Liébano Sáenz

Liébano Sáenz

Dilemas de la individualización

El tema tributario plantea dilemas difíciles y complejos. Por ejemplo, la existencia de regiones o sectores que aportan más a la recaudación general y que sería justo o equitativo que hubiera un retorno de ese recurso a dichos lugares o segmentos, al menos en una buena proporción. Por eso en materia de gasto presupuestal hay que cuidar siempre el equilibrio entre las acciones dirigidas a la mayoría, y los recursos destinados a temas de política social. El Estado de bienestar necesita apoyar a los sectores más desprotegidos, pero subsidiar de manera indiscriminada, como el único camino para lograr una mayor equidad, puede terminar poniendo en riesgo lo que el país ha logrado.

El acuerdo básico, por supuesto, es que todo mexicano por razón de serlo tenga un piso de bienestar (salud, educación, vivienda digna). Que buena parte de los recursos deben dirigirse a los grupos sociales en mayor necesidad, sea pobreza extrema, personas con capacidades diferentes o miembros de la tercera edad en condiciones de pobreza. No obstante, nada hay de mezquino en una política pública que apoye a las zonas generadoras de riqueza. No hacerlo en cambio, pudiera significar que quien más produce ve disminuido su rendimiento por la falta de soporte público, bien sea con calidad de servicios (seguridad o educación como ejemplo) o por la falta de infraestructura.

Los recursos públicos, de siempre, son muy limitados. Si bien es cierto que hay áreas de oportunidad para la optimización del gasto público, no tengo la impresión de que en México hayamos vivido el derroche generalizado. Por ejemplo, las satanizadas remuneraciones de servidores públicos es algo que en realidad cuesta mucho menos que tener un gobierno ineficiente, con autoridades improvisadas o incompetentes por la falta de incentivos materiales de quienes se desempeñan en posiciones de mando. El mercado laboral para este segmento tiene sus reglas y tiene sus consecuencias desatenderlas. Un funcionario con responsabilidades delicadas debe tener una contraprestación más allá de la satisfacción que ofrecen muchas áreas del sector público, y esto implica un ingreso equiparable al sector privado. Esto quizás no sea del todo válido para los altos funcionarios vinculados con la política, pero sí, sin duda, para los del servicio civil de carrera. Diferenciar administración de política es principio básico de la calidad del gobierno.

Al ser los recursos muy limitados, el gobierno debe ser selectivo y muy ordenado en su aplicación. No comparto la idea de subsidios generalizados, sino focalizados, es decir para quien realmente lo necesite. Tampoco creo que el dar dinero lleve a dignificar a las personas, más bien lo contrario. Lo que sí considero que es un acierto, bajo determinadas condiciones, es la asignación individualizada de los beneficios de política social. Eliminar la intermediación en su asignación es más económico, más eficaz y puede resultar bastante efectivo para frenar la tentación del clientelismo o de la corrupción.

La idea de cuentas individualizadas es más justa que el llamado sistema solidario. Las cuentas individualizadas ahora se hacen presentes con las AFORES o el régimen del INFONAVIT, el IMSS o el ISSSTE. Sin embargo, para el primer caso ha sido recomendable una reforma que regule las comisiones, ya que hay inequidad e ineficiencia, lo que será evidente en unos años cuando el ahorrador advierta en muchos casos que su aportación no cubre satisfactoriamente su retiro, que los rendimientos fueron bajos y las comisiones altas. Por otra parte, el que el INFONAVIT condone de manera indiscriminada adeudos o que el IMSS incluya derechohabientes sin aportación, disminuye las oportunidades de servicio para los aportantes, sean derechohabientes o acreditados.

En días pasados se ha activado la polémica por la decisión del gobierno de disminuir a la mitad el subsidio a las estancias infantiles y en su lugar, entregar los beneficios de manera directa a los padres de familia. Es un dilema, el individuo o la organización. El gobierno ha optado por lo primero, sin embargo, el que se afecte a dichos establecimientos perjudica su calidad de servicios y para muchos casos no se da una respuesta profesional al cuidado de los hijos de madres o padres trabajadores. Seguramente la consecuencia será un deterioro de los establecimientos, un incremento en el cobro o la desaparición de algunos, lo que afectará a la población que hace uso de esas instituciones.

De fondo, lo que se aprecia en las decisiones del gobierno federal es un ánimo acendrado de generar igualdad social y a la vez progreso. En esta tesitura, los tomadores de decisiones no deben perder de vista que existe una tesis irrefutable, aquella que dice que la mejor política social es el empleo. Para ello, se requiere que el Estado genere las condiciones propicias para que haya empleos productivos, es decir, aquellos que se derivan de la rentabilidad de los negocios y no de los subsidios gubernamentales.

