personaje es la impopularidad o el rechazo que esperamos pudieran generar sus arrebatos con el paso del tiempo en amplios sectores de la sociedad norteamericana y del mundo entero. Lo relevante hoy es que el presidente Trump está convencido de la causa que le acompaña y de un mandato fincado en confrontar y descalificar a todos, lo mismo a la prensa, que a los adversarios políticos y a un buen vecino al sur. Es un político al que hay que tenerle la mayor de las reservas. Los mexicanos nos sentimos particularizados en su malquerencia y desplantes, pero la realidad es que todo el mundo tiene razón para sentirse amenazado y/o agraviado.

Por principio de cuentas, se debe tener claro que es presidente, aunque con su conducta demerite tal investidura, y ello obliga a otorgarle un trato de respeto institucional. Quiérase o no, es el representante de los Estados Unidos, que resulta ser, además, el país económica y políticamente más poderoso y por si fuera poco nuestro vecino y principal socio comercial. Además, hay una relación de interdependencia entre México y Estados Unidos; ambas naciones se necesitan. El problema que enfrentamos es que el racismo del Presidente norteamericano y de su grupo nos lleva inevitablemente al terreno de la confrontación.

Cualquier análisis sobre el entorno que vivimos en estas horas, debe tener presente que lo que para los mexicanos puede parecer extremadamente impopular, no necesariamente lo es para la mayoría de los norteamericanos. En amplios sectores de la población norteamericana hay un rechazo a la política convencional y al orden de cosas existente. Incluso uno de los temas más peligrosos y polémicos del presidente Trump, que es su ataque a los medios de comunicación y que hace despertar dudas sobre su capacidad política, se da cuando éstos, según Gallup, están en su momento más bajo de credibilidad. Mucho de lo que dice de México y los mexicanos es compartido por amplios sectores de la sociedad norteamericana. No en balde Trump ganó la elección presidencial con esa propuesta.

Otra cosa que debemos considerar es que no se puede caer en el supuesto del fracaso que acompañará al gobierno de Trump. Quizás así sea en el largo plazo, pero no necesariamente en el corto y quizás tampoco en el mediano. Los indicadores de inversión y los mercados financieros le están dando el beneplácito. La reestructuración de la economía con bajos impuestos podría darle un impulso importante a la inversión, aunque también generaría un problema de déficit y, si éste, se pretende resolver a través de la reedición del proteccionismo con gravámenes a las importaciones, llevará a la pérdida de competitividad y al disparo de un proceso inflacionario. Pero eso tomará tiempo.

El gobierno de México debe actuar con extrema cautela. No caer en la provocación, pero tampoco ceder terreno. Bien por aclarar que el país no pagará el muro del señor Trump. La propuesta relativa a cobrar un impuesto de 20% a todas las importaciones representa una muy mala noticia para México, para China y para los norteamericanos, pues el incremento de impuestos necesariamente se trasladaría al consumidor en Estados Unidos, quien finalmente pagaría el muro del señor Trump.

El escenario es complicado y explicable es también la exasperación de muchos en México, Estados Unidos y en resto del mundo, respecto a los desplantes y arrebatos del presidente norteamericano. Pero nuestro gobierno, insisto, debe actuar con cautela. Bajo ninguna forma minimizar el riesgo y la necesidad de mantenerse alerta. Preparar escenarios y, especialmente, actuar sin complejos. México es un gran país; la economía norteamericana requiere de México y de los mexicanos, como consumidores, trabajadores y productores. Pero además de eso está el tema de la seguridad. México ha sido un leal vecino. El anhelo por una frontera segura así como la conveniencia de un flujo legal y ordenado de personas y mercancías, es compartido por las dos naciones.

México tiene muchos problemas por seguir políticas globales impuestas desde los Estados Unidos en materia de seguridad, especialmente la relativa al tratamiento criminal al comercio y consumo de drogas. La colaboración de México ha quedado acreditada y ha operado más en función de los intereses del país vecino que del propio, de otra forma las iniciativas para la despenalización de las drogas hubieran avanzado, como sí ha ocurrido en el propio territorio norteamericano.

El gobierno no debe dejar de mostrar disposición al acuerdo y la negociación. Pero cuidando las condiciones que hacen de México un país de oportunidades para la inversión y un aliado de la seguridad hemisférica que tanto interesa a Estados Unidos. Una actitud prudente es desgastante para la opinión pública, pero es lo correcto para salvaguardar el interés nacional. Acordar no significa ceder, tampoco someterse. Es la vía para hacer valer la causa de los mexicanos y para actuar de manera constructiva en una relación entre países desiguales y ahora gobernado por un equipo predispuesto a la confrontación y pleno de prejuicios sobre México.

Hay que ver a la historia y aprender de las lecciones más dolorosas para no descartar ningún escenario ni caer de nuevo en la sorpresa. Sobra decir que el desafío Trump demanda unidad, pero exige, sobre todo, valorar los recursos con que contamos, y actuar de frente y con firmeza ante las nuevas circunstancias. Creo que si confiamos más en nosotros mismos, podemos hacer de estos momentos de incertidumbre, el sólido principio hacia una nueva historia de fortaleza y prosperidad.

El mensaje tras la extradición

La entrega a las autoridades norteamericanas del detenido Joaquín Guzmán Loera es un acto que tiene muchas implicaciones por el momento en el que tuvo lugar, pero del que nadie duda un saldo favorable. El país gana y el gobierno del Presidente Peña recupera iniciativa en la relación con el nuevo gobierno norteamericano y el Presidente Donald Trump. Es una decisión política, que tiene sustento legal.

La Presidencia tiene más recursos de los que suele considerar la opinión pública. También más limitaciones de lo que muchos suponen. Para México el arribo del nuevo gobierno en el país vecino es uno de los mayores factores de incertidumbre. No solo tiene que ver con negocios, comercio y migración, suficientes para preocupar y pensar con cuidado qué debe hacerse para cuidar los intereses del país. También de por medio está el tema de seguridad nacional. Los dos países tienen posturas diferentes en muchos temas, pero desde hace tiempo hay un entendimiento sobre la seguridad hemisférica y la de ambas naciones.

México no solo es un socio comercial o portador de la fuerza laboral que de siempre ha requerido la dinámica economía norteamericana; también ha sido un vecino leal en el mejor sentido de la expresión, por un sentido compartido de seguridad nacional. Los conflictos y las tensiones de la historia reciente entre los dos países se han resuelto civilizadamente; no siempre de manera equitativa por la asimetría económica, pero siempre ponderando la condición de vecinos y de socios.

Pero más allá de lo que hemos vivido, la realidad es de que hoy en día no hay certeza de lo que habrá de ocurrir con el Presidente Trump. Para todos es una sorpresa. Todo se puede esperar. Su origen, formación y el sustento político que lo llevó al poder desafía al sentido común y a los principios compartidos de la política. Ha llamado al gobierno a personas de talento y prestigio, pero muchas de ellas sin la familiaridad propia de la política o incluso sin experiencia en el servicio público. Lo nuevo de ahora son los perfiles que contrastan con los gobiernos previos, y también porque son muchos los que presentan tales características; gente venida de las grandes corporaciones o de los sectores sociales más conservadores.

