Liébano Sáenz

Liébano Sáenz

Adiós, adiós a “the whole enchilada”

Las formas, modos y contenidos del mensaje del presidente Donald Trump ponen a prueba la prudencia. El exceso retórico del populismo que recurre a las generalizaciones y a los argumentos maniqueos, han sido utilizados por el presidente de EU desde su campaña electoral para hacer de México y los mexicanos una mala e inaceptable caricatura que provoca un sentimiento de rechazo nacional.

Las autoridades mexicanas han asumido un elevado costo político por apostar al diálogo y actuar con calculado cuidado frente a los excesos y desplantes provocadores del mandatario norteamericano. La indignación que se respira en las calles no necesariamente es lo mejor para un gobierno, y menos en materia internacional. Los opositores, como es natural, le han cargado la mano al Presidente Peña.

Es cierto que en el tránsito de candidato a presidente no hubo cambio, todavía peor, las expresiones del llamado discurso inaugural y las designaciones de su gabinete, despertaron preocupación. Las circunstancias de una postura que pasó de ser personal a política de Estado, generó un conflicto diplomático que obligó al Presidente Peña a suspender su entrevista y a reiterar que México no pagaría por el muro propuesto por su contraparte. Por su parte, Donald Trump sólo le ha bajado unos decibeles al tono de su principal propuesta de gobierno, pero insiste en que encontrará la manera para que no sea el contribuyente norteamericano quien costee una obra para protegerse, supuestamente, de un enemigo externo. A su juicio, México y los mexicanos.

Pero la comparecencia de Trump ante el Congreso norteamericano ofrece así sea muy lejanamente un cambio que quizás sea algo más significativo de lo que ahora se aprecia. La realidad es que cualquier proyecto político genera una tensión entre lo que se pretende y lo que se hace; entre lo que se cree y lo que es; entre lo que se postula y lo que se practica. Conforme más radical es el proyecto, mayor es la distancia entre ideología y pragmatismo. Inevitablemente un proyecto como el que estamos viendo enfrentará múltiples dilemas para, al final, descubrir una realidad: México es un aliado imprescindible en materia de seguridad y es un socio confiable, por cierto, también muy útil en el objetivo de volver más fuerte a Norteamérica, el eje del proyecto Trump.

La buena noticia es que en el entorno del nuevo gobierno parecen ganar terreno quienes hacen de la economía el centro de atención frente a lo ideológico. Cuidar la economía es privilegiar la competitividad, y para ello es indispensable la presencia de la fuerza laboral mexicana, igualmente la proveeduría de las empresas de y en México. Libertad de comercio y mexicanos en EU son parte necesaria para que las empresas norteamericanas puedan ser competitivas. Además, un efecto de la política fiscal favorecedora a la inversión, que es lo que se espera, fortalecerá al dólar y esto repercute en la competitividad de la economía norteamericana. Casi como aritmética, se puede anticipar que de ganar terreno el objetivo económico, la perspectiva hacia México será más positiva que lo que hasta ahora se percibe.

Pero no debe haber espacio a la confianza, y la negociación con el vecino deberá hacerse desde una posición firme, de fuerza, pero sin aspirar a que nos compren lo que nunca nos han dado, “toda la enchilada”. Para ello es preciso tener claridad no solo de los principios y valores indeclinables, también de las ventajas que tiene México y sus cartas fuertes respecto al vecino en todos los temas: seguridad, comercio, migración y política ambiental. También debe hacerse una revisión de muchos puntos que se han vuelto fijación y que sin ser imprescindibles, distraen atención para resolver lo fundamental.

Así, por ejemplo, la pretensión de ciudadanizar a los mexicanos en Estados Unidos no necesariamente debe ser vista como un objetivo; lo realmente relevante es el respeto riguroso e indeclinable a sus derechos humanos y su trato digno. Deberán explorarse vías que funcionaron en el pasado pero que se olvidaron, como son los esquemas de empleo temporal. Esto beneficia al migrante y también a las dos naciones. México, por su parte, no pierde un capital humano necesario para el desarrollo de muchas de sus regiones, algunas de ellas muy pobres. La idea de una reforma migratoria es competencia del país vecino y seguramente atendería a la necesidad de certeza a la fuerza laboral, resolviendo el problema de la ilegalidad.

Vivir en un mundo disruptivo

El mundo ha sido tomado por sorpresa en muchos sentidos. Por ahora la atención se centra en la política y particularmente la manera como propuestas extremas han ganado ascendiente y acceso al poder institucional. La salida de la Gran Bretaña de la Unión Europea no es un evento, sino una secuela de acontecimientos donde el populismo de derecha cobra el mayor relieve en la definición del futuro. El arribo al poder de Donald Trump es otro capítulo, sin duda el más relevante, de este proceso.

Lo disruptivo no solo está en la política, también se hace presente en la economía, en la tecnología, en lo social. La revolución tecnológica ha ido transformando de manera profunda a las sociedades y a las naciones. Aquí lo hemos dicho, la comunicación ha ingresado a un nuevo paradigma, un desafío para la política, el gobierno y también para las instituciones propias de la democracia representativa. Un nuevo ciudadano emerge, a la vez de que el mundo digital abre nuevos derroteros a la participación y a la comunicación políticas.

En lo político no deja de ser sorprendente que los países más avenidos a la democracia liberal y ganadores en la defensa de la democracia contra el totalitarismo, como Inglaterra y Estados Unidos, sean en los que el populismo nacionalista haya cobrado mayor fuerza. Lo que ahora se asume desde el poder, es el desconocimiento a ese legado donde la libertad y su negación cobraban referencia en un muro que dividía a familias de una misma nación. Un contraste lo es hoy Alemania, que se reafirma como el país con mayor vocación liberal y más apertura a los nuevos tiempos del mundo y de la civilización contemporánea. Más que los modelos, las actitudes de la clase política y de su ciudadanía muestran un mar de diferencia y eso tiene que ver con la capacidad de cada nación de aprender de su historia.

Parte del problema que ahora tenemos es la pasividad de las élites ante la transformación en curso. Ceden las ideologías, y los aparatos gubernamentales se centran con mayor o menor éxito en la gestión administrativa; se deja de lado la necesidad de legitimar lo que existe y de revisar los procesos de transformación que impulsa la modernidad. Quizás así sucede por que no se entienden esos cambios tan dinámicos, o porque el mismo modelo disruptivo reduce al tradicional aparato político y de gobierno a una reliquia a superar por el activismo populista.

