Liébano Sáenz

Liébano Sáenz

Competencia electoral y renovación política

Es un desafío entender las coordenadas de la nueva realidad política. Los cambios en curso son discretos, pero profundos y constantes. El país ha cambiado más de lo que los actores políticos alcanzan a advertir. La sociedad mexicana se ha ido transformando gradualmente y esto tiene implicaciones en todos los órdenes. Las causas del cambio aluden lo social; hay más libertades y mayores posibilidades de información y participación, especialmente por la comunicación digital y su dinámica: inmediatez, amplitud, horizontalidad y naturaleza interactiva.

Persisten problemas de vieja factura como la desigualdad y la fragilidad del piso ético en la política y el servicio público. Hay más libertades y también una democracia electoral eficaz para transformar votos en cargos, pero hay una exigencia mayor para mejorar la calidad del gobierno y las respuestas que debe ofrecer la política. Son tiempos de inconformidad y reclamo, muchas veces manifiesto en lo cotidiano y en la relación entre personas y entre éstas e instituciones.

Tiempos difíciles para quien gobierna; generosos para el opositor, más si se radicaliza y se cruza la línea de lo institucional a lo antisistémico. Es explicable que en estas condiciones la alternancia cobre relieve. Así le sucedió al PAN como partido gobernante; hace diez años elección tras elección vio achicar su presencia política, hasta llegar con un voto de castigo a la elección nacional en 2012. Así le está aconteciendo al PRI, el que llegará en toda su historia reciente con menos población gobernada en el nivel local y ante el reto de recuperar los votos de no hace mucho tiempo; la fragmentación del voto parecería facilitar el espejismo del triunfo, pero si así fuese el caso, de ninguna manera sería fácil.

Para todos los proyectos políticos, personales o de partido, es indispensable entender lo que ocurre y los nuevos términos de la comunicación y la lucha políticas. No solo es el uso óptimo de lo digital, sino la sicología o antropología de lo social. La clave no está en el instrumento, sino en el contenido y en el nuevo sujeto político, en el flujo en curso respecto a los problemas, viejos y nuevos, que encara la sociedad y lo que espera y ve del gobierno y de sus políticos en un entorno de creciente desconfianza e impaciencia. Ya se ha dicho en este espacio: el mayor miedo de hoy día no es al cambio, sino a que lo que exista persista y esto abre la puerta por igual a las candidaturas independientes que a proyectos que radicalizan su postura y se plantan como rechazo a lo que existe.

De por medio está la pérdida de consenso del orden de cosas. Es un problema global de las democracias contemporáneas y que ha minado los arreglos políticos y equilibrios institucionales de las pasadas décadas. En España acabó con el virtual bipartidismo, en Inglaterra llevó al Brexit, en Europa al ascenso de la ola derechista nacionalista, en Estados Unidos a la candidatura presidencial de Donald Trump. En política ocurre lo impensable frente a una sociedad que en mayor o menor grado y por diversas razones ha perdido apego a los valores del liberalismo democrático.

La competencia electoral es virtuosa en sí misma, no necesariamente por sus resultados. El que diga que el pueblo no se equivoca que explique el arribo de los dictadores y autócratas por la vía del voto. No hay magia en la democracia fundada en el sufragio popular, como tampoco mano invisible en la economía. A las libertades es necesario sumar la deliberación y el debate. Todo y todos deben estar sujetos al rigor del escrutinio público, incluso a sus excesos. No hay espacio para intocables; la victimización es una de las patologías que deben desterrarse para que haya real y efectivamente piso parejo. En la nueva realidad la equidad no se mide en prerrogativas y privilegios mediáticos o financieros, sino en la inmunidad e impunidad que se ofrece a personajes y proyectos blindados por lo políticamente correcto.

El escrutinio y el debate son la mejor defensa de la democracia frente al espejismo de las soluciones mágicas o de los proyectos de odio que se alimentan del prejuicio y de la indignación. Lo importante es que quien detente poder, formal o informal, público o privado, sea objeto de validación social. Por ello los medios y quienes tenemos el privilegio de participar en ellos tenemos una tarea insustituible. Está en los convencionales y también en los digitales, los que por su propia naturaleza difícil es que tengan rigor y calidad en la crítica al poder.

El objetivo de la competencia es la renovación del poder. En México no hay ratificación, porque en el nivel nacional no existe la reelección; se puede ratificar a un partido en el poder, pero aún en ese caso se plantea la actualización del proyecto en curso. Nadie hace campaña bajo la bandera del continuismo, y con frecuencia ni siquiera de la continuidad. No lo hizo Felipe Calderón respecto a Vicente Fox y será difícil que así suceda con el candidato presidencial del PRI, con todo y que es explicable que en estos momentos el partido gobernante se atrinchere en el proyecto presidencial.

El entorno anticipa las condiciones de competencia. La aspiración de renovación habrá de cobrar curso con proyectos disímbolos, incluso el que pueda construir uno o varios candidatos independientes. El cambio será el significante en el centro de la mesa de la disputa por el voto; sus expresiones van a recorrer el espectro de lo sentado e insensato, de lo imaginable y de lo impensable. Nada hay al momento para anticipar el desenlace, sí para decir que lo que viene, en forma y fondo, habrá de ser muy diferente.

Para hacer de lo que ocurra una transformación virtuosa, desde ahora es fundamental que quede claro el valor de la libertad, la crítica y el escrutinio al poder.

A propósito de encuestas

De siempre he tenido la impresión de que, en ocasiones, las cifras agregadas en el nivel nacional inducen a la falsa idea de que México es un país homogéneo. Como norteño de origen y habitante de mucho tiempo de la generosa y hospitalaria Ciudad de México, he tenido en claro las diferencias significativas entre los mexicanos de mi tierra o de muchas otras partes, respecto a quienes vivimos en el centro del país. La didáctica del examen propio me ha ofrecido la ruta para entender mejor la realidad de México a partir de la suma de ese extraordinario mosaico cultural, geográfico y social que es nuestra nación.

Hace tiempo, con esta preocupación presente, en Gabinete de Comunicación Estratégica (GCE) elaboramos una primera encuesta nacional de evaluación de autoridades, actitudes políticas y temas de interés, como son valores, cultura fiscal, identidad nacional, etcétera, que era la suma de 32 encuestas locales, una por cada entidad. En el mes de septiembre presentamos la décima edición de dicho proyecto, ahora ya maduro, una aportación de la empresa que presido, que tiene como propósito conocernos mejor, vernos en el espejo de las percepciones que también son realidad.

