nota de la semana http://liebanosaenz.mx Sat, 24 Feb 2018 13:27:19 -0600 Joomla! - Open Source Content Management - Version 3.5.1 en-us El espectáculo demoscópico http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/382-el-espectaculo-demoscopico http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/382-el-espectaculo-demoscopico El espectáculo demoscópico

Las encuestas y los encuestadores en todo el mundo viven su periodo de mayor descrédito y desconfianza. En países como el nuestro, han pasado de ser un factor de certeza y auditoría ciudadana, a otro que pone en entredicho la credibilidad y seriedad de los estudios demoscópicos. El deterioro de la credibilidad de estas empresas en México empezó hace ya algunos años y la industria ha dejado de lado atender el problema. La razón es un contrasentido: los malos resultados de sus estudios no han afectado el éxito comercial de muchas empresas que repetidamente se han equivocado. En 2016 erraron hasta en las encuestas de salida, algo que no había sucedido.

Para muchos, las encuestas fallan porque quienes las hacen están sometidos a los intereses propagandísticos de los actores de la contienda. No comparto tal visión. Pero creo que lo más grave es que quienes publican resultados no informan sus intereses comerciales vinculados con los proyectos en la competencia electoral. Los medios que las difunden no son responsables de los resultados, salvo que la investigación corra a cuenta de ellos mismos. Las empresas encuestadoras son las que deben rendir cuentas y cuando se dan malos resultados, las explicaciones han sido elusivas y, sobre todo, autoexculpatorias.

Lo primero a destacar es que la precisión en las encuestas requiere de un entorno de confianza entre encuestado y encuestador. Hoy esto no ocurre por dos razones: la inseguridad y la controversia sobre la parcialidad de los encuestadores. Actualmente, las casas encuestadoras enfrentan grandes retos asociados a las tasas de rechazo y de no respuesta. El clima de desconfianza es tal, que provoca que los ciudadanos se muestren reacios a participar de las encuestas o a no responder ciertas preguntas de éstas.

En 2012, la mayoría de las encuestas públicas se equivocaron porque deliberadamente hicieron un cálculo erróneo de la no respuesta. Pública y privadamente la consideraron neutral, es decir, que quienes no respondían era porque no iban a votar o si lo hacían el voto se daría en la misma proporción de quienes sí expresaban el sentido de su voto. El error fue generalizado. Afortunadamente, la ventaja del candidato ganador fue suficiente como para mantener una victoria clara; muchos encuestadores plantearon que se ganaría por dos dígitos, sólo fue por poco más de 6%. Los hechos merecían una explicación.

Los estudios internos del PRI en las encuestas de salida seguramente también se equivocaron, al menos en su mayoría, ya que la reacción inmediata después de la elección era la convicción de que habían logrado la mayoría en el Congreso, lo que hace suponer que sus cifras eran coincidentes con la mala medición de las encuestas previas. Algo semejante ocurrió en 2016 en las elecciones locales. Las encuestas de salida dieron triunfos inexistentes. Es un hecho que quienes se equivocaron no sufrieron el costo del descrédito, quizás porque una parte del mercado de encuestas electorales pretende resultados a modo y por eso vemos que los sondeos son ahora parte del escenario propagandístico de las campañas.

El problema debe preocupar porque en 2018 el entorno es sumamente complicado. Desde ahora se advierte un tratamiento irresponsable si no es que frívolo de las intenciones de voto cuando las campañas todavía no han iniciado. Es evidente que lo que ahora muestran los estudios no es lo que habría de ocurrir.

La estrategia de López Obrador con las encuestas es adelantar la tesis de que su ventaja es irreversible. Ricardo Anaya, por su parte, busca acreditar que la competencia es de dos. José Antonio Meade resolvió privilegiar la precampaña, para motivar y unificar a los miembros de los partidos que abrazaron su candidatura. Esto último habrá de cambiar al enfocar el objetivo hacia los electores que no pertenecen a ningún partido y que son mayoría. También podrán darse cambios en las tendencias porque los candidatos independientes ahora iniciarán su etapa de proselitismo.

Hay un tiempo todavía por recorrer. La ventaja que ahora muestra López Obrador podría sufrir una merma si continúa incurriendo en errores estratégicos y de comunicación. Esto es así porque no es lo mismo que él sea vehículo de la inconformidad, como lo ha sido todos estos años, a ser una opción de gobierno. Por ejemplo, en estos momentos no le cuesta tanto la apología a los criminales con su idea de amnistía y la recriminación a las fuerzas armadas y al secretario de la Defensa. En la proximidad del voto, seguramente esa visión adquirirá otra dimensión y valor a los ojos de los ciudadanos.

Las preferencias, en los próximos meses, se moverán de forma relevante. Ricardo Anaya ha resuelto disputar a López Obrador la postura contestataria y antisistémica. Seguramente, el crecimiento del candidato del Frente será a costa de López Obrador, con el problema de que lo que gane Margarita Zavala será a costa de Anaya. Por último, también es probable que Jaime Rodríguez y Ríos Píter sumen electores que podrían votar por Andrés Manuel López Obrador.

El PRI es la marca más desgastada por el ejercicio en el poder, pero también es el partido con mayor estructura y, especialmente, con muchos miembros de prestigio, honorables e indiscutible reputación en prácticamente todas las localidades. El candidato de este partido hizo lo correcto que fue arreglar la casa propia. El partido que postula López Obrador ha recogido de todo, precisamente por la carencia de cuadros, mientras que el PAN, PRD y Movimiento Ciudadano han perdido claridad programática por las diferencias de proyecto de cada uno de los partidos.

Hoy no se puede anticipar el resultado de la elección. Lo que sí se sabe desde ahora es que será una contienda que se desahogará con vehemencia y pasión, como es toda disputa por el poder nacional. Los encuestadores debieran estar atentos en investigar y ofrecer información sobre el entorno, y no solo sobre la intención de voto. Los estudios de humor o ánimo social, de hábitos informativos, de valores y de confianza ciudadana adquieren hoy día la mayor relevancia. Hacia allá también debe orientarse el esfuerzo de las empresas y el interés de los clientes. Lamentablemente, estos estudios no tienen el interés noticioso o mediático de los reactivos sobre intención de voto. Indagar en estos temas ofrece más información de lo que se cree y también es la puerta para que candidatos y partidos tengan claridad sobre sus fortalezas y debilidades en una contienda que todavía tiene mucho por desahogar.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 17 Feb 2018 00:00:00 -0600
Observadores, consultores y propagandistas http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/381-observadores-consultores-y-propagandistas http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/381-observadores-consultores-y-propagandistas Observadores, consultores y propagandistas

Las elecciones son fenómenos muy particulares. Durante los procesos electorales, ocurre algo semejante a las contiendas deportivas, donde los espectadores deciden un favorito. Las elecciones, como los deportes, despiertan pasiones por la conexión íntima del público en la competencia; en el futbol la tribuna es el jugador número 12. Pero, como en los juegos entre un equipo y otro, las elecciones se ganan no con simpatías manifiestas, sino con goles, con encestes, con jonrones impulsores de carreras, es decir, con votos.

Mientras las anotaciones ocurren, de un bando o de otro, es lógico que las emociones estén a flor de piel. En una contienda electoral, también se establecen conexiones simbólicas entre los aspirantes y los ciudadanos, que remiten a temas de psicología profunda. Las elecciones tienen esa capacidad de despertar pasiones incluso en aquellas personas que, normalmente, se mantienen al margen de los asuntos públicos. Hay de todo: los apasionados por una causa, los vehementemente opositores a otra, los que están a favor de todo (pocos) y los que están en contra de todo (muchos).