Hay que considerar también que la incertidumbre no se limita a la relación comercial o migratoria. Lo más grave y más serio, quizás de poca atención en el país, se refiere a la paz mundial y a la seguridad hemisférica. Del nuevo Presidente sorprende a propios y extraños su ligereza en muchos temas fundamentales. Hay verdadera preocupación en el mundo por el cambio que pretende impulsar, quizás sin deparar en su viabilidad y en sus consecuencias.

Precisamente por ello, la entrega de Joaquín Guzmán Loera es una de las decisiones de estrategia que permiten recordar a la opinión pública norteamericana, al Congreso –factor de considerable influencia- y a los sectores de poder, que México no solo es un productor de bienes y exportador de mano de obra, también es un factor importante en la seguridad de ese país y que por lo mismo no se le puede tratar a la ligera ni con descuido.

Fue un acierto del Presidente Peña Nieto que la extradición ocurriera en el gobierno del Presidente Barak Obama. Así es no solo como reconocimiento a un amigo y aliado generoso. También es corresponder a la insistencia de la Procuradora Loretta Lynch, quien había requerido en privado y público la extradición del delincuente. Con la extradición, se corona una historia: Obama concluye su Presidencia, y en perspectiva hay un gran acontecimiento que marcó su administración, el aniquilamiento del autor intelectual del ataque del 11 de septiembre de 2001, Osama Bin Laden. Gracias a México, la administración Obama cierra y lo hace con otro evento significativo: someter a proceso en suelo norteamericano al delincuente más buscado.

En el contexto internacional también México gana mucho con la decisión tomada. Quizás para muchos el camino obligado hacia el nuevo gobierno era la confrontación y la respuesta frontal. Hacerlo sería igualarse en términos de la civilidad a la que están obligados todos los jefes de Estado. Solo Donald Trump, Nicolás Maduro o los representantes de los regímenes totalitarios rompen con este principio de la política. Bien se ha dicho que la diplomacia es la continuidad de la guerra solo que por otros medios. El acto del Presidente es una acción que reivindica al país y a su gobierno de cara a un escenario inédito por las características singulares de quien llega a la Presidencia.

También es importante para las agencias norteamericanas y especialmente para las de inteligencia que han sido inexplicablemente golpeadas por el nuevo presidente, la entrega del criminal. En un momento crítico para éstas, quizás el más grave de toda su historia, un caso fundamental para éstas llega a su parte terminal, esto es, llevar a la justicia al inculpado de invadir con drogas su país, de lavar dinero y también de conspirar en territorio norteamericano para secuestrar y enviar a México personas para asesinar o ser asesinadas y armas.

Los dichos de un detenido poco valor tienen. Es inevitable la especulación ociosa de lo que podría decir Joaquín Guzmán en el afán de lograr gracia de sus perseguidores. Por ello debe haber reserva de sus declaraciones. Las autoridades mexicanas y norteamericanas deben ratificar la voluntad de cooperación y entendimiento, como ha ocurrido en los últimos años para hacer frente al crimen organizado.

La extradición es un expediente extremo que en otros países ha generado problemas serios por la resistencia de los delincuentes. En la primera reaprehensión de Joaquín Guzmán no se respondió con sensibilidad a la solicitud de las autoridades norteamericanas, bajo la tesis de que los delitos cometidos en México debieran ser ejemplarmente sancionados. La segunda fuga puso en entredicho a las autoridades, las que afortunadamente pudieron reaprehenderle. La decisión de las autoridades no era extraditar o no, sino el momento en el que tuviera lugar y el mensaje que causaría. Con la extradición, México responde al nuevo gobierno. Una decisión de altura, trascendente y que pone en buen lugar a la diplomacia mexicana.

Tiempos de incertidumbre

Nadie con un poco de seriedad, puede darse licencia para regocijarse con la difícil circunstancia por la que transita el país. Muchos asumen que los apuros los tiene el Presidente, el PRI o a lo sumo, la clase política. La verdad es que los problemas, el riesgo y el desafío nos alcanzan a todos; no se trata de alarmar, sino de que se entienda en su justa dimensión lo que sucede para que cada quien, desde su propio espacio, tenga claro que tendremos que esforzarnos para, de la incertidumbre o de la adversidad, construir oportunidades.

Obvio es decir, por lo que está de por medio, que los actuales son tiempos para mantenernos unidos. Se requiere no tener sentido de la realidad y perspectiva, para creer que la unidad puede generarse en automático. Los términos convencionales para lograrla han perdido eficacia y hasta sentido. La unidad de antes era orgánica, elitista, jerárquica, formal y con objetivos específicos. Lo de ahora debe ser horizontal, más un entendimiento que un acuerdo textual; su espacio no está en las oficinas o los presupuestos, sino en las conciencias y actitudes. El propósito general, hacer valer el interés de México, es lo que debe estar de por medio. El contenido corresponde a la realidad y tarea de cada quien: el maestro, enseñar; el trabajador, producir; el empresario, invertir, administrar y pagar impuestos; el legislador, representar para dar sentido y contenido a su investidura; el gobernante, cumplir los términos de su mandato con honestidad y compromiso de ética pública.

Los días inéditos que hemos vivido al arranque del año, han mostrado que el paradigma convencional para llegar a la unidad ha sido superado; que lo que compromete lo que se ha pretendido no son las diferencias, sino la eficacia. Es un hecho positivo la externalidad de buena voluntad y disposición de sectores representativos; pero es mucho más trascendente y útil que se promueva con hechos, una nueva forma de ver, entender y actuar frente a los retos que el presente nos depara.

Lo más elemental, pero quizá lo más difícil, es desterrar el pesimismo y la negatividad que tiende a socializarse en el tipo de circunstancias que vivimos. Esto a nada conduce y sí mina la voluntad de superación, porque lejos de ser un facilitador de soluciones, ese ánimo encendido lo que hace es recrear en el imaginario culpas externas e internas y hacia allá se remite la precipitada condena popular que sólo distrae la energía que el momento requiere. Habrá razones sobradas para reprobar a unos y otros, pero –insisto- repartir culpas sólo para mantenernos en el mismo lugar, es una reacción natural, incluso comprensible, pero que deberemos evitar.

Las redes sociales y el espacio digital en general, son un medio en el que se exacerban los estados de ánimo; donde más que construir anhelos, se cultivan y ahí mismo se cosechan frustraciones. Aunque la red ha potenciado las libertades, la información y la comunicación, también se han perdido la calidad y el rigor del diálogo público, ya que prevalecen las emociones y los estados de ánimo colectivos, en lugar de los datos y la razón. La solución no es imponer control o restringir libertades, sino mejorar la capacidad social para procesar, digerir e interiorizar la información digital. Además, ni gobierno ni sociedad se puede quedar en estado de frustración frente al desempeño de lo digital, cuando las formas históricas de participación mantienen vigencia: el texto, la marcha y el voto.

