Observadores, consultores y propagandistas

Las elecciones son fenómenos muy particulares. Durante los procesos electorales, ocurre algo semejante a las contiendas deportivas, donde los espectadores deciden un favorito. Las elecciones, como los deportes, despiertan pasiones por la conexión íntima del público en la competencia; en el futbol la tribuna es el jugador número 12. Pero, como en los juegos entre un equipo y otro, las elecciones se ganan no con simpatías manifiestas, sino con goles, con encestes, con jonrones impulsores de carreras, es decir, con votos.

Mientras las anotaciones ocurren, de un bando o de otro, es lógico que las emociones estén a flor de piel. En una contienda electoral, también se establecen conexiones simbólicas entre los aspirantes y los ciudadanos, que remiten a temas de psicología profunda. Las elecciones tienen esa capacidad de despertar pasiones incluso en aquellas personas que, normalmente, se mantienen al margen de los asuntos públicos. Hay de todo: los apasionados por una causa, los vehementemente opositores a otra, los que están a favor de todo (pocos) y los que están en contra de todo (muchos).

Además, así como hay un público expectante, también hay un segmento interesado. Justo como ocurre, con los deportes. La mayoría de los ciudadanos se involucran en las elecciones porque están interesados en mejorar la situación actual. Sin embargo, también hay quienes deciden participar en un proceso electoral por conveniencia o por intereses personales. Así, todos los días, vemos en los medios a decenas de analistas, editorialistas, encuestadores y una variedad de comentaristas expresando sus opiniones y puntos de vista. El mandato obligado es la imparcialidad y la objetividad. Lo cierto es que cada cual tiene derecho a apoyar o criticar a un candidato o a otro. Lo que hay que tener claro siempre, es si la preferencia corresponde a un análisis objetivo o a un interés específico.

López Obrador ha tenido la habilidad de crear percepción de que su campaña anticipada, el elevado conocimiento que hay sobre él y la preferencia de poco menos de la tercera parte de los encuestados, le tienen asegurada la victoria, una suerte de triunfo irreversible. Continuamente, se repite en los medios que la victoria de López Obrador es más que segura. Cada quien está en su derecho de creerlo. Además, a diferencia del pasado, AMLO ha tenido una explícita actitud de cooptación vía designaciones de miembros de gabinete y candidaturas anticipadas o reclutamiento de figuras políticas de otros partidos, y esto ha reforzado la idea que más le conviene a su campaña, la de un triunfo inevitable. Pero, la elección todavía no ocurre.

Lamentablemente, algunas casas encuestadoras pierden de vista el tema de la temporalidad y el mal humor social. Existe un interés noticioso en conocer las intenciones de voto a manera de pronóstico, y los partidos lo saben. Por eso lo que vemos en estos días es a un López Obrador que muestra muchas encuestas -buenas, malas y falsas- para ratificar la idea de su ventaja como algo irreversible. Pero lo que no dicen esos encuestadores es que los resultados invocan, sobre todo, reconocimiento de nombre y no necesariamente intención de voto. Es natural que así suceda con un candidato que ha estado en campaña por lo menos desde 2000. Pero otra vez: donde habrán de hacerse las jugadas, donde se cometerán las faltas, los fuera de lugar o los errores y los strikes, es en el terreno del juego, que para efectos prácticos son los meses de campaña electoral. Allá los encuestadores que miran esta elección como si trabajaran en una casa de apuestas.

Por otro lado, en estos días también han aparecido los “consultores”, quienes con mayor o menor elocuencia anticipan un resultado aprovechando esa duda natural que impera respecto a la elección. Pero a diferencia de los deportes, donde uno sabe que el declarante es “chiva de corazón” o simplemente “águila”, en la competencia electoral, el juego de manipulación debe identificarse. Quienes dicen que la elección ya está decidida y elevan a su favorito a una ventaja prácticamente irreversible; los que declaran derrota antes del silbatazo inicial, son parte interesada de la campaña mediática de uno de los candidatos. La eficacia de este tipo de voceros descansa en construir verdades de manera sutil y como si fueran resultados de juicio objetivo, profesional e imparcial. Pero tienen que ser vistos como lo que son, propagandistas contratados para ello.

Hace seis años, precisamente en febrero, en la empresa que presido, Gabinete de Comunicación Estratégica, ofrecimos una explicación en el noticiario que conducía Ciro Gómez Leyva en Milenio Tv, sobre la decisión que tomamos de no publicar encuestas de la elección presidencial. La razón fue que en esas fechas suscribimos contrato de servicios profesionales para una de las partes en competencia. Desde nuestro punto de vista, esto nos impedía participar en la difusión de este tipo de estudios, por una suerte de conflicto de interés. El hecho adquiere relieve ante lo que ha sucedido desde siempre y ahora cobra mayor importancia: el analista, encuestador o consultor que se arroga objetividad e imparcialidad debe exponer para quién trabaja.

El debate entre candidatos también se da en el público expectante y en el segmento profesional que sigue las campañas y las elecciones. Nada malo hay que se tome partido, pero que se diga, no que se encubra. También es bueno que haya un sector al margen de la contienda, pero que observe con rigor y haga ejercicio de la crítica a unos y otros. En especial, es fundamental que los electores adviertan las inconsistencias o las contradicciones que suelen caracterizar a las campañas, especialmente de quienes participan con un sentido de superioridad moral. El escrutinio de la sociedad a través de los medios es un componente fundamental para el voto informado y, por lo mismo, adquiere una dimensión mayor en tiempos de contienda. Hay un tramo todavía por delante.

No hay derrotas ni triunfos cantados. Las encuestas están cargadas por las diferencias significativas en el conocimiento de los candidatos. El debate no ha empezado y el escrutinio ha sido más bien complaciente y elusivo de temas fundamentales. Por la naturaleza propia de la competencia, es difícil que esta situación continúe y, por lo mismo, se pueden anticipar cambios en las intenciones de voto del momento. Lo recomendable es mantener reserva sobre los pronósticos interesados, y diferenciar entre la información de la contienda y la propaganda encubierta.

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