La inclusión y la reconciliación

La reconciliación es un proceso, un resultado virtuoso pocas veces logrado y a su vez, el camino más firme para la subsistencia de la democracia. Una vez pasadas las elecciones, lo que une a una sociedad democráticamente madura, no son las diferencias sino los objetivos o estrategias comunes para hacer frente a los retos del país. La situación de México, por el entorno internacional que nos toca vivir, no había sido lo complicada que es ahora y justo por tales desafíos se requiere dar un curso más explícito y decidido hacia la reconciliación, que lejos de lo que pudiera pensarse, no es muestra debilidad sino ánimo para construir una fortaleza de conjunto, tan necesaria para una nación como la nuestra.

Conciliar y reconciliar son verbos que para los demócratas se vuelven profesión de fe. Sin ellos, no hay vía posible para el acuerdo y sí en cambio para la imposición, que deviene siempre en amenaza autoritaria. Un buen principio para reconciliar es aceptar que en nuestro sistema político los inaceptables no son los adversarios, los críticos o los inconformes con el rumbo de las cosas; los indeseables son esencialmente los criminales, los que han saqueado recursos públicos o han ensangrentado al país, y para ellos debe haber un único consenso: el de aplicarles todo el peso de la ley. La legalidad debe hacerse valer siempre, ninguna forma de excepción es válida, ni la del pasado, ni las del presente.

Frente a la necesidad de reconciliar y unir al país, hay diversas ópticas. Hay quienes apuestan a la inclusión social como contrapeso de la inclusión política. De hecho, son conceptos muy distintos; la primera se refiere a la incorporación de los sectores más marginados y puede ser igual para los servicios sociales y financieros, la política, etc. El uso que se le da a la inclusión política más bien se refiere a la participación de la oposición formal en el proceso decisorio de los temas que unen. Lo primero es obligado, lo segundo es una opción que opera virtuosamente a partir del asunto que esté de por medio.

En este sentido, las dos se necesitan, y el primer piso de la inclusión y la reconciliación debe ser de carácter social; el segundo, político. Para que lo primero ocurra es necesario revisar el paradigma existente en materia económica y de ejercicio del poder. Se puede decir que es difícil que haya una auténtica y duradera reconciliación si ésta no es acompañada por la inclusión. Sin embargo, la inclusión no solo se asocia a un mayor bienestar social, también la incorporación de las personas al proceso productivo y construcción de ciudadanía. El mejor camino al bienestar y la dignidad de las personas es el trabajo; la forma más efectiva de participación es la del ciudadano que cumple obligaciones y ejerce derechos, no la de la masa.

La reconciliación política no requiere inclusión, más que todo se funda en un compromiso de coexistencia entre empoderados y opositores. En este sentido el respeto al otro es fundamental, como lo es el cumplimiento de la ley. Es positivo que el presidente López Obrador reitere su respeto a disentir; no es tanto cuando califica negativamente a quien disiente, como lo ha hecho innecesariamente al construir en el imaginario público personajes o grupos que representan amenazas a su proyecto. Basta con decir que no está de acuerdo, y en todo caso, que las distintas posturas estuvieron expuestas a consideración democrática y que la mayoría se pronunció por la posición del presidente.

La inclusión social y la reconciliación política son útiles, además de necesarias. El país es de todos y cada cual tiene su lugar y espacio. La reconciliación política es el proceso propio de la democracia. Quien más debe participar en lograrlo es el ganador. Además, no hay proyecto alguno que llegue al poder para la eternidad, tarde que temprano viene la renovación, incluso en entornos no democráticos, y quienes un día son convocados, al otro serán los convocantes.

Una de las desviaciones de la reconciliación política es cuando ésta se ve subvertida por la complicidad entre ganadores y perdedores a costa de los principios de ética pública y en ocasiones, hasta de la legalidad. O cuando quien gana no lo hace en función de un proyecto trascendental, sino con el simple propósito de estar en el poder. También cuando el que pierde es propenso a la corrupción o no tiene sentido de su compromiso con el proyecto que enarbola. El pragmatismo puede envilecer el acuerdo y la función propia del pluralismo.

La sociedad y los partidos políticos, no sólo el gobierno, deben hacer un esfuerzo mayor para dar espacio a la reconciliación. Los problemas y los anhelos de los mexicanos lo recomiendan y de alguna forma, lo obligan. Creo que con frecuencia perdemos mucha energía y tiempo en discusiones estériles, cuyo resultado es profundizar el encono y los desencuentros. Tenemos que hacer a un lado la disputa política y encontrar entre todos aquello que nos une en vez de seguir explotando lo que nos divide.

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