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El miedo en el espejo

Para las grandes doctrinas filosóficas que definieron el siglo XX, la marcha de la Historia, ésa que se escribe con mayúscula, camina siempre rumbo a un fin determinado. Herencia de diversas lecturas de Hegel, la certidumbre era más o menos clara sobre el desarrollo del capitalismo, la democracia y su caída. Aunque, visto a la distancia, somos herederos de un tiempo donde la certidumbre parece haberse resquebrajado. En esos continuos retornos que caracterizan a la marcha del ser humano, hemos vuelto una y otra vez a las guerras, el racismo, la opresión de los más vulnerables y el desprecio a las libertades. Constatamos así que lo que caracteriza a los hechos es más bien lo incierto y la vuelta a lo irracional. La continuidad del retorno es, en el campo de la política, ocasión para aprender de las lecciones del pasado y prepararse para enfrentar los antiguos retos con fuerza renovada.

Hace poco se escribió una obra que da cuenta sobre el panorama crítico que presenta una de las instituciones más importantes del mundo: la Presidencia de los Estados Unidos de América. Su autor, Bob Woodward, es un reconocido periodista que develó los escándalos del Watergate y que ha sido galardonado por su profesionalismo con el premio Pulitzer en dos ocasiones. La obra se presenta con un título sugerente: Fear. Trump in the White House (Miedo. Trump en la Casa Blanca). Miedo es lo que define el ejercicio del poder de la presidencia de Trump. El miedo como consecuencia de la incertidumbre y la falta de estructuras. La obra de Woodward ya había sido desmentida incluso antes de salir a la venta por John F. Kelly, Jefe de Gabinete de la Casa Blanca, y por la propia vocera del Despacho Oval, Sarah Huckabee Sanders, quien lo calificó de ser “no más que una serie de historias inventadas”.

Pero más allá de los cuestionamientos interesados, los relatos contenidos en el libro son capaces de hacer cimbrar el edificio simbólico del poder estadounidense, definido históricamente por su carácter monolítico y eficaz. En la obra de Woodward, esta solidez se ve desafiada. Se trata de una serie de testimonios de primera mano que demuestran cómo se ha hecho imposible ejercer las funciones que revisten a la institución presidencial y cómo las pasiones de Donald Trump son fuente de decisiones que podrían afectar no sólo a la nación que gobierna, sino al mundo entero.

De acuerdo a los testimonios, al interior de la Casa Blanca las tensiones son constantes y las luchas están a la orden del día, impidiendo toda oportunidad de organización. Algunos episodios asustan no sólo a los ciudadanos norteamericanos, sino que hacen pensar en el futuro de los mexicanos, cuya relación con el vecino del norte podría estar sujeta a algo tan efímero y veleidoso como el capricho.

La impertinencia de las disposiciones emitidas por Trump ha tenido que ser contenida por los miembros más sensatos de su equipo. Relata Woodward que, en una ocasión, el Presidente habría dejado en su escritorio un borrador de una carta dirigida al mandatario de Corea del Sur, dando por terminado el Tratado de Libre Comercio entre ambas naciones. Este acuerdo no es importante sólo en lo económico: representa también una alianza militar que certifica la seguridad de los EE.UU. El equipo de Trump, según el periodista, ha tenido que evitar que las órdenes impulsivas se conviertan en un riesgo para los norteamericanos. La lectura del libro confirma, reiterada y evidentemente, que las acciones del Presidente no responden a patrón alguno y son producto del impulso, la exageración y la pasión. Según el autor, después de los ataques a Siria, Trump dijo a su secretario de Defensa, James Mattis, sobre Bachar al-Ásad: “¡Matémoslo de una puta vez! Hagámoslo. Metámonos ahí y matemos a toda esa puta gente”.

Las múltiples anécdotas narradas con maestría en la obra de Woodward son impresionantes; estamos frente a la inesperada incongruencia y el engaño discursivo, la inmoralidad de la política en su grado más elevado. Pero no es algo sorpresivo, y no lo es porque Donald Trump ha sido desde siempre una figura tan cuestionada como polémica.

Los excesos discursivos del ahora mandatario, las violaciones al protocolo, las faltas de respeto a sus allegados, las muestras de xenofobia y la intolerancia con la diversidad fueron los ingredientes que causaron el éxito de su campaña. La de Trump no fue la consecución del liberalismo democrático; fue el triunfo del populismo en su peor expresión. Que la Casa Blanca sea dirigida por un intolerante al que su equipo y las instituciones tienen que contener constantemente, es precisamente lo que se esperaba de él en el periodo electoral.

Woodward viene a publicar un texto que resulta imprescindible y más estando cerca de las elecciones intermedias que se vivirán en Estados Unidos próximamente. Es imprescindible porque nos habla de lo que toda la sociedad sabe, pero prefiere ignorar: la democracia y las instituciones no se encuentran a salvo, porque han sido tomadas por el populismo. El problema no es Trump, el problema real está en la sociedad que lo puso en ese lugar.

La llamada de atención es para Republicanos y Demócratas, para las administraciones de Obama, Bush, Clinton y todavía anteriores. El grito es histórico y, como tal, sólo puede tener respuesta en el arraigado mal humor del tejido social norteamericano que desesperadamente decidió aceptar a un xenófobo e intolerante para transformar lo que afecta a amplios sectores de la población, principalmente el desempleo, pero también a grupos que sienten que Estados Unidos ha desdibujado en los últimos años su liderazgo mundial. La voz de Trump usó aquellas voces a las que los partidos y las cúpulas no supieron ver. El estado catastrófico en que vive la Casa Blanca hoy día, anuncia la fragilidad de instituciones que no supieron servir al espacio democrático al que se debían.

¿Significa esto el augurio de un inesperado final de la democracia en el país que la vio nacer? Me atrevo a pensar en un rotundo no. Sin embargo, la coyuntura exige llevar a cabo un ejercicio de crítica al interior de los partidos, de las esferas de la administración pública, de los medios de comunicación y de la sociedad misma. Entender a la nueva sociedad reclama mirarse al espejo con intenso escrutinio. Corregir las deficiencias de la democracia es la única condición de posibilidad para triunfar contra la intolerancia y la irracionalidad.

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