Las empresas se mantienen ajenas al proceso de legitimación del orden de cosas y de las expresiones y reacomodos de la globalización. Las nuevas entidades que incursionan en la economía están muy en lo suyo: maximizar utilidades y participar proactivamente en el vértigo de la innovación, al igual que la burocracia financiera que les acompaña en su irrupción en el mundo empresarial. Los perdedores de la globalización y de la integración con el flujo de personas, mercancías y dineros se cobran la afrenta empoderando a proyectos de ruptura institucional de corte conservador, xenófobos y excluyentes, todo esto arropado por el nacionalismo.

El conflicto está a la vista; no se da entre naciones, sino entre visiones del mundo y de la economía, y su escenario está al interior de los mismos países. Hoy las sociedades norteamericana y británica están más polarizadas y divididas que nunca. El señor Donald Trump tiene un segmento de seguidores que está decidido en darle su apoyo, precisamente por su visión del poder. A pesar de los errores y particularmente de su confrontación hacia muchos lados, algo que debe preocupar es que mantenga niveles de aprobación todavía significativos. 4 de cada 10 norteamericanos se muestran reconocidos en el actuar, hacer y decir del nuevo presidente. No es poca cosa.

Nuestro tiempo es de transición y reacomodo. Las instituciones y la política deberán renovarse y ajustarse a la nueva realidad. El proceso ha sido lento y esto explica las rupturas, también la dificultad que existe de pensarnos en un nuevo mundo, no el que viene, sino el que ya existe y que día a día hace evidente que llegó para quedarse. Los gobiernos y los partidos históricos revelan la presión a la que están sujetos. No adaptarse se vuelve condena, de la misma forma que ha ocurrido con grandes empresas que por no entender su circunstancia hoy son historia. La democracia liberal y sus instituciones deberán transitar por un proceso de deconstrucción para no perder actualidad y sus principios no sean arrollados por los vientos del cambio, por ahora impulsados por la marea autoritaria y conservadora.

Pluralismo, disenso y unidad

Sin minimizar las dificultades actuales y la incertidumbre, así como los riesgos que el presente impone, soy de quienes piensan que el país está ante una gran oportunidad de cambio y transformación. Mi optimismo no se origina en la política o en alguna de las opciones que desde ahora se vislumbran con miras a la renovación de los poderes públicos en las proximidades del horizonte sexenal; las razones para creer en mejores tiempos para México están en la propia sociedad y su dinámica, en lo que hemos ido construyendo en las últimas décadas.

Soy de quienes invocan la unidad, pero no en términos convencionales. Esa, no creo que sea útil ni funcional. La unidad que se requiere es la de propósito, la de identificar un objetivo compartido sobre el cual construir una ruta. La unidad que se necesita debe ser consistente con el pluralismo, la crítica y las libertades. Como la entiendo es una forma de defender lo que hemos logrado, y de acrecentar y potenciar lo que somos y lo mejor que tenemos, que no es poco.

Como tal, la indignación o el miedo son armas de doble filo; pueden llegar a constituirse en una enorme fuerza movilizadora y transformadora, aunque también pueden operar en sentido contrario, esto es, paralizarnos, prohijar la restricción de las libertades, cerrarle espacios a la tolerancia y hasta ser capaces de destruir la idea de futuro compartido. Los nacionalismos de los países desarrollados y especialmente el de EU ofrecen lecciones dolorosas de cómo lo antisistémico es capaz de promover, impulsar y llevar al poder proyectos que van contra los fundamentos de la civilidad que se acompaña a la democracia liberal. La insatisfacción con el orden de cosas nos debe llevar a cambiar para mejorar, no para destruir, menos para excluir o marginar.

En este ánimo de unidad es preciso que México se reencuentre con lo mejor de sí mismo. En la base social hay fuerza, orgullo y carácter. También en la economía: México es la suma de muchas historias de éxito que por igual incluye a personas, comunidades, así como las pequeñas y grandes empresas. México es una potencia económica que tiene un lugar muy destacado en el mundo por su tamaño y potencial; comparativamente su desempeño no es desastroso, más bien al contrario, sin llegar a ser espectacular. Ocurre no por la política, sino a pesar de ésta. Así, las variables asociadas a la calidad del gobierno nos ubican en lugares muy distantes, inmerecidos a la calidad de la sociedad y de lo que se está haciendo desde la sociedad en la economía. Es momento de insistir: las historias positivas se hacen presente por lo que hacen la sociedad o las personas, no los gobiernos.

Estoy cierto de que México debe volver la vista más a sí mismo y menos a la política. Confiar más en el potencial de sus ciudadanos, de sus empresarios, de sus trabajadores y ver con reserva lo que prometen o se proponen hacer sus representantes y autoridades. No es para ignorarles, sino para que todos entiendan, incluso quienes están en la representación institucional, que la fuerza mayor de la nación está en su gente, en lo que hace y produce, en los hombres que se esfuerzan por mejorar y construir en el día a día un mejor porvenir para sus hijos.

Las debilidades que tenemos como nación están a la vista. La impunidad es el origen de muchos de nuestros problemas. También la complicidad va anulando el potencial transformador a través de las instituciones. Pero insisto, la dinámica social y económica genera su propia inercia y allí está el punto de partida para mejorar y construir un mejor país. Es el cambio más sólido, porque se origina en el cumplimiento que cada quien hace con lo debido, aquello que tiene que ver no sólo con la ley sino con la ética. Es acreditar en los hechos el civismo que de muy jóvenes nuestra generación aprendió de los libros y especialmente del buen ejemplo de nuestros maestros y de nuestros mayores.

La difícil unidad

En Memoria de Luis Donaldo Colosio, quien merece ser recordado siempre, más en su natalicio

Mañana domingo tendrá lugar la marcha que convoca a la unidad, de cara a la amenaza que representa el gobierno de Donald Trump a México y a los mexicanos. Sin embargo, desde el inicio ha habido espacios de ambigüedad o contradicción que comprometen o según algunos, estigmatizan el objetivo que se pretende. En efecto, los convocantes, el motivo, el recorrido y hasta las horas de la movilización, son motivo de desencuentro. Si de lo que se trata es de dar un mensaje inequívoco de unidad, los mismos organizadores han puesto en entredicho el objetivo.