El martes 4 de este mes de octubre, presentamos el reporte en su quinta edición llamado “Las ciudades más habitables 2016”. Es un estudio que se realiza entrevistando a 30,400 personas de 76 demarcaciones, todas las capitales y los municipios más poblados, así como las delegaciones de la Ciudad de México. La información de más de 30 preguntas integran 3 índices: calidad de vida, satisfacción con servicios municipales y, evaluación de autoridades. Con ello ofrecemos una aproximación de respuesta al tema las mejores ciudades para vivir desde la perspectiva inapelable de los habitantes o gobernados de tales territorios.

Los grandes volúmenes de información requieren de herramientas para su selección, análisis e interpretación. Treinta mil 400 encuestados nos ofrecen una información muy rica y compleja. Es una oportunidad singular entenderles y escucharles. Por ello, para los dos estudios se elaboró una aplicación digital que facilita el ejercicio, una aportación más de GCE al conocimiento y a la tecnología que por su relevancia se ofrece de manera libre y gratuita al público http://xdata.gabinete.mx/#/mapa .

Son muchas las conclusiones allí presentes. Corresponde a cada interesado discurrir en ellas. Con el auxilio de la tecnología, el estudio se vuelve un texto abierto, con muchos puntos de entrada y de salida. Las interpretaciones relevantes tienen que ver con un asunto de reflexión intelectual y política respecto al descontento y la singularidad del ánimo social existente. La mayoría de los mexicanos están a disgusto; son minoría los que sienten que el país va avanzando, y la exigencia hacia las autoridades es abrumadora. Se perciben causas que recorren todo el espectro social como es la inseguridad, pero también está la economía. En el análisis a detalle, especialmente entre la población con más educación y hábitos de uso de medios digitales, la corrupción está en el centro de la preocupación ciudadana.

La reflexión sobre las razones, causas y alcance del malestar social de estos tiempos cobra vida y expresión en el juego de las cifras que enuncian el sentimiento de miles de mexicanos, representativos del universo social y cultural mexicano. Todo ejercicio con base a percepciones es debatible, porque los niveles de exigencia y de satisfacción tampoco son homogéneos en el territorio nacional. Pero lo que se presenta es un una herramienta que facilita el empoderamiento de los gobernados; su opinión es la fuente del ejercicio estadístico. Y por el otro lado, también sirve al gobernante como instrumento de medición de la eficacia de su gestión.

En las capitales y grandes ciudades del país 43% de los encuestados sienten que el país va retrocediendo y 42% perciben que estamos estancados. En el segmento de jóvenes, varones y sin actividad laboral, 53% dicen que México va retrocediendo. Menos de 14% piensan que va avanzando. La opinión no es pareja: el desaliento y pesimismo se desborda en Tlaquepaque, Chilpancingo, Oaxaca, Apodaca, León y las delegaciones de Tlalpan y Magdalena Contreras. Aunque elevado, es significativamente menor en Mazatlán, Tijuana, La Paz, Tapachula, Ciudad del Carmen y Coyoacán.

Es útil que los mexicanos nos veamos en el espejo de las percepciones; más que nadie quienes tienen poder. El país se encamina a un punto de quiebre. La crisis es real y profunda. Atañe a todos, pero mucho más a quienes tienen una situación de privilegio para contribuir y hacer realidad un cambio virtuoso. La crisis bien puede ser momento fundacional para construir un mejor país. La insatisfacción y la indignación pueden ser la energía que se requiere para transformar y dejar atrás muchas de las insuficiencias que con terquedad enferman al cuerpo nacional y que anulan o afectan muchos de los logros del pasado reciente, especialmente haber transitado a una democracia plena y con amplias libertades formales.

El cambio no es opción, es cuestión de supervivencia. Ocurre en todos los rubros de la vida personal y en la política o la economía. La sociedad mexicana se ha ido transformando, las exigencias y las expectativas son considerablemente mayores ahora y eso no es del todo malo. También hay un cambio cultural que nos hace más individualistas y que genera vínculos y formas de participación a través del mundo digital. Compartimos mucho y hablamos con muchos pero estamos cada vez más solos y más aislados.

Pareciera un contrasentido, pero para preservar hay que cambiar. Para hacerlo bien se necesita tener claridad de lo que se pretende y quiere, para que la transformación no se revierta y afecte lo fundamental. Cambiar es un desafío, pero también una insoslayable necesidad. El examen de lo que existe debe ser amplio, profundo y debe incluir prácticamente todo.

Las instituciones son la mayor fortaleza de una nación para transitar y conducir el cambio. Quienes las representan requieren de visión y apertura para que la transformación fluya y sea virtuosa. También se necesita generosidad y perspectiva para que lo que venga se acompañe del entendimiento y haga de la diversidad social y política su fortaleza.

El primer debate 2016

Los debates entre candidatos revisten un gran interés mediático. El encuentro cara a cara ofrece una oportunidad singular para conocer lo que dicen y proponen quienes pretenden ganar el poder, y son también un examen a la persona, a su capacidad y a su carácter. Los debates ayudan en el todo, pero más que para ganar la elección, son el evento con la mayor dosis de riesgo de toda la contienda. Una pifia puede marcar negativamente al candidato y a su imagen, por lo que la recomendación básica es evitar cometer errores. Los debates requieren preparación. Se trata de responder con eficacia y claridad al reto de comunicar. La improvisación suele resultar costosa. Un candidato engreído por su inteligencia o con “superioridad moral”, siempre será un mal debatiente.

En EU los debates presidenciales se han vuelto institución y por mucho se facilita el hecho de ser encuentros casi siempre de dos contendientes. En México los debates entre candidatos presidenciales son historia reciente, el intercambio y la confrontación se diluye porque participan muchos contendientes y se someten a formatos muy rígidos.