La sociedad y sus enemigos

La sociedad tiene enemigos; han estado contra ella desde siempre. Son aquellos que con su conducta, conspiran contra los derechos fundamentales de las personas y contra las libertades que nos son comunes a todos. No es, pues, algo nuevo; siempre ha habido criminales, aunque no siempre se les ha tratado de la misma manera. Se dice que el grado de civilidad de un país se mide por el trato que concede a sus delincuentes bajo. Hoy en día, frente a la gravedad de los daños sociales ocasionados por la delincuencia, los modelos nacionales de atención al problema tienen que partir del imperativo de que la sociedad requiere de protección, y esa es la razón del Estado.

A lo largo de la historia, la base más elemental de la justicia penal ha sido la venganza. Es primitiva, y no atiende a lo fundamental. En esa perspectiva, quien la hace la paga y por eso, más vale que sea el Estado el que la cobre. Dejarlo al agraviado entraña riesgos, como el exceso en la acción reivindicatoria del daño o que no se tengan garantías de una justa defensa. Por eso la civilidad se ha acompañado de las garantías del debido proceso. Es fácil acusar, más difícil es probar, y todavía más es llegar a la sentencia mediante una justicia imparcial y rigurosa. La justicia es imperfecta, pero mucho más su ausencia.

Estimo que el problema principal que tiene nuestro país, entre muchos otros, se relaciona con la incapacidad del Estado para proveer justicia, especialmente la de carácter penal. Una sociedad indefensa o impotente frente a quien le hace daño queda expuesta y genera incentivos perversos como es la justicia bajo propia mano, o el sometimiento del conjunto al más fuerte, al más violento, al más decidido a dañar y perjudicar.

Considero que el humor social de los pasados años tiene que ver con una realidad y una percepción que potenciaron el enojo y el rencor de muchos mexicanos. La realidad deriva de un hecho incontrovertible: la elevadísima impunidad que existe en muchos ámbitos de la vida social; la percepción, que las autoridades -de todos los poderes y órdenes de gobierno- no sólo eran incapaces para proveer justicia, sino que participaban de una o de otra manera, por acción o por omisión, por impotencia o incompetencia, en las conductas delictivas.

Como muchos mexicanos, comparto la manera como la política disruptiva, particularmente la del proyecto de López Obrador, ha hecho de la denuncia un ya basta a la situación. Me aparto, sin embargo, de su visión, narrativa y respuesta a la actividad criminal. Considero que para ello es fundamental diferenciar los hechos de las percepciones; además, es sumamente riesgoso formular denuncias genéricas y no actuar en la justicia específica cuando se tiene todo el instrumental del Estado para hacerlo. Bajo ningún estándar es permisible, sensato y constructivo denunciar y simultáneamente perdonar, como tampoco asumir que quien delinque lo hace por necesidad.

Estimo, también como muchos mexicanos, que no se puede transitar por el peligroso camino de la absolución anticipada, ante nadie, pero sobre todo frente a los criminales más perniciosos. La lucha contra la impunidad demanda de acciones ejemplares frente a los enemigos de la sociedad por igual, sin excepción, lo mismo quienes crean situaciones de violencia en las comunidades, quienes extorsionan, quienes trafican con droga, que ex funcionarios que se hayan beneficiado indebidamente del cargo. Como lo ha dicho quien ahora es Presidente de la República, se trata de barrer la corrupción y la impunidad en todos los órdenes, de la manera más efectiva, de arriba hacia abajo.

El país exige justicia; abatir la impunidad es el mejor camino para la certeza de derechos y, especialmente, para la reconciliación social implícita en el actual programa político o la llamada Cuarta Transformación. El camino es actuar proactivamente y con determinación frente a quienes con su conducta amenazan a la sociedad, estén donde estén, sin importar jerarquía o condición. El sistema de justicia se vuelve fundamental en estos tiempos. También una nueva actitud hacia la ley por parte de todos. No solo es cuestión de valores éticos, es de cumplimiento con lo que determina la norma.

Caricaturizar al pasado desde la arenga política, sirve para legitimar al presente, pero no aporta por sí misma solución alguna, y lo que se requiere, una vez consolidado el consenso en torno al gobernante, es la eficacia para responder a la expectativa ciudadana con resultados que no requieran de retórica o explicación.

El presidente López Obrador no solo cuenta con niveles inéditos de respaldo, también en la sociedad hay un mayor optimismo, aunque el enojo al pasado persiste y mantiene expectativas generalizadas y en ocasiones desproporcionadas. En las formas ya ocurrió la transformación, no en los resultados. Por eso es deseable que el gobernante asuma que el cambio necesariamente transita en la atención del principal anhelo de los mexicanos frente a sus enemigos: justicia.

