Uno de los desafíos de toda autoridad nacional es generar confianza a manera de promover la participación social y en el ámbito de la economía propiciar la creación de negocios y la inversión privada. Un país con una actitud positiva u optimista puede lograr mucho más que uno postrado en el escepticismo sobre el presente y futuro. La confianza es una muy compleja construcción, difícil de ganar y fácil de perder. Más aún, la confianza no puede estar segmentada o concentrada, se requiere que recorra a todo el espectro social y regional.

Previo a la elección del año pasado, el país padecía un ánimo social que variaba entre la desconfianza y el descontento. Sólo uno de diez mexicanos se asumía satisfecho y optimista. En tales condiciones no es difícil comprender el colapso del régimen, sí, el régimen político, no sólo de un partido en especial. Por ello, a pesar de la pluralidad política y partidaria que se ha instalado, el desenlace de la elección fue mayoritario a la opción de ruptura respecto al estado de cosas. El régimen del gobierno dividido llegó a su término después de 21 años.

Como tal, el país ha vivido a partir de la elección un optimismo muy elevado y por momentos desbordado. Por ahora, la realidad se ha va imponiendo y la esperanza por un cambio inmediato y profundo se ha ido disipando en algunos sectores de la población. Aun así, en términos de humor social se viven condiciones mucho más favorables a lo que fueron los últimos tres años previos a la elección. Sin embargo, la situación en temas fundamentales para la población no es favorable; de la misma forma que decisiones de las autoridades han despertado reserva de empresarios e inversionistas, más allá del esfuerzo que realiza el presidente y las cúpulas empresariales para que exista entendimiento y de allí confianza.

De la observación de los eventos recientes, estimo que el gobierno federal ha ganado una muy oportuna victoria en el frente diplomático, particularmente en lo que atañe a la relación con el gobierno de Donald Trump. En poco tiempo hemos pasado de un plano de descalificación y presión por parte del gobierno norteamericano a otro de reconocimiento y aprobación. Sin duda un logro mayor del presidente López Obrador y del canciller Ebrard. Esto significa que se ha superado, al menos por ahora, una de las mayores amenazas para la confianza y la certeza económicas.

La explicable animadversión al presidente norteamericano en el país impide valorar en su justa magnitud este logro. Todo lo que venga de él es tomado con reserva o rechazo. Sin embargo, no es una cuestión menor que México y los mexicanos hayan dejado de ser objeto de señalamiento con propósitos electorales. En tales condiciones y de continuar por la ruta que ha coordinado el canciller Ebrard, disminuyen considerablemente los reclamos y las sanciones que pudieran imponerse. Esto, con honestidad, era una situación impensable y convalida la manera como el presidente mexicano se ha conducido respecto a su contraparte. La prudencia ha dado buenos resultados, así como la compleja operación política coordinada por el canciller.

Las recientes palabras de reconocimiento del presidente Trump son valiosas. Esto no significa que la certidumbre respecto al escenario bilateral quede garantizada. De hecho, persiste duda sobre la aprobación del T-MEC en EU, ya que requiere mucho más que la disposición del presidente Trump. El momento electoral en EU puede afectar su oportuna aprobación. México continuará siendo tema en la disputa por los votos e históricamente los demócratas han tenido más reservas sobre México que los republicanos. No es un asunto menor que el presidente Trump, en su mensaje para anunciar que buscará la reelección haya convocado a los legisladores demócratas a aprobar el acuerdo comercial. Es deseable que esto ocurra con la mayor oportunidad posible y de esta manera dar un impulso a la certeza y confianza sobre el futuro económico de México.

El gobierno ha hecho un esfuerzo significativo y sin precedente para mantener los equilibrios macroeconómicos. Las cifras del crecimiento económico de este semestre no son nada alentadoras, mucho menos la ostensible reducción del empleo; sin embargo, la situación podría estar considerablemente peor si hubiera ocurrido un gasto público sin control. Los indiscriminados recortes presupuestales están afectando de manera preocupante la calidad del gobierno. Mi impresión es que será necesario revisar proyectos de inversión inciertos y rubros de gasto en materia de política social, para dar a un tratamiento más focalizado en la asignación de beneficios.

La controvertida decisión del presidente López Obrador de blindar financieramente a PEMEX también es la correcta. Va en sentido inverso a lo que ha ocurrido en los pasados lustros con la salud financiera y la capacidad de inversión de la empresa. Empero también será necesario que PEMEX y CFE sean más explícitos en su apertura a la participación privada. Sólo así se habrá de construir la confianza para recuperar la inversión y el crecimiento.

 

 

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