Los tres sentimientos más recurrentes en las transformaciones políticas son el miedo, la impaciencia y la esperanza. Con respecto a la transición de las dictaduras militares a la democracia de hace décadas, decía el brillante periodista y ex presidente de Uruguay, José María Sanguinetti, que el éxito de este proceso dependía de la correcta administración de dos sentimiento, el miedo de los que se iban y la impaciencia de quienes llegaban. La afortunada frase define muy bien las presiones y dificultades en todo proceso de cambio.

México vive una transformación importante en cuanto a política y ciertos aspectos relevantes del gobierno, destacadamente la orientación del gasto público. El presidente López Obrador ha sido portador de la esperanza de muchos y el miedo de pocos, pero poderosos. El optimismo de los más vive en desencuentro con el pesimismo de los menos. No es propiamente un conflicto, sino más bien un sentimiento de desconfianza que va acompañado de incertidumbre. Hay un sector de opinión relevante que reproduce esto último y también en un amplio espectro de inversionistas.

La esperanza es un sentimiento positivo, mientras que la impaciencia que puede desbordar al proceso de cambio, no se ha hecho presente. En ello tiene mucho que ver el liderazgo del presidente y su intensa actividad comunicacional. Pasado poco más de un año hay razones para la impaciencia en términos de resultados, especialmente en el ámbito económico y en el de la seguridad. El presidente ha pedido tiempo y por las cifras del acuerdo presidencial, se asume que la mayoría de la población concede.

Si hay una característica de la oferta del actual presidente, desde sus anteriores campañas, ha sido el de concitar esperanza, la que crece conforme es mayor la insatisfacción con el orden de cosas. En 2006 se vivió una situación polarizada en extremo; en 2012 la opción de alternancia la disputaron el PRI y el candidato López Obrador. En 2018 el desenlace se explica porque las opciones diferentes al candidato ganador fueron percibidas como lo mismo; el candidato de la alianza encabezada por Morena pudo plantarse como la única opción de cambio y de allí el sustento de esperanza.

El anhelo de mejorar y el desprecio por el pasado persisten. Hasta hoy, el presidente mantiene un virtual monopolio del sentimiento de esperanza. Sin embargo, gradualmente han disminuido el entusiasmo y la certeza de muchos, no en cuanto a las intenciones, sino a la capacidad para obtener buenos resultados. El presidente cuenta todavía con un amplio capital político, pero los resultados en la economía y sus efectos por el bajo crecimiento, así como la persistente situación de creciente inseguridad, son los retos que pueden llevar al desencanto.

Este año que comienza será fundamental para que el proyecto de gobierno despegue. Las premisas y las definiciones políticas cardinales han adquirido carta de naturalización. Asimismo, que el consenso persista a contrapelo de los magros resultados y de los costos del cambio significa que la población confía en que con el tiempo habrán de cumplirse las promesas. La memoria del pasado inmediato favorece el consenso en relación con el proyecto en curso. Sin embargo, cada vez será mayor la presión para concretar resultados, y éstos no sólo dependen de la mayoría que respalda y confía en el presidente, sino de ese sector de la economía que es toral para apuntalar el crecimiento.

Es aconsejable también que la estrategia contra la corrupción y la inseguridad se base en la aplicación estricta de la ley. La postura primordialmente moral en el discurso del presidente debe ceder espacio a la legalidad y, sobre todo, a combatir frontalmente la impunidad. Desde luego, para este combate es fundamental el proceso legal, tanto en la etapa de investigación como en la capacidad del juez de proveer justicia. Por supuesto, los valores propios de la civilidad deben hacerse valer, tales como la presunción de inocencia, el debido proceso, la igualdad de todos ante la ley y la imparcialidad de la justicia.

Abatir la impunidad en forma alguna significa convalidar estrategias del pasado. Justamente se trata de lo contrario: el común denominador en la debilidad del Estado para combatir el crimen ha sido precisamente que la impunidad ha ganado la batalla. El gran cambio que el país requiere consiste en que, por primera vez, haya claridad estratégica, capacidad operativa y un sistema de justicia capaz de revertir la situación.

En temas de corrupción deben abrirse más espacios a la denuncia y a la participación de organizaciones civiles. Que el presidente esté al margen de la sospecha es un buen principio, pero el problema está en el conjunto del sector gobierno, incluyendo los locales y municipales. No se debe bajar la guardia en la lucha contra la corrupción, y este gobierno, por origen y mandato, tiene la mayor responsabilidad en ello. Con el tiempo, los señalamientos al pasado perderán valor, lo importante será que las cosas hayan cambiado realmente, lo que llevará tiempo y persistencia.

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