Además, así como hay un público expectante, también hay un segmento interesado. Justo como ocurre, con los deportes. La mayoría de los ciudadanos se involucran en las elecciones porque están interesados en mejorar la situación actual. Sin embargo, también hay quienes deciden participar en un proceso electoral por conveniencia o por intereses personales. Así, todos los días, vemos en los medios a decenas de analistas, editorialistas, encuestadores y una variedad de comentaristas expresando sus opiniones y puntos de vista. El mandato obligado es la imparcialidad y la objetividad. Lo cierto es que cada cual tiene derecho a apoyar o criticar a un candidato o a otro. Lo que hay que tener claro siempre, es si la preferencia corresponde a un análisis objetivo o a un interés específico.

López Obrador ha tenido la habilidad de crear percepción de que su campaña anticipada, el elevado conocimiento que hay sobre él y la preferencia de poco menos de la tercera parte de los encuestados, le tienen asegurada la victoria, una suerte de triunfo irreversible. Continuamente, se repite en los medios que la victoria de López Obrador es más que segura. Cada quien está en su derecho de creerlo. Además, a diferencia del pasado, AMLO ha tenido una explícita actitud de cooptación vía designaciones de miembros de gabinete y candidaturas anticipadas o reclutamiento de figuras políticas de otros partidos, y esto ha reforzado la idea que más le conviene a su campaña, la de un triunfo inevitable. Pero, la elección todavía no ocurre.

Lamentablemente, algunas casas encuestadoras pierden de vista el tema de la temporalidad y el mal humor social. Existe un interés noticioso en conocer las intenciones de voto a manera de pronóstico, y los partidos lo saben. Por eso lo que vemos en estos días es a un López Obrador que muestra muchas encuestas -buenas, malas y falsas- para ratificar la idea de su ventaja como algo irreversible. Pero lo que no dicen esos encuestadores es que los resultados invocan, sobre todo, reconocimiento de nombre y no necesariamente intención de voto. Es natural que así suceda con un candidato que ha estado en campaña por lo menos desde 2000. Pero otra vez: donde habrán de hacerse las jugadas, donde se cometerán las faltas, los fuera de lugar o los errores y los strikes, es en el terreno del juego, que para efectos prácticos son los meses de campaña electoral. Allá los encuestadores que miran esta elección como si trabajaran en una casa de apuestas.

Por otro lado, en estos días también han aparecido los “consultores”, quienes con mayor o menor elocuencia anticipan un resultado aprovechando esa duda natural que impera respecto a la elección. Pero a diferencia de los deportes, donde uno sabe que el declarante es “chiva de corazón” o simplemente “águila”, en la competencia electoral, el juego de manipulación debe identificarse. Quienes dicen que la elección ya está decidida y elevan a su favorito a una ventaja prácticamente irreversible; los que declaran derrota antes del silbatazo inicial, son parte interesada de la campaña mediática de uno de los candidatos. La eficacia de este tipo de voceros descansa en construir verdades de manera sutil y como si fueran resultados de juicio objetivo, profesional e imparcial. Pero tienen que ser vistos como lo que son, propagandistas contratados para ello.

Hace seis años, precisamente en febrero, en la empresa que presido, Gabinete de Comunicación Estratégica, ofrecimos una explicación en el noticiario que conducía Ciro Gómez Leyva en Milenio Tv, sobre la decisión que tomamos de no publicar encuestas de la elección presidencial. La razón fue que en esas fechas suscribimos contrato de servicios profesionales para una de las partes en competencia. Desde nuestro punto de vista, esto nos impedía participar en la difusión de este tipo de estudios, por una suerte de conflicto de interés. El hecho adquiere relieve ante lo que ha sucedido desde siempre y ahora cobra mayor importancia: el analista, encuestador o consultor que se arroga objetividad e imparcialidad debe exponer para quién trabaja.

El debate entre candidatos también se da en el público expectante y en el segmento profesional que sigue las campañas y las elecciones. Nada malo hay que se tome partido, pero que se diga, no que se encubra. También es bueno que haya un sector al margen de la contienda, pero que observe con rigor y haga ejercicio de la crítica a unos y otros. En especial, es fundamental que los electores adviertan las inconsistencias o las contradicciones que suelen caracterizar a las campañas, especialmente de quienes participan con un sentido de superioridad moral. El escrutinio de la sociedad a través de los medios es un componente fundamental para el voto informado y, por lo mismo, adquiere una dimensión mayor en tiempos de contienda. Hay un tramo todavía por delante.

No hay derrotas ni triunfos cantados. Las encuestas están cargadas por las diferencias significativas en el conocimiento de los candidatos. El debate no ha empezado y el escrutinio ha sido más bien complaciente y elusivo de temas fundamentales. Por la naturaleza propia de la competencia, es difícil que esta situación continúe y, por lo mismo, se pueden anticipar cambios en las intenciones de voto del momento. Lo recomendable es mantener reserva sobre los pronósticos interesados, y diferenciar entre la información de la contienda y la propaganda encubierta.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 10 Feb 2018 00:00:00 -0600
El futuro, entre la continuidad y el cambio http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/380-el-futuro-entre-la-continuidad-y-el-cambio http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/380-el-futuro-entre-la-continuidad-y-el-cambio El futuro, entre la continuidad y el cambio

La renovación de poderes se debate entre la continuidad y el cambio, sobre todo en este último. De eso se trata. Incluso el mismo partido gobernante implica un cambio, no sólo de quien ocupará el cargo público, sino de la forma y fondo del desempeño. En el México unipartidista, se pueden trazar con claridad estas transformaciones en ocasión de la renovación sexenal. La alternancia no siempre corresponde a la expectativa de quienes llevaron al poder al nuevo proyecto, de la misma manera en que tampoco ha habido continuismo si las mismas siglas se mantienen en el poder.

El tema del que todos hablan es el cambio. Lo que es explicable, también, por el estado de ánimo de la población que aspira a una mejora sustantiva en su economía, en la calidad del gobierno y en la capacidad del Estado para garantizar seguridad. Los descontentos son considerablemente más que los satisfechos, pero el grupo mayor es el de los preocupados, que son los que van a decidir la elección. El tema es que hay mucho por cuidar o preservar. En otras palabras, el cambio atiende más a un sentimiento o emoción; pero para conservar lo que existe y funciona se requiere de razón, de un “stop and think”, de un detente y piensa.

Los problemas que obstaculizan la mejora de gobierno, en todos los órdenes, se relacionan con que quien llega al poder no comprende, no valora ni dimensiona lo positivo que recibe. Lo anecdótico se impone y con gran facilidad se interrumpen proyectos, programas, iniciativas y procesos en vías de maduración. Así, el mejor presidente de México no es aquel que rompe con todo lo anterior sino, más bien, aquel capaz de conciliar las aspiraciones y necesidades de transformación, con la valoración de lo que existe.

En las próximas elecciones, de las tres propuestas ya consolidadas, la de la coalición Juntos Haremos Historia, que postula a Andrés Manuel López Obrador, tiene una posición ambivalente: por un lado, propone cambiar todo lo que existe, incluyendo reformas aprobadas por la pluralidad o grandes obras de infraestructura en curso como el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Sin embargo, a pesar de este ánimo de cambio, López Obrador también postula el regreso al México no democrático. Se trata, sin duda, de una postura que añora el estatismo que, en gran parte del siglo XX, anuló la iniciativa individual y convirtió a México en el país de un solo hombre. La coalición Juntos Haremos Historia representa el regreso al presidencialismo en su máxima expresión, un modo de ejercer el poder que por igual reparte, castiga o absuelve.