 

Tlahuelilpan y el poder de los símbolos

Liébano Sáenz

“La obra maestra de la injusticia, es parecer justo sin serlo”

Platón

El símbolo no es lo que es, sino lo que representa. La encuesta reciente de GCE sobre la tragedia de Tlahuelilpan revela dos datos aparentemente contradictorios: por un lado, una elevadísima opinión positiva del presidente López Obrador y, por el otro, un franco desacuerdo con la narrativa oficial construida en torno al siniestro. La mayoría asume que los afectados por la explosión son responsables, no víctimas, que no debe haber ayuda económica a los familiares de las personas fallecidas y que el Estado debe fincar responsabilidad legal a los sobrevivientes (https://bit.ly/2UhgnZA).

La discordia que arroja el estudio de opinión remite al poder simbólico del presidente. Lo aparente o coyuntural, no es fundamental, sino accesorio, por eso no cobra impacto en la opinión. Lo relevante es un aspecto en el que hay una sólida conexión y empatía entre lo que el presidente representa y lo que aspiran los receptores de la imagen presidencial: la lucha contra la impunidad.

Efectivamente, el presidente López Obrador es un símbolo antagónico contra lo que es el principal significante de los mexicanos frente a sus dificultades personales, las de su familia y las del país: la impunidad. El agravio de una justicia inexistente o al servicio de intereses, afecta por igual a jóvenes y viejos; mujeres y hombres; ricos o pobres; ilustrados o iletrados; del norte, centro y sur. El problema del régimen anterior fue la percepción, de que la impunidad era la marca del poder, su razón de existencia. El agravio es profundo, incluso mucho más de lo que se puede entender racionalmente.

Por ello, abatir la impunidad fue el mandato de las urnas. Un hombre honesto, comprometido y con entendimiento, como fue el candidato José Antonio Meade, fue percibido como lo contrario. En su campaña no pudo constituirse como lo que era porque los símbolos que le acompañaban y su postura prudente conspiraron contra sí mismo. La embestida contra Ricardo Anaya por supuestos de corrupción, redujeron drásticamente su capacidad para competir.

López Obrador ganó la elección por lo que es y por lo que representa y lo que vemos en estas semanas, es la confirmación de que el presidente entiende que el símbolo compromete y obliga a ser consecuente. Así ha sido en decisiones muy cuestionables y comprometidas desde una perspectiva convencional, como fue el cancelar el aeropuerto de Texcoco o revertir la reforma educativa. En la medida de que su motivación pública sea la lucha contra la corrupción todo será aceptado y aplaudido. Eso ocurre con la acción gubernamental contra el robo de combustible. Por eso es sorpresivo para muchos que el presidente tenga números de aceptación tan elevados (9 de cada 10) a pesar de que la medida haya afectado el abasto de gasolinas y, que haya dado lugar a una tragedia como fue la muerte de un centenar de personas en Tlahuelilpan.

Los mexicanos en los datos de la encuesta de GCE, enjuician con severidad y quizás con exceso, a los mismos pobladores afectados por el siniestro. Desde la perspectiva de la opinión pública, los pobladores por buscar un beneficio indebido e ilegal sufrieron las consecuencias de lo que los otros, los huachioleros, provocaron. Los soldados allí, dice la encuesta, son inocentes, hicieron lo que se podía.

La lucha contra la impunidad implica, necesariamente, acciones legales contra los responsables. Para fundar su embestida contra el robo de gasolina, el Presidente López Obrador hizo señalamientos muy graves y serios respecto a la jerarquía gubernamental, de PEMEX y de la cadena de distribución de las gasolinas. La población le dio la razón, por lo que es de esperarse que haya acción ejemplar consecuente al señalamiento. Sin una actuación a la altura de lo denunciado, el presidente y su gobierno sufriría una merma en la opinión pública. La fortaleza del presidente pende, no sólo de la acción para combatir el robo de combustible, sino en el trabajo para llevar a la justicia a los responsables, particularmente, a los peces gordos de este género criminal. Abatir la impunidad es, obligadamente, una acción de justicia formal, no de denuncia moral.

Los símbolos son poderosos. El presidente por intuición o por experiencia lo entiende. La cuestión es que esto compromete a ser consecuente y a dar resultados. El aval generalizado, amplio y generoso de la población hacia el gobierno alcanza estos niveles porque la gente identifica que el principal compromiso del tabasqueño es contra la impunidad. Esto entraña, necesariamente, un desenlace que no requiere revisión o adjetivación. El gobierno federal debe preocuparse de que la tragedia de hace unos días, no se convierta en el momento que marque el inicio de las diferencias, esas que minimizadas por la soberbia o por el simple desdén, se profundizan y terminan marcando distancias con la sociedad. Tlahuelilpan obliga a revisar el discurso de legalidad para reafirmar el símbolo relevante del sexenio, que no es otro que el propio López Obrador.