El debate del lunes de la señora Hillary Clinton y Donald Trump fue una buena didáctica sobre lo que son estos eventos, la cobertura de medios y de opiniones que atraen y la asimetría entre desempeño y resultado. Los medios y los analistas suelen darle más importancia al debate que el común de los electores. Se puede “perder” el debate y eso no necesariamente impacta las intenciones de voto. Esto es así porque el debate más que cambiar las preferencias, tiende a ratificarlas. Incluso el magro sector de los indecisos ve al debate con una preconcepción que le impide hacer una evaluación neutral u objetiva, salvo que haya un error grave que el postdebate haga exhibir y destacar. La estrategia para maximizar beneficios es actuar activamente después del evento; el posdebate suele ser igual o más importante.

Existe consenso entre los analistas que la candidata demócrata tuvo el mejor desempeño. La diferencia fue la preparación y la experiencia. Muchos analistas refieren a las mentiras o desaciertos del candidato republicano; sin embargo, no queda claro que el juicio de los conocedores tenga un efecto significativo en las intenciones de voto. Donald Trump, con la desfachatez que le es tan propia ha declarado que fue el ganador por mucho; sus mismos colaboradores conceden en privado que no estuvo a la altura, sin embargo, lo que sí puede resultar cierto es que el debate no haya tenido el costo al señor Trump que algunos asumen.

Persiste la confusión de muchos de trasladar la intención de voto nacional al posible resultado de la elección, siendo que el sistema norteamericano a diferencia del nuestro es de elección indirecta, esto es, gana quien gané más votos en los estados, incluso se puede dar el caso de un candidato que gane la votación nacional directa y pierda la indirecta. Hay un total de 538 votos electorales, 270 es el número mágico para ganar la elección; según Real Clear Politics al día de hoy, la señora Clinton suma 188 votos; Trump 165, hay 185 votos indecisos. Los estados que en esta condición mayor peso tienen por el número de delegados son Florida, Pennsylvania, Ohio, Carolina del Norte, Michigan y Georgia, algunos de éstos mencionados por Trump en el debate. Habría que esperar algunos días para tener actualizado el mapa electoral, aunque lo más probable es que la proporción de los indecisos continúe de manera tal que haga de la elección una incógnita hasta el último momento.1

México está en el centro del debate; el peligro mayor está con Donald Trump por su oferta en materia comercial y migratoria. Los partidos y los políticos han cambiado de postura porque un segmento importante de la sociedad norteamericana, como ha sucedido en muchos países desarrollados, ven en el exterior una amenaza que reproduce muchos prejuicios que de siempre han dormido en la profundidad del imaginario social. Aunque hay signos evidentes de apertura y de avance liberal en los países occidentales, también se ha reactivado un nacionalismo conservador e intolerante que explica en parte el éxito de Donald Trump.

El debate no solo es una radiografía de los personajes en la disputa por la presidencia; también lo es de la sociedad norteamericana, en sus fortalezas, virtudes y defectos. No deja de ser lamentable que las referencias a México durante esta campaña casi siempre sean negativas: violación de derechos humanos, violencia e inmigración ilegal. El reconocimiento a lo mucho positivo del país y de los mexicanos, existía en George W. Bush y William Clinton, y ha sido mucho menor con el Presidente Obama.

En el país existe una gran expectación por el desenlace de la elección. Es amplio el anhelo e interés de que prevalezca la candidata demócrata. También los mercados así lo advierten por el temor que despierta un eventual triunfo de Donald Trump, quien persevera con una postura radical e intransigente contra el libre comercio y los migrantes.

El segundo debate tendrá lugar el 9 de octubre en la Universidad de Washington en St Louis Missouri en un formato diferente en el que los candidatos deberán responder las preguntas de ciudadanos. Esta modalidad de debate favorece a Hillary Clinton, quien ha mostrado más habilidad y mejor manejo, producto de experiencia y también de una mejor preparación. Trump es un buen candidato para la circunstancia y momento del país, caracterizado igual que en amplias regiones del mundo, por el hartazgo ciudadano en contra del status quo; sin embargo, sus limitaciones personales quedaron evidenciadas en el debate del lunes pasado. Aún así, persiste en la contienda, y todavía con muchas posibilidades de éxito.

La justicia y la política

La justicia y la política van de la mano. Es un tema de siempre; la justicia invariablemente acompaña al poder político. La democracia liberal la elevó a la formalidad, con lo que se eliminó la discrecionalidad del soberano en su impartición. También dio certeza al principio de la igualdad ante la ley y, para efectos de justicia penal, fijó obligatoriedad a los principios del debido proceso. Sin embargo, a pesar de los avances, la justicia sigue teniendo un tanto de aspiracional y no deja de entreverarse de una o de otraa forma con la política en modos y en métodos que pensábamos haber dejado atrás.

En nuestro país el tema de la justicia se enfrenta con el de la impunidad. En el fondo es la incapacidad del sistema en su conjunto, incluyendo al mismo ciudadano, para que la ley se haga valer y ofrezca el resultado útil final que es el de la sanción a quien desatienda su mandato. La ineficacia de la justicia, por decirlo de alguna forma, está lastimando en su esencia al cuerpo nacional. El sentimiento de agravio y de indefensión crece, y no solo tiene referencias negativas hacia el gobernante o al aparato de justicia, también afecta los términos de la convivencia.

Es útil que la sociedad se exprese de manera orgánica para abatir la impunidad. Pero puede resultar contraproducente cuando estas iniciativas derivan en una forma discrecional de cobrar cuentas, o de acusar con frivolidad. Lo que realmente resulta útil es aportar una crítica al sistema en su conjunto y, desde luego, acompañar propuestas que incidan en su mejora.

El Estado Mexicano tiene que convenir que abatir la impunidad es prioridad y que ésta debiera ser una cruzada de todos, en muchos frentes. Se han logrado avances sustantivos, como es el sistema de transparencia; también en fechas recientes se aprobó un nuevo régimen legal orientado a combatir la corrupción y someter a reglas de control el gasto público, especialmente el de los organismos autónomos, gobiernos locales y por extensión a toda entidad, pública o privada que haga uso de recursos públicos federales. Pero es indudable que hay una tarea pendiente.

Es tiempo que la política haga su parte para dar espacio a la justicia. Insisto, no se trata de lavar cara frente al repudio ciudadano, sino de hacer valer la ley. La justicia que importa es la pública, pero no deja de tener valor la autorregulación, así sean los medios de comunicación, los órganos legislativos, las empresas y los partidos políticos. El PRI tiene frente a sí casos a resolver. El diputado Jorge Carlos Ramírez Marín ha ofrecido claridad sobre el posible juicio interno a connotados miembros del tricolor y particularmente al del gobernador de Veracruz: actuará el partido a semejanza del juicio político constitucional.