La sociedad norteamericana está dividida; fue el sentimiento antisistémico lo que llevó a Trump a la candidatura republicana y después a la Presidencia. Algo parecido está ocurriendo en México. La globalización y el cambio económico dejó en EU a muchos damnificados; con rapidez se acogieron al discurso fácil de culpar al vecino y a la promesa falsa de resolverlo con decisiones de fuerza. Trump ganó por el apoyo decidido de amplios sectores de la población distanciados del orden de cosas prevaleciente. Es una mezcla preocupante porque de por medio están la polarización, el prejuicio y los sentimientos más peligrosos como son la intolerancia y el rechazo al tercero.

En México puede suceder algo semejante, aunque aquí los damnificados no son por la economía, sino por la política. Hay un segmento de políticos que han perdido espacio institucional de participación y que ahora hacen de la lucha contra la corrupción un medio eficaz, válido y arropador de participación política. La crítica al poder es necesaria y no puede descalificarse por las credenciales, antecedentes o intenciones de quien la emprende. El tema no es el mensajero sino el contenido.

De alguna manera esto es lo que estará presente en la marcha de mañana. Frente a la realidad de que el representante de México ante el vecino insolente y amenazador es el gobierno, y que en el régimen presidencial éste se hace representar por el Presidente de la República, una parte –la antisistémica- de los que invocan la unidad, reclaman anteponer primero la lucha contra la impunidad en México, en una clara y a su vez legítima intencionalidad política de rechazo al gobierno.

Pero no se pueden las dos cosas: o se invoca la unidad frente a la amenaza que representa el gobierno de Trump con todo lo que implica, o se moviliza a la sociedad para repudiar al gobierno nacional. Las dos acciones son válidas, pero en el contexto de mañana las hace incompatibles. Hacer lo segundo compromete a lo primero, incluso debilita al país para encarar la amenaza. Es un dilema al que debe responderse con claridad y no con voluntarismo.

Son muchos los convocantes que están en la primera postura y es explicable al menos desde el punto de vista histórico. Las peores derrotas de México frente al exterior se dieron precisamente por lo que ocurre ahora, la división interna y una autoridad debilitada desde adentro. Soy un convencido de que como tal, las exigencias para mejorar la calidad de gobierno no deben ceder, pero hay otros espacios y momentos. Lo que requiere el país hoy es enfrentar la amenaza –real y auténtica- y para eso hay que estar unidos. Cuando no hay visión y perspectiva, las mejores intenciones conducen al peor de los resultados.

En la actual circunstancia la crítica al gobierno es muy rentable y cómoda. Genera simpatía, expía culpas, lava pecados y coloca a quien la ejerce en el plano de lo políticamente correcto, más si esto se hace en el terreno de la academia, de los medios o de la llamada sociedad civil. Insisto es una tarea que debe ejercerse, sin importar la motivación, la autenticidad o la posible causa subyacente de quienes la ejercen. Desde luego que hay una necesidad de mejorar el gobierno y para ello abatir la impunidad es imprescindible; pero ello implica y compromete a mucho más, entre otras cosas, que cada quien desde su propio espacio cumpla con el código de integridad al que se está obligado. El cambio empieza en uno mismo y cuando así ocurre es generador de grandes transformaciones.

Aquella batalla hay que seguirla dando, pero no podemos perder de vista que lo cierto es que el país, no solo el gobierno, enfrenta en estos días un desafío monumental e inédito. Cierto es, y aquí lo hemos dicho, que las debilidades que tenemos como nación se generan en su interior. La desigualdad, la precaria cultura de la legalidad y la impunidad afectan al cuerpo nacional y no solo es un tema de imagen o percepción, sino que como se está viendo en las horas previas a la marcha, son lastres que obstruyen la cohesión social, generan encono político y mediático, y dificultan el consenso sobre temas fundamentales y la legitimidad de las autoridades y los representantes.

No obstante, debemos actuar con perspectiva y con cuidado. En el capítulo más reciente México ha sido objeto de cuestionamiento en el fuego cruzado entre los medios de comunicación y el equipo de gobierno del Presidente Trump. Medias verdades y mentiras completas son parte de los obuses de un lado; del otro, filtraciones o inventos alimentan lo que parece ser una competencia al interior del equipo del Presidente Trump..

No se sabe si es mejor o peor, pero además de una postura ideológica y política regresiva, al nuevo gobierno norteamericano le caracteriza una evidente inexperiencia y torpeza políticas. El problema para México es que la opinión pública nacional debe actuar con reserva del hecho de que cada encuentro, llamada o entrevista da lugar a una controversia con efectos adversos para el país y el gobierno.

La unidad es difícil, pero ahora es una cuestión fundamental para el interés de todos, no solo del gobernante. Creer lo contrario es pensar en que México sólo es la coyuntura que vivimos, que no tiene pasado y no tendrá futuro. Y eso no nos lo van a perdonar las generaciones del porvenir.

El juego detrás de la llamada

No son pocos ni menores los malquerientes del Presidente de México. No me refiero al humor social propio de estos tiempos, que castiga al gobernante de manera severa y que ignora sus resultados. En la actual circunstancia, hay que observar además, a los enemigos gratuitos o interesados, que tiene una administración que corre su quinto año del sexenio en un entorno internacional plagado de incertidumbre. En el afán de cobrar afrentas, pasar facturas o tratar de descarrillar por consigna o conveniencia política, esos enemigos no deparan en el daño que puedan hacerle al país. Este ha sido el caso del supuesto contenido de la llamada entre los presidentes Trump y Peña Nieto.

La experimentada periodista Dolia Estévez, conocedora como pocos del mundo político en Washington, hizo eco de una versión cuestionada y cuestionable en la que supuestamente el Presidente de EU maltrataba a su par y le amenazaba con el cargo de enviar tropas norteamericanas, bajo el supuesto infundado del temor de las fuerzas armadas mexicanas para hacer frente al crimen organizado. La versión fue propalada en entrevista con Carmen Aristegui. No importa el prestigio de la fuente, el periodista tiene la obligación de verificar y poner toda su experiencia, como la tienen Carmen Aristegui y Dolia Estévez para no ser pieza de un juego en el que solo su imaginario les hace sentirse jugadores.

Carmen, Dolia y Associated Press fueron, sin querer, no tengo duda, piezas de un juego ajeno. A las pocas horas de la interesada filtración, AP tuvo que matizar lo señalado, una manera amable de decir que fue objeto de engaño y consecuentemente de manipulación. CNN, casa de prestigio para la que trabaja Aristegui, dio una versión diferente del mismo pasaje. Lo cierto, según pudo definirse con el paso de las horas, es que la información filtrada tergiversaba los hechos y fue sembrada con un deliberado propósito que poco tiene que ver con el interés de México. Como es común, las redes sociales se recrearon en la mentira y uno que otro medio se hizo eco de la falsedad.

