Liébano Sáenz http://liebanosaenz.mx Wed, 17 Jan 2018 23:39:28 -0600 Joomla! - Open Source Content Management - Version 3.5.1 en-us “It’s the economy, stupid”* http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/377-it-s-the-economy-stupid http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/377-it-s-the-economy-stupid “It’s the economy, stupid”*

El voto universal es la mayor fortaleza de la democracia. Sin embargo, hoy más que nunca, el sufragio puede convertirse en una herramienta que ponga en predicamento la estabilidad democrática de la nación. La obtención del voto universal, en México, significó, en su momento, un paso histórico, pero ahora, ante las elecciones de julio, también representa un desafío mayor en tiempos en que las sociedades requieren liderazgos responsables, capaces no sólo de cuestionar lo que está mal sino también de construir futuro.

En sus orígenes, la elección democrática de varios competidores se resolvía con un sorteo; después vino el voto calificado, y, en la última etapa, el voto universal, directo o indirecto. Que todos los adultos, en ejercicio de sus derechos, sin importar patrimonio o grado de instrucción, decidan quién gobierne es un logro fundamental indiscutible en la sociedad, pero no por ello deben desestimarse los problemas implícitos en este proceso electoral.

Seguridad y buena economía no siempre van de la mano de la elección democrática. La seducción populista siempre ha estado presente con esa idea singular de confrontar y de asumir que todo es cuestión de la voluntad del líder. En otras palabras, que todo se resuelve con sólo querer, que las reglas del juego se acomoden a lo prometido, así sean las leyes internas, los acuerdos con otras naciones y los mismos principios de la economía. México padeció las políticas populistas y el desenlace fue desastroso. El poder presidencial daba para mucho, sin duda, pero no para ignorar la realidad de la economía, las reglas del mercado y las condiciones de la inversión privada.

La elección de 1988 fue el parteaguas: el país transitó a la normalidad democrática, pero, no obstante la trascendencia de las reformas legales que se han impulsado desde entonces, no hemos podido arraigar los valores del liberalismo. México perdió la tradición liberal. Hay democracia, pero no hay demócratas. Hay votantes, pero no hay ciudadanos en el sentido del ejercicio pleno de derechos y obligaciones. Esto no es un tema de atraso político, sino de cultura. Incluso los llamados sectores “instruidos” son propensos a la interpelación populista, particularmente ahora que está de por medio el descontento generalizado.

Por eso, frente a la realidad del país, marcada por un humor social que sistemáticamente desdeña lo racional y adopta como suyo lo hueco pero emotivo del discurso populista, considero que es fundamental promover que en las elecciones próximas se dirima claramente la opción entre una propuesta definidamente populista, encabezada por MORENA, y la oferta liberal con sentido social, que deberán disputar las otras candidaturas que estarán en la boleta. El Frente y su candidato, Ricardo Anaya, tienen la dificultad de asumirse liberales, resultado de la misma coalición que conforman. Los aspectos progresistas del PAN se ven disminuidos o alterados por el conservadurismo político y económico del PRD, y los elementos de avanzada del PRD se vuelven regresivos por la ideología de origen del PAN. Por ello, al igual que para MORENA, en el Frente el tema fiscal no existe, como tampoco otros asuntos de la agenda social, como el matrimonio igualitario.

A diferencia del panismo-perredismo, el candidato del PRI tiene el perfil para impulsar la propuesta de liberalismo social y progresista en 2018. La coalición que lo sostiene lo favorece. En el PRI siempre han coexistido visiones diversas sobre la sociedad, el poder y la política. Es hora de transitar con mayor claridad hacia el liberalismo social, como en su momento lo planteó Luis Donaldo Colosio. Derechos y obligaciones, estado de derecho, sentido republicano del poder público, equidad en todas sus expresiones. Ésas son las exigencias en el nuevo edificio público de la modernidad.

La política no puede ignorar a la economía, mucho menos someterla a su dinámica e intereses. Se trata de actuar con realismo y también con responsabilidad. La estabilidad económica que se ha alcanzado no puede tomarse por un hecho acabado. Además, el país encara retos que se suponían superados en el frente externo. La embestida diplomática del vecino del norte se ha podido contener, pero nada asegura los términos de la renegociación del TLCAN con las decisiones domésticas, como el tema fiscal. México transitará en el futuro inmediato por un terreno pleno de desafíos, oportunidades e incertidumbre. Es preciso que la política no haga malabares con la economía, que las ofertas electorales sean responsables y garantes de estabilidad. Responsabilidad política y certeza frente al populismo y la incertidumbre. Ése es el dilema que deben resolver los ciudadanos.

Para ello, es fundamental el debate entre contendientes y, particularmente, el escrutinio de la sociedad para someter a riguroso examen las promesas de campaña. Pero partamos de que la auditoría ciudadana no es tampoco garantía de un voto informado, como ha quedado de manifiesto en muchas de las elecciones locales y en elecciones emblemáticas recientes, como ha sido el voto del Brexit o el plebiscito en Colombia sobre los acuerdos de paz o la elección presidencial estadounidense.

Asimismo, procesar racionalmente la dimensión emocional de la elección es el desafío mayor de la contienda. El arribo de Donald Trump muestra cómo el sistema no es inmune a la seducción populista. Afortunadamente, la fuerza de la economía y la fortaleza de la institucionalidad democrática somete al Presidente al escrutinio social. También la ley impone su condición, lo que conlleva que el mandatario sea responsable por las acciones ilegales a las que pudiera haber incurrido durante su campaña y en el gobierno.

En el caso de México, las campañas necesitan aportar los elementos que permitan a los votantes asumir su condición de ciudadanos informados a la hora de votar. La economía no hace concesiones. Sus reglas nos pueden parecer injustas, desproporcionadas o desiguales, pero no por ello dejan de existir y generar efectos y consecuencias. Será fundamental para el país que la definición que se haga sea consecuente no solo con las aspiraciones naturales de renovación y cambio, sino también con la opción con mayor capacidad para encarar los desafíos y las oportunidades que la realidad nos plantea.

*Frase célebre de James Carville en la Campaña Presidencial de Bill Clinton en 1992

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 13 Jan 2018 00:00:00 -0600
Un mundo de oportunidades http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/376-un-mundo-de-oportunidades http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/376-un-mundo-de-oportunidades Un mundo de oportunidades

En estos primeros días del año, he reflexionado sobre el futuro de México. Nos deparan meses complicados, sin duda. Las elecciones de julio serán el evento político más importante del 2018, pero también nos quedan otros desafíos: la renegociación del TLCAN, la consolidación de las reformas estructurales de este sexenio.

En este contexto, para repensar el futuro cercano y lejano de México, el libro Un mundo de oportunidades, escrito por Luis Rubio, se vuelve indispensable. Se trata de una obra muy reciente y, por lo tanto, actual, que constituye una crítica profunda de largo alcance en lo que se refiere a la necesidad de reformar las instituciones políticas mexicanas.

Rubio es un prolífico escritor, reconocido por sus análisis y opiniones acerca de política y economía internacionales. El autor de Un mundo de oportunidades se muestra como lo que es: un liberal. Su posición política, según lo ha señalado él mismo, no debe encerrarse dogmáticamente con la visión de la izquierda o la derecha, sino más bien encuadrarse dentro del liberalismo de Occidente.

Su texto se ocupa de resaltar la necesidad de transformar a fondo el sistema político actual para lograr una liberalización económica completa. El Estado mexicano, afirma Rubio, debe transformarse para privilegiar la libertad económica en toda la extensión del término. Pero el autor va más allá: no se trata de favorecer a la libertad en detrimento de la igualdad o la justicia social. A la inversa: se debe construir un nuevo país que, al mismo tiempo, sea capaz de conciliar nuestros anhelos de libertad e igualdad.