El estilo personal de gobernar

A la mitad de los cien días, periodo tradicional para la consolidación del estilo personal de gobernar (Daniel Cosío Villegas dixit), el presidente López Obrador ha dejado en claro la nueva y muy distinta forma de ejercer el poder, al tiempo que gana con creces la batalla de la confianza popular. Algo notable, sobre todo ahora, en una época donde el signo es la polarización y el desprecio por la política, sus instituciones y personajes.

En las siete semanas que lleva su sexenio, el presidente ha evitado acomodarse al ambiente de opinión o de los factores de poder, particularmente el empresarial. Lejos de darles concesiones, como lo venían haciendo sus antecesores, los ha confrontado, y ha ganado en el tribunal veleidoso de la opinión pública, sobre todo, a partir de sus comparecencias matutinas, que le han servido de espacio para definir la agenda nacional.

De hecho, la comunicación del gobernante ha sido clave en este período, en el que se han tomado decisiones críticas que obligan a la explicación y a desarrollar una narrativa consecuente con el perfil político del nuevo gobierno. A pesar de las fallas propias de un gabinete eclipsado por la poderosa presencia política y mediática del jefe, el presidente ha prevalecido y ha tenido éxito a la hora de comunicar. Ocurre así porque es un político que conecta en forma y fondo con el momento de la sociedad mexicana. Sus señalamientos encendidos al pasado se corresponden al sentimiento público mayoritario, que independientemente de veracidades, se alimenta y recrea percepciones y prejuicios.

Esa indignación ciudadana alcanza niveles de rencor social ante el fenómeno de la impunidad, un proceso que es jurídico, social y político. Frente a ella, hay un sentimiento de indefensión y también de impotencia. Y aunque bien es cierto que hay una cuota muy grande de complicidad social ante la corrupción, el narcotráfico o el robo de combustible, el combate a la impunidad le ha ganado al presidente un gran aval social cuando asocia su lucha a combatir la venalidad, así sea la cancelación del aeropuerto de Texcoco o la lucha contra el robo de combustible.

El triunfo de López Obrador no es coyuntural, es estructural en la medida en que su referente es la sociedad con todo y sus prejuicios, fijaciones y aspiraciones, lo que le lleva a una situación privilegiada en términos de apoyo y popularidad. Ser aceptado no hace a una persona ni a un gobierno bueno. Es un activo, pero hay objetivos mayores. Si el de López Obrador es hacer un país más justo, para ello requiere, necesariamente, no solo un gobierno honesto, también eficaz, pero, sobre todo, una economía con crecimiento a tasas considerablemente mayores a lo que se perfila para los dos primeros años de su administración.

El estilo de gobernar que hemos visto en estos días ha alienado al sector inversionista y sin éste el crecimiento, en el mejor de los casos, es magro. El gobierno ha hecho lo suyo con un compromiso de equilibrio en las finanzas públicas. Ello le ha ganado reconocimiento, más no ha ocurrido así respecto al contenido de la política de gasto, o las decisiones que inciden en la calidad del gobierno, como es la remuneración a la media y alta burocracia, el centralismo o el debilitamiento de los órganos autónomos. La colocación exitosa de bonos no son muestra duradera de confianza; tampoco lo son indicadores coyunturales, como el tipo de cambio o el índice bursátil. Lo fundamental para toda economía es la inversión, y ésta no pude ni debe inhibirse.

Se trata de gestos en los linderos del autoritarismo. Y esa tentación siempre ha estado presente en nuestra historia, más cuando la oposición institucional navega hoy entre la debilidad y el descrédito. El país requiere contrapesos formales e informales porque la tarea de transformar nuestra realidad no es empresa de un hombre, grupo o partido, sino de todos. El presidente a pesar de lo admirable de su persistencia en causas con las que se ha identificado desde sus orígenes, como el combate a la corrupción y a la desigualdad social, en algunos temas suele dar giros contradictorios, como ha ocurrido respecto a la libertad de expresión o la participación del sector privado en los proyectos de desarrollo. Su idea de ratificación de mandato en la elección intermedia es una manzana envenenada, a contrapelo de los principios de la democracia mexicana.