Ya se dijo hace tiempo. La amenaza que representa Donald Trump lo es para todo el país, no solo para el gobierno o para el Presidente. Es mucho lo que está de por medio y esto implica cuotas de responsabilidad mayores, incluso por quienes tienen declarada públicamente su enemistad con Peña Nieto. Blindar al país de la agresión es tarea de todos. La amenaza, hay que insistir, es real e inédita. Lo es para México y también para el mundo. Lo que está de por medio no solo son los intereses económicos, sino la soberanía nacional, así como los derechos humanos de nuestros connacionales. Todo se puede esperar y por ello hay que estar alerta.

La libertad de expresión y la crítica al poder no excluye la responsabilidad y el cuidado que se deberá tener en la nueva realidad a la que ingresa el mundo con Donald Trump en la Presidencia. Quizás para algunos el ejercicio del oficio es lo único que vale, sin importar que, sin proponérselo, se vuelvan piezas de un juego ajeno que tiene como objetivo someter a México y a los mexicanos a través de la presión sobre quien nos representa. No es la unidad a ciegas ni mucho menos incondicional, lo que nos plantea el momento; lo que demanda es justamente conciencia de todos los actores, públicos y privados, incluidos los medios de comunicación, del reto que nos toca afrontar.

El gobierno ha actuado con obligada prudencia frente al difícil entorno que vivimos. Es explicable que el señor Trump candidato y ahora Presidente despierte reserva y rechazo en México y en el mundo, pero el gobierno debe actuar con inteligencia, así siga exasperando a algunos. Lo importante es tener claridad de qué es lo que se debe cuidar y defender, y que el explicable deseo por una buena relación no se vuelva en contra de una buena negociación.

En el marco del diálogo se debe entender que la contraparte no tiene apego a las normas convencionales de la diplomacia y hasta de la decencia política. De hecho, el magnate que habita la Casa Blanca ha abierto muchos frentes y muchos desearían que fuera México quien sirviera a la causa de ellos, provocando un desgaste del nuevo presidente norteamericano. En ese sentido, no deja de ser muy sospechosa la filtración de supuestas transcripciones de la llamada. Una línea apunta al error político del equipo cercano, los duros de Trump, quienes en el deseo de darle imagen o fuerza al Presidente en la nueva diplomacia internacional, manipularon informes y generaron una bola de nieve que se les revirtió porque hasta para los más radicales republicanos, la posición es por donde quiera que se le vea, un exceso.

La agencia AP ha tenido que corregir porque advierte que lo que dijo el día previo no se corresponde a lo que ocurrió. Fue objeto de manipulación por esos intereses que están en competencia, incluso dentro del mismo equipo del nuevo Presidente, no necesariamente por quienes se advierten amenazados y quieren que México sea la punta de lanza que acelere el proceso natural de desgaste de la imagen de Trump que en apenas una semana, ya han comenzado a registrar las encuestas.

Lo importante es que México en su conjunto -gobierno, sociedad organizada y ciudadanos- debemos aprender a actuar en un escenario no solo incierto, también amenazante. Se trata de tener visión de largo plazo, con la perspicacia propia de la diplomacia y política y también del buen ejercicio periodístico. El juego obligado es de claridad estratégica en unos, prudencia en otros, y visión del conjunto de unidad en lo fundamental.

Son muchos los capítulos que vienen por delante. La presidencia de Donald Trump apenas inicia, y México muy pronto estará en la dinámica política propia de la sucesión. Es fundamental que a pesar de las diferencias, de la competencia por el poder y el anhelo ciudadano propio de la renovación, no se trastoque lo que debe ser una política de Estado para encarar con éxito el desafío en puerta.

Son tiempos diferentes y esto obliga a una conducta distinta respecto al pasado. Así lo debemos hacer todos, especialmente quienes más poder e influencia tienen.

Es la hora de México

El presidente Donald Trump plantea un desafío monumental al sentido común. Ha desmentido a quienes pensaban que ya en la Presidencia, dejaría de lado el papel del candidato irreverente que estelarizó de manera magistral en campaña, para dar paso a la prudencia a la que obliga el ejercicio del poder. Ha pasado apenas una semana, y ya no se sabe cuál es peor, el candidato o el Presidente, con la diferencia de que ahora el riesgo y el peligro son considerablemente mayores.

Lo de menos en torno a este personaje es la impopularidad o el rechazo que esperamos pudieran generar sus arrebatos con el paso del tiempo en amplios sectores de la sociedad norteamericana y del mundo entero. Lo relevante hoy es que el presidente Trump está convencido de la causa que le acompaña y de un mandato fincado en confrontar y descalificar a todos, lo mismo a la prensa, que a los adversarios políticos y a un buen vecino al sur. Es un político al que hay que tenerle la mayor de las reservas. Los mexicanos nos sentimos particularizados en su malquerencia y desplantes, pero la realidad es que todo el mundo tiene razón para sentirse amenazado y/o agraviado.

Por principio de cuentas, se debe tener claro que es presidente, aunque con su conducta demerite tal investidura, y ello obliga a otorgarle un trato de respeto institucional. Quiérase o no, es el representante de los Estados Unidos, que resulta ser, además, el país económica y políticamente más poderoso y por si fuera poco nuestro vecino y principal socio comercial. Además, hay una relación de interdependencia entre México y Estados Unidos; ambas naciones se necesitan. El problema que enfrentamos es que el racismo del Presidente norteamericano y de su grupo nos lleva inevitablemente al terreno de la confrontación.

Cualquier análisis sobre el entorno que vivimos en estas horas, debe tener presente que lo que para los mexicanos puede parecer extremadamente impopular, no necesariamente lo es para la mayoría de los norteamericanos. En amplios sectores de la población norteamericana hay un rechazo a la política convencional y al orden de cosas existente. Incluso uno de los temas más peligrosos y polémicos del presidente Trump, que es su ataque a los medios de comunicación y que hace despertar dudas sobre su capacidad política, se da cuando éstos, según Gallup, están en su momento más bajo de credibilidad. Mucho de lo que dice de México y los mexicanos es compartido por amplios sectores de la sociedad norteamericana. No en balde Trump ganó la elección presidencial con esa propuesta.