Es imprescindible, nos pide Rubio, que en nuestra búsqueda de un país más libre no desatendamos la desigualdad económica. En este 2018, sostiene Rubio, podemos hacer de México “un mundo de oportunidades”. Nuestro país puede crecer y posicionarse dentro de la globalidad.

Según Rubio, las reformas que se han implementado en México en los últimos años han sido limitadas. Ninguna pretende lograr la libertad económica total sino, más bien, privilegiar a ciertos grupos. Para Rubio, el sistema monolítico de poder que hemos construido ha entorpecido los cambios profundos y de largo plazo que requerimos.

La obra Un mundo de oportunidades es una continuación de la discusión intelectual iniciada hace ya algunos años en otras obras como Una Utopía Mexicana y El problema del Poder. Para este autor, lo que México necesita urgentemente, desde hace tiempo, es una seria transformación del Estado, una profunda reforma política. Nuestro país tiene que garantizar la existencia de un Estado de derecho para todos sus ciudadanos; no sólo para los inversionistas. La mayoría de los mexicanos, afirma Rubio, no gozan de fuentes de seguridad y certidumbre. Así, sin instituciones que garanticen y ofrezcan certeza jurídica, es complicado pensar en un desarrollo económico sostenido a largo plazo.

Pero la reforma política no sólo es urgente para construir un verdadero Estado de derecho sino, además, para modificar la naturaleza disfuncional del sistema de gobierno en México. Es necesario descentralizar el poder. Se debe aceptar que en el gobierno federal ya no se pueden concentrar todas las facultades y responsabilidades.

Para Rubio, hoy en día, el entorno político es complejo, tiende al conflicto. No hay instituciones o mecanismos capaces de canalizarlo y mantener la paz social. La respuesta de los gobiernos a la pérdida de capacidad de gobernar y la consecuente desaparición de la legitimidad del Estado no ha consistido en el reforzamiento y construcción de las capacidades del gobierno, sino en la adopción de parches, componendas o soluciones de corto plazo.

El proyecto actual de gobierno, según Rubio, demuestra las prácticas de un sistema que agudiza los contrastes sociales y origina incertidumbre para el desarrollo del país. Así conviven dos situaciones paralelas: por un lado, un país moderno que ha prosperado con las reformas económicas; pero, por otro, una nación que se resiste a la libertad económica total, pues ésta conllevaría el fin de ciertos privilegios e intereses creados. En el fondo, para Rubio, el gran déficit en México es la reforma del gobierno, por lo que el principal problema no es la violencia, las drogas o la corrupción, sino la falta de Estado.

¿Cómo transformar al Estado de tal suerte que convierta a México en esa nación donde haya un mundo de oportunidades? Rubio sostiene que es difícil que el cambio provenga desde los partidos políticos o el gobierno, pues éstos pertenecen a un viejo sistema que les beneficia y prefieren mantenerse en el statu quo.

Así, concluye, la incapacidad o indisposición del gobierno y los partidos políticos a actuar llevará a que la población lo haga por sí misma: un enorme desafío a la autoridad. Por años, el sistema político mexicano ha logrado evadir un cambio profundo, pero la transformación de la sociedad mexicana exige que el sistema político también evolucione.

Para Rubio, no se puede transformar al país desde la sociedad si la sociedad no muta para hacer posible ese cambio. En la medida en que la sociedad asuma su papel, el gobierno tendrá que responder; ojalá lo haga antes de que la disparidad llegue a convertirse en una conflagración social.

El texto de Luis Rubio debe asumirse como una crítica constructiva para armar la transformación profunda del país. Es cierto que aún existen grupos de poder que se han venido privilegiando de un sistema político disfuncional construido durante décadas, pero también es cierto que las transformaciones han sido notables y que cada vez contamos con más canales para construir un país con un sistema político acorde con nuestra realidad, necesidades y objetivos.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 06 Jan 2018 00:00:00 -0600
Entre coaliciones y candidatos http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/375-entre-coaliciones-y-candidatos http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/375-entre-coaliciones-y-candidatos Entre coaliciones y candidatos

A diferencia del pasado inmediato, esta vez los comicios presidenciales habrán de ser protagonizados por tres grandes coaliciones. El PRI, con Nueva Alianza y el PVEM. El PAN, PRD y Movimiento Ciudadano. El MORENA con PES y PT. Pero eso no es todo en el nuevo escenario que se nos presenta en 2018. Ahora tendremos candidatos independientes, posiblemente Jaime Rodríguez y Margarita Zavala, y todo ese conglomerado de aspirantes no sólo significa recursos económicos y prerrogativas mediáticas, sino una disputa real por los votos, como nunca antes, en el territorio.

Las coaliciones que se han integrado muestran un acento del pragmatismo por parte del PAN y de López Obrador. En el caso del PRI fue norma para la elección presidencial y en la de legisladores y elecciones locales suscribió coaliciones en la medida en que se incrementó la competencia y la alternancia. En 2000, el triunfo de Vicente Fox ocurre con el respaldo del PVEM, aunque ya en el gobierno no hubo entendimiento, lo que significó que dicho partido buscara nuevo aliado, y lo encontró en el PRI desde 2006. En el caso de Nueva Alianza, desde su fundación, ha mantenido una postura mayormente asociada al PRI, aunque no siempre ha ocurrido así en el ámbito local.

Dos coaliciones han llamado la atención: la del PAN con PRD y Movimiento Ciudadano y la del PES con el Morena. En el primero caso, habrá de recordarse que en elecciones de gobernador, se han celebrado con éxitos notables en Chiapas, Puebla, Baja California, Oaxaca y recientemente en Nayarit. Lo relevante de hoy es que la disputa es en el nivel nacional, y ocurre no por la fortaleza de las dos organizaciones, sino por su debilidad. A pesar de los resultados muy favorables que ha tenido el PAN en elecciones de gobernador recientes, su división interna ha terminado por afectar su posicionamiento ante el electorado. Por lo que respecta al PRD, nadie ignora que quedó a la deriva por la postura de López Obrador en los comicios del Estado de México.

El Partido Encuentro Social, de registro reciente, cuenta con una sólida base social de adherentes. En la elección del Estado de México hizo coalición con el PRI. Su dirigencia ha tenido un manejo pragmático y por igual ha decidido negociar con cualquiera de los partidos grandes. Seguramente resolvió irse con el Morena por los términos del acuerdo en el sentido de postular candidaturas propias. Resultado de la postura del PES en asuntos de la agenda social como son aborto, matrimonio igualitario y adopción para parejas del mismo sexo, ciertos círculos intelectuales y progresistas le han recriminado a López Obrador que haya suscrito acuerdo con dicho partido, sin embargo, no hay registro como gobernante o como candidato que el virtual candidato presidencial del Morena mantenga una postura “liberal” en dichos temas. Seguramente López Obrador está más cerca del PES de lo que muchos de sus simpatizantes advierten.

Pero más allá de intereses y de coyunturas, lo cierto es que las coaliciones se suscriben porque han perdido peso las ideologías y los programas partidarios. Los partidos se encaminan con mayor contundencia hacia objetivos electorales. Ganar el poder es de lo que se trata. Cabe destacar que la coalición del PAN, PRD y Movimiento Ciudadano han sido más claros de lo que habrían de hacer en caso de que el voto les lleve al poder. Sin embargo, la propuesta más que sustantiva, se refiere a la manera como ejercer el poder o como repartirlo.

