Hacer de la competencia virtud

Para no pocos, la circunstancia se ha vuelto lamento, si no es que enojo. En estos tiempos, por diversas consideraciones, la realidad se ve por el cristal que alienta y alimenta el descontento general. Hay razones para ello, siempre las ha habido, pero el problema mayor es que no nos demos licencia para ver lo positivo y, sobre todo, entender que para bien andar el camino adelante y mejorar lo que existe, requerimos de un mayor sentido de corresponsabilidad, optimismo y confianza en nosotros como comunidad.

He pensado que los desastres naturales nos han dado la oportunidad de entendernos mejor en nuestras virtudes como pueblo y en nuestro potencial como nación. El temor a lo inexplicable y la convicción de lo precario de la vida, nos hace poner en perspectiva bienes y males. Me quedo con la idea de que lo acontecido con todo lo que significa en costo humano y dolor, da lugar para que asumamos de mejor manera nuestro presente. Esto es relevante ante el escenario de disputa por el poder que habrá de resolverse por la civilidad propia de las elecciones.

Partamos de lo innegable: los problemas son reales y además recurrentes. Pero la inseguridad, el déficit en la calidad de los gobiernos y de la política o la desigualdad en todas sus expresiones, deben entenderse y resolverse con visión, comprensión de sus razones profundas y, especialmente, compromiso compartido para resolverlos. No hay soluciones fáciles ni rápidas. La promesa simple y voluntarista colapsa ante la terca realidad. Así, por ejemplo, en Nuevo León, hace poco más de dos años ocurrió uno de los resultados electorales más sorprendentes al llevar al triunfo a un candidato independiente que despertó la expectativa de un cambio profundo; ahora se padece un generalizado desencanto y quienes ayer le abrían camino por el fastidio con el orden de cosas, ven no sólo cómo se desmorona lo prometido, sino un retroceso en muchos terrenos ganados, como el de la seguridad, entre otros.

Por eso es menester hacer de la competencia virtud. No se trata de que partidos, candidatos y organizaciones declinen en su lucha frente a los adversarios o al estado de cosas. De lo que se trata es interiorizar lo mejor de los valores y principios de la democracia, en tiempos donde las naciones más avanzadas, padecen el embate del populismo nacionalista. El discurso del odio, que estará presente, perderá valor si la respuesta ciudadana es de reserva o escepticismo. También debemos proceder así ante quien recurra a la promesa superficial, eluda el debate o aliente los sentimientos y emociones más bajas de la sociedad.

La competencia en 2018 será diferente, no solo por razones institucionales o de la norma; la sociedad se ha transformado y la mediación fundamental entre el ciudadano y el poder público, es decir, los partidos, padecen el mayor descrédito y distancia con la sociedad. La comunicación también está sufriendo cambios profundos. Lo digital coexiste -ganando cada vez más terreno- con los medios convencionales. Con las redes, los flujos de información son horizontales, en tiempo real e interactivos; aunque con más frecuencia de lo que se quisiera, no siempre encontramos ahí rigor asociado a la veracidad.

Quienes tenemos el privilegio de participar en los medios, también tenemos la oportunidad de contribuir no solo a la moderación inteligente del discurso y la oferta política, sino a ser factor de escrutinio a todo y todos. No hay un espacio neutral para la contemplación de los asuntos públicos, mucho menos de los políticos. La imparcialidad o la objetividad, con frecuencia, suelen ser trampas voluntarias o involuntarias de quienes las suscriben. Lo importante es la honestidad en el juicio y el rigor del análisis. Exculpar o inculpar sumariamente desde el tribunal mediático es un problema que debe atenuarse. Si se insiste en ello al menos se debiera hacer juicios justos, esto es, escuchar y dar oportunidad de defensa al inculpado.

La normatividad electoral es virtuosa en la medida en que abre espacio a la libertad de los ciudadanos y la oportunidad de competir en condiciones justas y razonables. El paternalismo impuesto por los propios partidos en la ley, bajo la premisa de que los ciudadanos deben ser protegidos de la competencia desbordada, ha tenido efectos perniciosos y han llevado a una sobrerregulación, con frecuencia absurda. El Consejo General del INE es una instancia confiable y en varios sentidos de excelencia. No pocos de sus problemas se derivan de la aplicación de malas normas y de un marco institucional mal diseñado por el legislador, que hace del órgano electoral juez y operador al mismo tiempo.

Para hacer de la competencia virtud debe quedar claro que los protagonistas centrales no son los partidos, tampoco los candidatos, son los ciudadanos, quienes deben ser tratados con el respeto que merecen en esta hora donde el ánimo social parece valorar de mejor manera la confianza en nosotros mismos. El descontento de alguna manera está presente, pero también el deseo de prácticamente todos de mejorar lo que existe. Es hora de que entendamos las causas profundas de muchos de nuestros males, para comprometer a la misma sociedad a participar en su atención y solución.

Bienvenidos la competencia, el debate y la crítica. También demos espacio al consenso y a la confianza en los órganos electorales. Es preciso desconfiar de quienes desconfían por sistema y dogma. Hagamos de la competencia un concurso que convalide nuestras capacidades para decidir de manera razonable, civilizada e inteligente. Que los partidos y candidatos cuenten con la libertad para emprender su lucha por el voto y que los ciudadanos tengan la emoción y la razón para darle un nuevo sentido a la competencia, que deje ser sinónimo de diferencias insalvables y que nos reencuentre para construir entre todos, con nuestras coincidencias, un mejor futuro.

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