El caso de la justicia partidaria no es sencillo. Los partidos han sido omisos en muchas ocasiones. Casi siempre las dirigencias de los partidos ceden todo el espacio a la justicia formal y frente a los fallos judiciales, resuelven el status del implicado. Si hay delito o no, no importa; si les conviene políticamente, aceptan la culpa y si no, recurren al fácil expediente del complot. Las dificultades son dos: por una parte, los partidos no cuentan con los medios necesarios para poder impartir justicia y por otra, el prejuicio público de que la acusación es condena. Los partidos normalmente no entran a estos temas porque el proceso en sí mismo ya es una derrota para quien va a ser juzgado, acompañado del desgaste en la imagen pública del propio partido, especialmente si el acusado fue un destacado funcionario de la organización política.

La política también se ha aprovechado del malestar público por la percepción o realidad de la corrupción. Un candidato que articula y da cauce a esta indignación, puede alterar las premisas tradicionales sobre las que se dirime la disputa por el poder. En el pasado reciente los casos han sido recurrentes en la fase electoral, aunque la realidad es que resulta más fácil prometer que cumplir. El populismo electoral casi siempre lleva al fracaso. Además de que se impone una fuerte presión a las instancias de justicia a partir de las necesidades políticas de los acusadores, sean autoridades, particulares u organizaciones.

La buena justicia demanda de firmeza y también apego a la formalidad. Los linchamientos mediáticos han resultado en no pocos casos en sendos fracasos y no solo por la dificultad de transitar hacia la formalidad del proceso, sino por la fragilidad de la acusación, la falta de pruebas y en algunos casos su falsedad. El tribunal mediático, indispensable en una sociedad abierta, debe acompañarse de la seriedad de la investigación y el rigor de las pruebas. Ganar espacio o credibilidad a costa de particulares, pervierte a la justicia y tiene efectos perniciosos hacia el régimen institucional.

Las autoridades no pueden mantenerse pasivas frente a los muchos casos en los que se advierte un problema de justicia. Hay actuaciones que deben ser de oficio; pero también es indispensable lo preventivo y en su caso actuar con claridad y firmeza bajo los principios del debido proceso y la igualdad frente a la ley.

Por la impunidad de por medio, la justicia está y estará en el centro de la disputa política. El problema es mucho más amplio y serio del que presenta el debate político actual. No solo es la venalidad del funcionario o representante popular, también está, insisto, el sistema de justicia formal y no formal, especialmente la frágil cultura de legalidad en el conjunto del cuerpo social. Lo menos que se requiere es darle seriedad al tema y trascender la añeja actitud de acusar sin probar y generalizar a partir de lo particular. La demanda de justicia es demasiado seria como para que la política la tome a la ligera.

Encuesta Nacional 2016

El ritual y las instituciones

En momentos de cambio, es de esperarse el desdén a las instituciones y a los rituales que las acompañan. Es natural que así suceda, porque el deseo de cambio se acompaña del anhelo de superar el estado de cosas. La sociedad se ha ido transformando con rapidez y es materia de supervivencia adaptarse al cambio. Así, los medios de comunicación convencionales se ven obligados a participar en la comunicación digital. La Iglesia Católica, la institución milenaria por excelencia, también va adoptando cambios en forma y fondo. En semanas recientes somos testigos de la manera como las televisoras hacen un esfuerzo con el propósito de mantener auditorio frente a la competencia de los medios alternativos.

El desafío es considerable. Muchos problemas son de vieja factura, pero adquieren una nueva dimensión con las formas de convivencia, interacción y comunicación actuales. La ola del descontento es mayor, considerablemente mayor y no solo en México, cuando son muchas las realizaciones de nuestro tiempo. Hay muchos problemas e insuficiencias, pero ahora son realidad no un anhelo la democracia, las libertades y una relativa mejoría en la calidad de vida de la mayoría. Pero el estado de ánimo social no está gobernado por las estadísticas, sino por las emociones. Y esto es un proceso mucho más complejo que la expresión lineal de los números.

En tiempos de crisis, aunque la inercia del cambio lo desdeña, el ritual tiene mayor valor y funcionalidad. Una democracia adquiere fuerza y cauce a través de las instituciones. Debe preocupar que los pilares fundamentales de la democracia representativa no cobren arraigo y para algunos sean expresión misma del problema. Los funcionarios electos, los órganos legislativos y los partidos políticos están en el centro del debate. La disputa política llevada con ligereza hace que sus actores no adviertan la profundidad del deterioro que les acompaña. No solo son temas de falta de probidad que recrean en el imaginario popular el prejuicio de que la política es el espacio de la corrupción y el lodo. También cuenta mucho la percepción pública sobre el desinterés de los políticos sobre lo que anhelan y preocupa a las personas y las familias.

Contener el deterioro de las instituciones de la democracia es urgente. Es hora de generar un sentido compartido de que es necesario acreditar y preservar lo que a todos sostiene. Alimentar el apetito de causas partidistas o personales, generalizando el prejuicio popular negativo sobre lo público, como lo ha hecho de manera consistente Andrés Manuel López Obrador, se vuelve contra todos, incluso contra él mismo y su partido. Decir que todo está podrido a manera de diferenciarse, solo logra acreditar lo primero. Un estudio de percepción sobre la resistencia de López Obrador a debatir públicamente con sus pares o las deficiencias de su reporte 3 de 3 revelan que para la abrumadora mayoría el dirigente de Morena está en el mismo lugar de lo que él con tanta vehemencia repudia y rechaza.

Las instituciones no solo importan para dar un piso de fortaleza al país frente a las crisis. También son esenciales para que los hombres en el poder puedan acrecentar su aportación, o para que sus insuficiencias sean atenuadas por el poder del conjunto. Por esta consideración debe haber un sentido de cuerpo que ofrezca atención y cuidado a la institucionalidad democrática y a sus rituales. Así es la democracia y es aleccionador ofrecer atención a la manera como operan y funcionan las democracias representativas más consolidadas. Allí el ritual adquiere singular relieve, así como la fuerza y el poder de las instituciones, incluso para contener el exceso y la fragilidad de los empoderados.