El presidente llega a la mitad de los 100 días con una imagen muy fortalecida en su liderazgo. Pero el problema de la popularidad es que más que iluminar encandila, deslumbra, y puede crear falsas apariencias. Los logros con frecuencia son circunstanciales o secundarios y los costos suelen ser duraderos. Los mayores logros en política no se dan en el consenso obsequioso o pasivo, sino en el marco del debate y la crítica. Eso no está ocurriendo y es un problema para las pretensiones de trascendencia de quienes ahora gobiernan.

Encuesta Nacional. Gobierno, Sociedad y Política (banner)

Una de las premisas de una sociedad libre y abierta es la información. Reivindicar el derecho a conocer y saber es la premisa obligada para el ejercicio pleno de derechos y cumplimiento de obligaciones de los ciudadanos, los actores fundamentales de toda democracia. Hoy día la libertad de expresión se revela como uno de los grandes principios de la sociedad contemporánea.

La información, por su propia naturaleza, es amplia, diversa y compleja. Corresponde a los medios de comunicación, analistas e informadores su selección, jerarquía, organización y, especialmente, su interpretación. Los datos por sí mismos poco dicen; invariablemente demandan de un tratamiento ulterior, de su selección y análisis para así lograr un ejercicio, entre muchos, de posible lectura o interpretación.

Los estudios de opinión son una de las nuevas realidades de la sociedad contemporánea. Cada vez son más las empresas, metodologías, objetos de análisis y difusores de estos análisis. La prensa, la red, la radio y la TV de manera creciente utilizan la encuesta no como instrumento de información y de análisis de la realidad. La opinión no sólo es conocimiento, también se ha vuelto noticia y revelación.


Gabinete de Comunicación Estratégica –GCE–

ha sido un nuevo actor en la materia. No obstante, es una de las empresas que realiza con mayor frecuencia estudios demoscópicos. A partir de 2005, a solicitud de diversos clientes del sector público, privado y político ha realizado más de 500 estudios de opinión sobre distintos temas. Con base en un sentido de responsabilidad y para fortalecer su presencia en el mercado, durante los comicios federales de 2006, previo registro ante el IFE presentó su encuesta semanal de actitudes ciudadanas respecto a la elección y las campañas de los partidos y sus candidatos. Ahora, pone al alcancedel público el estudio Encuesta Nacional. Gobierno, Sociedad y Política.

Los estudios de opinión son aproximaciones a la realidad. Por su propia naturaleza no cumplen con la expectativa, frecuente en un sector del público, de que la encuesta refleje de manera unívoca y exacta la realidad. Salvaguardas técnicas como margen de error, nivel de confianza o los propios derivados de la dificultad de los estudios de opinión (ejemplo cómo preguntar) se eluden y se demanda grados de exactitud y precisión incapaz de lograr. El desconocimiento de los límites intrínsecos a la disciplina, ha llevado que el optimismo y la confianza que se depositó inicialmente en ellos, ahora se acompañe de una creciente reserva sobre su calidad y ejecución. Lo acontecido en los comicios locales recientes abona a ese infundado, pero explicable desencanto con los estudios de opinión relacionados con la medición de preferencias electorales.

A partir de esta circunstancia, una observación crítica de la que somos acreedores quienes realizamos o difundimos estos estudios es el no plantear ante el público los límites de la encuesta. Nuestro objetivo es presentar la descripción de la realidad a partir de aproximaciones y no certezas. Respecto a esto, es preciso señalar que la encuesta es una fotografía borrosa –valga la metáfora– pero auténtica de la realidad. Por su parte, la realidad es compleja, es un devenir, es la condensación de diversos procesos que cambian y se reacomodan en el tiempo. Así ocurre en temas políticos y electorales como en cualquier actividad social. Esta situación es necesario tenerla presente, porque la encuesta lo que nos revela, más que una explicación final y concluyente de la realidad, es un segmento de dicho dinámico e invariable devenir. En este afán de conocer mejor a la sociedad y que la sociedad se “exprese” mediante el cuestionario expuesto a un público representativo, damos lugar a un diálogo colectivo tan válido como útil. En este caso, GCE presenta más que una encuesta, 32 estudios levantados de manera simultánea en todo el país que contienen una selección de temas fundamentales para aproximarnos al mosaico diverso y complejo de los muchos Méxicos que integramos la nación.

La incursión de GCE en el mundo de los estudios de opinión, se acompaña del propósito de contribuir a un mejor conocimiento de la realidad mexicana.

A este objetivo se corresponde el trabajo ahora a su disposición. Obvia decir que es mucho lo que hay por conocer. Lo que ahora se presenta es una colaboración entre muchas otras, en la difusión de este conocimiento. GCE lo realiza a partir de un extraordinario esfuerzo propio, con el apoyo generoso de muchos especialistas, técnicos y académicos, con la expectativa de continuidad en el estudio a manera de cumplir el deseo de la secuencia histórica y el interés genuino de que otras entidades amplíen o participen en el espectro de análisis.