Por otro lado, el peso que pierden los partidos se traslada a los candidatos. Son ellos y no los partidos los articuladores del programa. Esto es más evidente en el caso de López Obrador, quien mantiene una postura propia incluso respecto al grupo de trabajo por él designado para preparar el programa de gobierno. Un candidato sin ataduras partidarias pudiera aparecer como un candidato fuerte, sin embargo, esto debe matizarse con una propuesta racional, viable y bien estudiada. Esta es una debilidad más que fortaleza de López Obrador, respecto a Ricardo Anaya y especialmente en relación a José Antonio Meade. Un candidato que promete sin cuidar los términos de su compromiso, se vuelve vulnerable en la medida en que se incrementa el escrutinio y el debate. Quedará por verse si López Obrador tendrá una postura dispuesta al debate o, como ocurrió en la campaña de 2006, habría de excluirse del mismo.

En el horizonte de la elección, los candidatos presidenciales independientes pueden ser disruptores del sentido convencional del debate. Pueden capitalizar el descontento con los partidos y las formas convencionales de ejercicio del poder, pero también resultarían poco creíbles en la medida en que se les viera aislados en la contienda y particularmente sin músculo legislativo.

Los candidatos presidenciales resultan “cuerpeados” no tanto por la estructura partidaria, sino por las campañas que realizan sus correligionarios en elecciones concurrentes. Para el Morena, ser competitivo en la Ciudad de México, Estado de México, Tabasco y Veracruz, es insuficiente, requiere una mayor horizontalidad. Para el PRI resulta crucial la selección de candidatos competitivos para cada uno de los cargos de elección. No puede ceder a la confianza en ninguno de las candidaturas, en ninguna de las contiendas. Esa es su fortaleza y así la debe articular a manera de mantenerse competitivo en todo el territorio nacional.

Para el Frente del PAN, PRD y Movimiento Ciudadano, es un reto mayor la definición de candidaturas; un acierto en la materia los puede meter de lleno en la competencia. Hay algunos territorios en los que PAN y PRD concurren con igual fuerza, allí es donde debe haber un criterio que privilegie la competitividad.

Candidatos, partidos y coaliciones resultan buenas intenciones pero una realidad sumamente compleja al trasladar al territorio los términos de la competencia. Lo que a muchos les parece más o menos claro en la perspectiva nacional; se vuelve incierto al considerar la dinámica local y regional. De modo que la coalición que mejor articule las múltiples realidades del país, es la que tendrá mejores posibilidades de éxito. Yo por mi parte, tomo esta última línea para desearles a mis lectores un excelente 2018, con un mundo lleno de oportunidades.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 30 Dec 2017 00:00:00 -0600
Para combatir esta era http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/374-para-combatir-esta-era http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/374-para-combatir-esta-era Para combatir esta era

Recientemente, descubrí y leí un ensayo de Rob Riemen llamado Para combatir esta era. Consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo. Mientras lo leía, inevitable dejar de pensar en nuestro país y en los temas del día a día como nación, pero que además subyacen a la historia de la humanidad. En tiempos como los que vivimos, y a propósito de lo simbólicas que resultan estas fechas para reflexionar, la obra de Riemen se nos muestra categórica.

De sobra sabemos que la transformación de nuestro país para bien demanda una constante actualización teórica y filosófica sobre los modos de hacer la política. Intelectuales, regentes y ciudadanos responsables deben, en favor de una democracia saludable, estar conscientes de la dinámica que ha marcado la modernidad como una disputa constante entre fascismos latentes y humanismos pertinentes. A continuación, unas palabras sobre el texto de Rob Riemen, que considero más que apropiadas para hacerle frente a esta era.

“Desde 1945, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, nos obligamos a creer que los fantasmas del pasado jamás volverían. Así, la humanidad asumió que el nazismo en Alemania o el fascismo en Italia habían sido sólo una pesadilla. En esos años murieron millones de personas en campos de concentración por discursos xenófobos y racistas. Pero para 1945 ya todo había pasado. La pesadilla había terminado. El fascismo y el nazismo se convirtieron en recuerdos del pasado. Y ahí se dejaron. Con la creación de la ONU y la difusión masiva del liberalismo y la doctrina de los derechos humanos, asumimos que jamás volveríamos a vivir un Holocausto. O eso quisimos creer. ¿Pero realmente nunca volveremos a ver en el poder a personajes como Hitler o Mussolini?”

En su extraordinario ensayo, Riemen es pesimista: asegura que, en pleno siglo XXI, el retorno al fascismo está más cerca de lo que creemos. Los campos de exterminio de Treblinka o Auschwitz no son sino museos donde los turistas pueden tomarse selfies. La humanidad se ha olvidado que esos lugares son los vestigios que dejó el fascismo: una ideología que convirtió a un grupo en criminales y que asesinó a millones de seres humanos inocentes, en presunción de una pretendida superioridad y generando un discurso de odio y división que legitimó la violencia. Pero el fascismo no se ha ido y probablemente no se irá. Seguirá, según Riemen, como una amenaza latente para las democracias liberales de occidente.

De acuerdo con Riemen, para 2010 en los Países Bajos se estaba consolidando un movimiento fascista. Debemos preguntarnos, si la retórica del fascismo puede implantarse con éxito en un país desarrollado como ése, ¿entonces puede implantarse donde sea? Desde México hasta la India, pasando por el Congo y Francia, la humanidad debe estar alerta: el fantasma del fascismo siempre está al acecho, dispuesto a tomar el poder. Riemen hace una amplia revisión del término “populismo”, pues como todos sabemos, el concepto ha perdido significado. Los medios de comunicación y la academia se la pasan acusando a diversos líderes políticos de “populistas”. Nicolás Maduro, en Venezuela, es el populista por excelencia. Pero también otros han recibido acusaciones similares: Evo Morales en Bolivia, Donald Trump en Estados Unidos, Vladimir Putin en Rusia, Xi Jinping en China o Robert Mugabe en Zimbabue han sido incluidos en la lista de políticos populistas.

México no es la excepción: Andrés Manuel López Obrador ha sido adjetivado como populista y ahora pragmático. Lo podemos comparar con Hugo Chávez, Nicolás Maduro o Donald Trump. ¿Pero no será que se les acusa de “populistas” por miedo a aceptar la realidad?, se pregunta Riemen en su libro. Detrás del populismo escondemos nuestro mayor temor: el retorno del fascismo. Nos cuesta trabajo aceptar que no hemos acabado con el enemigo. No somos capaces de asimilar que esos líderes que hoy llamamos “populistas” mañana pueden encabezar gobiernos “fascistas”.

El miedo, nos dice Riemen, es el sentimiento que explota el fascismo para su propio beneficio. En 1933, a unos cuantos años de estallar la Segunda Guerra Mundial, el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt aseguró que los seres humanos “de lo único que debemos tener miedo es del miedo mismo”. Fue un discurso conmovedor. Roosevelt se erigía, en ese momento, contra el fascismo. Prometía combatirlo en todas sus manifestaciones. Y tenía que hacerlo.

Hoy, en 2017, la realidad económica a nivel global es preocupante. Millones de personas viven en pobreza, la desigualdad es profundísima y en países como el nuestro enfrentamos serios problemas de inseguridad. Cuando observamos esos problemas, la primera emoción que experimentamos es el miedo. En casi todo el mundo, líderes políticos sedientos de poder se presentan ante la sociedad con soluciones fáciles, aunque irrealizables, para problemas complejos. Nos piden que creamos en que se puede volver a “ser grande otra vez” como Donald Trump o que “la esperanza” nos sacará adelante, como López Obrador. Ofrecen el paraíso y la salvación por un solo voto. Prometen erradicar el hambre, la pobreza, la violencia y la desigualdad en un santiamén. Y es claro: prometer no empobrece, pero sí empodera. Una vez en el poder, el paso del populismo al fascismo es tan pequeño y tan borroso que muchos líderes, sino es que todos, terminan por instaurar un régimen fascista (otra vez Riemen). Porque su discurso es siempre en esencia violento.

