El primer año de cualquier presidente es un ejercicio de descubrimiento y aprendizaje. La dificultad irrumpe si la expectativa es mayor, si la coyuntura conspira contra la estrategia. Entonces la inmediatez tiende a dominar la agenda y gradualmente se va entendiendo lo complicado de mantener el rumbo planteado a partir no solo de los problemas, sino de las limitaciones propias de la circunstancia en la que a cada presidente le corresponde actuar.

A diferencia de lo que muchos consideran, el primer año de gobierno es menos definitorio de lo que habrá de acontecer en el resto del período, porque la política, el gobierno y la realidad no tienen un devenir lineal. Desde luego que hay un estilo de gobernar que habrá de mantenerse, esto es predecible, mucho más por el carácter y la idea que tiene el actual presidente de lo que es su responsabilidad ante la historia y la realidad del país.

El presidente López Obrador cuenta con un amplio aval popular a pesar de los problemas, las controversias y los resultados magros a partir de la esperanza que en muchos sectores de la sociedad generó su triunfo y del compromiso establecido al asumir el cargo. Su presencia mediática le ha permitido explicar, convencer y refutar, aunque no siempre de la mejor manera dada su investidura. Además, el consenso es engañoso porque no sólo es cuantitativo, sino cualitativo, especialmente en materia económica. Importan todos, pero hay unos pocos muy relevantes porque son quienes tienen la decisión de la inversión, indispensable para el crecimiento económico. Además, muchos de ellos no son visibles. El público en general puede tener una idea de las cosas que no necesariamente se comparte con la del inversionista. Incluso, los voceros del sector empresarial no siempre reproducen la percepción de aquellos a quienes representan.

Al presidente le caracteriza la persistencia, la determinación y el carácter. Tiene un buen gabinete que se ha ido formando y ha ido creciendo, unos más que otros, al rigor de la responsabilidad. El estilo de gobernar del presidente es desafiante para todo el equipo; también se advierte que como jefe exige, pero igual respalda a quien hace el trabajo que a él le parece correcto, independientemente de la polémica o del rechazo social o mediático. Eso es un activo y, al mismo tiempo, es un pasivo por la excesiva personalización del poder y la marginalidad de los colaboradores.

Dos son a mi juicio, los atributos que fortalecen la capacidad de aprendizaje: saber escuchar y leer con rigor la realidad. Escuchar fino es ofrecer confianza para que quienes acceden al presidente, no solo sus colaboradores, puedan externar sus opiniones, puntos de vista, acuerdos e incluso señalamiento de yerros e insuficiencias. El poder intimida y si no se tiene la iniciativa para dar confianza a la opinión, prevalecerán las visiones interesadas o complacientes. Escuchar a pocos es tanto como ser rehén de ellos. Además, los intereses de siempre y los interesados a la sombra del poder encuentran la manera de estar presentes y de influir en las decisiones de autoridad.

Los dilemas del poder son propios de su ejercicio. No hay decisiones fáciles y con frecuencia se dirime entre opciones de mal menor. La comprensión pública a esta circunstancia es muy estrecha, por eso los presidentes se incomodan con la opinión pública y publicada. Sin embargo, refugiarse en la burbuja del grupo estrecho o regocijarse con el evento multitudinario es un escape falso a la dificultad que significa gobernar en el marco de la pluralidad, del debate y de las opiniones encontradas.

El presidente ha hablado de los momentos difíciles y mejores. Es su perspectiva y está en su derecho de destacarlos y referirlos para ilustrar las dificultades y la manera como lo contingente e inesperado impacta a quien dirige el gobierno.

Este primer año no solo tiene el llamado bono democrático, sino que el triunfo de este grupo en el poder deriva de elecciones con un claro mensaje de aprobación y también de rechazo. El presidente ha sido eficaz en usufructuar ambos sentimientos, lo que le ha permitido contar con elevados niveles de aprobación a pesar de que los resultados van muy por debajo de la expectativa pública y de lo que seguramente se había propuesto el propio presidente.

Seguro que, a estas alturas, el presidente ha entendido que no todo es cuestión de voluntad. Que los límites están a la vista, que hay un catálogo de problemas que no estaban en el inventario del inicio, que el tiempo pasa con una rapidez mayor a la prevista, que el pasado también aporta, que el entusiasmo y expectativa de inicio va cediendo a las necesidades del día a día y a la rutina; que la novedad va quedando atrás.

Las lecciones aprendidas de esta primera etapa bien pueden dar lugar a una mejoría en los resultados que exige el futuro, incluso aunque el inicio no sea consecuente con lo que muchos esperaban, ni reflejen del todo la convicción y la entrega de un presidente que como nosotros desea el bien del país.

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