Otra cosa que debemos considerar es que no se puede caer en el supuesto del fracaso que acompañará al gobierno de Trump. Quizás así sea en el largo plazo, pero no necesariamente en el corto y quizás tampoco en el mediano. Los indicadores de inversión y los mercados financieros le están dando el beneplácito. La reestructuración de la economía con bajos impuestos podría darle un impulso importante a la inversión, aunque también generaría un problema de déficit y, si éste, se pretende resolver a través de la reedición del proteccionismo con gravámenes a las importaciones, llevará a la pérdida de competitividad y al disparo de un proceso inflacionario. Pero eso tomará tiempo.

El gobierno de México debe actuar con extrema cautela. No caer en la provocación, pero tampoco ceder terreno. Bien por aclarar que el país no pagará el muro del señor Trump. La propuesta relativa a cobrar un impuesto de 20% a todas las importaciones representa una muy mala noticia para México, para China y para los norteamericanos, pues el incremento de impuestos necesariamente se trasladaría al consumidor en Estados Unidos, quien finalmente pagaría el muro del señor Trump.

El escenario es complicado y explicable es también la exasperación de muchos en México, Estados Unidos y en resto del mundo, respecto a los desplantes y arrebatos del presidente norteamericano. Pero nuestro gobierno, insisto, debe actuar con cautela. Bajo ninguna forma minimizar el riesgo y la necesidad de mantenerse alerta. Preparar escenarios y, especialmente, actuar sin complejos. México es un gran país; la economía norteamericana requiere de México y de los mexicanos, como consumidores, trabajadores y productores. Pero además de eso está el tema de la seguridad. México ha sido un leal vecino. El anhelo por una frontera segura así como la conveniencia de un flujo legal y ordenado de personas y mercancías, es compartido por las dos naciones.

México tiene muchos problemas por seguir políticas globales impuestas desde los Estados Unidos en materia de seguridad, especialmente la relativa al tratamiento criminal al comercio y consumo de drogas. La colaboración de México ha quedado acreditada y ha operado más en función de los intereses del país vecino que del propio, de otra forma las iniciativas para la despenalización de las drogas hubieran avanzado, como sí ha ocurrido en el propio territorio norteamericano.

El gobierno no debe dejar de mostrar disposición al acuerdo y la negociación. Pero cuidando las condiciones que hacen de México un país de oportunidades para la inversión y un aliado de la seguridad hemisférica que tanto interesa a Estados Unidos. Una actitud prudente es desgastante para la opinión pública, pero es lo correcto para salvaguardar el interés nacional. Acordar no significa ceder, tampoco someterse. Es la vía para hacer valer la causa de los mexicanos y para actuar de manera constructiva en una relación entre países desiguales y ahora gobernado por un equipo predispuesto a la confrontación y pleno de prejuicios sobre México.

Hay que ver a la historia y aprender de las lecciones más dolorosas para no descartar ningún escenario ni caer de nuevo en la sorpresa. Sobra decir que el desafío Trump demanda unidad, pero exige, sobre todo, valorar los recursos con que contamos, y actuar de frente y con firmeza ante las nuevas circunstancias. Creo que si confiamos más en nosotros mismos, podemos hacer de estos momentos de incertidumbre, el sólido principio hacia una nueva historia de fortaleza y prosperidad.

El mensaje tras la extradición

La entrega a las autoridades norteamericanas del detenido Joaquín Guzmán Loera es un acto que tiene muchas implicaciones por el momento en el que tuvo lugar, pero del que nadie duda un saldo favorable. El país gana y el gobierno del Presidente Peña recupera iniciativa en la relación con el nuevo gobierno norteamericano y el Presidente Donald Trump. Es una decisión política, que tiene sustento legal.

La Presidencia tiene más recursos de los que suele considerar la opinión pública. También más limitaciones de lo que muchos suponen. Para México el arribo del nuevo gobierno en el país vecino es uno de los mayores factores de incertidumbre. No solo tiene que ver con negocios, comercio y migración, suficientes para preocupar y pensar con cuidado qué debe hacerse para cuidar los intereses del país. También de por medio está el tema de seguridad nacional. Los dos países tienen posturas diferentes en muchos temas, pero desde hace tiempo hay un entendimiento sobre la seguridad hemisférica y la de ambas naciones.

México no solo es un socio comercial o portador de la fuerza laboral que de siempre ha requerido la dinámica economía norteamericana; también ha sido un vecino leal en el mejor sentido de la expresión, por un sentido compartido de seguridad nacional. Los conflictos y las tensiones de la historia reciente entre los dos países se han resuelto civilizadamente; no siempre de manera equitativa por la asimetría económica, pero siempre ponderando la condición de vecinos y de socios.

Pero más allá de lo que hemos vivido, la realidad es de que hoy en día no hay certeza de lo que habrá de ocurrir con el Presidente Trump. Para todos es una sorpresa. Todo se puede esperar. Su origen, formación y el sustento político que lo llevó al poder desafía al sentido común y a los principios compartidos de la política. Ha llamado al gobierno a personas de talento y prestigio, pero muchas de ellas sin la familiaridad propia de la política o incluso sin experiencia en el servicio público. Lo nuevo de ahora son los perfiles que contrastan con los gobiernos previos, y también porque son muchos los que presentan tales características; gente venida de las grandes corporaciones o de los sectores sociales más conservadores.

Hay que considerar también que la incertidumbre no se limita a la relación comercial o migratoria. Lo más grave y más serio, quizás de poca atención en el país, se refiere a la paz mundial y a la seguridad hemisférica. Del nuevo Presidente sorprende a propios y extraños su ligereza en muchos temas fundamentales. Hay verdadera preocupación en el mundo por el cambio que pretende impulsar, quizás sin deparar en su viabilidad y en sus consecuencias.

Precisamente por ello, la entrega de Joaquín Guzmán Loera es una de las decisiones de estrategia que permiten recordar a la opinión pública norteamericana, al Congreso –factor de considerable influencia- y a los sectores de poder, que México no solo es un productor de bienes y exportador de mano de obra, también es un factor importante en la seguridad de ese país y que por lo mismo no se le puede tratar a la ligera ni con descuido.

Fue un acierto del Presidente Peña Nieto que la extradición ocurriera en el gobierno del Presidente Barak Obama. Así es no solo como reconocimiento a un amigo y aliado generoso. También es corresponder a la insistencia de la Procuradora Loretta Lynch, quien había requerido en privado y público la extradición del delincuente. Con la extradición, se corona una historia: Obama concluye su Presidencia, y en perspectiva hay un gran acontecimiento que marcó su administración, el aniquilamiento del autor intelectual del ataque del 11 de septiembre de 2001, Osama Bin Laden. Gracias a México, la administración Obama cierra y lo hace con otro evento significativo: someter a proceso en suelo norteamericano al delincuente más buscado.