El fascismo cumple su lucha dialéctica frente a su opuesto: el humanismo. Hoy podemos construir nuevos humanismos que nos permitan luchar contra el odio. El regreso del fascismo siempre es posible, pero nunca inevitable; podemos todos, como asegura Riemen, ser “combatientes contra nuestra era”. ¿Debemos esperar sentados a que los fascistas, aprovechándose de nuestros miedos e ilusiones, tomen de nuevo el poder? En nuestras manos, con los valores y las instituciones democráticas que hemos fundado, está la posibilidad de luchar, siguiendo a Nietzsche, contra el poder ciego de lo actual. Ir a contracorriente. Construir un nuevo humanismo.

Debemos evitar que el miedo irracional mueva a las masas, pues enfrentar el fascismo, donde quiera que se manifieste, es una forma de proteger el espíritu de nuestra civilización. Aprovecho esta última línea para felicitar a todos mis lectores desearles una feliz Navidad. Que la crítica reflexiva sea nuestro mejor regalo para combatir esta era.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 23 Dec 2017 00:00:00 -0600
Meade, el candidato http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/373-meade-el-candidato http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/373-meade-el-candidato Meade, el candidato

A mi amigo el Dr. Mario Madrazo Navarro y su familia en esta mala hora

Nadie discute la trascendencia de las elecciones generales del primero de julio. Estimo que al igual que en el pasado, hay opciones claramente diferenciadas. Sin embargo, lo destacable hoy es el pragmatismo que exhiben López Obrador y la coalición que perfila como candidato a Ricardo Anaya, porque uno y otro significan que el tema partidario o ideológico pasa a segundo plano. Lo que adquiere relieve es el perfil del candidato. Ahora más que antes, el candidato es la propuesta.

La cuestión es que no son los atributos de buen ciudadano o gobernante los que resuelven la contienda. Hay que convencer y vencer con votos. El humor de la población, la irrupción de nuevas formas de información, participación y comunicación, así como el deterioro del sistema de partidos, da lugar a la posibilidad de una forma distinta de hacer campañas y de construir la relación del votante con el candidato.

De siempre, una campaña son razones y emociones. En el primer plano es considerablemente más fácil construir la adhesión al candidato José Antonio Meade. El tema está en el espacio de los sentimientos, las actitudes y las decisiones que tienen como origen más el corazón y la víscera, que el cerebro.

Los rasgos diferenciadores del candidato Meade respecto a sus principales adversarios es su prudencia, su carácter auténticamente ciudadano en el sentido de no militancia política, y su probada y exitosa experiencia en las más altas responsabilidades del servicio público. Todo ello es fundamental para los desafíos que encara el país y para consolidar logros y avances que con frecuencia se regatean como parte de ese mismo estado de ánimo que magnifica las insuficiencias y deja de lado lo mucho bueno que se ha alcanzado.

Soy un convencido que andar bien en el futuro no será en el marco del agravio, de un México dividido o del encono como coartada y argumento. Los dos candidatos más avanzados de la oposición han optado por ello. Compiten con denuedo por exacerbar la percepción sobre el deterioro de la situación del país y hacer una crítica excedida, además de selectiva, y apostando a la desmemoria del electorado. Para los suscritos en el pragmatismo electoral, eso es lo recomendable en el manual básico de la estrategia del opositor para ganar el voto. Sin embargo, la cuestión no es sumar votos, sino sentar las bases para lo que sería la gran oportunidad que depara gobernar al país con la extraordinaria plataforma que significan las transformaciones realizadas en los últimos años.

La cuestión no es de voluntad, sino de capacidad. Los problemas del país no se resuelven con baladronadas, de eso ha habido demasiado en el pasado lejano y fue el camino para el deterioro económico y la pérdida del piso ético en el servicio público. López Obrador ha sido claro en su forma de entender los problemas y cómo responder ante ellos, llegando al grado de dar con anticipación como definido su futuro equipo de trabajo, a manera de expiar la desconfianza que pesa sobre él y su partido. Ricardo Anaya ha sido un ágil y hábil polemista, pero las soluciones no son su fuerte. Ambos han optado por regalar dinero público a manera de ganar adeptos, a sabiendas de que las finanzas del país no soportan cargas de tal magnitud. El ahorro no da para tanto, se debe decir de dónde saldrá el dinero. Si se cumpliera lo prometido, sólo podría venir de la bolsa de los ciudadanos o de un incremento del déficit fiscal, con las devastadores consecuencias que eso significaría. También se puede pensar con ligereza e ingenuidad que para eso están las reservas del banco central, pero eso es minar las bases para la fortaleza y la estabilidad económica, fundamentos de la confianza que ha habido en el país en las últimas décadas.

Igual es la propuesta para enfrentar el problema de la inseguridad o el de la corrupción. Las soluciones simplistas y mágicas abundan; la seducción está presente, pero un poco de reflexión, hace obligado incorporar tres elementos que no se dicen: lleva tiempo, cuesta mucho dinero y requiere de la participación de todos.

Estimo que el reto de José Antonio Meade no es obligar al elector a la razón, sino también incursionar en el terreno de las emociones y, desde luego, participar con su propuesta en el generalizado deseo de cambiar para mejorar. Ricardo Anaya, con malicioso cálculo, ha pretendido ubicarlo como el candidato de la continuidad, cuando Meade es el único de los contendientes diferenciado por su no pasado de militancia partidaria. Hasta Jaime Rodríguez, ahora en el espacio de los candidatos independientes, tiene un largo historial como político de partido.

Para efectos prácticos, las campañas han iniciado. Deberá entenderse que no son las virtudes o atributos personales los que por sí mismos llevan al éxito. El reto es comunicarlos con eficacia y convencer a millones de votantes de la causa propia. Las campañas se desarrollan con gran rapidez; los candidatos no solo deben lidiar con sus adversarios, sino en la tarea de construir la coalición ganadora en su interior, con todas las dificultades que eso implica. López Obrador pudo contener la salida de Ricardo Monreal, no así Anaya con Margarita Zavala. Incorporar al PES a la coalición de López Obrador ha mermado al invitado y especialmente, al anfitrión. Meade no solo tiene el apoyo del PRI, también el Partido Verde y Nueva Alianza se le han sumado y acreditan la unidad y cohesión, que no muestra la competencia. Aunque, para efectos prácticos, no son los partidos los articuladores de la voluntad popular, sino los candidatos. Mucho habrán de significar las elecciones concurrentes y también desde ahora se puede decir que la coalición que postula a Meade es la que cuenta con la mayor cantera para seleccionar candidatos competitivos y buenos representantes o gobernantes.

La elección del 1º de julio es la suma de muchas contiendas. Por mucho, la más relevante es la presidencial. Desde ahora se anticipa competida, con pasión y vehemencia. Pero, contra quienes van a apostar a las emociones, la realidad del país se impone y propicia que la capacidad y los valores importen, también la fuerza de las convicciones. Eso abre espacio y oportunidad a Meade candidato.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 16 Dec 2017 00:00:00 -0600
Encuestas: realidad y predicción http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/372-encuestas-realidad-y-prediccion http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/372-encuestas-realidad-y-prediccion Encuestas: realidad y predicción

Es explicable que conforme se van conociendo los candidatos presidenciales, aumente el interés de conocer el desenlace de la elección. Los medios y los comentaristas centran su interés en los sondeos de opinión; sin embargo, si bien las encuestas nos marcan tendencias del momento, es muy difícil tener una idea clara sobre lo que podría ocurrir cuando faltan más de siete meses para abrir las casillas.

