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Perder ganando

No hay ni un solo motivo para sorprenderse por la cancelación de las obras del nuevo aeropuerto en Texcoco. Quien resultó ganador con amplia mayoría hizo campaña rechazando abiertamente el proyecto. Lo que ahora acontece, a un mes de la toma de posesión, es el cumplimiento de un compromiso. El desencanto viene de quienes asumieron que podría haber una postura diferente a pesar de todas las señales en contra. Quienes creyeron que iba a haber matices entre el candidato y el presidente saben con certeza que confundieron la cortesía electoral y postelectoral con algo que ya vimos que no está a negociación: la palabra de Andrés Manuel López Obrador.

La suspensión de la obra de Texcoco es una lección para todos. El sector empresarial tenía, incluso hasta antes de anunciarse el resultado de la consulta, la expectativa de que habría continuidad del proyecto; por lo mismo es explicable que la frustración en ellos sea mayor. Lo importante es que las razones y las explicaciones emitidas por el gobierno electo para tomar la decisión ni siquiera se necesitaban y lejos de apaciguar los vientos de incertidumbre, intranquilizan. Lo de la consulta fue contraproducente para dar fuerza a la decisión; un amplio sector de opinión se sintió burlado y los mercados también lo tomaron mal.

El futuro gobierno debe dimensionar que el mandato de la elección alcanza para tomar una decisión tan seria y grave como suspender la obra de Texcoco, pero no para desentenderse de la opinión pública y tampoco para actuar con ánimo de confrontación con el sector empresarial. La respuesta de éste no debe llevar a la ruptura. Es difícil pedir moderación a quienes ven el asunto como una victoria y así lo festejan, o a los que, en la otra acera, lo ven como derrota. Por el bien del país, son horas en las que debe imperar la sensatez y la templanza de todos.

El presidente electo y quienes le acompañan están en su derecho de debatir y argumentar. Como es lógico, esto no significa que no pueda haber resistencia de los afectados y nerviosismo o desencanto de muchos otros que ven en el hecho un signo de irresponsabilidad. También deben entenderse los efectos y las consecuencias de las decisiones que se tomen. Lo de Texcoco confronta a muchos: los constructores, el sector turístico, las aerolíneas, los proveedores y, desde luego, a muchos viajeros. También afecta a la economía. El país no está para tirar a la basura el costo de lo ya invertido, tampoco quedan claros los costos y viabilidad de la alternativa, además de que va a contrapelo de la necesidad de un gran aeropuerto que opere como concentrador y distribuidor de pasaje.

Pero más allá de que el tema seguirá dando de qué hablar y sus consecuencias se conocerán en los próximos meses, hay que saber dar la vuelta y aprender de las lecciones que dejan las experiencias difíciles. Vale para todos, especialmente para las autoridades que en breve estarán a cargo del gobierno, así como para los partidos de la coalición que está en el poder.

Cuando menos tres son las lecciones. Primero, se debe cuidar la economía, no subestimar los efectos colaterales de decisiones críticas que afectan la confianza en las autoridades y la certeza de derechos. Segundo, se tiene que adecuar la Ley de Participación Ciudadana si es la decisión del gobierno recurrir con regularidad a la consulta popular para convalidar decisiones públicas fundamentales. Finalmente, para unos y otros, hay que decir que sólo con mesura se podrán identificar más fácilmente las coincidencias para beneficio de México.

La polarización puede ser un recurso útil para ganar elecciones, pero no para gobernar. La prensa y las redes sociales inevitablemente serán un espacio de crítica, a veces injusta y desproporcionada, pero no es correcto que desde el poder se le denueste o se le descalifique como si cualquier señalamiento tuviera un ánimo conspiratorio. La crítica, incluso aquella de mala fe o interesada, tiene más virtudes que defectos para quienes están en el poder. Si es racional, pero equivocada, afianza el proyecto. Si no se sostiene con argumentos, más. Persistir en la hipótesis del complot no resuelve y sí complica la relación del gobierno con la opinión pública.

Tampoco ayuda al país el deterioro de los indicadores de desempeño de la economía. Esto no sucede por la intención de empresarios mexicanos o por intereses que desde la penumbra conspiran contra el gobierno para provocar la desconfianza y de allí la inestabilidad. En ese sentido, la desacreditación de las calificadoras internacionales por destacados colaboradores del presidente electo ha sido un muy preocupante mensaje a los inversionistas. No lo olvidemos: el principal factor para generar confianza en un país son las acciones y el nivel de responsabilidad de las autoridades.

Acertadamente, el presidente electo ha definido un grupo de colaboradores para calmar los ánimos y la incertidumbre de los empresarios por la suspensión de la obra. Sería bueno que el sector empresarial correspondiera con un grupo de trabajo para atender las preocupaciones del sector, independientemente de la de los contratistas, quienes, por su cuenta, seguramente verán los términos de su relación contractual. Deben separarse los dos temas; a los representantes de las organizaciones empresariales no les corresponde abogar por los temas específicos de sus miembros, sino por los que afectan al conjunto del sector.

El presidente López Obrador plantea no solo un cambio radical en la forma de gobernar y en la relación con las élites mexicanas, también está en curso un cambio de régimen, y la cancelación del aeropuerto, como primera medida del nuevo gobierno, significa que el arreglo político que garantizaba poder compartido ha llegado a su fin.

Frente al cambio de paradigmas, se debe actuar con visión, madurez y perspectiva. El país requiere de nuevas formas de ejercer el poder, que acorten brechas a la desigualdad y a la falta de oportunidades, pero necesita que esto ocurra en el marco de la inclusión y de la participación plural, del respeto a las instituciones, así como de la preservación de la estabilidad económica. De hecho, para no perder ganando, el encuentro del futuro gobierno con la responsabilidad económica es el único y obligado sendero para conducir la transformación a la que se convoca. No es un tema de ideología, sino de sentido común.

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