Sirva esta breve introducción para expresar gratitud a todos aquellos que han hecho realidad este producto y, particularmente, dar la bienvenida a los destinatarios de este trabajo, a los lectores y especialistas que habrán de descubrir en las cifras, gráficos y cuadros, los rasgos particulares del México de nuestros tiempos.

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Artículos en la Web

Alianzas y coaliciones

Las alianzas y las coaliciones han seguido un largo trayecto en la historia política del país. Los partidos buscan la asociación empujados por la necesidad, particularmente la electoral. Atrás quedó la idea de la competencia aislada, aunque los candidatos con inclinaciones caudillistas insisten en sobreponerse a las organizaciones que los postulan e incluso, ahora con las candidaturas independientes, buscan confrontar a todo el sistema partidista.

Los partidos no solo han disminuido dramáticamente en prestigio y representatividad, también han visto debilitar su condición de articuladores de la representación política. Una revisión a la reforma fundacional, la de 1977 promovida por el Presidente López Portillo y coordinada por Jesús Reyes Heroles, es suficiente para apreciar la magnitud del cambio y el carácter visionario de sus gestores. La política electoral se centró en los partidos. Las organizaciones políticas de izquierda y de derecha transitaron hacia la democracia y la representación proporcional transformó al Poder Legislativo. Once años después, en 1988, habría de disputarse la Presidencia en condiciones de inédita competencia con un candidato postulado conjuntamente por partidos políticos de centro y de izquierda.

En aquel entonces las alianzas partidistas se expresaban a través de la figura del candidato común. Cuauhtémoc Cárdenas apareció en la boleta tantas veces como el número de partidos que lo postularon. En perspectiva, tales comicios se aprecian como punto de inflexión, no solo del sistema electoral, sino de la democracia mexicana. Con los votos parlamentarios del PRI, el Presidente Salinas y el PAN concretaron una reforma con múltiples virtudes y un defecto derivado del interés compartido de frenar al candidato de la izquierda: la eliminación de las candidaturas comunes y la creación de coaliciones. Así, un candidato postulado por varios partidos debe concebir un emblema y actuar como si los partidos asociados fueran una sola fuerza política.

La alternancia en la Presidencia ocurre en el año 2000 mediante la coalición del PAN con el PVEM, aunque ésta fue trascendida por la expresión de cambio del candidato Vicente Fox. Sin embargo, los partidos sí fueron actores relevantes del proceso, tanto que el PRI pudo convertirse, en sus propios términos, en el partido con mayor presencia legislativa. En 2006, Felipe Calderón retuvo el poder presidencial sin coalición pero con una diferencia muy estrecha de votos. De hecho, la reforma de 2007 eliminó las coaliciones y restableció las candidaturas comunes en aras de que los partidos asociados acreditaran su auténtica fuerza electoral.

El año 2006 marcó el inicio de una realidad inédita, la de las victorias con porcentaje bajo de sufragios. En adelante la tendencia sería determinada por la fragmentación del voto como quedó demostrado en la elección presidencial de 2012 y en casi todos los comicios de gobernador de 2015. La irrupción exitosa de candidatos independientes acentuaría aún más esta nueva expresión electoral. Los llamados partidos mayoritarios difícilmente concentrarán más de la tercera parte de los votos, al menos en procesos presidenciales.

Las entidades y regiones del país también están en proceso de cambio. Lo más significativo de los comicios más recientes tuvo lugar en Nuevo León, en Jalisco y en el Distrito Federal. Aunque diferentes en su contenido y carácter, las propuestas antisistémicas cobraron fuerza: Jaime Rodríguez como candidato independiente, Movimiento Ciudadano y Morena. En el primer caso, el acendrado bipartidismo fue desplazado por el candidato independiente a gobernador, pero logró prevalecer en la elección de legisladores y alcaldes. En Jalisco, Movimiento Ciudadano se revela como la fuerza ascendente capaz de disputar poder al PRI y de desplazar al PAN a un sitio lejano. En el DF, el PRD vio severamente minado su dominio por la incursión de la organización política de Andrés Manuel López Obrador.

Desde hace tiempo el PRI ve claramente las ventajas que le significan sus alianzas con el PVEM y, en cierta forma, con Nueva Alianza; ambos partidos afines política y programáticamente. Así era la situación en la izquierda entre el PRD, el PT y Convergencia; sin embargo, lo revelador en términos de resultados ocurrió hace seis años con las coaliciones del PRD con el PAN en Oaxaca, Puebla y Sinaloa.