Más que orientarse a sondeos de intención de voto, GCE ha realizado estudios sobre perfil de candidatos, al dar a conocer aspectos relevantes de ellos, sobre los que se puede inferir las debilidades o fortalezas de éstos y a donde habrían de perfilar sus campañas. Así, por ejemplo, para el caso de López Obrador se preguntó sobre la participación de sus tres hijos mayores en las actividades de Morena. Aunque el resultado mostró que era un aspecto poco conocido y que la mayoría de los encuestados no tenía una opinión favorable a ese hecho, López Obrador se mantuvo con una importante ventaja en la intención de voto. Esto prueba que los adherentes de AMLO están muy decididos a votarle incluso si mantiene el nepotismo en la campaña.

Otro ejemplo es el relativo a los antecedentes de José Antonio Meade como miembro del gabinete de los Presidentes Felipe Calderón y de Enrique Peña Nieto. Se trata de saber si esto genera una reacción negativa, positiva o neutra. Este tema no tiene un efecto negativo, la mayor parte considera que no hace daño e incluso, 3 de 10 dicen que es positiva. Lo mismo ocurre con el hecho de no ser militante del PRI ni de ningún otro partido.

Soy de quienes cree que los estudios de intención de voto actuales tienen poco valor predictivo. Esto es así porque a la vez de que hay dos posibles candidatos con un elevado nivel de conocimiento, Margarita Zavala y Andrés Manuel López Obrador, existen otros como José Antonio Meade, Ricardo Anaya, Jaime Rodríguez, Miguel Ángel Mancera cuyo conocimiento es menor pero es seguro que estarán en las boletas buscando aumentar su presencia y claro, lograr votos. La campaña es justamente el escaparate para eso.

Sin embargo, quienes aspiran a estar en las boletas, deben saber que incrementar el conocimiento de un candidato no necesariamente significa aumentar su intención de voto. Precisamente este ha sido el propósito de las encuestas de perfil de candidatos de GCE: ofrecer inferencias sobre atributos de los candidatos que al ser expuestos, generan una reacción, sea positiva, neutra o negativa, que permite tener una mejor idea del impacto de tal opinión en la intención de voto.

En este contexto, es importante destacar que ante un candidato poco conocido, no necesariamente será la marca partido la que complemente la intención. Eso sería lo ideal, pero en el entorno actual, los partidos tienen una carga negativa y es mayor la de los partidos gobernantes respecto a los de oposición. Por lo tanto, si bien tienen que aportar su estructura y sus recursos económicos, los partidos tienen que acompañar más la tarea del candidato por lograr presencia y votos.

Para el caso del PRI, la designación de un candidato no militante como son José Antonio Meade para la Presidencia, y Mikel Arreola, para la Jefatura de la Ciudad de México, son decisiones estratégicas consistentes con esta nueva realidad política y electoral. Lo mismo ocurre con un candidato postulado por un partido o por una coalición. El estudio de GCE revela que si Ricardo Anaya o Miguel Ángel Mancera son candidatos exclusivamente por un partido, sus posibilidades de triunfo son remotas. Por los estudios de intención de voto publicados recientemente indican que en el supuesto de ser postulados por una coalición PAN, PRD y Movimiento Ciudadano, sus posibilidades se incrementan.

Otro aspecto a considerar de los estudios de opinión conocidos, y estimo el de mayor importancia, es el referente a los efectos de un voto fragmentado. La información disponible muestra que el principal beneficiario de un voto fragmentado en la elección presidencial no es el PRI, sino López Obrador, precisamente porque tiene un voto consolidado mayor a cualquier otro candidato y está por arriba del umbral de victoria, aproximadamente 30%.

El voto duro de López Obrador deriva de dos aspectos. Por una parte, es la adhesión que hay sobre la persona misma, por la otra, es el de aquellos que optan por él como un vehículo para expresar o canalizar su rechazo al orden de cosas. Un ejercicio básico de semiología revelaría que un candidato no es una identidad o esencia, sino lo que se asocia o relaciona con él. Ricardo Anaya, Miguel Ángel Mancera o los independientes, en el eventual caso de ser candidatos, tendrían que disputar a AMLO su carácter de la alternativa más clara no solo de cambio, sino de rechazo al orden de cosas.

En estos tiempos, un candidato es un símbolo que suma y agrega, y que debe tener la capacidad de diferenciarse positivamente del conjunto sin hacerle daño. Por esta consideración, para José Antonio Meade o Mikel Arreola no son suficientes los atributos positivos que su biografía y trayectoria acreditan, sino la manera como construyen un proyecto capaz de conectar con los alientos de cambio de la mayoría de la sociedad, especialmente los de las zonas urbanas y los jóvenes. Aunque ambos requerirán la fuerza del PRI y asociados, ésta no será suficiente para ser competitivos; la elección se resuelve en la mayoría de los ciudadanos que no se siente identificado con partido alguno o incluso que tiene hacia ellos un sentimiento de rechazo.

El discurso no es sólo la verbalización del texto, sino la generación de significados. La campaña, la imagen del candidato, la disposición al cambio del partido y sus militantes, el lenguaje corporal y los elementos del debate, el mensaje y la propuesta, van constituyendo una cadena de significación. Cualquier candidato que pretenda ser competitivo y exitoso habrá de tener en cuenta estos aspectos, que aplican no solo para la publicidad. El agotamiento de las formas, sustancia y medios convencionales deberá tenerse en cuenta. Además, entender que estos medios coexisten con los de carácter digital y que la actitud de los electores sobre el cambio es considerablemente más decidida, más compleja y con menos temores, datos que se infieren de las encuestas como las de GCE, que son mucho más que un reactivo sobre la intención de voto.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 09 Dec 2017 00:00:00 -0600
Tiempos de ciudadanos http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/371-tiempos-de-ciudadanos http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/371-tiempos-de-ciudadanos Tiempos de ciudadanos

En memoria de María Angélica Luna Parra

Son muchos los rasgos que hacen de los comicios del año próximo un proceso diferente. La sociedad mexicana ha cambiado y a contrapelo de este aliento, lo han hecho también algunas instituciones políticas. El descontento y la crisis de consenso son resultado, por una parte, de la dificultad de las instituciones para responder a las expectativas ciudadanas y, por otra, de un cambio de forma y fondo en la misma sociedad. Aunque las transformaciones son profundas, los cambios son paulatinos y constantes, con lo que se vuelven un tanto discretos y para algunos, imperceptibles.

En México y por lo general en el mundo, salvo casos excepcionales, la política convencional es muy lenta en advertir la intensidad de la nueva realidad social. La aspiración colectiva a nuevos términos de certeza se enfrenta a la rigidez de las instituciones y de quienes las encabezan. Por eso es en las elecciones cuando la sociedad hace valer su sentido de las cosas. Los movimientos disruptivos y la crisis de los partidos históricos son frecuentes y poco ayudan a entender el nuevo panorama. Los candidatos que pueden articular la nueva actitud del electorado, suelen dar la sorpresa porque logran concitar a su favor un poderoso sentimiento de transformación, mayor a la sola aspiración de cambio, que se impone en la competencia.