Es difícil que la unidad se construya a partir de la convocatoria institucional, precisamente porque la transformación social en curso elude y con frecuencia rechaza la formalidad propia de lo institucional. Nuevamente, que la inercia actual imponga un serio reto a las instituciones, no significa que éstas deban desaparecer; no hay vida social digna sin reglas, gobiernos, Congresos, jueces y elecciones. Ciertamente, los ciudadanos cada vez están más distantes de partidos y gobiernos, pero no implica que pierda validez la necesidad de autoridades en el empeño de gobernar y cumplir con sus tareas básicas como es brindar seguridad, de organizaciones sociales y políticas haciendo valer los intereses de sus miembros, ni la pertinencia de las causas de siempre como son la lucha por la equidad y el bienestar.

Para entender los tiempos difíciles es preciso diferenciar las causas de los efectos, pero también cómo los efectos se vuelven parte de las causas. La globalización, en el amplio sentido del término y no solo en su dimensión económica, genera afectaciones a amplios sectores de la población. Ante la impotencia de las empresas por el desafío de la competencia global y la incapacidad de la política convencional de dar cauce a esta inconformidad vuelta indignación, la oferta antisistémica, xenófoba o nacionalista cobra fuerza al grado de dar aval electoral mayoritario a propuestas extremas que hacen propia la intolerancia, la mentira y el autoritarismo.

Con esto quiero aludir a que uno de los temas que más preocupan en la actualidad, la incertidumbre derivada del gobierno encabezado por Donald Trump, más que causa es efecto y esto remite a una herida profunda en la sociedad norteamericana en la que la visibilidad de la migración y la baja de empleo por inversiones que se hacen en México se vuelve coartada para proponer respuestas ficticias y, especialmente, ineficaces. El problema del empleo que encara el país vecino está más vinculado a la automatización y a los nuevos términos de la competencia global; no lo resolverá un muro, tampoco la coacción a empresas para que no inviertan en México. Como en el pasado en nada contribuyó para bien y sí mucho para mal, la guerra contra la producción y tráfico de drogas con la esperanza de abatir el consumo.

México debe reconocerse en sus fortalezas –que no son pocas- y también en sus debilidades, las cuales son igualmente diversas. Por lo pronto salta a la vista que ante los desafíos y oportunidades que nos depara el futuro no podemos incursionarlo en medio de la división, del fatalismo y la desconfianza a todo y todos. Las elecciones empoderan a la sociedad para definir, sancionar y, en su caso, ratificar. Las libertades son un medio de hacer, construir y también apoyar y rechazar. Las responsabilidades son las que debieran estar en el centro de la atención y lo mismo vale para los ciudadanos que para los empoderados.

El descontento y la comunicación

El descontento por el incremento en el precio de los combustibles ha sido el signo de la semana primera del año. Se acompaña de manifestaciones públicas y de actos vandálicos que aunque aislados, han cobrado relieve en las redes sociales mucho más allá de lo que acontece. La realidad virtual del mundo digital desplaza a los hechos y crea un ambiente de psicosis que altera la tranquilidad y que por el miedo que propicia, ha alterado la normalidad de personas y negocios. Los hechos vandálicos se sobredimensionan y esto en sí mismo genera consecuencias perniciosas.

Esto acontece en medio de una crisis seria, profunda y amplia de las instituciones públicas y sociales. Los ataques se centran en el Presidente, lo cual parece natural porque es quien personifica la institución más relevante del sistema de gobierno y de representación política. Sin embargo, en este caso el problema refleja también la pérdida de fuerza y confianza de los medios de información otrora dominantes, la prensa, la radio y la Tv.

La credibilidad que las personas le dan a las imágenes e información que circula en los móviles es abrumadora a pesar de que en la mayor de las veces es exagerada, son hechos aislados y en algunos casos francamente falsos. En particular deben preocupar los casos que ha identificado la autoridad de arengas al desorden y al vandalismo, lo que debe diferenciarse con claridad del derecho legítimo a la crítica y protesta. A todo esto se le añade el grosero escarnio que se hace a autoridades en un desahogo colectivo que si bien comprensible, en nada contribuye al momento que se vive y que, lo que es peor, abona a un sentimiento negativo y destructivo que no le convienen al país.

Como tal, en los acontecimientos convergen dos inercias: la crisis de confianza y credibilidad de las instituciones públicas y sociales, así como el cambio en la sociedad, con una tecnología al acceso de cualquiera, que le otorga una perspectiva diferente a las cosas, a los problemas y renueva las formas de exigir a las autoridades. No es que haya en los desórdenes una conspiración en el sentido de una voluntad perversa que promueve y articula el caos; lo que sí hay es una realidad disruptiva que se recrea en las redes sociales y que ante acontecimientos de sensibilidad como el incremento de precios y el malestar que le acompaña, genera flujos de información y comunicación que, por una parte, dan un curso emocional al enojo y, por otra, reproducen y interpretan de manera desproporcionada las manifestaciones de rechazo y los actos vandálicos asociados.

En este contexto el mensaje político tiene poca eficacia. Menos cuando se remite a la razón y no se acompaña de acciones claras y concretas que hagan sentido al gobernado. El gobernante encara una doble dificultad: la ineficacia del mensaje y la predisposición hostil de las redes sociales a todo lo institucional. También es necesario destacar que a pesar del enojo y de la desconfianza, la mayoría de las personas no compra la idea que ha circulado en redes de que es el gobierno quien está propiciando el ambiente de miedo con objetivos políticos autoritarios y, por otra parte, repudia a los vándalos que se aprovechan del rechazo al incremento de combustibles.

La situación debe preocupar a todos. En fechas pasadas un directivo de un influyente medio de comunicación advirtió sobre los riesgos y peligros de la información digital por apartarse del rigor propio del periodismo. Los hechos recientes lo muestran, aunque no lo prueban. Es cierto, se requiere madurez y fortaleza de la sociedad frente a la información digital. Confío que es un proceso de aprendizaje y por ello es muy importante que los acontecimientos sirvan de didáctica social para mejorar la manera como procesamos y digerimos la comunicación en estos tiempos. No asumir un criterio pasivo que dé validez a todo lo que allí circula, corroborar con la información periodística profesional digital o convencional, tener criterio propio sobre la realidad y los hechos. Esta es la única manera para impedir que la realidad virtual se sobreponga a lo que acontece y que sus efectos disruptivos sean potenciados de manera positiva.

Las razones del aumento de las gasolinas son técnicamente sólidas y representa una decisión muy difícil pero indispensable para mantener la estabilidad macroeconómica. Pero para efectos de comunicación gubernamental, debía tenerse en claro que la memoria de crisis económica prácticamente ha desaparecido del imaginario colectivo. La última se padeció hace más de dos décadas, asociada a una política monetaria que no se quiso ajustar por razones de oportunismo político frente a eventos desestabilizadores como el magnicidio del Luis Donaldo, el levantamiento zapatista y el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu.