Donald Trump ha sido calificado de tirano. Su retórica populista e intolerancia da para ello, pero no es el caso, ya que es un candidato de partido y busca ganar el poder sometiéndose a la institucionalidad democrática. Es un demagogo que en el afán de hacerse del poder invoca los sentimientos más elementales de las personas como son el miedo, el rechazo al diferente y la pretensión de soluciones mágicas o fáciles a los problemas complejos. La demagogia electorera es un problema de todas las democracias y no es exclusivo de los candidatos radicales. Lo importante es la contención al momento de ejercer el poder y esa es la virtud mayor de la institucionalidad democrática.

Precisamente por esta consideración, en los momentos difíciles por los que transita México, debe fortalecerse el régimen institucional. No es una postura conservadora; al contrario, para que el cambio cobre fuerza, cauce y sentido, es preciso que se haga en el marco de las instituciones. Debe preocupar el radicalismo que descalifica al adversario y al gobernante, pero es mucho más pernicioso cuestionar en sus fundamentos a la institucionalidad que permite la competencia civilizada por el poder, el ejercicio de las libertades con respeto a las de terceros y la contención a la arbitrariedad de quienes formal e informalmente tienen poder.

Lo anterior ratifica la necesidad de un mayor compromiso por la legalidad que vaya mucho más allá de la retórica. La ley debe prevalecer, incluso la que es percibida como injusta. En todo caso, para eso existen medios jurisdiccionales para ajustar la norma y su aplicación a lo que determina la Constitución o bien la actuación del poder legislativo para corregir, mejorar o anular las normas inaceptables por su evidente disfuncionalidad o injusticia.

La fuerza del ritual democrático y de las instituciones adquiere fuerza con una sociedad que aprecia con su práctica el respeto a la norma. Ya se sabe que la ambigüedad frente a la legalidad es una de las debilidades de la sociedad mexicana. Sin embargo, debe quedar claro que la ley es la mejor garantía en toda circunstancia, mucho más en los momentos en los que tiende a crecer en la población la incertidumbre, preocupación o indignación. Por eso, los políticos y los empoderados deben ser los primeros en acreditar el cumplimiento con la ley.

La nueva circunstancia

El país ingresa a un nuevo momento. Los ajustes en el equipo de gobierno son de la mayor importancia. El cambio se da en un momento singular del ánimo social, cuando el gobierno del presidente Peña Nieto se perfila hacia el último tramo de gobierno y la política centra su atención en torno al proceso sucesorio. Los temas de debate y de crítica, que deben darse con absoluta libertad, como ha sido el encuentro del candidato presidencial Donald Trump, no debieran distraer la atención sobre los temas fundamentales, como la economía.

La Cámara ha recibido la propuesta del Ejecutivo sobre el Presupuesto 2017. Resultado de las condiciones financieras del país y la necesidad de un equilibrio entre ingresos y egresos, hay una reducción importante en el gasto público. Los ingresos se han fortalecido con la reforma fiscal, pero también se han reducido de manera sustantiva las aportaciones derivadas de la producción petrolera. Como ha sido la constante ya de varias décadas, el gobierno ha optado por la responsabilidad y esto ha significado afianzar la estabilidad macroeconómica. Las cifras del crecimiento no son significativas, pero son una de las más elevadas de la región.

En el debate público y político sobre la economía con frecuencia se elude el tema de mayor relevancia para el bienestar del país: las condiciones que permiten y propician la inversión privada nacional y externa. La certeza de derechos y las circunstancias que permiten la recuperación de la inversión es fundamental. En el contexto internacional México es una de las economías que compite con éxito en el mercado de capitales. La inversión privada nacional y extranjera se da en todos los ámbitos y hace creciente el desarrollo de infraestructura. La economía se debe cuidar; la insatisfacción con la tasa de crecimiento o la contracción del gasto no debe llevar a comprometer la estabilidad que, afortunadamente, ha sido la constante desde que se superó la grave y costosa crisis financiera de 1994-95.

El tramo final del sexenio incrementará también el juicio crítico de la opinión pública. El escrutinio al gobierno es propio de la democracia y también es un medio para mejorar la calidad de gobierno; sin embargo, la emotividad que dispara y encienden casos como la polémica generada por la visita del señor Donald Trump, no deben distraernos de un ejercicio público de análisis sobre lo que hace el gobierno en los frentes de mayor relevancia como son los de la seguridad, economía y desarrollo social.

La reacción pública por el encuentro del Presidente con el candidato del partido republicano ha generado mucho más emociones desbordadas que razones, incluso por voces muy respetables por su calidad y seriedad intelectual y periodística. No ha habido una observación analítica al mensaje del señor Trump en materia de migración (goo.gl/Uar6ln), expresiones que dan contexto y argumento sobre las razones del gobierno del Presidente Peña para el encuentro. En Phoenix, si hubo un matiz discursivo distinto. Sin embargo, la estridencia de sus excesos retóricos, sus persistentes contradicciones y su afán por reducir todo a una simple idea o frase de impacto electoral, han hecho que el mismo Donald Trump impida que su postura hacia México, que desde luego rechazo categóricamente, sea al menos escuchada.

En el nuevo momento de la política nacional el Presidente Peña deberá asumir mayores responsabilidades respecto al pasado. El Secretario de Hacienda fue un factor de la mayor relevancia en el gobierno más allá de sus responsabilidades formales. Su aportación a la Presidencia de Enrique Peña Nieto y los logros que promovió, no se pueden soslayar y fue un talentoso y visionario arquitecto del país que ahora somos y queremos ser. El espacio político que deja Luis Videgaray no puede ser resuelto por otro funcionario que no sea el Presidente de la República. El liderazgo presidencial deberá actualizarse con decisiones firmes, claras y con una actitud de mayor apertura y trabajo hacia todos, incluso hacia sus propios colaboradores para dar mayor espacio a la horizontalidad en el gabinete. Hay un muy buen gabinete y es preciso que todo el equipo de gobierno se centre en su tarea. Pero se necesita acreditar una presidencia que escucha y se hace escuchar y que va más allá de los espacios tradicionales del discurso público. En la actual circunstancia, las acciones y las decisiones deberán hablar más que las palabras.