La alianza entre izquierda y derecha es complicada pero suele facilitarse cuando hay un objetivo compartido como es la búsqueda de la derrota del partido gobernante que además solo es posible con la suma de las oposiciones. También hay casos donde la intención no es ganar el poder sino no perderlo. Así, en la elección de Baja California de 2013, la actuación del PRD fue crucial para que el PAN continuara gobernando la entidad.

Ahora, el PRD, en medio de su mayor crisis y con una dirigencia renovada en un intento de control de daños, plantea la construcción de un acuerdo necesario con el PAN para ir juntos en varios estados. Su principal interés se concentra en la definición de candidatos en Oaxaca, Tlaxcala y Zacatecas, objetivo que seguramente no se verá favorecido por la fuerza del PAN en las dos últimas entidades. Por su parte, el PAN asume que el PRD le puede ser útil en Colima, Sinaloa, Aguascalientes, Tamaulipas, Chihuahua, Durango, Veracruz, Quintana Roo y, especialmente, en Puebla.

El balance de las coaliciones que resulta conveniente para ganar el poder no es el mismo que se requiere para ejercerlo. Difícilmente hoy el PAN avalaría el gobierno local de Oaxaca o el PRD al de Puebla o Baja California. Es claro que en esta coalición, la ventaja la lleva Acción Nacional por tener mayores posibilidades de éxito, mientras que las del PRD son magras, incluso en Oaxaca, donde en estos momentos Morena ya lo aventaja como está ocurriendo en varias entidades del país.

Al PRD, la coalición le representará una crisis de identidad política e ideológica. El dilema no es simple: ganar votos o recuperar el sentido del proyecto político de izquierda democrática, especialmente frente a la amenaza que le plantea Morena y la estrategia seductora de López Obrador con miras a los comicios de 2018. La situación es muy compleja y, no obstante los esfuerzos lineales de la recién llegada dirigencia, se advierten ya los resultados: una caída inevitable y un desenlace inconveniente al favorecer posibles victorias para su verdadero adversario ideológico, el PAN, a cambio de pocos o nulos triunfos propios.

Las variedades de la experiencia religiosa

“Las variedades de la experiencia religiosa”

“¡Dios no existe! Las personas religiosas sufren de trastornos emocionales, son delirantes, psicópatas. ¿Quién, en su sano juicio, podría suponer que existe un mundo paralelo, un Dios o un ente sagrado? Lo único real en esta vida es lo que nos dice la ciencia. Si el método científico no ha logrado demostrar la existencia de Dios, es porque no existe.” Lo anterior es una síntesis de la manera en la que se concebía a la religión dentro de los teóricos sociales de principios del siglo XX. De hecho, hasta nuestros días, es posible encontrar no sólo en el pensamiento científico, sino también en el cotidiano a personas que muestran una gran intolerancia hacia la religión por que no cabe dentro de la racionalidad.

¿Cómo podemos conciliar la ciencia y la religión si se muestran tan antagónicas? ¿Es posible estudiar científicamente a Dios? ¿Qué sucede en la mente de quienes afirman haber tenido una revelación o una conversación con Dios? ¿Las visiones de objetos o entes sagrados pueden encasillarse como alucinaciones o como productos de fallas neurológicas? ¿En verdad están alucinando las personas religiosas? Estas preguntas fueron las que motivaron a William James a publicar Las variedades de la experiencia religiosa: estudio de la naturaleza humana en 1902, que para nosotros constituye la décimo sexta entrega del reto ‘Un año de libros’, propuesto por Mark Zuckerberg, a principios de este año.

El mundo del misticismo, el espiritismo, las visiones y las alucinaciones fue explorado por William James de manera asombrosa. William James, un psicólogo prefruediano, es uno de los mayores representantes del funcionalismo; corriente psicológica que tuvo mucha trascendencia en el desarrollo de la disciplina de la conducta y los procesos mentales. Además, es famoso por desarrollar uno de los primeros estudios psicológicos sobre la religión.

El su texto, James sostiene que, en realidad, hay dos tipos de religión: por un lado, está la religión institucional, esa que aglomera todas las prácticas y normas religiosas de una sociedad. Ahí podríamos incluir a las iglesias, el derecho canónico, las fiestas y la liturgia. Por otro lado, dice James, tenemos a la religión personal, esa relación que se da entre el hombre y Dios.