Que las razones del incremento sean válidas y atiendan a un criterio de elemental responsabilidad, para el público no las hace convincentes, no se creen y casi todos asumen que son injustas. Tampoco tiene recepción la tesis de que el subsidio que se retiró solo beneficiaba a los que tienen mayores recursos o ingresos. El desencuentro entre las autoridades y la sociedad ocurre porque las razones no sirven para responder a un estado emocional. Ya desde hace tiempo, con insistencia, hemos referido al singular estado de ánimo o humor social de la población. Esta circunstancia obliga a una estrategia de comunicación e información diferente, porque se está ante una sociedad distinta, que procesa los datos y tiene una interacción social diferente.

Los desafíos de la comunicación y de la información son abrumadores. No hay soluciones mágicas ni sencillas frente a un escenario inédito y donde los instrumentos convencionales han perdido eficacia y hay una carga emocional de descontento y desencanto. De parte del gobierno hay pistas para abonar al reconocimiento y a la recuperación de credibilidad: menos palabras y más acciones que acrediten la lucha contra la impunidad en todas sus manifestaciones, y un gobierno austero y eficaz para hacer frente a las necesidades y aspiraciones del mosaico social que somos los mexicanos.

Adiós 2016, viene 2017

Aunque lo parezca, no debe ser calificado el año que concluye como el de las sorpresas electorales: la salida de la Gran Bretaña de la Unión Europea, el fracaso del gobierno colombiano en el referéndum por la paz, la derrota del PRI en junio, el triunfo de Donald Trump en la elección presidencial de Estados Unidos. Lo inesperado se aprecia así por quienes no entienden el singular ánimo social que existe en muchas partes del mundo y particularmente en nuestro país.

Lo que debe dejarnos a todos este 2016 son razones para ver con preocupación lo que ocurre. No es la derrota del sistema o el anhelo de cambio lo que altera la tranquilidad, sino lo que puede quedar en su lugar. En los países más desarrollados los sectores sociales perdedores de la globalización están dispuestos a impulsar proyectos políticos nacionalistas con contenidos de intolerancia, xenofobia y socialmente regresivos. En esos países con facilidad se llega a la falsa conclusión que el deterioro social tiene que ver con los migrantes indocumentados y la apertura económica al mundo. También persiste la idea inexacta de que la liberalización comercial y financiera ha tenido efectos perniciosos.

En este contexto algunos culpan a la información digital y particularmente al Facebook por promover actitudes en los electores fundadas en la mentira y el prejuicio. Se señala que el descredito de la democracia por el surgimiento de estos proyectos antiliberales se explica por la derrota de la prensa convencional a partir de la competencia desleal de los medios digitales. Es cierto que en la red prolifera información falsa, la exaltación de antivalores y el insulto a la razón, pero también es el espacio que da lugar a información veraz, a la denuncia pública y al reclamo social que de otra manera no se expresaría en los medios regulares. Lo digital corta para los dos lados: una parte muy mala y negativa y otra muy buena y positiva.

La crisis de la prensa liberal viene de tiempo atrás; ciertamente se acentúa con los medios digitales, además, el intento de los periódicos de incursionar comercialmente en los espacios digitales no ha tenido el mejor de los resultados. Los casos de éxito son aislados y temporales. La prensa todavía no ha encontrado una fórmula para contener el desplazamiento del que es objeto a causa de internet. También la Televisión está viviendo su propia crisis; disminuye su mercado, lo digital se vuelve arrollador y el entretenimiento se impone sobre las tareas informativas o de calidad editorial en los medios electrónicos.

Si bien su poder es innegable, resulta un exceso culpar a la información digital por la proliferación de los proyectos antisistémicos y populistas. Las redes sociales y la información digital fueron muy importantes para que Estados Unidos fuera gobernado por un presidente de origen afroamericano. Las redes sociales han sido pieza fundamental en la caida de dictadores y han sido fuente de denuncia y de participación activa en las sociedades. Hay proyectos noticiosos e informativos en el ciberespacio de extraordinaria calidad precisamente porque no padecen el agobio económico y restricciones que significa la empresa de medios convencional.

Desde 2015 en este espacio hemos llamado la atención de manera reiterada que México y el mundo viven un cambio social profundo que en política favorece la alternancia y da mayor espacio a lo antisistémico. Las redes contribuyen a este proceso, pero no lo explican del todo. Lo que sí es claro es que las condiciones existentes favorecen las propuestas radicales de cambio. Que los instrumentos convencionales para su medición, como son las encuestas tradicionales han perdido precisión para anticipar lo que viene porque no se pregunta de la mejor forma y se confunde al encuestado con el votante. Sucedió en Inglaterra con el Brexit, en Colombia con el plebiscito, en México muchos de los estudios erraron para ver lo que era claro, que la alternancia iba a ser la norma; y en Estados Unidos, que el señor Trump tenía más apoyo de lo que parecía.

2017 no tiene por qué ser diferente, incluso puede ser todavía más radical en sus expresiones disruptivas por dos consideraciones: primera, no se han modificado las causas que provocan los cambios; segunda, los procesos del pasado inmediato tienen efectos que reproducen el malestar y descontento con el orden de cosas, la razón más importante para entender lo que está ocurriendo.

Uno de los temas a observar en 2017 es el comportamiento de los antisistémicos ahora en el poder. En 2016 se pudo apreciar el caso más emblemático en México, que es en Nuevo León con el ahora gobernador Jaime Rodríguez Calderón. El optimismo y amplio aval con el que llegó se fue diluyendo en la medida en que no se pudo corresponder con la expectativa ciudadana que le llevó al poder. Hay un sentimiento de desencanto con él.

¿Qué habrá de suceder con Donald Trump presidente? En el mundo entero esa es la principal interrogante. En México hay preocupación. Los temas son importantes, pero deben contemplarse en una perspectiva más amplia y ver que las promesas de campaña no solo son difíciles de cumplir, sino que algunas son hasta contraproducentes para la economía norteamericana.

El problema es que frente a la imposibilidad de cumplir compromisos se opte por medidas emblemáticas que sí puedan tener un efecto negativo grave al país y a la paz mundial. El presidente norteamericano está acotado por el Congreso con mayoría republicana, los poderes locales, la pluralidad y el peso de la opinión pública. Trump y su equipo están dispuestos a desafiar muchas de estas contenciones y en el afán de ganar se pueden promover acciones que modifiquen las coordenadas que cuestionan o limitan al poder presidencial, particularmente las de carácter militar.

Finalmente, es preciso señalar que como personas, comunidad o país el futuro se construye en función de uno mismo. Hay una amplia agenda de tareas. Allí es donde se debe actuar para mejorar lo que hemos logrado, o para protegerlo de nuestros propios anhelos sociales de cambio que no siempre, como ocurrió en este año que termina, se procesan adecuadamente.

De la incertidumbre a la esperanza

En las actuales circunstancias, la incertidumbre es la principal amenaza de nuestras sociedades. Lo inesperado o desconocido puede volverse miedo y éste, parálisis. Por eso es importante procesar correctamente los variados elementos que conducen a lo incierto, para tener respuestas apropiadas que nos alejen de lo indeseable y de lo adverso y nos conduzcan a la oportunidad. Son muchos los elementos que nos trasladan a la falta de certeza que hace anidar las reacciones más humanas frente a lo que vemos como un peligro. El propio proceso de cambio de la sociedad actual lo implica. Somos testigos de una revolución tecnológica que impacta nuestra vida cotidiana. Lo disruptivo es lo que domina estos tiempos y se hace presente en la economía, la política y en la comunicación.