La nueva circunstancia de la política nacional también compromete al conjunto de la pluralidad a asumir una postura más responsable, para cuidar y fortalecer a las instituciones que dan sustento y cauce a la democracia. Para la oposición está presente el reto de lograr por una parte, un equilibrio difícil entre su responsabilidad de crítica al poder y por la otra, evitar la tentación del oportunismo electoral. Debilitar a las instituciones a nada bueno conduce. Esto ya lo ha entendido, incluso a disgusto de sus seguidores, Andrés Manuel López Obrador: debemos empezar a diferenciar con claridad entre gobernante e institución, a efecto de cuidar lo que a todos nos sostiene.

Muchas de las decisiones no se procesan en el gobierno, sino en el Congreso y éste debe ser el encuentro inteligente y razonado para que la pluralidad actúe en bien del país. Los gobiernos locales también están llamados a asumir una responsabilidad mayor ante la nueva circunstancia, al igual que los órganos públicos autónomos. Pero allí no queda todo. La sociedad y los organismos civiles mucho pueden hacer para el bien del país. En este contexto debe dársele la bienvenida a la iniciativa “impunidad cero”, promovida por destacados mexicanos como un esfuerzo para abatir uno de los problemas más graves de la nación y que tiene un costoso impacto en nuestra vida civil, social y económica.

Las nuevas circunstancias de la política nacional llaman a la responsabilidad y al cambio. Tarea que involucra y compromete a todos, más a quienes más poder tienen dentro y fuera del gobierno.

México frente al espejo II

En la encuesta nacional 2016 de GCE a la pregunta sobre la percepción de si el país va avanzando, retrocediendo o está estancado, apenas 17% de los 19,200 encuestados señaló que va avanzando. La mayoría, 55%, cree que está estancado y 26% retrocediendo. Estos indicadores son un reflejo del humor social, que plantea un contexto complejo y muy desafiante a todas las instituciones, no solo a la presidencial. En política, un ánimo colectivo como el de nuestros días afecta aLeer más... todos y todo, tiene implicaciones para la economía y es una presión incluso sobre nuestra convivencia. Un país que se siente en agravio no da para mucho bueno.

En este contexto de desencanto, enojo y escepticismo llama la atención que en seis estados más de 50% de los encuestados consideren que sus respectivas entidades van avanzando: Campeche, Sonora, Puebla, Guanajuato, Yucatán y Aguascalientes. Son entidades muy diferentes y no están exentas de dificultades, pero hay un quehacer de autoridades, empresas, organizaciones sociales y medios que hacen diferenciarse del resto. Por cierto, los estados en donde menos de 10% respondieron que van avanzando son Oaxaca, Veracruz, Tabasco y Chiapas. Los problemas políticos y los desencuentros cobran factura e impactan al ánimo colectivo.

La encuesta 2016 revela la geografía y la sociodemografía del descontento. Con el auxilio del motor de selección de datos(http://xdata.gabinete.mx) , se advierten diferencias importantes en los mexicanos sobre la percepción de la realidad y, consecuentemente, en el humor social. Así, por ejemplo, y este es un descubrimiento que rompe el paradigma de que a mayor edad mayor conformidad sobre el entorno en que se vive, mujeres con más de 55 años, con escolaridad de preparatoria o superior y que son usuarias habituales del Facebook, sólo 11% consideran que el país va avanzando, 46% opina que va retrocediendo y 43% ve a un México estancado.

Esta es una de las diversas variables que integran el capítulo del humor social. Conocer la satisfacción respecto de la situación económica, la seguridad pública; evaluar el clima de oportunidades, las acciones de gobierno y los términos de convivencia en una perspectiva de presente, pasado y futuro, nos permiten tener una idea más amplia e integral sobre el estado de ánimo de los mexicanos de hoy día, así como de las causas del descontento.

Nuestra percepción de la realidad no solo es resultado de lo que nos sucede y experimentamos de manera directa; también es producto de la manera como nos informamos y enteramos de lo que ocurre en el país, en nuestro estado o comunidad. Los resultados sobre esto son igualmente reveladores y nos permiten entender con mayor claridad el humor social existente. Así, por ejemplo, en la pregunta sobre el principal problema del país, en el conjunto de los encuestados la inseguridad tiene 31%, corrupción 17%, mal gobierno 15%, economía 8% y desempleo 8%. Pero si enfocamos la pregunta entre quienes utilizan Twitter, como principal red social, los resultados son: corrupción 31%, inseguridad 21%, mal gobierno 13%, desempleo 5%, economía 8%. Estos datos aluden a que el flujo de información de las redes sociales incide en nuestra percepción y perspectiva de la realidad.

Ciertamente la comunicación digital tiene un peso significativo en la conformación de la percepción y consecuentemente en las actitudes. Aunque la encuesta revela que solo 29% de quienes tienen cuenta en redes sociales, considera que es confiable la información pública y política en la red; la exposición a la comunicación digital es lo que cuenta y los flujos de información y de interacción que generan estas herramientas tecnológicas al alcance de todos, construyen una percepción más crítica del gobierno y de las autoridades y, por lo mismo, son más sensibles a los temas de la corrupción.

Esto se corrobora con otro aspecto del humor social que merece una cuidadosa reflexión. Las valoraciones de los encuestados sobre la situación del país son más negativas en comparación a las valoraciones de la entidad en la que viven. Así, 68% de los encuestados se manifiesta muy o algo satisfecho con su calidad de vida, y los estados en los que mayor satisfacción existe son Baja California Sur, Yucatán, Sinaloa, Nuevo León y Aguascalientes. Aún con valores por arriba de 50% en quienes se declaran muy o algo satisfechos, pero comparativamente los más bajos serían Chiapas, Guerrero, Veracruz, Oaxaca, Puebla y Tabasco.

Finalmente, no se puede asumir que el humor social sea determinante en la valoración que hacen las personas a sus autoridades. Lo que sí es claro es que ahora emerge una sociedad diferente respecto a la del pasado. La de ahora es más demandante y menos temerosa, enfrenta una mayor diversidad de problemas y habita cada vez más en el mundo digital. Es inevitable que las autoridades enfrenten mayores desafíos no solo para dar respuesta a las exigencias de la sociedad, sino para comunicar mejor lo que se hace y lo que los ciudadanos demandan y esperan de sus gobernantes. También es preciso destacar que no son homogéneos los grados de exigencia en el país. Los habitantes de la zona metropolitana del Valle de México, que incluye la Ciudad de México y la zona conurbada del Estado de México y por extensión Morelos, tradicionalmente han mostrado un mayor nivel de reclamo y demanda derivado de la complejidad de vida de las grandes urbes y que significan una menor valoración del desempeño de sus gobernantes de los tres órdenes de autoridad.