En México los partidos viven un severo desgaste que en condiciones de una campaña tradicional, los somete a un juicio reprobatorio. El caso más emblemático ocurrió en 2015 en la elección de Gobernador en Nuevo León. Jaime Rodríguez, bajo una oferta que se centraba en que gobernaría para los ciudadanos y no para los partidos, pudo ganar con amplio margen. El caso es relevante no tanto por la persona, quien en su nueva condición de gobernador perdió la seducción irreverente y desafiante que le acompañaba, sino por la irrupción misma del electorado a partir de una oferta simple y bien comunicada. Otro caso digno de mención y con un gran potencial por la congruencia acreditada después del triunfo, es la del joven diputado y ahora virtual candidato independiente al Senado en Jalisco, Pedro Kumamoto.

Estamos pues, frente a una realidad diferente. Los ciudadanos buscando espacios y reconocimiento, y los partidos aplazando el llamado de la sociedad que les exige su transformación. Las dirigencias no solo se concentran en ganar el voto en un sentido de corto plazo, sino que en la disputa interna se cierran a la democracia, la inclusión y a la renovación. El mismo caso de Morena, un partido que ha ganado de inicio aceptación, también ha sido afectado por la reserva y la duda ciudadana frente a las actitudes de las organizaciones políticas. Los partidos no encuentran o no buscan nuevos modelos de vinculación y participación, prefieren refugiarse en la tradición y en los acuerdos entre sus cúpulas. En unos y otros, en el fondo, hay una suerte de desprecio al ciudadano y una excesiva confianza de que las cosas pueden continuar de la misma forma que antes, cuando los ciudadanos eran requeridos sólo para entregar su voto.

En el escenario de las elecciones del 1º de julio, es oportuno cuestionar desde ahora el carácter que jugará este sentimiento contra los partidos y las formas convencionales de la política. Por lo pronto, lo que adquiere relieve serán las personas. El voto duro o inercial de los partidos cuenta y mucho, especialmente por la fragmentación del voto, pero tiene más peso la capacidad de ganar el favor de la inmensa mayoría de los ciudadanos ahora no solo distantes, sino con una fuerte insatisfacción hacia los partidos en general y más hacia los que se asocian al poder.

El PRI, por primera vez en su historia selecciona a un candidato que no milita ni ha militado en partido alguno. José Antonio Meade ha sido un funcionario en los primeros planos de la administración federal en los gobiernos del presidente Fox, Calderón y ahora Enrique Peña Nieto. Sus responsabilidades han sido mayores en política social, relaciones internacionales y desde luego economía. Que el PRI haya optado por un candidato no militante, es una señal en el sentido correcto. En el sondeo de GCE queda claro que el electorado no ve como problema, sino más bien como virtud, la ausencia de militancia política formal de José Antonio Meade.

En algunos círculos se había comentado la dificultad que tendría la base priísta para aceptar a un candidato sin militancia. El argumento más bien se daba por las expectativas de otras opciones, presentando como problema lo que ahora se perfila como fortaleza. El DNA del PRI es estar en el poder, más que cualquier otro partido. La mejor oferta al priismo es la de ganar el poder. Para ello no es suficiente la representación partidaria o la movilización electoral de su base, es fundamental ser competitivo en ese segmento de la población que no tiene vinculación o relación con partido alguno.

El PRI se une con Meade porque percibe que con él se puede ganar una elección compleja en extremo por el ambiente de opinión y el humor social que le acompaña. El voto que habrá de prevalecer es el del cambio; se perfilan dos opciones claramente diferenciadas: regresar a un pasado distanciado de la certeza democrática, o la modernización de la política, el gobierno y la economía.

En cierto sentido la oferta que prevalecerá es la que el mismo candidato representa. Esto será válido para José Antonio Meade y para Andrés Manuel López Obrador, como también lo representará para todos los otros candidatos presidenciales. Preparación y experiencia tienen aprecio en el electorado, también valores y principios. La cuestión no solo es tener estos atributos, sino poder comunicarlos de manera convincente.

La decisión del PRI y del Presidente Peña es acertada para la circunstancia del país y las expectativas de la sociedad mexicana. Meade como candidato es un justo y positivo contraste frente a López Obrador y todo lo que le acompaña. Los temas son la inseguridad, la corrupción y una buena economía en las mesas de los hogares. La mesura y empatía de José Antonio Meade, su independencia y la construcción de una clara propuesta de cambio, habrá de ser la alternativa frente al estilo caudillista y providencial que representa Andrés Manuel López Obrador. Como nunca, esta elección deja en claro la disyuntiva que se nos presenta como nación; ya veremos el camino que tomen los ciudadanos.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 02 Dec 2017 00:00:00 -0600
El providencialismo presidencial de AMLO http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/370-el-providencialismo-presidencial-de-amlo http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/370-el-providencialismo-presidencial-de-amlo El providencialismo presidencial de AMLO

Las efemérides dicen mucho en la política, aunque para la mayoría sólo son parte del paisaje y ocasión propia de un periodo de asueto. Conmemorar el pasado es una constante en el propósito de legitimar un estado de cosas, un proyecto en curso o un mandato para transformar lo existente. Así ha sucedido siempre con la Revolución Mexicana, una base, más que un modelo que lo mismo ha servido para gobernar, cambiar o para oponerse, incluso para rebelarse.

El proyecto de gobierno más trascendental en política social con Lázaro Cárdenas se arropó con la Revolución en una interpretación distributiva de la riqueza nacional. En un sentido diferente, ocurrió con los gobiernos que le sucedieron, lo que llevó a Daniel Cosío Villegas y Jesús Silva Herzog a dar por muerta y traicionada la Revolución, ya en los 40. La última ocasión que tuvo el poder presidencial para ganar legitimidad ocurrió con López Portillo, quien adelantó que, de no tener éxito, su gobierno sería tanto como la muerte de la Revolución.

Durante décadas, hasta 1988, el sistema presidencial y el mismo partido dominante invocaron a la Revolución con la creencia de que el déficit de legitimidad democrática se resolvía con la sola referencia al movimiento de 1910, que lo mismo servía para promover el reparto agrario que para cancelarlo. De gran calado, por su sentido crítico, fueron las palabras de Luis Donaldo Colosio en aquél inolvidable discurso del 6 de marzo de 1994, pocas semanas previas a su magnicidio. Colosio dijo que sólo los proyectos políticos autoritarios hacen de la historia mandato y razón de ser. Un llamado autocrítico fundamental inspirado en una visión liberal de la política y del poder: invocar a la Revolución no era suficiente para garantizar la legitimidad.

López Obrador escogió la efeméride revolucionaria para presentar su programa de gobierno y, de esa manera, dar inicio a su campaña por la Presidencia. Andrés Manuel, desde siempre, ha suscrito a la Historia y a sus personajes como fuente de inspiración y eje rector ideológico y programático para su proyecto personal. El suyo fue, por donde se vea, un acto anticipado de campaña, al aprovechar la fecha más relevante del calendario político-histórico nacional. Por el sentido político del líder y los riesgos de por medio, la expectativa no era menor.

La crónica de la ocasión, sin embargo, no le ha sido favorable. El abultado documento no tuvo una traducción mediática que le diera fuerza. En realidad, más que programa, de lo que se trató fue de un acto de culto a la personalidad. Dejó claro que, como en los tiempos del PRI dominante, el candidato adquiría dimensiones más allá de lo terrenal y lo estrictamente cívico. Recreó en el inconsciente colectivo esa visión religiosa de la autoridad presidencial, dispensador único de esperanza, justicia y venganza.