En el contexto internacional también México gana mucho con la decisión tomada. Quizás para muchos el camino obligado hacia el nuevo gobierno era la confrontación y la respuesta frontal. Hacerlo sería igualarse en términos de la civilidad a la que están obligados todos los jefes de Estado. Solo Donald Trump, Nicolás Maduro o los representantes de los regímenes totalitarios rompen con este principio de la política. Bien se ha dicho que la diplomacia es la continuidad de la guerra solo que por otros medios. El acto del Presidente es una acción que reivindica al país y a su gobierno de cara a un escenario inédito por las características singulares de quien llega a la Presidencia.

También es importante para las agencias norteamericanas y especialmente para las de inteligencia que han sido inexplicablemente golpeadas por el nuevo presidente, la entrega del criminal. En un momento crítico para éstas, quizás el más grave de toda su historia, un caso fundamental para éstas llega a su parte terminal, esto es, llevar a la justicia al inculpado de invadir con drogas su país, de lavar dinero y también de conspirar en territorio norteamericano para secuestrar y enviar a México personas para asesinar o ser asesinadas y armas.

Los dichos de un detenido poco valor tienen. Es inevitable la especulación ociosa de lo que podría decir Joaquín Guzmán en el afán de lograr gracia de sus perseguidores. Por ello debe haber reserva de sus declaraciones. Las autoridades mexicanas y norteamericanas deben ratificar la voluntad de cooperación y entendimiento, como ha ocurrido en los últimos años para hacer frente al crimen organizado.

La extradición es un expediente extremo que en otros países ha generado problemas serios por la resistencia de los delincuentes. En la primera reaprehensión de Joaquín Guzmán no se respondió con sensibilidad a la solicitud de las autoridades norteamericanas, bajo la tesis de que los delitos cometidos en México debieran ser ejemplarmente sancionados. La segunda fuga puso en entredicho a las autoridades, las que afortunadamente pudieron reaprehenderle. La decisión de las autoridades no era extraditar o no, sino el momento en el que tuviera lugar y el mensaje que causaría. Con la extradición, México responde al nuevo gobierno. Una decisión de altura, trascendente y que pone en buen lugar a la diplomacia mexicana.

Tiempos de incertidumbre

Nadie con un poco de seriedad, puede darse licencia para regocijarse con la difícil circunstancia por la que transita el país. Muchos asumen que los apuros los tiene el Presidente, el PRI o a lo sumo, la clase política. La verdad es que los problemas, el riesgo y el desafío nos alcanzan a todos; no se trata de alarmar, sino de que se entienda en su justa dimensión lo que sucede para que cada quien, desde su propio espacio, tenga claro que tendremos que esforzarnos para, de la incertidumbre o de la adversidad, construir oportunidades.

Obvio es decir, por lo que está de por medio, que los actuales son tiempos para mantenernos unidos. Se requiere no tener sentido de la realidad y perspectiva, para creer que la unidad puede generarse en automático. Los términos convencionales para lograrla han perdido eficacia y hasta sentido. La unidad de antes era orgánica, elitista, jerárquica, formal y con objetivos específicos. Lo de ahora debe ser horizontal, más un entendimiento que un acuerdo textual; su espacio no está en las oficinas o los presupuestos, sino en las conciencias y actitudes. El propósito general, hacer valer el interés de México, es lo que debe estar de por medio. El contenido corresponde a la realidad y tarea de cada quien: el maestro, enseñar; el trabajador, producir; el empresario, invertir, administrar y pagar impuestos; el legislador, representar para dar sentido y contenido a su investidura; el gobernante, cumplir los términos de su mandato con honestidad y compromiso de ética pública.

Los días inéditos que hemos vivido al arranque del año, han mostrado que el paradigma convencional para llegar a la unidad ha sido superado; que lo que compromete lo que se ha pretendido no son las diferencias, sino la eficacia. Es un hecho positivo la externalidad de buena voluntad y disposición de sectores representativos; pero es mucho más trascendente y útil que se promueva con hechos, una nueva forma de ver, entender y actuar frente a los retos que el presente nos depara.

Lo más elemental, pero quizá lo más difícil, es desterrar el pesimismo y la negatividad que tiende a socializarse en el tipo de circunstancias que vivimos. Esto a nada conduce y sí mina la voluntad de superación, porque lejos de ser un facilitador de soluciones, ese ánimo encendido lo que hace es recrear en el imaginario culpas externas e internas y hacia allá se remite la precipitada condena popular que sólo distrae la energía que el momento requiere. Habrá razones sobradas para reprobar a unos y otros, pero –insisto- repartir culpas sólo para mantenernos en el mismo lugar, es una reacción natural, incluso comprensible, pero que deberemos evitar.

Las redes sociales y el espacio digital en general, son un medio en el que se exacerban los estados de ánimo; donde más que construir anhelos, se cultivan y ahí mismo se cosechan frustraciones. Aunque la red ha potenciado las libertades, la información y la comunicación, también se han perdido la calidad y el rigor del diálogo público, ya que prevalecen las emociones y los estados de ánimo colectivos, en lugar de los datos y la razón. La solución no es imponer control o restringir libertades, sino mejorar la capacidad social para procesar, digerir e interiorizar la información digital. Además, ni gobierno ni sociedad se puede quedar en estado de frustración frente al desempeño de lo digital, cuando las formas históricas de participación mantienen vigencia: el texto, la marcha y el voto.

Es difícil que la unidad se construya a partir de la convocatoria institucional, precisamente porque la transformación social en curso elude y con frecuencia rechaza la formalidad propia de lo institucional. Nuevamente, que la inercia actual imponga un serio reto a las instituciones, no significa que éstas deban desaparecer; no hay vida social digna sin reglas, gobiernos, Congresos, jueces y elecciones. Ciertamente, los ciudadanos cada vez están más distantes de partidos y gobiernos, pero no implica que pierda validez la necesidad de autoridades en el empeño de gobernar y cumplir con sus tareas básicas como es brindar seguridad, de organizaciones sociales y políticas haciendo valer los intereses de sus miembros, ni la pertinencia de las causas de siempre como son la lucha por la equidad y el bienestar.