El problema de un cambio como el que se está generando ante nuestros ojos, vertiginoso y arrollador, es que puede echar por tierra mucho de lo bueno y positivo que hemos construido. Hay valores que deben prevalecer. También la innovación plantea retos y problemas que deben encararse como es la afectación de las libertades y el derecho a la privacidad. La tecnología no es neutral, depende mucho del uso que se le dé y quien la controle, las personas no pueden ser reducidas a un algoritmo, tampoco la reflexión y el diálogo a 140 caracteres. El reto es de adaptación, no de desplazamiento.

Otro de los factores de riesgo en nuestro tiempo es que lo disruptivo se encadena; no necesariamente de manera virtuosa. La globalización en sus expresiones financieras, comerciales y migratorias ha generado sus anticuerpos y resistencias. En las naciones más avanzadas, los que se sienten perdedores del proceso recurren al nacionalismo conservador y empoderan a expresiones políticas intolerantes, demagógicas y xenófobas. La cuestión es que es imposible dar marcha atrás al proceso de transformación. Intentar hacerlo desde una posición de fuerza o poder, además de ilusorio, tiene consecuencias muy negativas para la coexistencia e incluso para la paz. No es exageración. Eso no es incertidumbre y sí debe ser materia de preocupación.

Para mitigar la incertidumbre hay que desarticular la demagogia electoral que viene del país vecino, común en los demócratas y republicanos. Mucho de lo que se ofreció al electorado no puede ejecutarse tal cual fue expresado. Se puede hacer un muro, pero no impedir el tráfico –legal y no legal- de personas, mercancías y dineros. Tampoco se pueden regresar millones de indocumentados, porque la economía norteamericana los necesita ya que son factor para la propia competitividad de aquel país. Gravar importaciones no solo es dar vuelta atrás, significa afectar a los consumidores y castigar a las propias empresas norteamericanas que en su propósito de sobrevivir en un mundo global y competido, se instalaron en México. Tampoco se pueden gravar remesas sin alterar los principios básicos del mercado. Algunos estados ya lo hacen y es lo propio si a cambio se ofrece educación, servicios, seguridad y salud, no el muro que ofertó Trump.

Las dificultades y riesgos mayores están en casa. Hay un deterioro en muchos de los ámbitos de la vida pública, no solo de la política. No es nada más un problema de confianza y credibilidad, esto es, de percepción; tiene que ver con lo que directa o indirectamente viven, disfrutan y padecen las personas y las familias. La inseguridad persiste como problema y no habrá solución hasta que no se entienda que ésta se construye desde la base, fortaleciendo a los municipios y a los Estados. El retroceso que ahora se presenta, en parte se explica por la restricción financiera y por la mala aplicación de los recursos de las autoridades locales y municipales. El problema es serio porque en no pocos casos el sistema de seguridad pública no solo no funciona, sino que está sometido, por intimidación o venalidad, al crimen organizado. Disponer de fuerzas federales es un expediente inevitable, pero es temporal y sirve para la emergencia, no para la solución de fondo.

La esperanza se construye, no es resultado fortuito. El Congreso debe atender, de una vez por todas, la edificación de un nuevo modelo policial. De poco servirá si no se prevén los cuantiosos recursos que se demandan y los instrumentos para su adecuada aplicación. Como todo cambio institucional, llevará tiempo, pero es urgente iniciar camino bajo premisas diferentes a las existentes desde que se le declaró la guerra al crimen organizado.

La economía es la base del bienestar para las personas y las familias. Las reformas estructurales aportaron bases indispensables para mejorar el desempeño económico del país. Se debe persistir en su implementación, pero también hacer ajustes y correcciones donde se requiera. México tiene muchas condiciones para ser un país próspero: recursos naturales, ubicación geográfica, robusto mercado interno, fuerza laboral joven y capaz. Se requiere ahora de un gobierno funcional, eficaz y, especialmente, que combata la impunidad y que en su actuar, no solo en su predicar, sirva de ejemplo.

En la necesidad de abrir paso a la esperanza, la reforma del gobierno es la tarea más al alcance y la más trascendente. Lo primero que se requiere es que haya conciencia del problema y que esto no se asuma como la interesada crítica al gobernante, sino como una exigencia para mejorar lo que es un bien público. Como tal, es necesario recuperar ese sentido de servicio público de la política, entender la necesidad de un piso básico de responsabilidad en la que la ética y la eficacia van de la mano para que el ciudadano se reconozca en las acciones de las autoridades por atender éstas al interés general o al bien común.

La política es lo que es: el espacio para la disputa por el poder. Las reglas de la democracia le da civilidad, pero es insuficiente, también se requiere sentido de los límites y una idea de propósito por parte de los actores. El poder como objetivo, como fin en sí mismo y no como medio, envilece no sólo el éxito alcanzado, sino lo mejor de lo que puede ofrecer la política a la sociedad.

La Navidad es tiempo propicio para la reflexión y para abrir lugar a los mejores anhelos y sentimientos personales y colectivos. En ésta, como siempre, hago votos por la felicidad de todos los que, en su generosidad, se toman el tiempo para leer estos paralajes sabatinos.

La persistente inseguridad

Lamentable, dolorosamente, la inseguridad es más que la imagen de una joven senadora golpeada por un grupo de maleantes en un incidente carretero que pudo ser mucho más grave. Bien que la sociedad se indigne por el evento, pero el problema va mucho más allá. El intercambio de secuestrados en días pasados, también es muestra de la situación en la que complicidad social se entrevera con la incapacidad de las autoridades locales en hacer valer la ley. La situación es delicada y no debe minimizarse.

El balance es obligado. No es para condenar con frivolidad, tampoco para volverlo argumento en la disputa anticipada por la candidatura presidencial. La situación llama a una reflexión serena que nos diga dónde estamos, qué ha funcionado bien y qué es lo que tendrá que hacerse para mejorar. La desesperación o el arrebato poco ayudan. Mucho mejor resulta en estos días pensar con seriedad y abordar la solución que seguramente contendrá muchas acciones, en muchos frentes, por muchos actores.

Todos somos responsables de la seguridad, pero no todos lo somos en igual medida. Primero que nadie están las autoridades. La persistencia de los delitos del fuero común y en algunos lugares su agravamiento, hace entender que las instancias locales son las que más deben hacer. Las policías; la procuración de justicia o investigación de los delitos y asignación de presuntas responsabilidades; el sistema de justicia y el régimen carcelario son una cadena que debe revisarse en sus propios términos y en su relación con el delito.

