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Construir sin arrollar

El signo de nuestros tiempos es el cambio. Su impulso viene de muchas fuentes, entre otras, de los votos. La opción de conservar lo que existe se vuelve inviable y disfuncional frente al aliento generalizado de ir por distintas rutas a las conocidas. En este proceso ineludible, siempre es bienvenido lo que mejora; debe preocupar, y mucho, que en el afán de transformar se pierda lo no poco bueno que se ha construido. Por ello no comparto las visiones maximalistas y simplificadoras de que todo lo que existe está mal y por lo mismo, hay que borrarlo del mapa.

Y es que a pesar de los problemas viejos y nuevos, soy de la idea de que es mucho lo que hay que cuidar. Quizás porque mi horizonte temporal remite a un pasado que es deseable, quede atrás para siempre. Justamente por ello, soy parte de lo que ahora parece una minoría, preocupada porque la complejidad institucional de estos tiempos sea vista con desdén o desprecio. La desconcentración del poder, la alternancia, el escrutinio público y social, así como los contrapesos institucionales, son mucho de lo bueno del cambio de las últimas décadas.

Los cuestionamientos a prácticamente todos los órganos autónomos y a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, dejan la impresión de que los ciudadanos, no solo el grupo ahora en el poder, están castigando al sistema por culpa o insuficiencia de quienes han detentado posiciones de privilegio en lo público y social. Así, por ejemplo, que los partidos no hayan interiorizado un sentido de ética y un compromiso por la democracia, debe ser motivo de descalificar a sus dirigentes y órganos de gobierno, no a la institución como tal. La sordera que se daba en algunos casos por parte de quienes encabezaban los distintos gobiernos, no invalida lo bueno que se hizo o a los muchos servidores públicos que han cumplido ejemplarmente con su responsabilidad.

Vivimos en un contexto en el que es más sencillo condenar y descalificar que reconocer y convalidar. Lo bueno se supone parte de la normalidad, lo malo se potencia y se juzga como si fuera la generalidad. Son tiempos de encono y discordia. Esto hace fácil arrollar, muy difícil construir. El éxito electoral del actual grupo gobernante, de hecho, se asienta en este sentimiento mayoritario en la población y en la popularidad del presidente López Obrador, que se mantiene en sus primeros días de gobierno. Empero, la historia revela que las transformaciones virtuosas no son las de pretendidos momentos fundacionales, sino más bien el acumulado de pequeños y virtuosos cambios. Así México llegó a la democracia electoral que ha hecho posible la llegada al poder de un proyecto de cambio ambicioso y radical; así también México tropezó estrepitosamente en el gobierno del presidente López Portillo en su empeño de arraigarnos al pasado.

Los momentos más luminosos de la historia muestran que la hazaña es la suma de muchas voluntades, la inmensa mayoría, anónima. La tragedia se asocia precisamente cuando se deposita en el caudillo el destino nacional, sea López de Santa Anna o Porfirio Díaz. Más aún, la transición del régimen revolucionario ocurrió por un sentido incluyente para darle continuidad y correcciones subsecuentes, como ejemplarmente lo hiciera Lázaro Cárdenas.

El caudillismo pertenece a otra época y circunstancia, no siempre modelo de lo deseable ni siquiera de lo eficaz en una perspectiva de largo plazo. La relectura de la Sucesión Presidencial de Madero es un texto pertinente porque él observa que el destino de un país, o de un gobierno o régimen no debía depositarse en una persona, por virtuosa que ésta fuera.

El actual grupo en el poder se encuentra ante la encrucijada entre arrollar o construir. Hacer lo primero es la inercia del momento, no sólo es fácil, también, popular. Pero ningún gobierno o proyecto político puede sobrevivir sin graves problemas y mucho menos trascender en tales circunstancias. Así, por ejemplo, es fácil suspender la obra del nuevo aeropuerto en Texcoco, pero dar lugar a la solución ejemplar al problema aeroportuario del centro del país es otra cosa y por ahora ha dejado la lección de su complejidad técnica, financiera, política y social. Una solución, quizás imperfecta, se ha reemplazado por un problema perfecto. Tan es así que no se sabe a dónde habrá de llevar, ni que costos financieros, reputacionales y políticos habrá de tener para el país.

El presidente López Obrador requiere escuchar y tener más claridad de prospectiva. Tiene un buen equipo, y el apoyo abrumador de la población, pero también la reserva creciente del sector inversionista. La firmeza en la conducción es una virtud; también el esfuerzo de todos los días y a todas horas para hacer mejor las cosas. Pero no es suficiente. La transformación que se pretender, por sus alcances y sentido histórico, necesariamente requerirá de entender la economía tal cual es. En cuanto al método, es imprescindible la inclusión, el esfuerzo y participación de muchos, el respeto a la institucionalidad, así como la tolerancia, perseverancia y paciencia.

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