William James considera que la religión personal es la primera que debe ser estudiada, pues la segunda sólo representa su socialización. Según el autor, la mayoría de las personas no tienen experiencias religiosas y se limitan a creer lo que les cuentan quienes sí han experimentado una relación religiosa personal. Solamente separando a la religión de su connotación social es posible estudiar las visiones, alucinaciones, conversaciones o cualquier otra forma de experiencia religiosa y la ulterior conversión del individuo. Entonces ¿cómo estudiar la experiencia religiosa? Recordemos que James era psicólogo y, por ende, sus investigaciones debían tener un cierto rigor científico. Habría sido un grave error metodológico que James aceptara cualquier relato de experiencia religiosa sin poner en duda su veracidad.

James como representante del pragmatismo muestra los instantes de la experiencia religiosa. Pero ¿cómo se transmite una experiencia religiosa? Coloquémonos por un momento su lugar. Supongamos que una persona llega a contarnos que mantuvo una conversación con Dios. Según este sujeto, Dios lo llevó al paraíso a través de una larga escalera. El personaje nos relata que observó un gran arcoíris y, al final, un lago sumamente tranquilo. Después, elevado por la grandeza del Señor, el individuo se sintió pequeño, indefenso, temeroso. Ante la excitación del momento comenzó a derramar lágrimas y le agradeció a Dios por haberlo invitado al Paraíso. Después, un fuerte escalofrío recorrió todo su cuerpo y despertó en la misma banca donde se había sentado a leer hacía más de tres horas.

James no cree este relato y siguiendo un método empírico supondría que el personaje tuvo un sueño, o, tal vez, una baja en los niveles de insulina en la sangre podría haber provocado la alucinación. O, a lo mejor, se debe a un fuerte cuadro de depresión, pues el individuo había enviudado hacía sólo dos meses. También puede deberse al consumo de drogas o una ausencia epiléptica, entre muchas otras razones. Pero ¿qué pasa si después de intentar comprobar todas sus hipótesis se da cuenta de que, en realidad, ni la depresión ni la baja de insulina ni la ausencia epiléptica pueden explicar el fenómeno? Tal vez, en ese momento, debería cambiar de método y, por lo menos, suponer que hay un cierto grado de probabilidad de que la conversación con Dios haya sido verdadera. Y en este sentido, el pragmatismo de James vitaliza la comprensión de la experiencia religiosa.

A inicios del siglo XX, nos cuenta James, las personas que tenían experiencias religiosas eran tratadas como enfermas mentales. En la psicología más ortodoxa se creía que la depresión, la epilepsia, la histeria y los problemas congénitos eran los que explicaban las experiencias religiosas. Sin embargo, de manera brillante, William James cambió el enfoque: En vez de suponer que las personas religiosas tenían alguna enfermedad mental, consideró que aquellos que habían tenido una experiencia religiosa, eran, en realidad, una especie de genios.

Para James, los líderes religiosos estuvieron sujetos a experiencias psíquicas anormales. El autor comenta que invariablemente fueron presos de una sensibilidad emocional exaltada; frecuentemente también tuvieron una vida interior incompatible con la cotidianidad y sufrieron de melancolía durante parte de su ministerio. No tenían medida y eran propensos en general a obsesiones e ideas fijas. Con frecuencia entraron en éxtasis, oyeron voces, tuvieron visiones o presentaron todo tipo de peculiaridades clasificadas ordinariamente como patológicas. Es más, agrega el autor, fueron todas estas características patológicas de su vida las que contribuyeron a atribuirles autoridad e influencia religiosa. Sólo los genios, concluye James, pudieron haber tenido una experiencia religiosa. Pues la mística es un ritual que trasciende la razón y evoca al Otro.

Siguiendo al autor, podría decirse, entonces, que la historia de un elegido religioso tendría la misma validez que tuvieron, en su momento, las afirmaciones de científicos como Nicolás Copérnico, Isaac Newton o Charles Darwin, quienes sufrían de trastornos que hoy podrían ser clasificados como bipolaridad, esquizofrenia o psicosis, y que al margen de estos trastornos sus conclusiones o aseveraciones científicas no están en discusión. ¿Será que en 300 años la humanidad criticará nuestro prejuicioso rechazo a creer lo que nos dicen nuestros genios religiosos sobre sus experiencias místicas? ¿En mil años se contará la historia de Santa Teresa de Ávila como un ejemplo similar al “y sin embargo se mueve” de Galileo Galilei? Al final, parecería, como bien dijo Einstein, que el hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir, o como decía Jorge Luis Borges: “La firme trama es de incesante hierro,/ pero en algún recodo de tu encierro/ puede haber una luz, una hendidura./ El camino es fatal como la flecha./ Pero en las grietas está Dios, que acecha.”

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FeradoAbogado, administrador y analista político nacido en Chihuahua, México; Licenciado en Derecho por la Universidad Nacional de México y estudios de Ciencias Políticas en la Universidad de Texas Leer más...

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