En este espacio desde hace tiempo hemos insistido en la tesis de que el centralismo ha perjudicado seriamente al cuerpo nacional, que la calidad del gobierno y de los servicios básicos, uno de ellos el de la seguridad, depende de autoridades locales eficaces y con los elementos a su alcance para cumplir sus responsabilidades. El país ha destinado mucho dinero a la seguridad, los estados quizás como nunca han tenido oportunidad de invertirlo para tales objetivos. Sin embargo, la magnitud del problema rebasa por mucho lo destinado. Además se requiere modernizar y mejorar la administración para que los recursos sean adecuadamente aplicados.

La solución debe construirse a partir de la base. La policía de acercamiento es fundamental para mejorar la situación. No solo se requiere adiestramiento y equipamiento, sino dignificar al policía con mejores sueldos y prestaciones. La comunidad debe participar para que la policía cuente con respaldo social. Es mucho lo que debe hacerse de forma tal que el orgullo de la profesión de policía se origine en el mismo reconocimiento social al policía y su familia. La sociedad se ha acostumbrado a demandar y exigir de sus fuerzas de seguridad, pero se ha alejado de otras actitudes básicas como es el reconocimiento y la gratitud hacia quienes hacen una labor de alto riesgo que es fundamental para el bienestar de las familias.

El debate nacional debe poner en el centro de la mesa los recursos financieros que se requieren para mejorar la calidad de las policías municipales y estatales. Exponer con claridad de qué tamaño es el esfuerzo que debe emprenderse, los mecanismos de evaluación permanente y el tiempo que habrá de llevar para lograrlo. La tecnología nos ofrece herramientas fundamentales para mejorar la vigilancia y la supervisión. También para contar con mecanismos permanentes que ofrezcan claridad y certeza de lo que se está haciendo, de la correcta aplicación de recursos y el logro de metas y objetivos. Con ello quiero destacar que hay dos elementos centrales en la solución: recursos económicos y tecnología.

No está por demás insistir que es la impunidad lo que propicia los altos niveles de criminalidad. La ausencia o deficiencia de sanción, es un poderoso y perverso incentivo que propicia la delincuencia. También tiene mucho que ver el entorno. Quizás sea una postura muy conservadora y para algunos elusiva, pero la crisis de valores y de las instituciones fundamentales como la familia y la escuela, acompañado del hedonismo, el consumismo y la promoción social de antivalores crea individuos propensos a desentenderse de sus responsabilidades y a la pérdida del sentido de los límites.

La lucha contra la delincuencia debe tener la más alta prioridad, y por ello la idea de pacto social debe centrarse en abatir la impunidad en todas sus expresiones, no solo la que tiene que ver con el ámbito delictivo o penal. Este es un cambio profundo y trascendente que cobra expresión en la vida cotidiana de las personas. Abatir la impunidad es anteponer una conducta cívica como base para una mejor convivencia. Esto empieza en el hogar y se extiende a la escuela; debe manifestarse igualmente en el club social, la iglesia y en todos los espacios de convivencia.

La denuncia debe ser una de las acciones indispensables para revertir el deterioro de la seguridad. Es un buen ejemplo y una mejor didáctica que la Senadora Ana Gabriela Guevara haga pública su exigencia de justicia y denuncia sobre la violencia que existe sobre la mujer, a manera de mover y conmover a la sociedad para que las autoridades no solo den con los responsables de los hechos, sino para que exista una mayor conciencia pública sobre un problema allí presente y que demanda acciones correctivas en todos los ámbitos, incluyendo, desde luego, la acción penal para quien agreda a una mujer.

La denuncia debe facilitarse. Denunciar no es algo sencillo y práctico, enfrenta burocracias mal preparadas, instalaciones inadecuadas y leyes que complican la búsqueda de la justicia cotidiana. En la mayor parte del país la comparecencia de la víctima ante las instancias de justicia es una experiencia bastante desagradable y en no pocos casos traumática. Debe revisarse todo ello y anteponer la sensibilidad humana y la profesionalización del personal para que quien es víctima no deba padecer más su condición y por el contrario, goce del privilegio de tener todas las facilidades para llevar a la justicia a quienes la agraviaron a ella y a la misma sociedad.

La tarea es compleja. Pero no podemos aspirar seriamente a una mejor realidad en medio del caos y la impunidad.

Construyendo un nuevo inicio

Las dificultades y la incertidumbre que enfrenta el país ofrecen una oportunidad singular para un nuevo inicio. De haber visión y convicción, es muy probable que pueda significar el punto de partida tan esperado por generaciones de mexicanos. La adversidad nos abre la puerta a la oportunidad y es necesario evitar las salidas en falso o lo que es peor, la parálisis. Cruzar el umbral es un reto, y hay que mantener siempre la vista en el horizonte.

Un elemento a considerar para dar pasos en firme, es reconocer que tenemos una nueva sociedad, más demandante y participativa, mientras que el consenso sobre lo que existe es frágil y precario. La situación entonces va a reclamar mucha inteligencia para lograr un equilibrio entre lo mucho que tenemos que cuidar y mantener, y el deseo de cambio arrollador que por su parte, tiene una agenda amplia de mucho que corregir y transformar.

El momento clave será el 1º de octubre de 2018. Las condiciones para un gobierno con legitimidad y muy probablemente de coalición, deben construirse desde ahora. No se trata de anular la competencia, es decir, que distintos proyectos puedan disputar en libertad y con la vehemencia propia de la competencia por el poder, la oportunidad de ganar la representación legislativa o el gobierno nacional. El objetivo es construir desde ahora un entendimiento para que la elección transite en términos de normalidad y que la concordia y la reconciliación sean fruto del equilibrio político que determine el voto popular.

Todos tenemos responsabilidad, particularmente los actores centrales que son los partidos y los prospectos de candidatos; también las autoridades, principalmente el INE y el Tribunal Electoral y, desde luego, el Presidente de la República y los mandatarios estatales. La sociedad también tiene un sitio relevante en el entendimiento a construir: los medios de comunicación, singularmente, los concesionados del Estado y la sociedad organizada: organismos empresariales, sindicatos, etc.

Es preciso destacar que en toda la historia de México solo existe un precedente de relevo de gobierno al margen de crisis, sean económica, política, social o de confianza, de Guadalupe Victoria hasta Peña Nieto. Las elecciones de 2000 son esa excepción. Lo alcanzado en ese entonces no fue fortuito, tuvo diseño y fue exitoso en la medida en que todos los competidores reconocieron el resultado, hubo un desempeño incuestionable del órgano electoral, además de un ambiente generalizado de orgullo y optimismo por los comicios. Nada de ello ha vuelto ocurrir en las dos elecciones presidenciales subsecuentes.

Hay lecciones que se deben aprender de nuestro pasado y de lo que ocurre en otros países. Por ejemplo, definir con claridad el papel que debe jugar la Presidencia en ocasión de los comicios. En EU, de siempre, el Presidente es un actor relevante del proceso comicial. Se entiende, desde el momento mismo que existe la reelección presidencial; también, por la fuerza que tienen las Cámaras federales y los poderes locales. El Ejecutivo allá es, en muchos sentidos, un poder acotado por la sociedad misma. No es el caso de México, aunque también hay límites, pero la tradición y la realidad hacen ver al Presidente como el gobernante de todos. El poder presidencial y el del gobierno no están diferenciados como sí ocurre en muchos otros regímenes análogos.