Por otro lado, el candidato de Por México al Frente, Ricardo Anaya, plantea continuidad y cambio, pero se centra en aprovechar el ánimo de rechazo al actual estado de cosas. Como resultado de la coalición que el PAN hizo con el PRD, niega o rechaza lo que hizo su partido cuando gobernó. Esto le representa un problema: por satisfacer programáticamente a un asociado con una base social considerablemente menor a la suya, enajena a una parte del panismo. Esto constituye un error si tomamos en cuenta el reto que le plantea la candidatura de Margarita Zavala. El número de simpatizantes de Ricardo Anaya podrían verse afectados en el momento de campaña si quien pretende ganar la Presidencia no aprovecha los logros de los sexenios panistas. Ni siquiera el tema de la violencia tiene un impacto que enajene a los votantes del PAN. Felipe Calderón guarda reconocimiento y respeto de una proporción importante de los ciudadanos y es, por mucho, un activo del PAN y de su candidato presidencial.

El candidato de la coalición Todos por México, José Antonio Meade, por su condición de ciudadano y alto servidor público de dos gobiernos de distintos partidos, ofrece las mejores condiciones para conciliar cambio con continuidad. Su fortaleza es la racionalidad de su postura avalada por su trayectoria pública y perfil personal. Su desafío es traducir tal fortaleza en términos que sean bien recibidos, procesados y asimilados por la población. Las dificultades son tanto el difundido rechazo al PRI y, a su vez, a la necesidad de contar con un partido unificado y movilizado en su entorno en coordinación con las otras dos fuerzas políticas (PVEM y Nueva Alianza) que avalan su candidatura.

Los retos de López Obrador están en la organización territorial; sus fortalezas, en la comunicación emotiva; es débil en lo programático. Ricardo Anaya encuentra una ventaja en la fuerza de los tres partidos coaligados que lo postulan, pero tiene dificultades programáticas y operativas en tierra. Las fortalezas del candidato del Frente también están en la comunicación, pero envía mensajes ambiguos, resultado de la coalición que lo postula. Por último, las dificultades de José Antonio Meade provienen del entorno y de construir una propuesta emotiva que potencie sus fortalezas en el ámbito de lo racional. Sus fortalezas son él mismo, por su perfil humano y trayectoria profesional, así como su capacidad de procesar positivamente pasado, presente y futuro.

Es mucho lo que ha sucedido en México en el último lustro. Las transformaciones institucionales para dar fortaleza al país en el propósito de su modernización fueron resultado de un extraordinario esfuerzo de negociación y acuerdo sin precedente. Las reformas son más trascendentes, necesarias y válidas de lo que muchos alcanzan a percibir. Desde luego que requieren profundizarse y actualizarse, pero el argumento de continuidad es más poderoso y funcional que el de suspenderlas o revertirlas.

Para un desenlace óptimo de la elección es importante que, en el debate político, en el marco de la renovación de poderes, queden claros los términos prácticos y comprensibles de lo que debe continuar y lo que debe cambiar. Las generalizaciones no son útiles, quizás sirvan para dar curso a las emociones, pero niegan y anulan la razón y el voto informado.

López Obrador se ha centrado en decir lo que no quiere. De Ricardo Anaya se espera más claridad sobre muchos aspectos de la agenda nacional. También queda pendiente, seguramente para el periodo de campañas, que José Antonio Meade y su coalición precisen la propuesta propia sobre los términos de la continuidad y el cambio que se pretende.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 03 Feb 2018 00:00:00 -0600
Pragmatismo y competencia http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/379-pragmatismo-y-competencia http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/379-pragmatismo-y-competencia Pragmatismo y competencia

Es un lugar común decir hoy que las ideologías han perdido peso en los partidos políticos. Ahora, el pragmatismo es lo que impera en la mayoría. Los partidos han dejado de ser asociaciones que buscan el poder en torno a un proyecto político común. De hecho, en su origen, el PRI remite a la necesidad práctica de mantener el poder en el momento más crítico de la democracia, que es la sucesión del líder del país. El problema en aquellos años era lo recurrente, la disidencia optando por la vía armada. La pretensión del general Elías Calles era transitar a un país de civilidad política a través de las instituciones; eso se cumplió plenamente y sirvió para normalizar la vida interna del partido de estado.

El pragmatismo es algo que no se puede imaginar separado de la lucha por el poder. Hay que ser prácticos para obtenerlo o para mantenerlo. Lo que ocurre es que si bien siempre ha estado presente, ahora ha terminado por desdibujar la competencia y a los competidores. La alianza PAN, PRD y Movimiento Ciudadano revela la magnitud del cambio. Lo que ahora mueve a los partidos es ganar el poder a costa incluso de la identidad política de origen. Se sacrifica la ideología en favor de los votos. Por ejemplo, lo que hay en común entre las organizaciones políticas que componen al Frente es combatir al PRI.

El PAN anhela regresar al poder; el PRD pretende no desaparecer frente a la competencia que le plantea el partido de López Obrador, mientras que Movimiento Ciudadano trata de subsistir en la escena nacional; recientemente desapareció como opción en Veracruz, pero ahora es la fuerza dominante en Jalisco. Dante Delgado sabe, mejor que nadie, que el pragmatismo paga.

Lo realmente relevante de esta elección, sin embargo, es el tránsito de López Obrador al pragmatismo. Por una parte, se entiende, está la necesidad de su partido de construir una estructura política en territorio, lo que lo ha llevado, asombrosamente, a sumar de todo; pero las motivaciones, van más allá, la obtención del poder por el poder. Por eso no hay un criterio de selección, y esto lo ha expuesto seriamente, sobre todo cuando sus socios de camino, el PT y el PES, tienen intereses muy comprometedores para la figura y el proyecto andresmanuelista, como la posible postulación del ex gobernador de Michoacán, Fausto Vallejo y Margarita Arellanes en Monterrey.

El cambio en la postura de López Obrador ante su deseo de no perder la tercera de sus campañas presidenciales, se revela prácticamente en todos los estados, donde la prensa da cuenta todos los días de la incorporación a Morena de grupos y personajes que en el pasado habrían sido repudiados por el tabasqueño, pero que hoy tienen no sólo un espacio y candidaturas, sino para algunos, acaso lo más importante, perdón y reivindicación. La postura es clara: en Morena hay una estrategia explícita de pragmatismo, que pasa incluso por la cooptación, sin importar postura política o antecedentes. También en esta nueva actitud se suscribe la coalición con el PES, un partido que en temas fundamentales se aleja, quizás no de la postura de López Obrador, pero sí de buena parte de sus seguidores, quienes asumen erróneamente que Morena es un partido progresista en aspectos centrales de la agenda social.

El PRI por su parte, también dio muestra de pragmatismo en 2018. Optó por un candidato que no milita en sus filas. Fue una decisión a la altura del desafío en puerta, con el propósito de sumar a electores que no solo no forman parte de un partido, sino que tienen un sentimiento de rechazo a la política convencional y a los partidos mismos. Esta condición le permite a José Antonio Meade, tener una mayor credibilidad que sus adversarios, en el amplio espectro de los ciudadanos. El desafío en la campaña de Meade es de comunicación. El candidato tiene que acreditar una biografía que se corresponde a dos atributos altamente apreciados por la ciudadanía: experiencia y buenas cuentas en altas responsabilidades del servicio público, y honestidad. Curiosamente, Meade será el único candidato genuinamente ciudadano en la boleta de la elección de julio.