Es difícil para cualquier proyecto, más para uno que parte de la oposición, presentar un exhaustivo programa de gobierno. Es un acto audaz y pretencioso previsiblemente cargado más al propósito que a la realización. Por ello, en lo presentado domina lo que se compromete y no lo que se cumpliría. Quizás la parte más notoria es lo que tiene que ver con las finanzas públicas, la reingeniería que ha propuesto se concentra en el gasto y no en los ingresos. Las pretensiones de inversión en infraestructura o de gasto social o para la seguridad no las puede soportar la sola disminución del gasto corriente. Esta sí es una postura neoliberal exacerbada. Para un país desigual y con amplios sectores fuera del trabajo formal y con exigencias significativas de gasto, es imposible cancelar de antemano una postura fiscal que deje las cosas igual. Esta omisión es sin duda un guiño demagógico al sector empresarial, como también lo es el silencio alrededor de combatir el monopolio o la concentración productiva. Una inconsistencia elemental para un proyecto de izquierda, inviable en su posibilidad de cumplir lo que se promete.

En el horizonte de la historia, el evento del 20 de noviembre en el Auditorio Nacional es relevante porque es el intento más acabado, desde el punto de vista simbólico, de reedificar la visión del poder y del país como el proyecto de un solo hombre. Como tal, rememora el régimen en el que no hay Congreso, no hay oposición, no hay Corte independiente, no hay responsabilidad compartida. No importa que el programa haya sido objeto de consulta, participación y proyectos con diversas y variadas fuentes, lo que el evento revela es que, de ganar el 1º de julio, como se advierte en los videos de AMLO, la construcción del futuro en el país es tarea del presidente providencial.

Tampoco es el proyecto ni quienes le acompañan lo que le da fuerza a López Obrador para ganar la elección. En todo caso, sirve para mitigar resistencias respecto de aquellos que lo ven con reserva o como peligro. La razón de su convocatoria para ganar el poder no es el programa, menos el equipo insinuado en un abultado presídium (algo que Luis Donaldo repudió en su campaña porque acreditaba a un cuestionable bloque de poder), sino su prédica casi religiosa de que todo habrá de ser mejor cuando él gane los comicios. Así, uno de los males históricos que recorren el cuerpo social, político y económico, la corrupción, habría de resolverse sólo con el hecho de estar él en la presidencia.

Octavio Paz señalaba con razón que el mundo de las creencias es más poderoso que el de las razones y las palabras, porque aquéllas duermen en las capas más profundas del alma nacional. El providencialismo presidencial que ahora invoca y recrea López Obrador, entre el aplauso de su público, que no es menor, tenía como origen esta visión mística del poder que se contrapone a la visión de democracia de nuestros días.

Lo que plantea Andrés Manuel en las formas y en el fondo es vuelta al pasado, al México de un solo hombre. Así se entienden muchos capítulos de la vida nacional, casi todos alejados de la democracia y del sentido liberal del ejercicio del poder. Con el evento del 20 de noviembre, subsiste la impresión de que el proyecto político de Morena es el intento más explícito de hacer de la historia mandato político personal. Me quedo con la idea de Luis Donaldo: “sólo los partidos autoritarios pretenden fundar su legitimidad en su herencia”. La herencia que recoge López Obrador es la de un México que pensamos había quedado en el pasado.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 25 Nov 2017 00:00:00 -0600
Saldos del desencuentro http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/369-saldos-del-desencuentro http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/369-saldos-del-desencuentro Saldos del desencuentro

En la percepción y en el estado de ánimo de la opinión pública, son muchas las dificultades y los problemas que hoy día se padecen en nuestra sociedad. No obstante, con excepción de la inseguridad, la realidad es que la situación ahora es menos adversa a la del pasado.

Además, de una mejora en las condiciones de vida, ahora tenemos más libertades, información y participación. El problema es perdernos en la circunstancia por carecer de perspectiva. Por eso en las condiciones actuales, con todo y que no se valoren los cambios, la exigencia y la crítica son necesarias; el problema está en quedarnos en ello, y perder sentido de lo que se ha hecho bien, porque se ha vuelto socialmente cómodo o rentable asumir una postura crítica, irreductible e intransigente.

El país no se entiende sin crítica. Hemos perdido demasiado, en muchos sentidos, por la complacencia y la falta de ejercicio reflexivo y autocrítico. Pero debe quedar claro que una sociedad incapaz de reconocer lo que está bien hecho, cancela su potencial para mejorar.

En un entorno singular, un evento anual de una reconocida y acreditada organización civil abocada a mejorar la seguridad, el Presidente de la República se refirió a la incapacidad de ciertos sectores de la sociedad para identificar logros, méritos y avances.

Las expresiones presidenciales abrieron una polémica, particularmente por quienes se sintieron incómodos al asumirse aludidos en las expresiones del primer mandatario.

Es justo el reclamo por la seguridad, pero también es necesario no restringirse en esto, es útil y conveniente proponer soluciones como bien lo ha hecho Causa en Común, la organización convocante del evento. Sin embargo, también es indispensable reconocer el mérito, sobre todo, de aquellos que exponen su vida para ganar terreno al crimen; hay muchos que cumplen con responsabilidad y lealtad y, por lo mismo, deben ser también reconocidos y motivados en su tarea.

La inseguridad que se padece representa una herida profunda en el cuerpo nacional, además del trágico saldo para muchas familias. Va más de una década sin que podamos revertir una situación grave de falta de paz en algunas zonas del país. Muertes y desaparecidos han sido el saldo. Pero ha habido victorias importantes, aunque ha faltado continuidad respecto a lo que se ha hecho bien en el ámbito local. Es una paradoja el ver que los ciudadanos votan por otro partido o candidato independiente, como sucedió en Nuevo León, con la expectativa de mejorar en temas que son su preocupación fundamental como el de la inseguridad, para advertir en poco tiempo, que la situación cambió, pero para empeorar.

En este espacio hacíamos referencia al Reporte Latinobarómetro 2017 sobre la pérdida de aprecio de los mexicanos sobre la democracia y sus instituciones. Esta realidad amenazante ocurre frente a nuestros ojos porque no hemos podido construir una voluntad compartida en muchos de los temas fundamentales para los mexicanos, particularmente los que se refieren a la seguridad. En su lugar han sido manoseados por el debate electoral y se han utilizado con oportunismo, en el afán no tanto de aportar propuestas y soluciones, sino de capitalizar la frustración y el enojo social por la situación.

Esto conlleva dos consecuencias muy negativas: la primera, hacer creer que es voluntad individual de un líder iluminada o de un candidato mesiánico el que las cosas cambien, cuando la transformación que se requiere incluye la colaboración de órdenes de autoridad, poderes públicos y sector político. La segunda, es que excluye a la sociedad en su responsabilidad para cambiar. Mejorar la seguridad necesariamente requiere no solo una mayor participación social, sino también entender los términos de una forma de complicidad social que por la vía de la omisión de muchos y la acción de algunos, limita o en algunos casos, de plano hace nugatorio el esfuerzo institucional para combatir de fondo al crimen.

Gobiernos vienen y van, partidos que de gobernantes pasan a la condición de opositores. La democracia implica el tránsito temporal de Presidentes, gobernadores y alcaldes. Ellos concluyen su responsabilidad, pero las instituciones permanecen y la sociedad persiste con sus fortalezas, virtudes, anhelos y problemas. En todo ello estimo que hemos perdido perspectiva, y que la política y el reclamo social elude la necesaria exigencia de que todos nos involucremos en la solución del problema y que ampliemos los espacios de encuentro y participación para una acción compartida. La renovación democrática de poderes lleva al desencanto precisamente por no entender el problema en su justa dimensión.

El saldo del desencuentro de la sociedad con sus autoridades es negativo. A la desconfianza se suma la incapacidad de reconocer y motivar lo que bien se hace, a la vez de que muchos asumen sin razón indolencia o indiferencia de las instituciones para cumplir una de sus obligaciones fundamentales que es la de proveer seguridad. Ya ha pasado mucho tiempo y persistimos en la misma situación.