Por lo anterior, considero que el Presidente, sin rehuir de su afinidad política y partidaria, y sin renunciar al derecho que le corresponde de defender las realizaciones de su gobierno, debe mantener distancia y una actitud de prudencia para no verse involucrado en la contienda constitucional y así garantizar condiciones de imparcialidad por parte del gobierno. Los servidores públicos tienen derechos políticos y es su privilegio constitucional participar con libertad y sin condicionamiento partidario, pero eso es distinto a disponer de los recursos institucionales o de carácter público. El Presidente también tiene salvaguardado su derecho de ejercer el liderazgo de su propio partido, pero por situaciones propias de la naturaleza de la política, sólo hasta el momento de la definición de su candidato presidencial.

Un tema crucial para el titular del Poder Ejecutivo es trascender la inercia de la exclusión o la intolerancia hacia un candidato en particular. Desde ahora hay que acreditar el derecho a participar por quienes se van perfilando para disputar las candidaturas o, en el caso de López Obrador, quien tiene la adhesión abrumadora en su favor al interior de su partido. Institucionalmente no debe haber enemigos o adversarios a anular. El derecho a aspirar y a competir es válido al interior de los partidos respecto a la competencia interna por la candidatura y, desde luego, también es fundamental el respeto institucional que merecerían en su momento todos los candidatos en contienda. Se trata de garantizar el derecho a competir en términos de equidad, seguridad personal para los contendientes y trato equitativo. Insisto: no debe haber candidatos intencionadamente descalificados.

La necesaria concordia, reconciliación y legitimidad, si se logra, será resultado de lo que desde ahora se construya. La unidad de los mexicanos ahora más que nunca es fundamental para hacer, defender y proteger el sistema institucional. Esto es lo que desde ahora se debe avizorar como parte fundamental del futuro deseable. Por lo pronto, es propio de la política no solo la pretensión de ganar, también la preocupación de perder. Los intereses en juego pueden sentirse amenazados o reafirmados por el desenlace de la elección. Esto es propio de la realidad y de la diversidad del país. Parafraseando al político y periodista Sanguinetti, con o sin alternancia, el cambio virtuoso transita administrando bien dos sentimientos, el miedo de los que se van y la impaciencia de quienes llegan. Bien administrar significa que desde ahora exista un piso básico de respeto y de institucionalidad democrática para llevar adelante la contienda formal y no formal. La política y la competencia por el poder transitan por muchos veneros y es preciso cuidar su cauce, sentido e intensidad.

Tengo la convicción de que frente a la adversidad o incertidumbre, un mejor porvenir se perfila. Una oportunidad que nos corresponde a todos convertirla en realidad y así construir al anhelo justo y obligado de un mejor país.

La corrupción y la crisis del federalismo

Los que corren hoy, son tiempos que apuntan hacia nuevos rumbos y no están exentos de riesgos, de pérdidas y de bajas. Quienes gobiernan y sus partidos resienten los efectos de la insatisfacción social con el sistema económico y político existentes. Por eso lo de ahora en México y en el mundo son los triunfos sorpresivos de las propuestas y opciones antisistémicas. Lo verdaderamente preocupante no es que hayamos tardado tanto en darnos cuenta de este sentimiento que alienta lo disruptivo, sino que frente a la nueva realidad, todavía no tenemos propuestas articuladoras de cambio. Eso explica que el nacionalismo, el proteccionismo y patologías como la xenofobia, el antisemitismo y el racismo, tienden a resurgir en algunas naciones con una fuerza inesperada para estos tiempos de vigencia de la democracia liberal.

En el país, el mayor costo de este proceso en curso, no sólo lo han pagado el PRI, el PAN o el PRD y el Presidente, o quienes encabezan los poderes federales; la ola de indignación asociada a la calidad de gobierno y la crisis de consenso por la impunidad y los escándalos de corrupción, afecta severamente al federalismo. Y como ocurre globalmente, las primeras salidas en el horizonte, son vías seguras para la regresión o la incertidumbre. Los casos de abuso o de ineficacia de gobiernos de estados y municipios, por ejemplo, están promoviendo la falsa idea de que es la desconcentración regional de poder lo que no funciona y provoca la venalidad.

La generalización siempre es injusta. La que se hace a partir del escándalo mediático, propicia además la impresión inexacta de que todo está mal en los estados y que el único remedio plausible son las respuestas de corte centralista. Hasta las mentes más lúcidas están suscribiendo tesis de tal naturaleza. Un erróneo diagnóstico lleva a conclusiones igualmente erróneas. Con gran rapidez el centralismo gana conciencias y causas, como si el centro estuviera ausente de los problemas que se señalan, o como si éste tuviera algún tipo de poder para controlarlo todo y generar buen gobierno.

La calidad del gobierno y problemas básicos para las personas como son la falta de oportunidades, los deficientes servicios o la inseguridad, requieren de gobiernos locales fuertes y eficaces. La gobernabilidad, fiscalización y el buen ejercicio del poder no se construye desde la cúspide, sino de la base. Casi todos los municipios padecen déficit en las finanzas; los que mejores condiciones presentan son los que se han preocupado por generar ingresos propios, pero eso está condicionado a la realidad y posibilidades de cada municipio. No es lo mismo San Pedro Garza García o Huixquilucan que Ocosingo o San Juan Tepeuxila.

Los gobiernos estatales también padecen finanzas críticas. La deuda se ha ido acumulando. Muchos la asocian a la corrupción, es posible, pero más que eso alude a la mala administración y a la insuficiencia de ingresos. El problema crece y no todo se contabiliza, como es el caso de los pasivos laborales por la crisis en el sistema de pensiones que muchos gobiernos y universidades públicas estatales padecen. El sistema se vuelve insostenible por razones financieras. La calidad de servicios y la necesidad urgente de responder al problema de inseguridad se ve restringido por la incapacidad financiera.

Pero al contrario de quienes impulsan la vuelta al centralismo, es difícil que el centro tenga sensibilidad sobre lo que ocurre fuera de su ámbito. La soberbia y el despotismo centralista nos viene de origen. Es preciso revisar a profundidad el pacto federal y las condiciones estructurales que afectan la calidad del gobierno. Los problemas que no se resuelven en los estados, y que generan la percepción de que el modelo federalista está agotado y es inviable, tienen que ver con la deficiente democracia y la ausencia de un sistema de contrapesos en el ámbito local. Hay casos en los que los ejecutivos locales anulan a la oposición, cooptan a los partidos políticos, legisladores y hasta a los medios de comunicación. En la mayoría de los estados, el sistema democrático de pesos y contrapesos no opera a plenitud, tampoco la fiscalización propia de la desconcentración orgánica del poder. Esta insuficiencia no puede ser resuelta desde el centro; la solución es que la democracia se profundice y fortalezca con sus principios básicos al interior de las entidades y municipios.