En el pragmatismo campante de nuestros días, López Obrador se ha desentendido no sólo de las ataduras ideológicas que él mismo se impuso en 2006 y 2012, como aquél populista “primero los pobres” del que ahora nadie en su equipo habla, sino incluso de los tiempos y de las normas. Ricardo Anaya es quizá quien ha entendido mejor el pragmatismo en el uso del poder, se apropió de la candidatura del PAN, se deshizo de su disidencia interna, sumó al PRD y al MC a su causa, promovió el Frente y sigue en esa línea, al grado de que es tiempo de que el PRI dispute el espacio mediático con una mayor agilidad en la definición de la agenda. Hoy el PRI, debe asumirse en contienda como una más de las opciones en competencia y mantenerse pragmático, sin llegar a perder de vista que no se trata de ganar por ganar, o de ganar a costa de lo que sea, sino de preservar lo logrado y para profundizar los cambios que exige la sociedad, pero para ello debe empezar por reconocer que además de su fortaleza territorial, atributo del que carecen sus adversarios, tiene un candidato competitivo, con excelente perfil para el momento y para atender los desafíos y las oportunidades que el futuro depara al país. La mayor o menor competitividad de Meade dependerá, precisamente, de que se le presente como lo que es, como el único candidato sin ataduras partidarias; aquél cuya candidatura, aunque surgida como nunca antes de la conveniencia en la búsqueda del poder, ha ido encontrando en esta precampaña inspiración en lo mejor del ideal priista, ese que abreva del pasado no para quedarse en la añoranza, sino para construir futuro.

El reto del PRI en esta elección es trascender el sentimiento de enojo y frustración que por muchas razones y causas se ha apoderado de una buena parte de la sociedad, especialmente de las clases medias preparadas, y hacer comprensible al mayor número de mexicanos, que más que un deterioro de la situación, lo que se enfrenta es una crisis de expectativas, un pesimismo derivado de la pérdida de horizonte de progreso y bienestar, a partir de insuficiencias estructurales del sistema de gobierno que, si no se atienden, mantendrán al país en el círculo perverso de esperanza y desencanto.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 27 Jan 2018 00:00:00 -0600
El mandato imaginario http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/378-el-mandato-imaginario http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/378-el-mandato-imaginario El mandato imaginario

No dejo de asombrarme por la didáctica del documental The Vietnam War, de PBS. Siempre, pero más ahora, es crucial revisar la historia para aprender de los errores del pasado. Vista en perspectiva, es incomprensible la manera en la que un país como EEUU pudo caer con tal facilidad en una guerra inútil y que significó la mayor ruptura entre la sociedad y el poder político. Presidentes y colaboradores de gran talento, fueron rehenes de los temores propios de la Guerra Fría, lo que les llevó a una desastrosa y sangrienta aventura militar.

Estimo que un problema del poder político en una democracia es el mandato imaginario, una idea autoritaria del deber que por razones ideológicas, de dogma o hasta personales, se desapegan de la realidad. La historia de Vietnam lo confirma, y esto no solo tiene que ver con el gobierno, también con los órganos de representación, especialmente con los partidos políticos. La clase gobernante norteamericana de aquellos días consideró que el “destino manifiesto” se imponía. La falta de autocrítica es uno de los grandes problemas del poder, lo que se agrava con la ausencia de una cultura de deliberación y de debate en la sociedad. La situación de guerra, y una contienda “civilizada” por el poder, es lo mismo. Y en ambos escenarios, cuando todo el esfuerzo se enfoca en alcanzar la victoria, la primera pérdida siempre es la verdad.

Como en la guerra, la polarización en la lucha electoral es un recurso estratégico. En estas elecciones, por ejemplo, López Obrador ha asumido que su lucha es contra todos los demás: sus adversarios son todos aquellos que no comulgan en Morena. Y por eso rechazó apoyar a Javier Corral. Según su estrategia de venta, el PRI, el PAN, el PRD y los candidatos independientes son lo mismo: “se pelean, pero después se arreglan”.

Por su parte, Jaime Rodríguez dice algo semejante y en el entorno de 2015, en Nuevo León, le dio resultado: vendió y se la compraron la tesis de que el problema son los partidos políticos, solo un candidato ciudadano puede representar a la sociedad. Margarita Zavala ha recurrido a una idea semejante: mi lucha es contra el PRI viejo (AMLO) y el PRI actual. En contraposición, José Antonio Meade emplea como estrategia su amplia experiencia y preparación respecto a improvisación a manera de referirse a todos los demás. Ricardo Anaya tiene un discurso semejante, pero ha centrado su batería contra el PRI con la idea de que al lograr un claro segundo lugar, podría ganar al primero, esto es, a AMLO.

El problema es que la retórica electoral dramatiza el discurso y con ello engaña y autoengaña. La verdad queda en un segundo plano. Para algunos, es preferible mentir si esto les asegura la victoria. A fuerza de repetirse, los dichos de campaña no solo se vuelven verdad para los seguidores, también para los candidatos. Los recursos de la publicidad y la propaganda pueden llegar a mucho más que eso. La demagogia electoral lleva a la simplificación de los problemas y, sobre todo, de las respuestas a ellos. Así, desde la oposición no solo se magnifican las dificultades y errores, sino que la solución se limita a un “denme el poder, yo sí resuelvo”.

La retórica electoral en la disputa por el voto tiene este elemento de exageración propio de la propaganda política. El problema no solo es la sobresimplificación de los problemas y las soluciones, sino que se crea y recrea una ciudadanía pasiva a la que sólo le toca confiar y esperar. Es decir, en la pretensión de ganar no se pone en claro lo que debe hacer la sociedad para que las cosas cambien. Así, por ejemplo, atender estructuralmente el problema de la inseguridad implica la asignación significativa de recursos públicos (aumentar impuestos), abatir la economía de la informalidad para combatir las finanzas del crimen y, especialmente, profundizar en la cultura de la denuncia de una sociedad desconfiada de sus fiscales e instancias de justicia.

El problema se agudiza en el marco de una sociedad en la que una proporción importante vive en el enojo. Ya en su momento, Enrique Krauze exploró el origen del descontento. Agrego tres ideas complementarias: no es un problema local, sino global; su origen tiene que ver con los nuevos flujos de comunicación/información del mundo digital que conforman una nueva subjetividad y, la falta de aprecio, propia del descontento por lo bueno que existe, que hace correr el riesgo de avalar opciones capaces de comprometer el interés colectivo o incursionar en aventuras con resultados inciertos, de alto riesgo o claramente contraproducentes.

El peligro del descontento no es menor y aquí mismo me he referido al riesgo del regreso del totalitarismo o de los nacionalismos extremos, por asumir falsamente que esos procesos habían quedado en el baúl de la historia. Los populismos, con frecuencia, se vuelven una variante de estos procesos sociales disruptivos que tienen como referencia el fastidio con el estado de cosas de las clases medias y de una buena parte del resto de la sociedad. “Al diablo con las instituciones” es una afirmación generalizadora de dimensiones mayores precisamente porque no se focaliza el problema. Quien irresponsablemente desdeña a las instituciones asume que todo está podrido y se siente con la licencia de acabar con todo y todos, incluso con aquello que sostiene el edificio democrático.

La discusión fundamental en la actual contienda electoral es sobre liberalismo social y las diferentes opciones que lo enfrentan. De inicio, hay que reconocer que la demagogia y la propaganda resultan inevitables por cuanto a que son recursos de campaña que por la eficacia exhibida en los procesos recientes, los contendientes difícilmente renunciarían a usarlas. Es el ruido propio de la democracia. Lo importante es la capacidad de la sociedad para procesarlo y volverlo virtuoso. El debate y la deliberación, el aislamiento de ese ruido que a ratos se vuelve incomprensible y ensordecedor, son recursos imprescindibles para un voto informado.