Para entender los tiempos difíciles es preciso diferenciar las causas de los efectos, pero también cómo los efectos se vuelven parte de las causas. La globalización, en el amplio sentido del término y no solo en su dimensión económica, genera afectaciones a amplios sectores de la población. Ante la impotencia de las empresas por el desafío de la competencia global y la incapacidad de la política convencional de dar cauce a esta inconformidad vuelta indignación, la oferta antisistémica, xenófoba o nacionalista cobra fuerza al grado de dar aval electoral mayoritario a propuestas extremas que hacen propia la intolerancia, la mentira y el autoritarismo.

Con esto quiero aludir a que uno de los temas que más preocupan en la actualidad, la incertidumbre derivada del gobierno encabezado por Donald Trump, más que causa es efecto y esto remite a una herida profunda en la sociedad norteamericana en la que la visibilidad de la migración y la baja de empleo por inversiones que se hacen en México se vuelve coartada para proponer respuestas ficticias y, especialmente, ineficaces. El problema del empleo que encara el país vecino está más vinculado a la automatización y a los nuevos términos de la competencia global; no lo resolverá un muro, tampoco la coacción a empresas para que no inviertan en México. Como en el pasado en nada contribuyó para bien y sí mucho para mal, la guerra contra la producción y tráfico de drogas con la esperanza de abatir el consumo.

México debe reconocerse en sus fortalezas –que no son pocas- y también en sus debilidades, las cuales son igualmente diversas. Por lo pronto salta a la vista que ante los desafíos y oportunidades que nos depara el futuro no podemos incursionarlo en medio de la división, del fatalismo y la desconfianza a todo y todos. Las elecciones empoderan a la sociedad para definir, sancionar y, en su caso, ratificar. Las libertades son un medio de hacer, construir y también apoyar y rechazar. Las responsabilidades son las que debieran estar en el centro de la atención y lo mismo vale para los ciudadanos que para los empoderados.

El descontento y la comunicación

El descontento por el incremento en el precio de los combustibles ha sido el signo de la semana primera del año. Se acompaña de manifestaciones públicas y de actos vandálicos que aunque aislados, han cobrado relieve en las redes sociales mucho más allá de lo que acontece. La realidad virtual del mundo digital desplaza a los hechos y crea un ambiente de psicosis que altera la tranquilidad y que por el miedo que propicia, ha alterado la normalidad de personas y negocios. Los hechos vandálicos se sobredimensionan y esto en sí mismo genera consecuencias perniciosas.

Esto acontece en medio de una crisis seria, profunda y amplia de las instituciones públicas y sociales. Los ataques se centran en el Presidente, lo cual parece natural porque es quien personifica la institución más relevante del sistema de gobierno y de representación política. Sin embargo, en este caso el problema refleja también la pérdida de fuerza y confianza de los medios de información otrora dominantes, la prensa, la radio y la Tv.

La credibilidad que las personas le dan a las imágenes e información que circula en los móviles es abrumadora a pesar de que en la mayor de las veces es exagerada, son hechos aislados y en algunos casos francamente falsos. En particular deben preocupar los casos que ha identificado la autoridad de arengas al desorden y al vandalismo, lo que debe diferenciarse con claridad del derecho legítimo a la crítica y protesta. A todo esto se le añade el grosero escarnio que se hace a autoridades en un desahogo colectivo que si bien comprensible, en nada contribuye al momento que se vive y que, lo que es peor, abona a un sentimiento negativo y destructivo que no le convienen al país.

Como tal, en los acontecimientos convergen dos inercias: la crisis de confianza y credibilidad de las instituciones públicas y sociales, así como el cambio en la sociedad, con una tecnología al acceso de cualquiera, que le otorga una perspectiva diferente a las cosas, a los problemas y renueva las formas de exigir a las autoridades. No es que haya en los desórdenes una conspiración en el sentido de una voluntad perversa que promueve y articula el caos; lo que sí hay es una realidad disruptiva que se recrea en las redes sociales y que ante acontecimientos de sensibilidad como el incremento de precios y el malestar que le acompaña, genera flujos de información y comunicación que, por una parte, dan un curso emocional al enojo y, por otra, reproducen y interpretan de manera desproporcionada las manifestaciones de rechazo y los actos vandálicos asociados.

En este contexto el mensaje político tiene poca eficacia. Menos cuando se remite a la razón y no se acompaña de acciones claras y concretas que hagan sentido al gobernado. El gobernante encara una doble dificultad: la ineficacia del mensaje y la predisposición hostil de las redes sociales a todo lo institucional. También es necesario destacar que a pesar del enojo y de la desconfianza, la mayoría de las personas no compra la idea que ha circulado en redes de que es el gobierno quien está propiciando el ambiente de miedo con objetivos políticos autoritarios y, por otra parte, repudia a los vándalos que se aprovechan del rechazo al incremento de combustibles.

La situación debe preocupar a todos. En fechas pasadas un directivo de un influyente medio de comunicación advirtió sobre los riesgos y peligros de la información digital por apartarse del rigor propio del periodismo. Los hechos recientes lo muestran, aunque no lo prueban. Es cierto, se requiere madurez y fortaleza de la sociedad frente a la información digital. Confío que es un proceso de aprendizaje y por ello es muy importante que los acontecimientos sirvan de didáctica social para mejorar la manera como procesamos y digerimos la comunicación en estos tiempos. No asumir un criterio pasivo que dé validez a todo lo que allí circula, corroborar con la información periodística profesional digital o convencional, tener criterio propio sobre la realidad y los hechos. Esta es la única manera para impedir que la realidad virtual se sobreponga a lo que acontece y que sus efectos disruptivos sean potenciados de manera positiva.

Las razones del aumento de las gasolinas son técnicamente sólidas y representa una decisión muy difícil pero indispensable para mantener la estabilidad macroeconómica. Pero para efectos de comunicación gubernamental, debía tenerse en claro que la memoria de crisis económica prácticamente ha desaparecido del imaginario colectivo. La última se padeció hace más de dos décadas, asociada a una política monetaria que no se quiso ajustar por razones de oportunismo político frente a eventos desestabilizadores como el magnicidio del Luis Donaldo, el levantamiento zapatista y el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu.

Que las razones del incremento sean válidas y atiendan a un criterio de elemental responsabilidad, para el público no las hace convincentes, no se creen y casi todos asumen que son injustas. Tampoco tiene recepción la tesis de que el subsidio que se retiró solo beneficiaba a los que tienen mayores recursos o ingresos. El desencuentro entre las autoridades y la sociedad ocurre porque las razones no sirven para responder a un estado emocional. Ya desde hace tiempo, con insistencia, hemos referido al singular estado de ánimo o humor social de la población. Esta circunstancia obliga a una estrategia de comunicación e información diferente, porque se está ante una sociedad distinta, que procesa los datos y tiene una interacción social diferente.