En el caso de la aprobación de los gobernadores, quienes muestran los números más elevados, en orden de mayor a menor, son: Campeche, Sonora, Yucatán, Guanajuato, Aguascalientes, Puebla, Durango, San Luis Potosí, Baja California Sur y Jalisco. Los valores más bajos de aprobación son Veracruz, Chiapas, Oaxaca, y Quintana Roo, entidades todas donde existe una percepción de agravio y por tanto, un acentuado mal humor social.

México frente al espejo

En 2007, cuando Gabinete (GCE) presentó la primera edición de la Encuesta Nacional, Gobierno, Sociedad y Política; de los 31 gobernadores evaluados entonces, 20 pertenecían al PRI, 7 al PAN y 4 al PRD. Nueve años después habrá 10 entidades gobernadas por el PAN (o sus coaliciones); 4 por el PRD y el PRI gobernará 15. Además hay un gobernador del PVEM y un independiente. La Ciudad de México sigue gobernada por el PRD. En el periodo ha habido 51 elecciones estatales, en 26 de éstas hubo alternancia del partido en el poder. De 2007 a 2011 la tasa de alternancia fue de 44%; de 2012 a 2014 fue de 50% y en los últimos años ha sido de 71%.

Estas cifras son indicativas de la velocidad del cambio y las transformaciones profundas en la sociedad. Los hábitos informativos y de entretenimiento se ofrecen de manera creciente en medios digitales y el llamado Smartphone es el instrumento protagonista de esta transformación. Atendiendo a esta consideración, en la nueva edición de la Encuesta Nacional a presentarse por GCE el 30 de agosto, además de un capítulo relacionado con la métrica del humor social y la evaluación de los gobiernos, se presenta uno relativo al acceso a internet en el que los encuestados responden sobre consumo, servicio y uso de redes sociales y la confiabilidad que le otorgan a la información digital.

El receptor de la información generada por un estudio de opinión es una persona activa. Los reportes estadísticos convencionales de estos estudios, como se exponen hasta ahora, no permiten explotarla de manera diferenciada y el cruce de variables es muy reducido. Por ello, GCE, sumándose al uso de las nuevas tecnologías, ha venido desarrollando una nueva forma de presentar la información para facilitar su entendimiento integral y acorde a la exigencia de esta nueva sociedad.

A partir de ahora, presentaremos nuestros estudios, a través de un sistema explotador de datos (X-Data) que permite leer la encuesta de manera abierta y con cruces de resultados diversos en tiempo real y a gusto del receptor. Así por ejemplo, la evaluación del gobernador no solo podrá ser consultada en la forma convencional, sino con cruces automatizados de todas las variables posibles en una investigación de esta naturaleza; por ejemplo, si quienes identificarse con un partido en particular, son más proclives al Facebook o a otra red social; si la generación de Millennials, que trabajan, que tienen instrucción superior y que son mujeres, o esa misma generación, que no trabaja y no tiene estudios, si son más afines a un partido, a una determinada calificación de su gobernante o un tema particular de preocupación. Todo, desde un Smartphone, haciendo uso de nuestra nueva herramienta de búsqueda de datos.

El pronóstico de alternancia se explica por la combinación de tres variables de contexto: la primera son los términos de la contienda. Es decir la concurrencia de candidatos/partidos con fuerza electoral. Conforme mayor sea el número de contendientes, el resultado se puede resolver con un porcentaje de votos relativamente bajo. Así, en los comicios de gobernador de junio pasado en Hidalgo, Oaxaca, Tlaxcala y Veracruz, el ganador prevaleció con menos de 35% de los votos. La otra variable se refiere al humor social que remite a la percepción presente y futura de la situación personal y familiar económica, de seguridad, de valoración de la corrupción y la calidad de vida, así como del rumbo que lleva el país o su entidad. Finalmente, hay una variable adicional, importante para la estrategia de los partidos en campaña, aunque no definitoria en el resultado: la valoración de las autoridades. Signo de los tiempos: si la autoridad está negativamente evaluada, el candidato de su partido, pierde; si la valoración es positiva, puede no ganar.

Las campañas de comunicación se realizan a partir de un análisis del entorno. Su margen de eficacia está limitado por las condiciones de la circunstancia, pero una comprensión de éstas permite maximizar la recepción y el impacto de la comunicación. Así, en los comicios pasados, se advierte la dificultad diferenciada de los candidatos del partido gobernante para mantenerse en el poder. Casi todos los casos se explican por el análisis del humor social y evaluación del gobierno. El reporte de GCE y la aplicación para explotar datos que le acompaña ofrecen una oportunidad para un análisis detallado y una interpretación libre y abierta de la información.

En la explicación de lo que acontece en política y las elecciones, con frecuencia se hace presente un interesado simplismo. La situación es mucho más compleja de lo que parece. Los rangos de edad, niveles socioeconómicos y afinidades partidarias, también deben asociarse a los hábitos informativos y a la inclusión o participación de redes sociales. Así, por ejemplo, en el análisis de los problemas o preocupaciones ciudadanas, el reporte muestra que quienes privilegian el Facebook ven en la inseguridad el principal problema por arriba de cualquier otro, mientras que para los usuarios de Twitter el tema de la corrupción adquiere relieve por arriba de la inseguridad.

Estimo que es mucho lo que tenemos que conocer de la nueva sociedad mexicana. Incluso creo que el desafío no es nada más local, sino metodológico y sociológico. Esto significa que es una cuestión de la sociedad contemporánea y que muchas de las herramientas convencionales en materia de comunicación y de conocimiento de la realidad como son las encuestas, deben actualizarse para poder responder con eficacia, bien sea para conectar mejor con la sociedad o el electorado, o para contar con información relevante y confiable de la realidad. A eso atiende este primer intento de asociar variables de evaluación de gobierno con humor social y acceso al internet. Es una mirada de frente al espejo.