La apertura al cambio no nos debe inhibir de la tarea de expresar nuestro temor sobre las opciones en curso. La discusión no solo debe girar en torno a propuestas irresponsables en materia económica o la sobresimplificación de las soluciones a los grandes problemas nacionales como es la desigualdad y ahora la inseguridad, sino al riesgo de minar las bases que hacen posible la democracia y las libertades políticas. El mandato imaginario por ser un espejismo de la realidad puede llevarnos al desastre. Encendamos la alerta pública sobre la secuela de lo que puede ocurrir si el voluntarismo autoritario nos arroja al precipicio y al caos

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 20 Jan 2018 00:00:00 -0600
“It’s the economy, stupid”* http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/377-it-s-the-economy-stupid http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/377-it-s-the-economy-stupid “It’s the economy, stupid”*

El voto universal es la mayor fortaleza de la democracia. Sin embargo, hoy más que nunca, el sufragio puede convertirse en una herramienta que ponga en predicamento la estabilidad democrática de la nación. La obtención del voto universal, en México, significó, en su momento, un paso histórico, pero ahora, ante las elecciones de julio, también representa un desafío mayor en tiempos en que las sociedades requieren liderazgos responsables, capaces no sólo de cuestionar lo que está mal sino también de construir futuro.

En sus orígenes, la elección democrática de varios competidores se resolvía con un sorteo; después vino el voto calificado, y, en la última etapa, el voto universal, directo o indirecto. Que todos los adultos, en ejercicio de sus derechos, sin importar patrimonio o grado de instrucción, decidan quién gobierne es un logro fundamental indiscutible en la sociedad, pero no por ello deben desestimarse los problemas implícitos en este proceso electoral.

Seguridad y buena economía no siempre van de la mano de la elección democrática. La seducción populista siempre ha estado presente con esa idea singular de confrontar y de asumir que todo es cuestión de la voluntad del líder. En otras palabras, que todo se resuelve con sólo querer, que las reglas del juego se acomoden a lo prometido, así sean las leyes internas, los acuerdos con otras naciones y los mismos principios de la economía. México padeció las políticas populistas y el desenlace fue desastroso. El poder presidencial daba para mucho, sin duda, pero no para ignorar la realidad de la economía, las reglas del mercado y las condiciones de la inversión privada.

La elección de 1988 fue el parteaguas: el país transitó a la normalidad democrática, pero, no obstante la trascendencia de las reformas legales que se han impulsado desde entonces, no hemos podido arraigar los valores del liberalismo. México perdió la tradición liberal. Hay democracia, pero no hay demócratas. Hay votantes, pero no hay ciudadanos en el sentido del ejercicio pleno de derechos y obligaciones. Esto no es un tema de atraso político, sino de cultura. Incluso los llamados sectores “instruidos” son propensos a la interpelación populista, particularmente ahora que está de por medio el descontento generalizado.

Por eso, frente a la realidad del país, marcada por un humor social que sistemáticamente desdeña lo racional y adopta como suyo lo hueco pero emotivo del discurso populista, considero que es fundamental promover que en las elecciones próximas se dirima claramente la opción entre una propuesta definidamente populista, encabezada por MORENA, y la oferta liberal con sentido social, que deberán disputar las otras candidaturas que estarán en la boleta. El Frente y su candidato, Ricardo Anaya, tienen la dificultad de asumirse liberales, resultado de la misma coalición que conforman. Los aspectos progresistas del PAN se ven disminuidos o alterados por el conservadurismo político y económico del PRD, y los elementos de avanzada del PRD se vuelven regresivos por la ideología de origen del PAN. Por ello, al igual que para MORENA, en el Frente el tema fiscal no existe, como tampoco otros asuntos de la agenda social, como el matrimonio igualitario.

A diferencia del panismo-perredismo, el candidato del PRI tiene el perfil para impulsar la propuesta de liberalismo social y progresista en 2018. La coalición que lo sostiene lo favorece. En el PRI siempre han coexistido visiones diversas sobre la sociedad, el poder y la política. Es hora de transitar con mayor claridad hacia el liberalismo social, como en su momento lo planteó Luis Donaldo Colosio. Derechos y obligaciones, estado de derecho, sentido republicano del poder público, equidad en todas sus expresiones. Ésas son las exigencias en el nuevo edificio público de la modernidad.

La política no puede ignorar a la economía, mucho menos someterla a su dinámica e intereses. Se trata de actuar con realismo y también con responsabilidad. La estabilidad económica que se ha alcanzado no puede tomarse por un hecho acabado. Además, el país encara retos que se suponían superados en el frente externo. La embestida diplomática del vecino del norte se ha podido contener, pero nada asegura los términos de la renegociación del TLCAN con las decisiones domésticas, como el tema fiscal. México transitará en el futuro inmediato por un terreno pleno de desafíos, oportunidades e incertidumbre. Es preciso que la política no haga malabares con la economía, que las ofertas electorales sean responsables y garantes de estabilidad. Responsabilidad política y certeza frente al populismo y la incertidumbre. Ése es el dilema que deben resolver los ciudadanos.

Para ello, es fundamental el debate entre contendientes y, particularmente, el escrutinio de la sociedad para someter a riguroso examen las promesas de campaña. Pero partamos de que la auditoría ciudadana no es tampoco garantía de un voto informado, como ha quedado de manifiesto en muchas de las elecciones locales y en elecciones emblemáticas recientes, como ha sido el voto del Brexit o el plebiscito en Colombia sobre los acuerdos de paz o la elección presidencial estadounidense.

Asimismo, procesar racionalmente la dimensión emocional de la elección es el desafío mayor de la contienda. El arribo de Donald Trump muestra cómo el sistema no es inmune a la seducción populista. Afortunadamente, la fuerza de la economía y la fortaleza de la institucionalidad democrática somete al Presidente al escrutinio social. También la ley impone su condición, lo que conlleva que el mandatario sea responsable por las acciones ilegales a las que pudiera haber incurrido durante su campaña y en el gobierno.

En el caso de México, las campañas necesitan aportar los elementos que permitan a los votantes asumir su condición de ciudadanos informados a la hora de votar. La economía no hace concesiones. Sus reglas nos pueden parecer injustas, desproporcionadas o desiguales, pero no por ello dejan de existir y generar efectos y consecuencias. Será fundamental para el país que la definición que se haga sea consecuente no solo con las aspiraciones naturales de renovación y cambio, sino también con la opción con mayor capacidad para encarar los desafíos y las oportunidades que la realidad nos plantea.

*Frase célebre de James Carville en la Campaña Presidencial de Bill Clinton en 1992

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 13 Jan 2018 00:00:00 -0600
Un mundo de oportunidades http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/376-un-mundo-de-oportunidades http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/376-un-mundo-de-oportunidades Un mundo de oportunidades

En estos primeros días del año, he reflexionado sobre el futuro de México. Nos deparan meses complicados, sin duda. Las elecciones de julio serán el evento político más importante del 2018, pero también nos quedan otros desafíos: la renegociación del TLCAN, la consolidación de las reformas estructurales de este sexenio.

En este contexto, para repensar el futuro cercano y lejano de México, el libro Un mundo de oportunidades, escrito por Luis Rubio, se vuelve indispensable. Se trata de una obra muy reciente y, por lo tanto, actual, que constituye una crítica profunda de largo alcance en lo que se refiere a la necesidad de reformar las instituciones políticas mexicanas.

Rubio es un prolífico escritor, reconocido por sus análisis y opiniones acerca de política y economía internacionales. El autor de Un mundo de oportunidades se muestra como lo que es: un liberal. Su posición política, según lo ha señalado él mismo, no debe encerrarse dogmáticamente con la visión de la izquierda o la derecha, sino más bien encuadrarse dentro del liberalismo de Occidente.