No es la confrontación con el centro, tampoco minimizando los problemas, como se transita adelante. De manera urgente el país requiere un diagnóstico serio y objetivo sobre el fracaso de muchos gobiernos locales, particularmente, de administraciones que llevaron al colapso sus gestiones por corrupción o malas decisiones. Insisto, las soluciones no estarán en el centralismo, sino en la profundización de la democracia al interior de las entidades y municipios.

Los gobiernos locales deben tomar más en serio la promoción del desarrollo económico, la forma más eficaz para generar justicia social y mejores condiciones de vida. No son las participaciones federales la solución a sus apremios financieros. Fortalecer sus fuentes propias ayuda pero tampoco da para mucho. Lo que deben hacer es mejorar las condiciones para que prosperen los negocios en sus respectivas localidades y también atraer la inversión privada nacional y externa. La expectativa de una mejor calidad de vida no la otorga el gasto público desordenado y sin perspectiva; lo fundamental es una economía en crecimiento que ofrezca oportunidades de empleo bien remunerado.

En una postura superficial, la crisis actual desacredita y daña el argumento federalista, como si fuera éste la causa y razón de la rapiña o del desorden en gobiernos locales. Por ello, en la respuesta a las dificultades presentes, no es admisible hacer del federalismo la baja de la batalla por un mejor gobierno.

Construyendo porvenir

Sobra decir que para los países como para las personas, la adversidad y la incertidumbre son momentos de prueba que definen lo que en realidad somos. Hoy existen razones para preocuparse y también, en algunos casos, para el malestar. Estos tiempos son difíciles y el momentum parece magnificarse ahora que la sociedad tiene nuevas formas de interacción y de información gracias a la revolución digital; sin embargo, en perspectiva, son mucho menos adversos e inciertos. Qué bien que se eleve el estándar de exigencia de bienestar, pero eso no invalida la realidad de que en el largo devenir del país estamos frente a una singular oportunidad de mejorar.

La razón más reciente de intranquilidad es la incertidumbre que plantea la inesperada (para muchos) victoria del candidato Donald Trump, portador de una retórica hostil a México y a los mexicanos indocumentados en EUA. La amenaza es real y quizás también la voluntad del presidente electo, pero hacer realidad lo que parece serán las nuevas políticas públicas del gobierno norteamericano, será sumamente complejo, costoso y contraproducente para el país vecino.

El mayor problema es el que venga no de los actos de gobierno de Trump, sino el miedo ante la incertidumbre. Por ello es inteligente la actitud de prudencia por parte de las autoridades mexicanas, que no de confianza. La relación bilateral habría de cambiar incluso en el supuesto triunfo de la señora Clinton. La sociedad norteamericana en varios planos, no en todos, se ha corrido hacia la derecha, particularmente en el tema del comercio y de las inversiones de empresas norteamericanas que trasladan sus líneas de producción hacia países donde la mano de obra es considerablemente más barata.

En el imaginario de muchos norteamericanos, México y los inmigrantes, legales o ilegales son la causa de sus problemas. No es del todo cierto y un estudio serio de la competitividad de la economía norteamericana revelaría la aportación positiva del componente laboral de los migrantes indocumentados, estimados en poco más de 11 millones de personas. Por su parte hay que destacar que para México la emigración es una pérdida de capital humano, ya que muchos de esos migrantes son portadores de atributos y valores muy positivos, sin excluir la llamada fuga de cerebros. No hay volumen de remesas que compense tal pérdida.

La retórica de campañas para ganar el poder no debe desestimarse, tampoco el perfil personal y profesional del presidente en ciernes, pero las políticas públicas se definen a partir de sus posibilidades. La perspectiva en materia de migración y en cuanto hace al comercio, que suscribe el próximo presidente de EU, va a contrapelo a la transformación actual. Incluso se puede señalar que la resistencia al cambio, así como los sectores sociales afectados por la transformación en curso son quienes lo llevaron al poder. El trumpismo es una respuesta desesperada y disruptiva a tres de las cuatro fuerzas del proceso también disruptivo de nuestros tiempos: el surgimiento de los mercados emergentes; el apresurado impacto de la tecnología sobre las fuerzas naturales de la competencia en el mercado; el envejecimiento de la población y el flujo acelerado del comercio, el capital y las personas. (No Ordinary Disruption: The Four Global Forces Breaking All the Trends. Dobbs, Manyika y Woetzel).

México pudo articularse positivamente al proceso de globalización como fórmula para trascender la inestabilidad económica y las severas crisis que le acompañaban. Lo que pretende el próximo gobierno de EU es frenar el proceso de globalización con el intento de aplacar la primera y cuarta fuerza a la que alude el párrafo anterior: la presencia global de México como mercado emergente y el flujo creciente de comercio, capital y migración. El populismo que se invoca está acompañado de un voluntarismo que va contracorriente de la realidad económica y de las fuerzas del mercado.

Que sean irrealizables las pretensiones del trumpismo no significa que no genere problemas y riesgos importantes para ese país, sus vecinos y el mundo. EU es la economía más poderosa y también es el factor de equilibrio en la seguridad global. Un error puede disparar la precaria estabilidad en el medio oriente. Rusia es un factor a cuidar, como también Corea del Norte, Irán o Paquistán. La paz mundial no da para aventuras ni para la frivolidad.

México tiene fortalezas y la relación con el país vecino es de interdependencia. Hay margen de maniobra y los cambios no pasan por el voluntarismo o los desplantes nacionalistas, ni de México ni de EU. Es un momento singular de la relación y el país requiere de mayor cohesión y unidad. También atender con carácter preventivo medidas que, en el corto plazo pueden resultar impopulares o negativas, en especial, la depreciación del peso y reducir el déficit fiscal.

Quizás el mayor reto de estos tiempos, tarea de todos, no solo de las autoridades, es abatir la impunidad y la corrupción. De ambas se generan muchos problemas que han comprometido la legitimidad del sistema de gobierno y desacreditado a las instituciones de la democracia. El desafío se vuelve más complejo por la precaria cultura de legalidad que recorre todo el tejido social. No podemos aspirar a ser un mejor país sino resolvemos este lastre que nos acerca más a países subdesarrollados que a economías modernas y sociedades democráticas.

Hay que destacar entre nuestras fortalezas a reivindicar, que México ha probado ser uno de los países más atractivos para la inversión. Es fundamental mantener las condiciones que le ratifiquen esta calidad. Las reformas estructurales son consecuentes con tal objetivo. Lo que se requiere ahora, y es un largo proceso, es mejorar sustantivamente la calidad de gobierno, las condiciones de competencia y la certeza jurídica.

Efectivamente, el entorno propio para acreditar la calidad de país y sus fortalezas, parece ser la principal dificultad. Tengo la convicción que nuestro potencial es considerablemente mayor a nuestros problemas y retos. Mucho está en nuestras manos y lo más sensato y conveniente es con carácter, visión e inteligencia hacer de la adversidad oportunidad para mejorar.

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FeradoAbogado, administrador y analista político nacido en Chihuahua, México; Licenciado en Derecho por la Universidad Nacional de México y estudios de Ciencias Políticas en la Universidad de Texas Leer más...

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