La apertura comercial de México ha sido uno de los grandes logros del proceso de modernización del país. Los beneficios van más allá del intercambio de mercancías; lo más importante, es que abre espacio a un sentido de casa compartida entre naciones que se unen en torno a una idea de futuro común en el que el comercio es uno de sus componentes.

El TLC signado en 1994 representa un antes y un después para la economía nacional y para la relación entre los pueblos de Canadá, Estados Unidos y México. El balance es altamente favorable para los tres socios comerciales, y desde luego más para México, por la simple razón de que un acuerdo de tal naturaleza tiene un efecto igualador, de forma tal que quien es más pobre, está más atrasado o rezagado, es quien más se beneficia de esta relación.

El acuerdo, como venía operando requería de actualización. En los anteriores tratados, como ahora, se hizo lo que se pudo. Sólo como ejemplo basta dar vista a lo que ahora representa la economía asociada a la tecnología digital respecto a hace 24 años para entender la necesidad de incorporar nuevos capítulos al acuerdo. Sin embargo, el principal motor para realizar un nuevo pacto comercial provino del presidente Donald Trump, quien desde campaña se comprometió a eliminar el TLCAN en un alarde de complacer a electores que se asumían afectados en su economía familiar por el traslado de plantas hacia México. Trump ganó con ese mandato, y era inevitable abrir negociaciones para un nuevo tratado.

Las autoridades mexicanas han hecho su mejor esfuerzo en las negociaciones con nuestros socios. En el pasado inmediato destacan Ildefonso Guajardo y recientemente, Jesús Seade. Fue un logro mayor de México la concreción del acuerdo en el marco de un severo enfrentamiento entre los congresistas demócratas y el presidente Trump, además de que está en puerta un nuevo proceso electoral que complica los acuerdos. Las negociaciones tenían que realizarse con agilidad y para ello el esquema convencional para llegar a un acuerdo tuvo que prescindirse. Queda claro que la ausencia de la fórmula convencional de participación del empresariado corresponde a las necesidades de la negociación y no a un deliberado propósito de excluirles.

Los analistas han destacado las concesiones que tuvo que hacer el gobierno, para algunos claramente desventajosas. Sin embargo, pocos han atendido que existen varios logros, entre ellos uno muy importante de carácter ambiental. Y es que los firmantes se comprometen a observar los compromisos que sus socios comerciales hayan suscrito en materia ambiental. En otras palabras, por la puerta de atrás, México lleva al gobierno norteamericano a cumplir los acuerdos internacionales en cuidado del medio ambiente, un logro global de la mayor trascendencia.

El T-MEC es un nuevo punto de partida para la economía nacional. Su mayor contribución es que aporta certeza y da claridad de qué lado están las autoridades mexicanas. Libre comercio va de la mano de la libre empresa, y esto es lo que hay que promover. Mucho se ha logrado en el pasado que debe aprovecharse, entre otras cosas, que el mercado funcione virtuosamente y que las reglas de la competencia operen eficazmente para dar fortaleza a los mejores.

Tenemos T-MEC. Es una nueva oportunidad para ser mejores, pero una vez firmado, existen muchos temas que tendrán que revisarse. Por ejemplo, la burocratización de trámites, el régimen fiscal, la ausencia de obra pública e infraestructura estratégicas, la inseguridad pública y la falta de una fuerza laboral calificada. El Presidente López Obrador, con el respaldo popular que tiene, debe ser un promotor de esa necesaria renovación pensando siempre en la inversión productiva. Para ello es fundamental no sólo los encuentros con empresarios y las expresiones de mutuo apoyo y respeto, sino decisiones que convaliden lo que se dice, de un lado y de otro.

A principios de 2020 deberá presentarse el programa de inversión en el sector de energía. Lo ya conocido ha tenido una buena recepción, especialmente, por la postura del gobierno para el desarrollo de infraestructura en comunicaciones de la mano del sector privado. Sin embargo, el sector energético es el de mayor relevancia porque allí se han depositado las esperanzas del gobierno para mejorar las finanzas públicas. El giro estatista que preocupa a algunos sectores debe revisarse y abrir al sector privado oportunidades de inversión, con apego a los principios y valores de la Constitución y sus leyes reglamentarias.

También será necesario que el presidente de curso a una negociación capaz de generar un acuerdo político de gran alcance para lograr una reforma fiscal que permita al gobierno cumplir con sus responsabilidades, a partir de una visión nacional que incorpore a los Estados, los municipios y al gobierno de la Ciudad de México. Por vía de mientras, el T-MEC es el mejor augurio para el país y hasta ahora el gran éxito de un gobierno que deja claro que en materia económica, apuesta al libre comercio.

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