Su texto se ocupa de resaltar la necesidad de transformar a fondo el sistema político actual para lograr una liberalización económica completa. El Estado mexicano, afirma Rubio, debe transformarse para privilegiar la libertad económica en toda la extensión del término. Pero el autor va más allá: no se trata de favorecer a la libertad en detrimento de la igualdad o la justicia social. A la inversa: se debe construir un nuevo país que, al mismo tiempo, sea capaz de conciliar nuestros anhelos de libertad e igualdad.

Es imprescindible, nos pide Rubio, que en nuestra búsqueda de un país más libre no desatendamos la desigualdad económica. En este 2018, sostiene Rubio, podemos hacer de México “un mundo de oportunidades”. Nuestro país puede crecer y posicionarse dentro de la globalidad.

Según Rubio, las reformas que se han implementado en México en los últimos años han sido limitadas. Ninguna pretende lograr la libertad económica total sino, más bien, privilegiar a ciertos grupos. Para Rubio, el sistema monolítico de poder que hemos construido ha entorpecido los cambios profundos y de largo plazo que requerimos.

La obra Un mundo de oportunidades es una continuación de la discusión intelectual iniciada hace ya algunos años en otras obras como Una Utopía Mexicana y El problema del Poder. Para este autor, lo que México necesita urgentemente, desde hace tiempo, es una seria transformación del Estado, una profunda reforma política. Nuestro país tiene que garantizar la existencia de un Estado de derecho para todos sus ciudadanos; no sólo para los inversionistas. La mayoría de los mexicanos, afirma Rubio, no gozan de fuentes de seguridad y certidumbre. Así, sin instituciones que garanticen y ofrezcan certeza jurídica, es complicado pensar en un desarrollo económico sostenido a largo plazo.

Pero la reforma política no sólo es urgente para construir un verdadero Estado de derecho sino, además, para modificar la naturaleza disfuncional del sistema de gobierno en México. Es necesario descentralizar el poder. Se debe aceptar que en el gobierno federal ya no se pueden concentrar todas las facultades y responsabilidades.

Para Rubio, hoy en día, el entorno político es complejo, tiende al conflicto. No hay instituciones o mecanismos capaces de canalizarlo y mantener la paz social. La respuesta de los gobiernos a la pérdida de capacidad de gobernar y la consecuente desaparición de la legitimidad del Estado no ha consistido en el reforzamiento y construcción de las capacidades del gobierno, sino en la adopción de parches, componendas o soluciones de corto plazo.

El proyecto actual de gobierno, según Rubio, demuestra las prácticas de un sistema que agudiza los contrastes sociales y origina incertidumbre para el desarrollo del país. Así conviven dos situaciones paralelas: por un lado, un país moderno que ha prosperado con las reformas económicas; pero, por otro, una nación que se resiste a la libertad económica total, pues ésta conllevaría el fin de ciertos privilegios e intereses creados. En el fondo, para Rubio, el gran déficit en México es la reforma del gobierno, por lo que el principal problema no es la violencia, las drogas o la corrupción, sino la falta de Estado.

¿Cómo transformar al Estado de tal suerte que convierta a México en esa nación donde haya un mundo de oportunidades? Rubio sostiene que es difícil que el cambio provenga desde los partidos políticos o el gobierno, pues éstos pertenecen a un viejo sistema que les beneficia y prefieren mantenerse en el statu quo.

Así, concluye, la incapacidad o indisposición del gobierno y los partidos políticos a actuar llevará a que la población lo haga por sí misma: un enorme desafío a la autoridad. Por años, el sistema político mexicano ha logrado evadir un cambio profundo, pero la transformación de la sociedad mexicana exige que el sistema político también evolucione.

Para Rubio, no se puede transformar al país desde la sociedad si la sociedad no muta para hacer posible ese cambio. En la medida en que la sociedad asuma su papel, el gobierno tendrá que responder; ojalá lo haga antes de que la disparidad llegue a convertirse en una conflagración social.

El texto de Luis Rubio debe asumirse como una crítica constructiva para armar la transformación profunda del país. Es cierto que aún existen grupos de poder que se han venido privilegiando de un sistema político disfuncional construido durante décadas, pero también es cierto que las transformaciones han sido notables y que cada vez contamos con más canales para construir un país con un sistema político acorde con nuestra realidad, necesidades y objetivos.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 06 Jan 2018 00:00:00 -0600
Entre coaliciones y candidatos http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/375-entre-coaliciones-y-candidatos http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/375-entre-coaliciones-y-candidatos Entre coaliciones y candidatos

A diferencia del pasado inmediato, esta vez los comicios presidenciales habrán de ser protagonizados por tres grandes coaliciones. El PRI, con Nueva Alianza y el PVEM. El PAN, PRD y Movimiento Ciudadano. El MORENA con PES y PT. Pero eso no es todo en el nuevo escenario que se nos presenta en 2018. Ahora tendremos candidatos independientes, posiblemente Jaime Rodríguez y Margarita Zavala, y todo ese conglomerado de aspirantes no sólo significa recursos económicos y prerrogativas mediáticas, sino una disputa real por los votos, como nunca antes, en el territorio.

Las coaliciones que se han integrado muestran un acento del pragmatismo por parte del PAN y de López Obrador. En el caso del PRI fue norma para la elección presidencial y en la de legisladores y elecciones locales suscribió coaliciones en la medida en que se incrementó la competencia y la alternancia. En 2000, el triunfo de Vicente Fox ocurre con el respaldo del PVEM, aunque ya en el gobierno no hubo entendimiento, lo que significó que dicho partido buscara nuevo aliado, y lo encontró en el PRI desde 2006. En el caso de Nueva Alianza, desde su fundación, ha mantenido una postura mayormente asociada al PRI, aunque no siempre ha ocurrido así en el ámbito local.

Dos coaliciones han llamado la atención: la del PAN con PRD y Movimiento Ciudadano y la del PES con el Morena. En el primero caso, habrá de recordarse que en elecciones de gobernador, se han celebrado con éxitos notables en Chiapas, Puebla, Baja California, Oaxaca y recientemente en Nayarit. Lo relevante de hoy es que la disputa es en el nivel nacional, y ocurre no por la fortaleza de las dos organizaciones, sino por su debilidad. A pesar de los resultados muy favorables que ha tenido el PAN en elecciones de gobernador recientes, su división interna ha terminado por afectar su posicionamiento ante el electorado. Por lo que respecta al PRD, nadie ignora que quedó a la deriva por la postura de López Obrador en los comicios del Estado de México.

El Partido Encuentro Social, de registro reciente, cuenta con una sólida base social de adherentes. En la elección del Estado de México hizo coalición con el PRI. Su dirigencia ha tenido un manejo pragmático y por igual ha decidido negociar con cualquiera de los partidos grandes. Seguramente resolvió irse con el Morena por los términos del acuerdo en el sentido de postular candidaturas propias. Resultado de la postura del PES en asuntos de la agenda social como son aborto, matrimonio igualitario y adopción para parejas del mismo sexo, ciertos círculos intelectuales y progresistas le han recriminado a López Obrador que haya suscrito acuerdo con dicho partido, sin embargo, no hay registro como gobernante o como candidato que el virtual candidato presidencial del Morena mantenga una postura “liberal” en dichos temas. Seguramente López Obrador está más cerca del PES de lo que muchos de sus simpatizantes advierten.

Pero más allá de intereses y de coyunturas, lo cierto es que las coaliciones se suscriben porque han perdido peso las ideologías y los programas partidarios. Los partidos se encaminan con mayor contundencia hacia objetivos electorales. Ganar el poder es de lo que se trata. Cabe destacar que la coalición del PAN, PRD y Movimiento Ciudadano han sido más claros de lo que habrían de hacer en caso de que el voto les lleve al poder. Sin embargo, la propuesta más que sustantiva, se refiere a la manera como ejercer el poder o como repartirlo.