En este contexto, el paso disruptivo del Presidente Peña Nieto al hacer de su IV Informe de Gobierno un ejercicio de comunicación política en el que se entreveran el mundo digital con formas diferentes, más abiertas, menos formales de comunicación, explora lo inédito a partir de la nueva realidad. Las reservas sobre la institucionalidad se han expresado incluso por quienes, hasta hace poco, cuestionaban la forma previa en la que se realizaba el informe presidencial o el evento mediático asociado a éste. Más allá de la valoración de los rituales institucionales ahora somos testigos de una forma de comunicación sobre la que debemos estar atentos para entenderla en sus resultados con apertura y visión de cara a los nuevos retos de la comunicación.

El peso de la percepción: humor social y alternancia

Para muchos efectos la percepción es la realidad. No es del todo, pero en una sociedad libre y abierta la percepción sí tiene muchas implicaciones y consecuencias, particularmente en el orden de la política. Conocer la percepción social es un desafío mayor, particularmente porque la diversidad social significa que no existe una forma única o visión de las cosas, sino múltiples perspectivas y de diferente intensidad o profundidad. Lo cierto es que hoy día, en los estudios de opinión, especialmente los asociados a la política, el conocimiento del humor social se vuelve sumamente útil para entender mejor lo que sucede y, especialmente, anticipar lo que viene.

Es mi convicción que las encuestas de intención de voto deben relacionarse con el estudio del humor social, hacerlo evitaría las sorpresas y los errores cada vez más frecuentes en los resultados de estos estudios. Asimismo, es imprescindible tener aproximación a esa realidad diversa no solo en las variables sociodemográficas convencionales, también, y es un esfuerzo mayor, en las diferencias geográficas.

El estado de ánimo de la población tiene mucho que ver con la evaluación del gobierno y también con la manera como las propuestas antisistémicas han ido ganando terreno en el ánimo electoral y que explica los fenómenos de alternancia y las dificultades que tienen los partidos gobernantes para mantenerse en el poder. En realidad estamos hablando de un movimiento en dos sentidos: por una parte, la percepción de ineficacia o de corrupción de los gobernantes afecta el posicionamiento del partido en el gobierno; por la otra, existe un ambiente de opinión que incrementa el costo o la vulnerabilidad de los partidos por el deterioro de imagen, casi siempre, asociado a la corrupción.

El 30 de agosto GCE presentará el reporte anual de evaluación en el desempeño de los mandatarios locales, incluyendo el de la Ciudad de México. En esta ocasión se le da un amplio espacio a dos temas de la mayor relevancia: primero, una aproximación al humor social en el país, entidad por entidad, y, segundo, un reporte sobre comunicación digital a partir de la relevancia en aumento del uso del internet y del teléfono móvil, asociado a las redes sociales y a los flujos de información y entretenimiento.

Es fácil hablar del humor social e inclusive lo es adjetivarlo. No es extraño que en algún momento del acontecer nacional se hable de que hay un mal humor social. Pero ¿qué se toma en consideración para “diagnosticar” una nación, cual si se tratara de una persona, que se encuentra en un momento de mal humor o de ánimo decaído?

Usualmente el diagnóstico del estado de ánimo o humor social de la nación se hace mediante la extrapolación de datos aislados que se emplean para decidir el matiz positivo o negativo del humor nacional. Ejemplos de estos datos son las percepciones de la ciudadanía sobre el rumbo del país, sus gobernantes, la seguridad, la economía, la salud, la educación, el índice de confianza del consumidor e inclusive, a veces, sobre los éxitos o fracasos de los deportistas o selecciones nacionales. La limitante de lo anterior reside en que dicho diagnóstico generalmente se hace, aspecto por aspecto y no de manera integral, a través de un modelo estadístico que válidamente conceptualice, primero las dimensiones que integran o que explican al humor social en conjunto y después las mida confiablemente.

Es necesario contar con un modelo que defina y dimensione el humor social y sus matices. Esto es que no conciba al humor social como un estado totalmente negativo o positivo, sino que lo presente como un concepto donde existen diferentes grados o matices. Una parte de la población puede estar descontenta, otra preocupada, otra tranquila y finalmente otra contenta, todo esto en un mismo tiempo.

El modelo que GCE presentará, se sustenta en cinco dimensiones o espacios que interactuando permanentemente explican los matices mencionados, a saber: economía personal; oportunidades de mejora económica; seguridad física personal; bienestar proporcionado por el desempeño del gobierno en turno; y, rumbo de la nación.

El modelo que presentaremos, toma en consideración las percepciones ciudadanas en las cinco dimensiones y las conjuga para generar clasificaciones, mutuamente excluyentes, que permiten asignar a cada respondiente en uno y sólo uno de los cuatro matices, es decir: contento, descontento, preocupado o tranquilo. Gracias a lo anterior se puede dimensionar “el tamaño” de cada matiz y con ello describir entonces la dirección, positiva o negativa que lleva predominantemente el humor de la nación.

Un tema importante a indagar es la asociación entre el humor social y el fenómeno de alternancia entidad por entidad. En el informe de GCE se podrá identificar si las entidades con un humor social “negativo” son los que mayormente optaron por la alternancia o si es una variable indiferente para explicar la manera como los electores deciden relevar del cargo al partido en el poder. Asimismo, un dato a considerar es la evaluación de los mandatarios estatales como un elemento para explicar igualmente la alternancia y los términos de la competencia política.

En la percepción que los gobernados tienen de sus respectivos mandatarios estatales existen diversas dimensiones del desempeño. En el pasado reciente se han presentado casos de gobernantes con un importante reconocimiento público por sus logros en materia de economía, seguridad, inversión en infraestructura y política social. Sin embargo, se advierte, como se muestran en los resultados de las elecciones recientes y en el reporte que presentará GCE, que, hoy por hoy, el valor dominante para la evaluación ciudadana del desempeño es la percepción sobre la probidad en el manejo de los recursos públicos.

Lo anterior no significa que las campañas, los partidos y el perfil de los candidatos se torne irrelevante sobre el resultado electoral. Más bien lo que se muestra es que la contienda se realiza en un entorno y en un humor social específicos y que las estrategias de comunicación y posicionamiento lo deben considerar, con el agregado de la complejidad por la influencia, peso y presencia de la comunicación digital. La próxima semana abundaré sobre algunos de los resultados.

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FeradoAbogado, administrador y analista político nacido en Chihuahua, México; Licenciado en Derecho por la Universidad Nacional de México y estudios de Ciencias Políticas en la Universidad de Texas Leer más...

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