El país vive una transformación profunda en todos los sentidos. El pasado, no muy lejano, es percibido como remoto. Muchas de las formas de ser y actuar del pasado son vistas con desdén y para muchos son motivo de desprecio. Siempre serán buenos los ánimos de cambio, incluso los que nacen del descontento y de la insatisfacción, pero en el proceso se debe tener sentido de destino y también de lo que se tiene, que no es poco. El cambio sin brújula bien puede malograrse, y a la larga remitirnos al mismo lugar del que se partió o incluso, a una regresión.

Esto vale en lo individual y en lo colectivo. El cambio tiene referentes a la vista, pero su origen es más profundo. Su externalidad nos remite a las nuevas formas de la política, pero éstas son más efecto que causa. Lo que ha estado cambiando es la sociedad. Es un cambio paulatino, progresivo, profundo y en esto tiene mucho que ver con la información y las nuevas formas de interacción social. Que haya más acceso a los flujos informativos, particularmente los de carácter digital, no necesariamente significa calidad de comunicación; las más de las veces es justo lo contrario. Ahora más que nunca se requiere que el receptor tenga que discriminar. Y de cualquier manera, las personas quedan expuestas a volúmenes de información que sobrepasan la capacidad para seleccionar, verificar y validar.

Los cambios en la sociedad generan presión hacia todo. Vivimos en la época del descontento y al mismo tiempo, del optimismo exacerbado, o fundado más en el deseo y el ánimo que en la razón para lograrlo. La inconformidad tiene referentes éticos inobjetables, particularmente que los beneficios del progreso se concentran en unos pocos y que las mayorías son marginales en el crecimiento económico. Se reduce la pobreza, pero los bienes del éxito no se distribuyen de manera equitativa.

Este sentimiento social hace que se cobre con facilidad factura al presente y se avala de la misma forma lo nuevo, lo que empieza a valer no por sus virtudes sino por ser distinto, aunque a la luz de los hechos, de las comparaciones y de la terca realidad, no lo sea tanto. Y eso sí es un problema; porque mudamos perdiendo mucho y en ocasiones ganando bastante poco de todo lo que se suponía que iba a lograrse.

El rechazo radical hacia el pasado no es útil para encarar la realidad. Se debe tener siempre claridad de destino y también de origen. Una cuota de humildad será necesaria para matizar la soberbia que nos hace perder aprecio por el pasado. Pensar que todo está mal es en sí un despropósito cuando se habla del país. Del mismo modo como las malas decisiones públicas de los últimos sexenios no nos hundieron en la crisis que hoy viven otras regiones del mundo, una nación que no se construye en seis años.

En lo institucional y en lo político el desafío no es menor. Y allí es más importante tener claridad de lo que hay que cambiar y también, lo que hay preservar. El mayor problema es que el ánimo de renovar no es consecuente con la necesidad de dar certeza y confianza a los agentes de la economía, particularmente al sector inversionista. El amplio consenso con el que cuenta el presidente y el respaldo a sus modos y formas no es consistente con la expectativa del sector del dinero. No es una cuestión ideológica, el problema se centra en un tema central: confianza. Sin confianza no hay inversión, sin inversión no hay desarrollo y sin desarrollo no habrá bienestar, progreso ni tranquilidad.

Para conducir el cambio se requiere visión estratégica. Cancelar obras relevantes de infraestructura y presentar proyectos discutibles de inversión potencian la desconfianza. La resistencia a la participación del sector privado y las señales de una definición gubernamental proestatista, tampoco contribuye. Más aún, el incumplimiento de compromisos suscritos como ha acontecido en los proveedores internacionales de gas, remite a la falta de certeza de derechos. Estas decisiones de impacto positivo en la opinión pública son desastrosas para la economía nacional porque van a contrapelo de la confianza del inversionista. El cambio más confiable es el que se funda en la legalidad, en la certeza, en el derecho; nadie mejor que las autoridades para acreditarlo o descalificarlo.

Ciertamente, todo cambio genera incertidumbre, controversia y en cierta forma resistencias. Es natural y es de esperarse. Por esta consideración debe existir claridad a dónde y cómo se quiere llegar. Derruir lo pasado y asumir que por sí mismo eso será virtuoso, es un error. Asimismo, es equívoco el creer que lo que se propone es mejor, simplemente por ser diferente a lo anterior.

La sociedad demanda cambio y la presión es poderosa y en ocasiones arrolladora. Precisamente por tal consideración, es tarea de todos involucrarse, cada uno desde su propio espacio de acción, en el proceso en marcha. La política no debe conspirar contra el cambio deseable y posible. Nadie tiene el monopolio en el proceso de construcción de un mejor destino, reitero, es tarea de todos.

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