Por otro lado, el peso que pierden los partidos se traslada a los candidatos. Son ellos y no los partidos los articuladores del programa. Esto es más evidente en el caso de López Obrador, quien mantiene una postura propia incluso respecto al grupo de trabajo por él designado para preparar el programa de gobierno. Un candidato sin ataduras partidarias pudiera aparecer como un candidato fuerte, sin embargo, esto debe matizarse con una propuesta racional, viable y bien estudiada. Esta es una debilidad más que fortaleza de López Obrador, respecto a Ricardo Anaya y especialmente en relación a José Antonio Meade. Un candidato que promete sin cuidar los términos de su compromiso, se vuelve vulnerable en la medida en que se incrementa el escrutinio y el debate. Quedará por verse si López Obrador tendrá una postura dispuesta al debate o, como ocurrió en la campaña de 2006, habría de excluirse del mismo.

En el horizonte de la elección, los candidatos presidenciales independientes pueden ser disruptores del sentido convencional del debate. Pueden capitalizar el descontento con los partidos y las formas convencionales de ejercicio del poder, pero también resultarían poco creíbles en la medida en que se les viera aislados en la contienda y particularmente sin músculo legislativo.

Los candidatos presidenciales resultan “cuerpeados” no tanto por la estructura partidaria, sino por las campañas que realizan sus correligionarios en elecciones concurrentes. Para el Morena, ser competitivo en la Ciudad de México, Estado de México, Tabasco y Veracruz, es insuficiente, requiere una mayor horizontalidad. Para el PRI resulta crucial la selección de candidatos competitivos para cada uno de los cargos de elección. No puede ceder a la confianza en ninguno de las candidaturas, en ninguna de las contiendas. Esa es su fortaleza y así la debe articular a manera de mantenerse competitivo en todo el territorio nacional.

Para el Frente del PAN, PRD y Movimiento Ciudadano, es un reto mayor la definición de candidaturas; un acierto en la materia los puede meter de lleno en la competencia. Hay algunos territorios en los que PAN y PRD concurren con igual fuerza, allí es donde debe haber un criterio que privilegie la competitividad.

Candidatos, partidos y coaliciones resultan buenas intenciones pero una realidad sumamente compleja al trasladar al territorio los términos de la competencia. Lo que a muchos les parece más o menos claro en la perspectiva nacional; se vuelve incierto al considerar la dinámica local y regional. De modo que la coalición que mejor articule las múltiples realidades del país, es la que tendrá mejores posibilidades de éxito. Yo por mi parte, tomo esta última línea para desearles a mis lectores un excelente 2018, con un mundo lleno de oportunidades.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 30 Dec 2017 00:00:00 -0600
Para combatir esta era http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/374-para-combatir-esta-era http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/374-para-combatir-esta-era Para combatir esta era

Recientemente, descubrí y leí un ensayo de Rob Riemen llamado Para combatir esta era. Consideraciones urgentes sobre el fascismo y el humanismo. Mientras lo leía, inevitable dejar de pensar en nuestro país y en los temas del día a día como nación, pero que además subyacen a la historia de la humanidad. En tiempos como los que vivimos, y a propósito de lo simbólicas que resultan estas fechas para reflexionar, la obra de Riemen se nos muestra categórica.

De sobra sabemos que la transformación de nuestro país para bien demanda una constante actualización teórica y filosófica sobre los modos de hacer la política. Intelectuales, regentes y ciudadanos responsables deben, en favor de una democracia saludable, estar conscientes de la dinámica que ha marcado la modernidad como una disputa constante entre fascismos latentes y humanismos pertinentes. A continuación, unas palabras sobre el texto de Rob Riemen, que considero más que apropiadas para hacerle frente a esta era.

“Desde 1945, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, nos obligamos a creer que los fantasmas del pasado jamás volverían. Así, la humanidad asumió que el nazismo en Alemania o el fascismo en Italia habían sido sólo una pesadilla. En esos años murieron millones de personas en campos de concentración por discursos xenófobos y racistas. Pero para 1945 ya todo había pasado. La pesadilla había terminado. El fascismo y el nazismo se convirtieron en recuerdos del pasado. Y ahí se dejaron. Con la creación de la ONU y la difusión masiva del liberalismo y la doctrina de los derechos humanos, asumimos que jamás volveríamos a vivir un Holocausto. O eso quisimos creer. ¿Pero realmente nunca volveremos a ver en el poder a personajes como Hitler o Mussolini?”

En su extraordinario ensayo, Riemen es pesimista: asegura que, en pleno siglo XXI, el retorno al fascismo está más cerca de lo que creemos. Los campos de exterminio de Treblinka o Auschwitz no son sino museos donde los turistas pueden tomarse selfies. La humanidad se ha olvidado que esos lugares son los vestigios que dejó el fascismo: una ideología que convirtió a un grupo en criminales y que asesinó a millones de seres humanos inocentes, en presunción de una pretendida superioridad y generando un discurso de odio y división que legitimó la violencia. Pero el fascismo no se ha ido y probablemente no se irá. Seguirá, según Riemen, como una amenaza latente para las democracias liberales de occidente.

De acuerdo con Riemen, para 2010 en los Países Bajos se estaba consolidando un movimiento fascista. Debemos preguntarnos, si la retórica del fascismo puede implantarse con éxito en un país desarrollado como ése, ¿entonces puede implantarse donde sea? Desde México hasta la India, pasando por el Congo y Francia, la humanidad debe estar alerta: el fantasma del fascismo siempre está al acecho, dispuesto a tomar el poder. Riemen hace una amplia revisión del término “populismo”, pues como todos sabemos, el concepto ha perdido significado. Los medios de comunicación y la academia se la pasan acusando a diversos líderes políticos de “populistas”. Nicolás Maduro, en Venezuela, es el populista por excelencia. Pero también otros han recibido acusaciones similares: Evo Morales en Bolivia, Donald Trump en Estados Unidos, Vladimir Putin en Rusia, Xi Jinping en China o Robert Mugabe en Zimbabue han sido incluidos en la lista de políticos populistas.

México no es la excepción: Andrés Manuel López Obrador ha sido adjetivado como populista y ahora pragmático. Lo podemos comparar con Hugo Chávez, Nicolás Maduro o Donald Trump. ¿Pero no será que se les acusa de “populistas” por miedo a aceptar la realidad?, se pregunta Riemen en su libro. Detrás del populismo escondemos nuestro mayor temor: el retorno del fascismo. Nos cuesta trabajo aceptar que no hemos acabado con el enemigo. No somos capaces de asimilar que esos líderes que hoy llamamos “populistas” mañana pueden encabezar gobiernos “fascistas”.

El miedo, nos dice Riemen, es el sentimiento que explota el fascismo para su propio beneficio. En 1933, a unos cuantos años de estallar la Segunda Guerra Mundial, el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt aseguró que los seres humanos “de lo único que debemos tener miedo es del miedo mismo”. Fue un discurso conmovedor. Roosevelt se erigía, en ese momento, contra el fascismo. Prometía combatirlo en todas sus manifestaciones. Y tenía que hacerlo.