En el tema de combatir al crimen hay diferencias, pero también hay un terreno común como es el respeto a los derechos humanos, una justicia sin coartadas, acabar con los extremos de impunidad existentes y privilegiar una acción preventiva que permita atacar las causas que propician la delincuencia en sus variadas expresiones.

También en el diagnóstico queda claro que la mayor debilidad institucional está en las policías municipales, no todas, pero sí la gran mayoría.

Recurrir a las fuerzas armadas para hacer frente a la embestida del crimen organizado ha sido un recurso excepcional que se ha vuelto regular, precisamente porque el avance de un nuevo modelo policial ha sido muy menor respecto a la magnitud del problema. Ante la tardía toma de decisión, lo que debiera hacer el Congreso, es aportar un piso legal para dar certeza y claridad a este tipo de intervención. Ha pasado demasiado tiempo y se ha dicho mucho, pero no se ha podido avanzar.

La sociedad reconoce y agradece que las fuerzas armadas asistan a los poderes civiles en el combate al crimen. Pero la situación del combate que libran nuestros militares y nuestros marinos no puede quedarse en la abstracción, y cualquiera que sea el rumbo que tomemos, sobre un modelo conocido o en torno a una posibilidad inédita, las instituciones deberían pronunciarse con prontitud. El vacío legal o las limitaciones actuales sólo le conviene a la delincuencia.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 18 Nov 2017 00:00:00 -0600
Los independientes http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/368-los-independientes http://liebanosaenz.mx/index.php/en-medios/impresos/item/368-los-independientes Los independientes

La notoriedad y presencia política de los candidatos independientes es del tamaño de la crisis de los partidos. Crisis que tiene su origen en el autoritarismo con el que actúan las cúpulas, y la distancia que han tomado con la sociedad. Justo esa realidad, es lo que le da vida política a la nueva institución. La figura corresponde al derecho de ser votado, un concepto jurídico, más que político, que ha venido a posicionarse en este ánimo social contra lo establecido, y a refrescar nuestra vida democrática.

Los aspirantes a candidatos independientes tienen el derecho de participar, pero enfrentan el reto de obtener la firma digitalizada de 1% de los ciudadanos en la lista nominal. En teoría, es una tarea sencilla; en la realidad, es más complicado de lo que pueda pensarse porque los candidatos carecen de una organización territorial que soporte un ejercicio de tal naturaleza. El INE hizo bien en definir un método de registro de adhesiones para evitar no sólo el fraude, sino el desorden que se presenta en otros tipos de procesos similares, como el del registro de militancia o adherentes de partidos. Sin embargo, el utilizar una aplicación móvil no debió ser la única fuente de registro de firmas. También debió permitirse que los ciudadanos concurrieran a las oficinas distritales del INE para expresar su voluntad de que uno o varios de los prospectos aparezcan en la boleta.

Bien es sabido que, en la democracia, el tema central del sistema de representación no son los candidatos, sino los partidos. No hay democracia vigorosa sin partidos; precisamente el problema que se padece es porque los partidos no solo no han marchado a la par de la sociedad y de la apertura democrática, sino que se han aprovechado de su espacio decisorio y han despojado a los ciudadanos de sus derechos, entre otros, el de ser votado. Si en los partidos hubiera procesos democráticos y mecanismos de inclusión ciudadana, difícilmente habría candidatos independientes con el protagonismo e importancia que ahora tienen.

Para la sociedad actual, y esto es un problema que no sólo atañe a nuestro país, los partidos políticos han perdido funcionalidad, precisamente porque han alterado la premisa básica del poder y de la representación. Los mandantes –los ciudadanos– han sido despojados de su poder por los partidos tradicionales. Por eso los proyectos disruptivos se vuelven exitosos, por el fastidio ciudadano frente a lo existente. Los partidos se empoderaron y utilizaron en su beneficio los espacios institucionales que genera el ejercicio de su mediación. La partidocracia es lo de ahora, y la rebelión ciudadana al momento electoral es lo que con frecuencia prevalece. En el caso mexicano hasta Morena es percibida ya como más de lo mismo.

El autoritarismo en los partidos para seleccionar candidatos, por ejemplo, explica que la mayoría de los candidatos independientes sean políticos profesionales que, al ver negado su derecho de competir, optan por la vía independiente. Existen casos de auténticos ciudadanos sin trayectoria partidaria en la disputa del cargo, pero entre los aspirantes presidenciales sólo los casos del comunicador Pedro Ferriz y María de Jesús Patricio Martínez, vocera del Consejo Indígena de Gobierno, corresponden con fidelidad al sentido de la institución de candidato independiente.

Aún con eso, es deseable que todos los aspirantes estuvieran en la boleta; sus biografías los acreditan en su aspiración y su paso por partidos les dan ventajas competitivas, pues están claros de lo que la institucionalidad partidaria no ha hecho bien en su relación con la sociedad. Este tema de varios candidatos independientes preocupa a algunos partidos, en particular, a aquellos que presuponen ventaja, como López Obrador y Morena. Es cierto que la fragmentación del voto modifica los términos de la contienda; pero no afecta a un partido o candidato en especial. Si López Obrador repitiera la proporción de votos obtenida en sus dos elecciones presidenciales, seguramente obtendría la mayoría.

Para muchos, el triunfo de un proyecto independiente que corrigiera a la partidocracia debió plantear una sola candidatura, como lo sugirió en su momento Jorge Castañeda. Esto pasaba por el acuerdo, no por la imposibilidad de los aspirantes a cumplir con los términos de ley respecto a las adhesiones ciudadanas. No ocurrió así y ahora la realidad plantea para todos ellos la dificultad de lograr la candidatura. Como se advierten las cosas, y sería lamentable, solo Margarita Zavala y Jaime Rodríguez podrían alcanzar el volumen de adhesiones exigidas por la ley.

No nos equivoquemos, el problema no es el aplicativo para el teléfono móvil. Es que el método definido por el INE requiere una estructura que simplemente no se tiene. Hay quien señala que, si se carece de eso, tampoco se tendrá capacidad para competir con dignidad al momento del periodo de campaña para la elección. En la aritmética de la estructura territorial, quinientos activistas y 50 supervisores recogiendo cada uno en promedio 30 firmas sumaría 450,000 en un mes, más de 50% de la meta. El costo directo de todo esto para una empresa familiarizada en trabajo de campo es de poco más de 4 millones y medio de pesos.

Esta fórmula de trabajo voluntario y profesional es lo que llevó al Partido Encuentro Social a obtener su registro, confianza que le permite ahora pensar no solo en un candidato presidencial propio, también en candidatos para todos los cargos de elección.

Pero el problema de los independientes no acaba con el registro. Hacia delante deben plantear una campaña imaginativa, de contraste, con una estrategia de comunicación que atraiga la atención con la generación de noticia y con sinergia entre comunicación tradicional, digital y personalizada. Hacer campaña será un reto mayor. Diferenciación de proyecto y la embestida contra el sistema de partidos son los dos supuestos básicos para un buen resultado, justo como en su momento lo manejó el joven y visionario político independiente de Jalisco y ahora candidato a Senador Pedro Kumamoto.

Si bien los independientes llegan a refrescar nuestra vida democrática, la realidad es que los protagonistas centrales del proceso democrático son y seguirán siendo los partidos. Ha llegado el momento que éstos entiendan su circunstancia para actuar en consecuencia en su propia transformación y supervivencia.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 11 Nov 2017 00:00:00 -0600