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Prensa y poder

“Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. Todo lo demás son relaciones públicas”
George Orwell

La política actual ha impuesto una nueva dinámica a la relación entre la prensa y el poder. Ocurre en todo el mundo. Son muchos los planos de tensión: el poder legítimo que se origina a partir del voto y el poder real de la prensa y los medios de comunicación en la cobertura noticiosa y en su tarea de informar. Al gobernante le ampara el mandato democrático; a la prensa, la libertad de expresión y el oficio que hace de la verdad objetivo. A la autoridad con frecuencia le incomoda el ejercicio periodístico y a éste la pretensión de aquella de promover e imponer su visión sobre las cosas. El tono de la crítica al poder se da en ese marco; a veces a costa del rigor periodístico y también de la verdad misma.

Es un tema viejo de la democracia. Hay momentos de gran significado histórico por lo que hace al gobierno, en los que se ha visto acompañado por una prensa hostil y, en ocasiones, agresiva. Dos ejemplos en México lo ilustran: el periodo de la República Restaurada y el tiempo en que Madero se desempeñaba como presidente. En perspectiva, el problema mayor no es que la prensa combata al poder, sino que el poder (gubernamental o económico) haga uso de la prensa para combatir a sus adversarios o malquerientes.

El mundo actual ha sido testigo de varios acontecimientos emblemáticos del conflicto entre el poder de la prensa versus el poder político en los Estados Unidos de América. Su origen está en el triunfo de Donald Trump y la tensión con la prensa que se ha venido reproduciendo a lo largo de su mandato. Su postura le ha llevado a un conflicto en el momento en el que los medios sufren su mayor desprestigio ante la población; según Gallup, en su medición de verano de 2017, sólo 14% de los republicanos consideraba que los medios noticiosos presentaban datos de manera correcta. Trump puede encarar con exceso y descuido a los medios, sin que esto le signifique un elevado costo en su base electoral, invocando Fake News por cada crítica recibida. Hay que destacar que algunos medios se escandalizan por la baja popularidad del presidente, cuando lo que debiera sorprender es que mantenga niveles de aprobación de su trabajo de 41.3% de acuerdo con el promedio del prestigiado sitio Real Clear Politics.

El periodista Bob Woodward, ha publicado en estos días su obra Fear. Trump in the White House. Las revelaciones que se hacen en el libro han sido de gran impacto, particularmente las expresiones del Jefe de Gabinete sobre el presidente. Otros dos acontecimientos disruptivos han tenido impacto recientemente: el primero, se refiere a la filtración de Bloomberg de una declaración del presidente Trump bajo reserva, con efecto explosivo sobre el acuerdo comercial con Canadá y que llevó a la suspensión de las negociaciones en curso. El segundo fue la decisión del New York Times de publicar un editorial anónimo escrito por un alto funcionario de la Casa Blanca, en que se presenta como portador de la resistencia desde la Casa Blanca y que hace un recuento muy crítico respecto a los atributos del presidente y de su capacidad de conducir al país.

El trabajo de Bob Woordward fue crucial para la caída del presidente Nixon; antes y después ha publicado varias obras de lectura imprescindible, entre ellas Shadow. Esa obra remite a todas las crisis que han tenido los presidentes norteamericanos desde Nixon hasta Clinton, los embates de la prensa, la acción del Congreso y del investigador especial, así como la manera que cada presidente enfrentó su crisis mayor. Una conclusión relevante en Shadow, es que la ocultación de los hechos es la primera y fatal tentación de quien detenta el poder. Los políticos de todo el mundo no han comprendido que lo más difícil y a la vez, lo más seguro para conducir un escándalo, es abrir los datos y proporcionar su interpretación o narrativa desde el principio. En el quehacer público, la opacidad, más tarde que temprano, se vuelve en su contra y normalmente conlleva consecuencias políticamente fatales.

En México, empresas, gobiernos y personajes han enfrentado escándalos mediáticos de mayor o menor impacto. En todos los casos, el silencio o la negación es la peor y más contraproducente respuesta. Los escándalos tienen por lo general una dimensión legal o contenciosa, pero también otra que se refiere a los hechos y la interpretación que de ellos se hace tanto de los datos como de las personas y del prejuicio sobre éstas.

Los medios son negocios. Tanto en sí mismos como de una diversidad de empresas no siempre vinculadas a actividades editoriales. En la actualidad, padecen el embate de la información digital. Es un problema estructural que tiene que ver con la muda de hábitos informativos y la presencia disruptiva del ecosistema digital. Los tiempos entre el evento y su divulgación se acortan dramáticamente, también la manera como la tecnología impone sus reglas para disminuir costos y mejorar la presentación gráfica del dato informativo. No se ha encontrado todavía una fórmula virtuosa de coexistencia entre lo tradicional y lo moderno, pues la mayoría de los medios profesionales, algunos con formato digital, padecen la competencia desleal que significa un escaso margen del rigor periodístico por parte de géneros digitales y las redes sociales.

La situación ha llegado a extremos. En los Estados Unidos han buscado la manera de regular la información digital. En Europa, a las empresas digitales globales se les pretende gravar con 3% de sus ingresos. En Inglaterra, el partido laborista ha propuesto establecer un gravamen a estos consorcios para destinarlo a la subvención del periodismo de investigación y financiación de la televisión pública.

En nuestro país, colateralmente al problema del cambio en el consumo de información y entretenimiento, los medios ven con temor la reducción del gasto público anunciado por el próximo gobierno. Enfrentar esta realidad con éxito, los obliga a reorientar sus ingresos, contenidos y público objetivo. Queda de relieve, más allá del esfuerzo por alcanzar el éxito comercial y la obligada viabilidad de las empresas, la función social insustituible que los medios realizan en ejercicio de la libertad de expresión y en el siempre indispensable escrutinio al poder, tarea que debiera ser alentada por el Estado.

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