Hoy, en 2017, la realidad económica a nivel global es preocupante. Millones de personas viven en pobreza, la desigualdad es profundísima y en países como el nuestro enfrentamos serios problemas de inseguridad. Cuando observamos esos problemas, la primera emoción que experimentamos es el miedo. En casi todo el mundo, líderes políticos sedientos de poder se presentan ante la sociedad con soluciones fáciles, aunque irrealizables, para problemas complejos. Nos piden que creamos en que se puede volver a “ser grande otra vez” como Donald Trump o que “la esperanza” nos sacará adelante, como López Obrador. Ofrecen el paraíso y la salvación por un solo voto. Prometen erradicar el hambre, la pobreza, la violencia y la desigualdad en un santiamén. Y es claro: prometer no empobrece, pero sí empodera. Una vez en el poder, el paso del populismo al fascismo es tan pequeño y tan borroso que muchos líderes, sino es que todos, terminan por instaurar un régimen fascista (otra vez Riemen). Porque su discurso es siempre en esencia violento.

El fascismo cumple su lucha dialéctica frente a su opuesto: el humanismo. Hoy podemos construir nuevos humanismos que nos permitan luchar contra el odio. El regreso del fascismo siempre es posible, pero nunca inevitable; podemos todos, como asegura Riemen, ser “combatientes contra nuestra era”. ¿Debemos esperar sentados a que los fascistas, aprovechándose de nuestros miedos e ilusiones, tomen de nuevo el poder? En nuestras manos, con los valores y las instituciones democráticas que hemos fundado, está la posibilidad de luchar, siguiendo a Nietzsche, contra el poder ciego de lo actual. Ir a contracorriente. Construir un nuevo humanismo.

Debemos evitar que el miedo irracional mueva a las masas, pues enfrentar el fascismo, donde quiera que se manifieste, es una forma de proteger el espíritu de nuestra civilización. Aprovecho esta última línea para felicitar a todos mis lectores desearles una feliz Navidad. Que la crítica reflexiva sea nuestro mejor regalo para combatir esta era.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 23 Dec 2017 00:00:00 -0600
Meade, el candidato http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/373-meade-el-candidato http://liebanosaenz.mx/index.php/component/k2/item/373-meade-el-candidato Meade, el candidato

A mi amigo el Dr. Mario Madrazo Navarro y su familia en esta mala hora

Nadie discute la trascendencia de las elecciones generales del primero de julio. Estimo que al igual que en el pasado, hay opciones claramente diferenciadas. Sin embargo, lo destacable hoy es el pragmatismo que exhiben López Obrador y la coalición que perfila como candidato a Ricardo Anaya, porque uno y otro significan que el tema partidario o ideológico pasa a segundo plano. Lo que adquiere relieve es el perfil del candidato. Ahora más que antes, el candidato es la propuesta.

La cuestión es que no son los atributos de buen ciudadano o gobernante los que resuelven la contienda. Hay que convencer y vencer con votos. El humor de la población, la irrupción de nuevas formas de información, participación y comunicación, así como el deterioro del sistema de partidos, da lugar a la posibilidad de una forma distinta de hacer campañas y de construir la relación del votante con el candidato.

De siempre, una campaña son razones y emociones. En el primer plano es considerablemente más fácil construir la adhesión al candidato José Antonio Meade. El tema está en el espacio de los sentimientos, las actitudes y las decisiones que tienen como origen más el corazón y la víscera, que el cerebro.

Los rasgos diferenciadores del candidato Meade respecto a sus principales adversarios es su prudencia, su carácter auténticamente ciudadano en el sentido de no militancia política, y su probada y exitosa experiencia en las más altas responsabilidades del servicio público. Todo ello es fundamental para los desafíos que encara el país y para consolidar logros y avances que con frecuencia se regatean como parte de ese mismo estado de ánimo que magnifica las insuficiencias y deja de lado lo mucho bueno que se ha alcanzado.

Soy un convencido que andar bien en el futuro no será en el marco del agravio, de un México dividido o del encono como coartada y argumento. Los dos candidatos más avanzados de la oposición han optado por ello. Compiten con denuedo por exacerbar la percepción sobre el deterioro de la situación del país y hacer una crítica excedida, además de selectiva, y apostando a la desmemoria del electorado. Para los suscritos en el pragmatismo electoral, eso es lo recomendable en el manual básico de la estrategia del opositor para ganar el voto. Sin embargo, la cuestión no es sumar votos, sino sentar las bases para lo que sería la gran oportunidad que depara gobernar al país con la extraordinaria plataforma que significan las transformaciones realizadas en los últimos años.

La cuestión no es de voluntad, sino de capacidad. Los problemas del país no se resuelven con baladronadas, de eso ha habido demasiado en el pasado lejano y fue el camino para el deterioro económico y la pérdida del piso ético en el servicio público. López Obrador ha sido claro en su forma de entender los problemas y cómo responder ante ellos, llegando al grado de dar con anticipación como definido su futuro equipo de trabajo, a manera de expiar la desconfianza que pesa sobre él y su partido. Ricardo Anaya ha sido un ágil y hábil polemista, pero las soluciones no son su fuerte. Ambos han optado por regalar dinero público a manera de ganar adeptos, a sabiendas de que las finanzas del país no soportan cargas de tal magnitud. El ahorro no da para tanto, se debe decir de dónde saldrá el dinero. Si se cumpliera lo prometido, sólo podría venir de la bolsa de los ciudadanos o de un incremento del déficit fiscal, con las devastadores consecuencias que eso significaría. También se puede pensar con ligereza e ingenuidad que para eso están las reservas del banco central, pero eso es minar las bases para la fortaleza y la estabilidad económica, fundamentos de la confianza que ha habido en el país en las últimas décadas.

Igual es la propuesta para enfrentar el problema de la inseguridad o el de la corrupción. Las soluciones simplistas y mágicas abundan; la seducción está presente, pero un poco de reflexión, hace obligado incorporar tres elementos que no se dicen: lleva tiempo, cuesta mucho dinero y requiere de la participación de todos.

Estimo que el reto de José Antonio Meade no es obligar al elector a la razón, sino también incursionar en el terreno de las emociones y, desde luego, participar con su propuesta en el generalizado deseo de cambiar para mejorar. Ricardo Anaya, con malicioso cálculo, ha pretendido ubicarlo como el candidato de la continuidad, cuando Meade es el único de los contendientes diferenciado por su no pasado de militancia partidaria. Hasta Jaime Rodríguez, ahora en el espacio de los candidatos independientes, tiene un largo historial como político de partido.

Para efectos prácticos, las campañas han iniciado. Deberá entenderse que no son las virtudes o atributos personales los que por sí mismos llevan al éxito. El reto es comunicarlos con eficacia y convencer a millones de votantes de la causa propia. Las campañas se desarrollan con gran rapidez; los candidatos no solo deben lidiar con sus adversarios, sino en la tarea de construir la coalición ganadora en su interior, con todas las dificultades que eso implica. López Obrador pudo contener la salida de Ricardo Monreal, no así Anaya con Margarita Zavala. Incorporar al PES a la coalición de López Obrador ha mermado al invitado y especialmente, al anfitrión. Meade no solo tiene el apoyo del PRI, también el Partido Verde y Nueva Alianza se le han sumado y acreditan la unidad y cohesión, que no muestra la competencia. Aunque, para efectos prácticos, no son los partidos los articuladores de la voluntad popular, sino los candidatos. Mucho habrán de significar las elecciones concurrentes y también desde ahora se puede decir que la coalición que postula a Meade es la que cuenta con la mayor cantera para seleccionar candidatos competitivos y buenos representantes o gobernantes.

La elección del 1º de julio es la suma de muchas contiendas. Por mucho, la más relevante es la presidencial. Desde ahora se anticipa competida, con pasión y vehemencia. Pero, contra quienes van a apostar a las emociones, la realidad del país se impone y propicia que la capacidad y los valores importen, también la fuerza de las convicciones. Eso abre espacio y oportunidad a Meade candidato.

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ulises.sanchez.designer@gmail.com (Liébano Sáenz) nota de la semana Sat, 16 Dec 2017 00:00:00 -0600