Los desafíos de la comunicación y de la información son abrumadores. No hay soluciones mágicas ni sencillas frente a un escenario inédito y donde los instrumentos convencionales han perdido eficacia y hay una carga emocional de descontento y desencanto. De parte del gobierno hay pistas para abonar al reconocimiento y a la recuperación de credibilidad: menos palabras y más acciones que acrediten la lucha contra la impunidad en todas sus manifestaciones, y un gobierno austero y eficaz para hacer frente a las necesidades y aspiraciones del mosaico social que somos los mexicanos.

Adiós 2016, viene 2017

Aunque lo parezca, no debe ser calificado el año que concluye como el de las sorpresas electorales: la salida de la Gran Bretaña de la Unión Europea, el fracaso del gobierno colombiano en el referéndum por la paz, la derrota del PRI en junio, el triunfo de Donald Trump en la elección presidencial de Estados Unidos. Lo inesperado se aprecia así por quienes no entienden el singular ánimo social que existe en muchas partes del mundo y particularmente en nuestro país.

Lo que debe dejarnos a todos este 2016 son razones para ver con preocupación lo que ocurre. No es la derrota del sistema o el anhelo de cambio lo que altera la tranquilidad, sino lo que puede quedar en su lugar. En los países más desarrollados los sectores sociales perdedores de la globalización están dispuestos a impulsar proyectos políticos nacionalistas con contenidos de intolerancia, xenofobia y socialmente regresivos. En esos países con facilidad se llega a la falsa conclusión que el deterioro social tiene que ver con los migrantes indocumentados y la apertura económica al mundo. También persiste la idea inexacta de que la liberalización comercial y financiera ha tenido efectos perniciosos.

En este contexto algunos culpan a la información digital y particularmente al Facebook por promover actitudes en los electores fundadas en la mentira y el prejuicio. Se señala que el descredito de la democracia por el surgimiento de estos proyectos antiliberales se explica por la derrota de la prensa convencional a partir de la competencia desleal de los medios digitales. Es cierto que en la red prolifera información falsa, la exaltación de antivalores y el insulto a la razón, pero también es el espacio que da lugar a información veraz, a la denuncia pública y al reclamo social que de otra manera no se expresaría en los medios regulares. Lo digital corta para los dos lados: una parte muy mala y negativa y otra muy buena y positiva.

La crisis de la prensa liberal viene de tiempo atrás; ciertamente se acentúa con los medios digitales, además, el intento de los periódicos de incursionar comercialmente en los espacios digitales no ha tenido el mejor de los resultados. Los casos de éxito son aislados y temporales. La prensa todavía no ha encontrado una fórmula para contener el desplazamiento del que es objeto a causa de internet. También la Televisión está viviendo su propia crisis; disminuye su mercado, lo digital se vuelve arrollador y el entretenimiento se impone sobre las tareas informativas o de calidad editorial en los medios electrónicos.

Si bien su poder es innegable, resulta un exceso culpar a la información digital por la proliferación de los proyectos antisistémicos y populistas. Las redes sociales y la información digital fueron muy importantes para que Estados Unidos fuera gobernado por un presidente de origen afroamericano. Las redes sociales han sido pieza fundamental en la caida de dictadores y han sido fuente de denuncia y de participación activa en las sociedades. Hay proyectos noticiosos e informativos en el ciberespacio de extraordinaria calidad precisamente porque no padecen el agobio económico y restricciones que significa la empresa de medios convencional.

Desde 2015 en este espacio hemos llamado la atención de manera reiterada que México y el mundo viven un cambio social profundo que en política favorece la alternancia y da mayor espacio a lo antisistémico. Las redes contribuyen a este proceso, pero no lo explican del todo. Lo que sí es claro es que las condiciones existentes favorecen las propuestas radicales de cambio. Que los instrumentos convencionales para su medición, como son las encuestas tradicionales han perdido precisión para anticipar lo que viene porque no se pregunta de la mejor forma y se confunde al encuestado con el votante. Sucedió en Inglaterra con el Brexit, en Colombia con el plebiscito, en México muchos de los estudios erraron para ver lo que era claro, que la alternancia iba a ser la norma; y en Estados Unidos, que el señor Trump tenía más apoyo de lo que parecía.

2017 no tiene por qué ser diferente, incluso puede ser todavía más radical en sus expresiones disruptivas por dos consideraciones: primera, no se han modificado las causas que provocan los cambios; segunda, los procesos del pasado inmediato tienen efectos que reproducen el malestar y descontento con el orden de cosas, la razón más importante para entender lo que está ocurriendo.

Uno de los temas a observar en 2017 es el comportamiento de los antisistémicos ahora en el poder. En 2016 se pudo apreciar el caso más emblemático en México, que es en Nuevo León con el ahora gobernador Jaime Rodríguez Calderón. El optimismo y amplio aval con el que llegó se fue diluyendo en la medida en que no se pudo corresponder con la expectativa ciudadana que le llevó al poder. Hay un sentimiento de desencanto con él.

¿Qué habrá de suceder con Donald Trump presidente? En el mundo entero esa es la principal interrogante. En México hay preocupación. Los temas son importantes, pero deben contemplarse en una perspectiva más amplia y ver que las promesas de campaña no solo son difíciles de cumplir, sino que algunas son hasta contraproducentes para la economía norteamericana.

El problema es que frente a la imposibilidad de cumplir compromisos se opte por medidas emblemáticas que sí puedan tener un efecto negativo grave al país y a la paz mundial. El presidente norteamericano está acotado por el Congreso con mayoría republicana, los poderes locales, la pluralidad y el peso de la opinión pública. Trump y su equipo están dispuestos a desafiar muchas de estas contenciones y en el afán de ganar se pueden promover acciones que modifiquen las coordenadas que cuestionan o limitan al poder presidencial, particularmente las de carácter militar.

Finalmente, es preciso señalar que como personas, comunidad o país el futuro se construye en función de uno mismo. Hay una amplia agenda de tareas. Allí es donde se debe actuar para mejorar lo que hemos logrado, o para protegerlo de nuestros propios anhelos sociales de cambio que no siempre, como ocurrió en este año que termina, se procesan adecuadamente.

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FeradoAbogado, administrador y analista político nacido en Chihuahua, México; Licenciado en Derecho por la Universidad Nacional de México y estudios de Ciencias Políticas en la Universidad de Texas Leer más...

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