La esperanza es poderosa y también frágil

El tránsito del descontento a la esperanza es el signo del ánimo social del país. Ambos sentimientos tienen como origen la política. El mayor cambio alcanzado en este periodo no se expresa en transformaciones institucionales o de gran calado, sino en el talante de buena parte de la población. El desenlace de la elección de 2018 dio espacio a un proceso disruptivo cuya fuerza está más en lo que se espera que en lo que se recibe.

Los elevados niveles de aceptación del Presidente López Obrador se vinculan más con expectativas que con realizaciones. La proyección negativa del pasado sirve de plataforma para legitimar el presente, aun cuando sus expresiones estén editorializadas por la hegemonía informativa que tiene como punto de partida la comparecencia presidencial por las mañanas. De esta forma el Presidente construye realidades en el imaginario emocional de los mexicanos en el que se plantea un pasado remoto idílico, un pasado inmediato tan trágico como desastroso y un futuro promisorio. El presente tiene permiso de todo, precisamente por el profundo descontento con el pasado y lo esperanzador de lo que viene.

En tal afán, exitosamente realizado hasta hoy día, son muchas las bajas. Quizás la más sensible es la incapacidad, ineficacia o inexistencia de una oposición. Todo sistema requiere de oposición, incluso se puede decir que la calidad de un gobierno en buena parte depende de quien se le opone. No ha sucedido así. No hay debate propiamente. Muchos sectores que históricamente han contribuido a enriquecer la diversidad y el escrutinio hoy no cumplen su tarea. No solo es un problema de la oposición formal, también es la que viene de la sociedad, de los medios, de las organizaciones civiles, de los grupos organizados. El consenso es frágil cuando se desapega de la realidad, más si se trata de una sociedad silenciosa o complaciente.

Otra de las bajas del imperio de la retórica podría ser la verdad y en ciertos sentidos hasta la legalidad. Cuando se cree lo que se quiere y esto viene desde el poder todo se alinea para desestimar lo que realmente está aconteciendo. Incluso cuando el reclamo legítimo se confunde con una embestida aviesa del adversario no se podrá tener claridad del problema, como ahora ocurre con la crisis en el sector salud. Respecto a lo segundo, son pertinentes y atendibles las observaciones del fiscal general de la República, Alejandro Gertz Manero sobre la necesidad de cuidar con escrúpulo las premisas del debido proceso, en especial la presunción de inocencia.

Los desafíos que tiene el país son significativos. Hay mucho por corregir y alcanzar, también por cuidar y preservar. Es tarea de todos hacer realidad el anhelo de mejorar el estado de cosas. El presidente no está solo en ese empeño, pero la unidad y la concordia se construyen al conceder a cada cual el espacio que le corresponde, incluso a quien se opone o tiene reserva sobre lo que se está haciendo. El encono y la confrontación deben ceder; el mismo presidente lo ha manifestado.

A pesar del pronóstico catastrófico de algunos, se puede continuar por el camino de la popularidad con déficit de resultados. Afortunadamente, no se vislumbra ni colapso, mucho menos rebelión. Pero el tema no está en el ámbito de la política, sino de los resultados concretos, medibles y que son ilustrativos de la condición que viven las personas y sus familias. Así, debe preocupar sensiblemente la generación de empleo. Muchos de los problemas sociales tienen como origen la falta de oportunidades y nada mejor para ello que una economía próspera que genere satisfacción a todos. Esto debe reflejarse en el empleo y más cuando se tienen condiciones laborales y salarios dignos

También debe verse con singular atención el tema de la impunidad que a su vez convoca a la lucha contra la venalidad y la delincuencia. El país de siempre ha padecido la incapacidad de un sistema de justicia eficaz. Desde ya hace mucho tiempo, la proporción de delitos que no llevan a la sanción al responsable es el principal incentivo para la reincidencia y que las actividades criminales se extiendan a lo largo del tejido social o en el gobierno a través de prácticas corruptas.

La estrategia de seguridad del Estado mexicano debe incluir a la diversidad de instituciones e instancias, incluso a la misma sociedad. Es preciso un llamado para suscribir un acuerdo incluyente que signifique un punto de quiebre en la capacidad institucional para proveer justicia. La tarea de abatir la impunidad es de todos y debe ser una de las exigencias más enérgicas de la sociedad mexicana a sus autoridades. No puede haber complacencia, lo que no significa avalar métodos o acciones que no dieron resultado en el pasado.

La esperanza es poderosa y a la vez es frágil. Lo es en el presente y más cuando la referencia del pasado es muy negativa. Su fragilidad radica en la necesidad, más tarde o temprano, de generar resultados; la retórica sirve, pero al paso del tiempo requerirá mucho más.

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